Diccionario de Símbolos y Mitos
José Antonio Pérez Rioja
Editorial Tecnos
2004 - 7ed
Tapa blanda, rústica sin solapas
440 páginas
Impreso en Madrid (España)
✶ ESTADO: 10/10. Impecable estado.
Sin detalles
✶ SINOPSIS:
Para el historiador latino Salustio, «el mundo es un objeto simbólico».
Objeto esencial de este libro es recoger lo más significativamente simbólico del mundo en que vivimos, imagen imperfecta, a su vez —según Platón—, del Mundo perfecto concebido como una Idea.
Entre el mundo de las ideas y el de las cosas ocupa un lugar equidistante el mundo —siempre bello y atractivo— de los símbolos. El simbolismo —tan antiguo y diverso como la vida misma— supone la facultad del hombre para ver en el cosmos, en las creencias y en los conceptos, en las relaciones humanas, en los seres animados y en las cosas, un contenido espiritual.
Es el de los símbolos un juego del espíritu al que la humanidad se ha entregado desde los tiempos más remotos, al crear representaciones de las ideas, de los seres y de los objetos que, luego, le sirven para explicarse el mundo circundante. Así, desde los mitos más lejanos a nuestros días. «El primer mito —dice el poeta Luis Rosales— fue la primer palabra. Y el mito es la antesala del símbolo, como el símbolo es la antesala de la abstracción o el concepto. El simbolismo —añade— es el carácter esencial de toda humana actividad... No existe, propiamente, en el hombre ninguna expresión pura. Toda expresión humana es ya simbólica en su origen.»
Los símbolos, en efecto, son más expresivos que las mismas palabras, porque por intermedio suyo se contrastan y significan las experiencias del alma con las realidades de la vida. Si el símbolo es un signo, tiene, sin embargo, un significado más hondo que el signo por identificarse plenamente en cuanto sugiere, viniendo a ser, de otra parte, un verdadero idioma universal, ya que el símbolo es un lenguaje del alma. Los símbolos son al espíritu lo que los instrumentos a la mano del hombre. Así, numerosos objetos materiales se suelen transformar en símbolos de naturaleza espiritual. Por ello, el simbolismo ha penetrado, desde siempre, en las raíces del idioma: el mar es profundo, y profundos son también ciertos pensamientos; la miel y el azúcar son dulces, y el enamorado halla este sabor, metafóricamente, a la sola presencia del ser amado...
Todo cuanto se ofrece a nuestra inteligencia y a nuestros sentidos, toda figura más o menos abstracta capaz de conducir al hombre a comprender una idea puede convertirse en símbolo. El símbolo (del griego συμβάλλω, reunir) es un signo o imagen en los que las realidades y determinaciones metafísicas no se reconocen en abstracto, sino que se hacen expresión perceptible de una realidad invisible.
El símbolo y el mito son las formas expresivas primordiales del espíritu humano y el origen de todas las literaturas, a la vez que el depósito de lejanas creencias y de los más antiguos fundamentos de la ciencia. Su punto de partida son la naturaleza y las acciones humanas. Como canta el coro místico del «Fausto», de Goethe, «todo lo que pasa no es más que un símbolo».
Lo mítico y lo simbólico son el producto de la reacción del hombre primitivo ante la vida, y, como consecuencia, la expresión en forma dramática —es decir, mediante acción y personajes, o a través de imágenes— de sus propias creencias. La mentalidad primigenia ha creado los mitos, muchas veces, como reflejo o imagen de fenómenos naturales. El mito es, en sus orígenes, una creación simplista o elemental. Para el hombre primitivo, todo lo que estaba animado contenía un ser misterioso. El cielo —lo más alejado e inasequible para él— ha originado un gran número de mitos, basados en lo fantástico y en lo maravilloso. Los mitos, al representar ideas y fuerzas naturales, son una de las primeras manifestaciones de la inteligencia humana, un vestigio, acaso, de la vida psíquica primitiva. En el cerebro humano el universo se traduce en mitos, es decir, en una serie de representaciones expresivas de las más diversas facetas de la vida y del cosmos. Ficción de hechos religiosos o alegoría de sucesos humanos, imagen de creencias o sentimientos, el mito es la primera creación poética del hombre. Por eso, atrae intuitivamente. Refleja los más complejos aspectos del psiquismo individual y es, a la vez, una imagen de la conciencia colectiva. Es, en este sentido, un testimonio del espíritu popular, que no se limita a un aspecto o época determinados, sino que constituye una verdadera concepción del universo. Del griego μῦθος narración —de aquí su primitivo carácter de leyenda de dioses y héroes— pasa, luego, a designar una imagen o alegoría que refleja diversas relaciones existentes en el universo y en la vida. Así, sabe explicarse la gran influencia del mito como concepción —gráfica, intuitiva y, muchas veces, personificada— del mundo y la existencia humana. Porque el mito —como observa Strauss— es un puro concepto ideal. Su valor no estriba ya en el hecho o leyenda que narra, sino en la idea contenida en aquel hecho aparente, y velada por el simbolismo con que se embellece.
Nos hemos referido al símbolo y al mito. Conviene deslindar, también, el símbolo de la metáfora, la alegoría y el emblema, con los que se relaciona frecuentemente. De otra parte, la analogía —como procedimiento de unificación y de ordenación— aparece en la poesía, en el mito y en el símbolo, viniendo a ser, a menudo, la piedra angular de todo el edificio simbólico.
Hay que distinguir entre el símbolo y la metáfora. La metáfora —expresión de una idea por medio de una imagen— excluye el sentido real de aquello que representa; el símbolo, en cambio, supone la realidad del objeto que se toma con carácter simbólico.
La alegoría —que explica o vulgariza el símbolo a través de una serie de metáforas— es la expresión de un proceso mental estático, mientras el símbolo lo es de un proceso dinámico. La alegoría pone un límite a la asociación de las ideas; el símbolo las mantiene en movimiento. Para Bachelard, la alegoría es «una imagen inerte», en tanto que, a juicio de Jung, es «un símbolo reducido». El símbolo, por otra parte, supone una condensación expresiva y precisa.
Sin embargo, algunas veces no es posible distinguir fácilmente el símbolo de la alegoría, con la que suele confundirse en las artes figurativas, ni del emblema, distintivo simbólico que suele ir acompañado de un dibujo esquemático con unos versos o una frase breve.
En la antigüedad, precisamente, se entendía por símbolo una especie de emblema o la representación de un objeto por medio de una imagen.
En Egipto alcanzó ya gran difusión el símbolo. Simbólica era, por ejemplo, la escritura jeroglífica, que expresaba ideas concretas por medio de signos convencionales; simbólicas, asimismo, numerosas representaciones plásticas.
En las religiones semíticas —la caldeoasiría, la fenicia, etc.— se encuentra también un predominio evidente de valores simbólicos.
Entre los griegos, los fenómenos de la naturaleza fueron personificados por medio de seres invisibles. Todas las divinidades del paganismo helénico —adoptadas o transformadas luego por los romanos— son símbolos que se ocultan bajo cada mito. Por otra parte, muchos mitos greco-latinos pasarán, más tarde, al simbolismo cristiano.
Si la mitología y las antiguas religiones nacieron de símbolos, también la Biblia está impregnada de simbolismo: el arco iris es la alianza de paz entre Dios y los hombres; la manzana es el pecado; el mal es la serpiente...
La liturgia y el arte cristiano están igualmente plagados de simbolismo. Si el simbolismo encuentra su explicación en la naturaleza del hombre —que de lo sensible se eleva a lo espiritual—, la Iglesia había de servirse de aquél para instruir a los fieles en los misterios de la religión. La cristiandad oriental había recibido también una extensa herencia simbólica. Los Padres de la Iglesia, en su mayoría, abundan en interpretaciones simbólicas.
En la Edad Media, el simbolismo es la clave de la teología, de la filosofía, de la mística, de la poesía. Es el órgano rector del pensamiento. El arte románico y el gótico reposan sobre símbolos. La mitología sobrevive, y se transforma, cristianizándose, en un intento —artístico y alegórico, muchas veces— de reconciliarse con la Iglesia. Así, bajo el paganismo superficial de los mitos, se ocultan nuevas verdades morales. Hércules, por ejemplo, se transforma, gracias a la influencia cristiana, en una especie de San Miguel; la fábula de Orfeo se aplica a Jesucristo; la historia de Eros y Psiquis recuerda la creencia en la resurrección.
El Renacimiento sigue interesándose también por el simbolismo, aunque con un sentido más individualista y un matiz profano, impregnado no pocas veces de retoricismo literario.
Ha venido, más tarde, el «siglo de las luces», y tras él, el maquinismo y el predominio absorbente de la técnica como portadores de la nueva era atómica. El hombre ya no inventa mitos ni busca imágenes o alegorías, porque produce sin cesar máquinas asombrosas, robots que trabajan, calculan, traducen y hasta piensan por él... Dueño de una técnica prodigiosa, será absorbido un día, no lejano, por esas mismas máquinas que crea. Mas, no puede resignarse a morir espiritualmente, ahogando sus sueños, sus mitos, sus quimeras y sus símbolos, que son el origen de toda su cultura, la raíz de sus sentimientos religiosos y la fuente inspiradora, tantas veces, de su poesía y de su arte...
Afortunadamente, como observa Uscatescu, se procede hoy, sin embargo, a la revalorización de los mitos. Las mentes más auténticas se inclinan ante la fecunda transformación de la realidad que es el mito. La Historia, además, irrumpe en los mitos y en ellos se purifica e incluso satisface su incontenible afán de permanencia. Cuando los símbolos parecían ya arrumbados para siempre, Arrington rompe una lanza asegurando que la «materia es un puro símbolo». Desde hace algunos años, el psicoanálisis ha contribuido también a poner en circulación palabras como imagen, símbolo y simbolismo, que pertenecen hoy al lenguaje corriente. Esto no había ocurrido en el siglo XIX, y entonces no hubiera podido comprenderse que el símbolo, la imagen o el mito pertenecen a la esencia misma de la vida espiritual. «El psicoanálisis —observa Baudouin— ha demostrado que el sueño abunda en símbolos, los cuales resultan, ante todo, de una condensación de varios elementos que ofrecen analogías afectivas. El símbolo, en este sentido, viene a ser «la representación de un complejo», es decir, la proyección, como sobre una pantalla, del dinamismo del complejo sobre el plano estático de la imagen.» Para Freud, los símbolos son signos de procesos instintivos elementales, es decir, la mejor expresión posible de cosas que tan sólo son capaces de expresarse por una analogía más o menos aproximada. «El símbolo —como dice Bachofen— despierta conjeturas; el lenguaje, en cambio, sólo puede dar aclaraciones. El símbolo pulsa a un tiempo todas las cuerdas del espíritu humano; la lengua, al contrario, está siempre obligada a no ocuparse en un momento dado más que en un solo y único pensamiento. Hasta en lo más íntimo y profundo del alma echa raíces el símbolo... El símbolo da cuerpo a la experiencia psíquica, la convierte en vida que corre por un cauce especial.»
Los personajes reales o históricos —el santo, el héroe, el guerrero, el poeta, el perverso— rondan, a veces, muy de cerca, el mito, y hasta se convierten ellos mismos, sin saberlo, en mito o en símbolo, porque el hombre, desde que nace, necesita sueños, quimeras y símbolos. Hasta los seres más vulgares y materialistas, que se creen inmunizados contra la imaginación, se mueven, piensan y hablan continuamente entre símbolos: nos dirán que gozan de una posición floreciente o que tienen un corazón de oro, y, en la calle, al encontrarnos, nos tenderán su mano abierta, viejo símbolo olvidado de paz y de amistad...
Por otra parte, la imaginación popular y la fantasía creadora de los poetas ha producido seres de ficción que, a veces, ya flotaban en el ambiente como nebulosas, antes de ser bautizados con un nombre mitológico o literario. Y es que, en ocasiones, la imaginación poética crea un personaje que excede su intento inicial, escapándose de la pluma. Viene a ser este personaje más importante, más genial incluso que su propio creador literario. Llega a tener más realidad y vida que muchos hombres de carne y hueso, y no sólo rebasa los límites de la obra en la cual ha nacido, sino que hasta se aleja de la patria donde vio la luz primera y traspasa sus propias fronteras, adquiriendo un pasaporte de universalidad. Estos personajes universales —Don Quijote, Fausto, Hamlet, Celestina, Segismundo, Don Juan— son seres profundamente humanos, con grandes vicios o virtudes, con idealismos y ambiciones, con amor, con generosidad o con bajeza, que han vivido ayer, que respiran hoy y que alentarán mañana entre la inmensa y amorfa multitud de los hombres. Han requerido el arte de un poeta —poseedor de una brizna de la chispa creadora de Dios— para adquirir un nombre universal y poseer la fuerza de un símbolo eterno. Lo que la amorfa y anónima multitud de los hombres necesita es integrarse en ellos, ya que «las figuras simbólicas —como observa Ortega— son a modo de seres vivos que sufren las vicisitudes de los tiempos, cambian con ellos, degeneran y madurecen, tomando el vario cariz de las almas humanas que en ellos se proyectan».
En esta obra se ha intentado recoger —de forma concisa y expresiva— la significación simbólica, los valores arquetípicos o representativos de seres reales; de figuras bíblicas, mitológicas y literarias; de la liturgia; de conceptos abstractos; de hechos o tipos históricos y legendarios; del espacio y del tiempo; del mundo físico, zoológico y vegetal; de los números, los colores y las cosas más diversas. Cielo y tierra, ideas y objetos, seres reales y entes de ficción, todo lo que posee, en fin, una significación mítica y simbólica.
El tema es tan extenso y tan vario como el universo, como la vida misma.
Si en cualquier estudio es difícil obtener resultados exhaustivos, en el que nos ocupa resulta imposible, dada la diversidad y pluralidad de valores simbólicos diseminados por el mundo físico y el mundo del espíritu. De todas formas son más de dos mil quinientos los conceptos recogidos, pudiéndose afirmar que el volumen reúne el temario completo que reclaman la Mitología y la Simbología.
La obra sigue una ordenación general alfabética, para su más fácil manejo; no obstante, se ofrece una clasificación que permite conocer la panorámica de los mitos y símbolos que guardan afinidad. De conformidad con ella se han establecido los siguientes grupos:
I. Símbolos teológico-litúrgicos.
II. » bíblicos.
III. » mitológicos.
IV. » del espacio y del tiempo.
V. » de seres reales.
VI. » parciales del cuerpo humano.
VII. » de seres literarios.
VIII. » mítico-populares y étnico-proverbiales.
IX. » abstractos y alegóricos.
X. » geográfico-histórico-legendarios.
XI. » del mundo sideral, físico y mineral.
XII. » zoológicos.
XIII. » vegetales.
XIV. » numerales y geométrico-figurativos.
XV. » de cosas y colores.
Se inserta, por último, una bibliografía de carácter general de las obras consultadas, y en aquellos mitos y símbolos de mayor interés e importancia se incluye, al final, una bibliografía particular (v. gr.: Fausto, Don Quijote y Sancho, Don Juan, etc.).
En algunos casos, se ha creído conveniente ilustrar ciertos símbolos, ya con dibujos esquemáticos, ya con reproducciones de obras maestras del arte universal. Ilustraciones, en general, que contribuyen a matizar o enriquecer la interpretación que de algunos mitos y motivos simbólicos puede extraerse de la sola lectura.
✶ INDICE:
- Introducción
- Clasificación de Mitos y Símbolos recogidos
- Diccionario general alfabético
- Bibliografía
