Tradiciones sanjuaninas
Octavio Gil
Editorial Peuser
1948 - 1 ed
Tapa blanda, rústica sin solapas
242 páginas
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Tapa y contratapa levemente deslucidas.
✶ SINOPSIS:
En una pequeña y silenciosa plaza de Lisboa, circundado de palmeras, la gratitud lusitana ha levantado un monumento a Eça de Queiroz. Bajo el busto del novelista, un desnudo de mujer representa a la verdad, envuelto su cuerpo en sutil velo. Esta figura escultórica simboliza el pensamiento literario del autor de La Reliquia, que concreta la frase: “Sobre la fuerte desnudez de la verdad, el manto diáfano de la fantasía”. Verdad y fantasía han sido los númenes rectores de este singular artista, que fué observador sagaz y penetrante y un imaginativo inquieto. Esta conjunción hizo doblemente admirable y perdurable su obra. Saber cubrir con poesía el cuerpo fuerte de la verdad, sin que el manto de aquélla deforme a ésta, tal el secreto del arte y del arte en la historia.
Historia y fantasía —según Anatole France— no son conceptos antagónicos, como a primera vista lo parecen. La historia, ciencia o arte, debe escribirse con un doble interés. No solamente tiene que ser objetiva y circunstanciada narración de hechos del pasado, sino que para insuflar espíritu y darle calor al relato, es menester recurrir a la fantasía, la que, por medio de la anécdota y de otros recursos del intelecto, operará el milagro de exaltar los sentimientos, sugerir ideas y avivar el grato y ameno entusiasmo por su lectura, a fin de que la obra resulte fruto completo de carne y sabor.
Sin apartarse del mundo de lo real, ni dejarse llevar por la fantasía puramente imaginativa, el historiador debe ser erudito y psicólogo, y como el pintor, reflejar en el retrato la personalidad física y moral del personaje retratado, toda vez que la solución integral está, sin duda, en la armoniosa conciliación de ambos términos.
El libro que ve la luz pública, intitulado Tradiciones Sanjuaninas — escrito sin pretensiones literarias —, se propone realizar el doble objetivo señalado, ofreciendo a la consideración del lector, en siete capítulos de apretado texto, que resumen, los tres primeros, los pilares básicos sobre los que reposa la historia de San Juan como provincia argentina; esto es, la fundación, la autonomía y la organización constitucional; para llegar, en los cuatro últimos, a presentar todo aquello que el viejo San Juan ha tenido de más típico y característico; a saber: el austero y candoroso hogar provinciano; la fecunda vida pública e institucional; el famoso derrotero que conduce al codiciado tesoro aurífero y las enconadas revoluciones que periódicamente han conmovido la entraña de ese pueblo estoico y valiente; y que, a manera de “leyenda negra” — lo que pretendo desvirtuar —, se cierne sobre la reputación de sus hombres, al repetirse, con harta frecuencia, que la insurrección es algo consustancial a su particular idiosincrasia.
Aspiro, además, a llevar a cabo una síntesis completa de la historia local; pues los sucesos omitidos tienen en el panorama de conjunto una importancia episódica secundaria. Si no he logrado la meta ambicionada, el lector sabrá excusar mi buena intención.
Sin desdeñar en modo alguno el documento, Tradiciones Sanjuaninas es, ante todo, un libro de carácter anecdótico y narrativo que se ha nutrido principalmente en las fuentes de la tradición oral, que, como venero de información histórico, he recogido a través de los cautivantes relatos de mis padres, vinculados en sus largas existencias, personalmente o por referencias de sus mayores, testigos o actores, a numerosos y trascendentes acontecimientos de la historia lugareña. En especial, los datos suministrados por mi padre y lo que éste le oyó decir a su tía doña Catalina Gil, espíritu fino y memoria privilegiada, constituyen materiales aprovechados de valor inestimable para la construcción de la obra.
Con este rico bagaje de recuerdos y documentos y con el afecto que me inspira descubrir aficiones comunes, conduciré al lector amigo, que en este caso representa al presente, la mente y el corazón puestos en el futuro, hasta esa añosa reja colonial que mi madre descubriera un día en una casa en ruinas del barrio de Trinidad — que con toda fidelidad reproduce la portada —, para que asomándose por ella, contemple siquiera sea un momento, al recorrer las páginas del libro, desdibujada por los años y los embates de la vida, la visión del pasado heroico sanjuanino, y queden, así, por un instante enlazados en suave perspectiva, los tres momentos en que se divide el tiempo.
Encadenamiento lógico y necesario que apareja utilidad y jerarquía a los estudios históricos. Porque, pensadores hay como Descartes, entre los antiguos, y Paul Valéry, entre los contemporáneos, que les niegan utilidad a esos estudios, fundados en que la excesiva inclinación por conocer las cosas que han acontecido en los siglos pretéritos, resulta perjudicial por el total abandono en que se dejan las del nuestro.
Disiento en absoluto con tan autorizado raciocinio. La historia y, por ende, la tradición, son el nexo vertebral que procura la continuidad del pasado en el presente y prepara los valores del porvenir. La historia no es el mero recuerdo de lo que fué, de lo que pasó y nunca jamás volverá. Por el contrario, por medio de la tradición sobrevive fresca y lozana en las costumbres y modalidades de un pueblo y se trasmite, como la herencia física y psíquica, de generación en generación. Según eso, sería el pasado en el presente, lo que no cambia ni muere en la vida de la sociedad, que a través del tiempo renueva sus energías sin modificar la estructura íntima y esencial de su naturaleza. Si la semilla es la síntesis del árbol, admitamos entonces como acertada la filosófica afirmación de un prestigioso escritor, de que “los muertos mandan”, al gobernar éstos nuestras almas desde un mundo invisible.
Se sostiene que la historia cultiva el espíritu y ayuda a vivir, por el amplísimo conocimiento que se adquiere del hombre y de las instituciones en su decurso evolutivo; pensamiento que profundiza el talento de Cicerón, que la califica en su De Oratione de maestra de la vida y mensajera de la antigüedad (magistra vitae et nuntia vetustatis), queriendo con ello enseñar que la historia no sólo ejerce una función formativa de educación moral permanente, sino que, en el proceso de integración social, no es posible prescindir del creer, del pensar y del sentir antiguos, sin que la aseveración suponga que vivamos apegados al pasado e indiferentes al progreso.
Los acontecimientos históricos revelan que el tradicional pueblo sanjuanino ya cumplió su ciclo perecedero en el tiempo y en el espacio. No sucumbió con el gran terremoto de 1944; su muerte acaeció posiblemente al cumplir la centuria como provincia autónoma. Como el hombre, su círculo vital se cerró para siempre, en cumplimiento de una ley cósmica inexorable. Toca a los hijos que siguen sus huellas, rindiendo culto oportuno a la tradición vernácula y como homenaje a lo que fué, dejar memoria certificada de sus calidades, para que el nuevo San Juan, aprovechando serenamente las lecciones de experiencia que le depara el pasado, atice su fuego innato y forje un porvenir mejor.
Octavio Gil
✶ INDICE:
Capítulo I. La fundación
La personalidad del general Juan Jufré. — La fundación de la ciudad; error difundido. — El nombre del pueblo. — Referencias biográficas sobre el fundador. — El retrato de Jufré. — La ciudad antigua; su evolución.
Capítulo II. La autonomía
La anarquía del año 1820. — El episodio de la autonomía de San Juan; documentación pertinente. — Reafirmación del principio de autonomía: los pactos interprovinciales. — Facundo Quiroga invade San Juan; pasión federal. — La muerte de Mendizábal.
Capítulo III. La organización constitucional
El espíritu de la revolución de Mayo. — Repercusión en San Juan. — Reformas liberales del doctor Salvador María del Carril. — Caseros: panorama político. — Deposición del general Benavides: conflictos domésticos. — Gobierno del coronel Francisco D. Díaz. — Comandancia militar del oeste; “El Chacho” en San Juan. — Antecedentes de la constitución sanjuanina de 1856. — Los derechos de la provincia: el primer gobernador constitucional; sacrificio de Aberastain; Sarmiento en el gobierno. — Conclusión.
Capítulo IV. La vida privada
Casona provinciana. — La familia sanjuanina. — Despensa criolla. — El rosario. — Tertulia de hombres. — Misa de los domingos. — Salón colonial. — Vieja reunión social. — El luto. — Vida cultural. — Los médicos. — Procesión de Corpus Christi. — La finca de antaño. — Los novios. — Conclusión.
Capítulo V. La vida pública
La ciudad de San Juan y sus alrededores. — Los poderes públicos; su organización y desarrollo: a) Poder ejecutivo; b) Poder legislativo; c) Poder judicial; los abogados de antaño; d) La cárcel; e) La milicia; f) Vida municipal; g) La policía; h) Instrucción pública; i) Beneficencia pública: la mujer sanjuanina. — La Iglesia de Cuyo: el obispado, el clero, los templos y las órdenes religiosas. — Los partidos políticos y los hombres públicos. — Los periódicos de hace noventa años. — División administrativa; los caminos interprovinciales; los viajes. — Conclusión.
Capítulo VI. ¡Oro!...
Los mitos populares. — El tesoro de Pie de Palo. — El fantasma de los riscos.
Capítulo VII. Las revoluciones
La revolución: concepto, clasificación y causas. — La revolución de los muchachos. — Las revoluciones de los parientes. — Las revoluciones religiosas. — Las revoluciones por los fueros de San Juan. — Las revoluciones políticas. — Las revoluciones militares. — Las revoluciones injustas. — Conclusión.
