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Directorio de Arte y Artistas de Colombia 1987

AA.VV.

Editorial Forma y Color

1988

Tapa dura, con sobrecubierta original

206 páginas

Tamaño: Cuarto Menor (23x25)

Fotografías y reproducciones a color

Impreso en Bogotá (Colombia)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Sin detalles.

 

✶ SINOPSIS:

Los Cien Años de la Escuela

La aspiración al dominio pleno y cabal de las leyes del oficio artístico, a la superación de las trabas y limitaciones de la incompetencia; el deseo de controlar los instrumentos que permiten abordar sin temores cualquier tema, eran en la década de 1880 un clamor general en nuestro país.

El arte colombiano ya no se contentaba con esquemas ni herencias coloniales; los jóvenes artistas no se conformaban con el viejo taller que sólo les enseñaba a perpetuar tradiciones; las formas ingenuas de la representación, que caracterizaron a Figueroa y sus seguidores, ya eran motivo de crítica. Sólo existía una forma de satisfacer estas aspiraciones: la creación de instituciones dedicadas a la enseñanza de las artes, a la formación de profesionales que, armados con todos los conocimientos posibles, saldrían de allí a trabajar libremente.

Esta inquietud se vio satisfecha cuando en 1886, por decreto del Presidente Rafael Núñez y bajo la dirección de Alberto Urdaneta, abrió sus puertas la Escuela de Bellas Artes. Alrededor de ella giró el Arte Colombiano durante las décadas siguientes; allí aprendieron el excelente oficio que los caracterizó, y allí enseñaron, quienes conforman el nutrido grupo de artistas que la historia conoce como los académicos.

Estos hombres y mujeres fueron retratistas, pintores de género y cuadros históricos, paisajistas y costumbristas. Su temática, pues, no fue variada ni original. Aunque algunos completaron sus estudios en Europa (en la Academia San Fernando, de Madrid, o en la Academia Julien, de París), y aunque su estadía en aquellas tierras coincide con la irrupción de las primeras vanguardias, ellos permanecieron fieles a sus propios y personales postulados, vuelta su mirada hacia Caravaggio, Ribera o Velázquez, atentos al realismo tradicional, de espaldas a los Monet, Van Gogh, Gauguin o Picasso. Esta actitud ha motivado agrias polémicas entre críticos e historiadores: o bien nuestros académicos son unos tristes provincianos, serviles ante sus aristocráticos clientes, modelos de sus retratos, o bien son artistas que, en medio de miles de opciones, escogieron una, la suya. De hecho, se marginaron del torbellino de los “ismos”, y por ello se los puede calificar de conservadores. Pero también se debe tener en cuenta que en el arte no hay caminos obligatorios, y que el hecho de estar al día no garantiza el logro de la creación artística.

La polémica en torno a los académicos está, pues, abierta. Lo que sí podemos afirmar, porque está ante nuestros ojos, es la altísima calidad de sus obras, su saludable labor pedagógica y, por encima de todo, la invaluable imagen que nos dejaron de su mundo apacible, refinado, aristocrático si se quiere, desbordante de belleza, de sobria elegancia, y que inevitablemente captamos en sus cuadros.

En 1904 vino de Francia a dirigir la Academia el bogotano Andrés de Santamaría. Aunque contemporáneo de los académicos, constituye entre ellos un hecho estético absolutamente nuevo. Pero no es formación enteramente europea lo que lo individualiza, sino su concepción del arte; su interés, que ya no se centra en lo real, sino en el mundo de la pintura; por lo tanto, el valor de sus lienzos no se deriva de su adecuación a las formas naturales; ya no mira hacia los maestros del pasado, sino hacia lo más insólito de su presente.

Consciente de que ha saltado en pedazos el criterio del arte como imitación de la naturaleza, descubre la posibilidad de, libre de todo imperativo, moverse en un territorio autónomo de formas, colores y materia. Este es el mensaje que trae Santamaría al entonces tranquilo y ensimismado ambiente artístico bogotano, y es esto lo que permite considerarlo, junto al venezolano Armando Reverón y al uruguayo Pedro Figari, uno de los fundadores del arte moderno latinoamericano.

Si bien las tendencias académicas se prolongan en Colombia hasta muy entrado el siglo XX, hacia 1930 surge en el medio artístico nacional un grupo de pintores y escultores que presiona un cambio radical en nuestras artes, que promueve ideas polémicas, de controversia, tales como Pedro Nel Gómez, Alberto Acuña, Ignacio Gómez Jaramillo y Gonzalo Ariza. Aunque no pretendieron formar escuela, los unió la búsqueda de valores auténticamente nacionales, su interés en las culturas indígenas, su orientación, más que hacia cualquier vanguardia europea, hacia la pintura mural mexicana, así como su actitud antiacadémica y su voluntad de hacer un arte monumental y dirigido a las mayorías.

Los Contemporáneos

Sin embargo, las muy variadas opciones que el arte del siglo XX pone a disposición del pintor no llegaron a manos de los nuestros hasta la década de 1950, cuando un esclarecido grupo de artistas se apropia de ellas, cuando el trabajo de ese heterogéneo conjunto que forman Alejandro Obregón (1920), Guillermo Wiedemann (1905-1969), Eduardo Ramírez Villamizar (1923), Edgar Negret (1920), Enrique Grau (1920) y Fernando Botero (1932), lleva a su plena madurez y a su merecido y destacado lugar en el mundo de la plástica actual al arte colombiano.

Con la independencia que caracteriza a los auténticos creadores, cada uno de ellos elige su lenguaje, sus temas, dentro de las posibilidades de las vanguardias del momento, y aún por fuera y por encima de ellas, abriendo nuevos caminos estéticos, labrando nuevos lenguajes, echando mano de la geometría, o del expresionismo, del cubismo o la abstracción, de la nueva figuración, la tradición popular o el arte clásico y, ante todo, interpretando con imaginación y libertad nuestro mundo circundante.

Así, hoy día la pintura colombiana ofrece un panorama a todas luces positivo, original, complejo y de alta calidad técnica. Pero, por sobre la cantidad de la producción, y la intensa actividad que se genera alrededor de la creación artística, están, naturalmente los creadores mismos.

A lo largo de todo este proceso, y al llegar a sus primeros cien años de existencia, la Escuela de Bellas Artes ha desempeñado un papel definitivo, como lo es su noble labor de formar profesionalmente al artista; contribuyendo así a darle a nuestras artes plásticas una dimensión universal, por ello, necesariamente, se ha convertido en uno de los núcleos vitales del movimiento cultural colombiano, y en un ejemplo de tesón, continuidad y altura para todas las instituciones análogas que hoy existen en el país. Amalia Iriarte Núñez

 

✶ INDICE:

- Los cien años de la Escuela

1- Artes plásticas

Pintura

2- Escultura

Listados

3- Fotografía

Fotógrafos

Listados

4- Galerías

Listados

5- Marqueterías

6- Museos

Listados

7- Museo vial peatonal

8- Asociaciones

9- Entidades

10- Centros de formación