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Grandes Cuentistas

AA.VV.

Editorial Jackson

Colección Clásicos Jackson N° 39

1966

Varios traductores

Tapa dura

550 páginas

Selección y estudio preliminar por Julio Torri

Noticias bibliográficas de José Manuel Conde

Impreso en el DF (México)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes mínimos.

 

✶ SINOPSIS:

ESTUDIO PRELIMINAR

Es difícil diferenciar, en muchos casos, el cuento y la novela corta. No se trata de obras de inferior o superior calidad literaria. La novela corta es, por lo común, relato de sucesos posibles o verosímiles en que se destaca la psicología de uno o más personajes, un conflicto de ideas o de caracteres, un medio ambiente pintoresco y atractivo. En el cuento no sobresale generalmente ninguno de estos elementos, y su propósito es más amplio.

Se distinguen también en cuanto al público a que van dirigidos, pues el cuento corresponde antes que todo a lectores u oyentes más ingenuos y pueriles, que sólo buscan en él un entretenimiento pasajero o la fácil ejemplificación de ideas morales sencillas. El cuento corresponde más bien a una etapa en el desenvolvimiento cultural de una nación. La novela corta en cambio va destinada a una clase social especializada en achaque de letras y que sabrá deleitarse con los incidentes dramáticos del relato, con la pintura del color local, con la intención irónica del autor o bien con el tema terrorífico. En ciertas épocas primitivas de la literatura de un país no ha habido sino cuentos, en tanto que la novela corta aparece en los períodos más adelantados, durante los cuales subsiste y se desarrolla el cuento.

El cuento es tan antiguo como la humanidad. Acaso las primeras hipótesis para explicar la realidad exterior revistieron la forma de cuentos. El hombre vivía en medio de una naturaleza en que todo era animado, individual y divino (antropomorfismo). Así aparecieron los mitos, historias de dioses y de héroes, que aprovechan sin agotar las religiones y las primitivas epopeyas.

Cuentos religiosos, cuentos mágicos, de iniciación (como el de Barba Azul), cuentos genealógicos, cuentos para exponer principios éticos, de todo hay abundantemente en la literatura primitiva de los pueblos.

La epopeya nacional o medieval —como la griega— utilizó mitos en gran copia, al punto que la Ilíada y la Odisea tuvieron el doble carácter de libros nacionales y religiosos.

Parece que ha sido privilegio de pueblos dotados de gran poder de imaginación —como el pueblo helénico— mirar los hechos históricos, en la lejanía del pasado, bajo la forma de mitos. La guerra de Troya es un vago recuerdo de una lucha histórica reconstruída en otra época —la heroica o jonio-doria— por jonios de Asia Menor.

Los cuentos heroicos y míticos son de lo más primitivo; en seguida vienen los de carácter moral, como fábulas, apólogos, parábolas y consejas.

Y empleando cuentos se hacen hasta tiempos relativamente modernos las descripciones de costas para instrucción de navegantes: cíclopes son volcanes que arrojan grandes piedras al mar; monstruos marinos, estrechos o canales peligrosos para los antiguos nautas. El descubrimiento por los hindúes de las islas del Océano Índico constituye el fondo de los cuentos de Simbad el Marino. Y las navegaciones por el Mar Ártico suscitan una floración de místicas leyendas célticas como los viajes de San Brandán en busca del paraíso terrestre, la visión de Tungdal y el Purgatorio de San Patricio.

Atención principalísima de los sabios folkloristas modernos han merecido los cuentos que explican el universo, sus incesantes transformaciones o metamorfosis, sus cambios periódicos como el juego de las estaciones (cuentos de Cenicienta, Caperucita y otros).

De Egipto proceden los más antiguos cuentos que se conservan y que Maspero cree de los siglos XIV a XII antes de Cristo, y aun de tiempos acaso anteriores. Hay cierta variedad en ellos, predominando los de magia, de viajes y de aventuras semihéroicas. Tienen a menudo temas comunes con los populares recogidos en nuestros días por los folkloristas. Reflejan la vida inmóvil de este pueblo singularísimo, al que su situación geográfica, su estructura social tan jerarquizada y la preocupación exclusiva del más allá contribuyeron a moldear en su extraña idiosincrasia.

En la India, el cuento moral, el apólogo y las parábolas (jatakas) se utilizaron en la predicación del budismo, cosa de cinco siglos antes de la Era Cristiana. Se conservan en sánscrito —o sea, el viejo dialecto literario— colecciones tardías como el Panchatantra (o cinco libros) y el Hitopadesa o instrucción salutífera. Otras se han perdido en la lengua en que fueron compuestas, pero han llegado hasta nosotros en traducciones a múltiples lenguas.

Lo mismo sucedió con las fábulas de Bilpai, que llegan al español con el nombre así las fábulas de Pilpai.

Los Cuentos de Calila e Dimna —nombre que se dio a la versión griega y ampliada que mandó hacer por el Infante don Fadrique —hermano de Alfonso el Sabio— lleva el título de Libro de los engaños et los asayamientos de las mugeres.

Estos cuentos no siempre son recomendables por su edificación y decencia, y la moral que preconizan tampoco es a veces de lo más elevada. Las virtudes que más frecuentemente se ensalzan son la cautela, la desconfianza y la disimulación. Los más bellos resplanden en los poemas inmortales de Homero y los más refinados y delicados los cuenta el terrible Apuleyo, el feroz Lúcida.

En Hesíodo —Los trabajos y los días— se halla la más antigua fábula compuesta en una lengua indoeuropea, anterior en varios siglos a los cuentos más viejos de la India: el apólogo del gavilán y el ruiseñor de jaspeado cuello, que por cierto lleva una moraleja bien acerba.

Platón aprovechó en sus diálogos innumerables paradojas, historias de antiguas familias y cuentos genealógicos y doctrinas, y no son, por de contado, el menor de los hechizos de sus diálogos.

El primero que compiló cuentos al modo moderno es fama que fué Partenio de Nicea, al que se tiene por maestro de Virgilio. Su colección se llama Aventuras de amor, y consta de treinta y seis narraciones. De la misma época de Augusto fué otro compilador, Conón, de quien llega hasta Don Quijote el cuento de los dos viejos y la deuda saldada, uno de los episodios del gobierno de Sancho.

El helenismo decadente nos legó tres bellas narraciones: La matrona de Éfeso, que se encuentra en el Satiricón de Petronio; Los amores pastoriles de Longo; y El asno de Lucio de Patras, refundido por Luciano, y por Apuleyo su Asno de oro. La primera y la última son muestras de fábulas sibaríticas …y milesias, que no han alcanzado nuestra época en su primitiva forma, sino en imitaciones tardías como las que ahora mencionamos.

La Edad Media fué singularmente propicia a los cuentos. “Los viajes de los peregrinos —dice Emile Gebhart—, de los mercaderes y de los cruzados difundieron en Occidente una literatura de relatos de todas las regiones del mundo. Hubo en Francia una emigración continua de reves, de señores, de grandes criminales, de monjes, corsarios y piadosos vagabundos, yendo y viniendo por los mares, valles y desfiladeros de las montañas. Desde lo más remoto de España, Irlanda y Dinamarca, hombres ansiosos por su salvación caminaban in tregua a Roma y Jerusalén. Migraciones permanentes cambiaban los intereses monásticos, pusieron en relación perpetua unas casas con otras. A partir de San Francisco y Santo Domingo hubo un hormiguear de la Iglesia militante por todos los caminos practicables de Europa y Oriente. Las empresas feudales mantenían entre el Occidente latino, Constantinopla y Asia una constante corriente de ideas. Las flotas mercantes de Venecia, Pisa, Génova y Amalfi enlazaban a Italia con los puertos de España, Levante y el Mar Negro y con los archipiélagos. Caravanas de Florencia, Venecia y Marsella traían de Persia y China, en sus fardos, con el marfil, el polvo de oro y la seda, la visión de civilizaciones deslumbradoras y de religiones más extrañas aún para la cristiandad que el islamismo.”

“Para disipar el tedio de estos largos viajes, de las veladas de invierno en los refectorios de los conventos, de las noches de estío pasadas en la cubierta de los navíos, en pleno mar inmóvil, el narrador relatase a sus compañeros las cosas curiosas que se había recogido a lo largo del camino. Los clérigos recordaban las historias que corrían en el claustro, la odisea monacal de San Brandán, el descubrimiento del Paraíso Terrestre por los cenobitas irlandeses, la puerta del Purgatorio entreabierta por San Patricio, el Infierno entrevisto por muertos que resucitaban a los treinta días y que daban a sus hermanos noticias ciertas del otro mundo. Los cruzados contaban la crónica de la cruzada, la cortesía y cordura de los príncipes musulmanes; los recuerdos de amor de Palestina, del Bósforo o de Provenza. Los mercaderes ponderaban los milagros operados por las piedras preciosas amontonadas en sus cofres, describían las costumbres de las bestias del desierto, los lobos cuya sola mirada mata a los hombres desde lejos, los reptiles monstruosos… Y los peregrinos de humor travieso citaban las buenas respuestas y las estratagemas por las cuales algunos de sus compadres habían salido de una situación apurada, haciendo reír a costa de un marido infortunado, de una mujer colérica y pérfida, de un cura avaro, de un monje glotón, de un barón brutal.”

Los predicadores hacían gran consumo, para sus sermones, de cuentos morales o exempla, cuyas colecciones se multiplicaban. Las Vitæ Patrum, el Valerio Máximo, la Gesta Romanorum y la Disciplina Clericalis del judío converso de Huesca Pedro Alfonso (siglo XII), andaban siempre en manos de los clérigos. Y apólogos de Esopo a través del fabulista Fedro, y otros de procedencia oriental, atestaban los centones llamados Isopetes.

En lenguas vulgares, el infante don Juan Manuel y Juan Boccaccio se llevan la palma por sus célebres colecciones. La del infante [sobrino del rey don Alfonso el Sabio y primo de don Sancho IV (presunto autor de otro libro, Castigos e documentos)] fué terminada en 1335 y es notable por la variedad de sus asuntos, por la preferencia que concede a las acciones heroicas, por ciertos progresos que alcanza en la lengua y en el estilo, y aun por la fina malicia que revelan algunos de sus enxiemplos.

Del mismo siglo del infante don Juan Manuel es el Arcipreste de Hita, el excelso lírico medieval que en los múltiples géneros que comprende su Libro de Buen Amor, hereda y resume la gran tradición latina de los tiempos medios.

Boccaccio es el cuentista moderno por excelencia, como es Cervantes el novelista. Con su prosa el italiano adquiere dignidad y relieve de lengua clásica. Encarna el espíritu de su siglo: sensual, irónico, pagano, risueño y despreciador de los altos ideales que el Alighieri y el siglo XIII veneraron. En su portentoso libro toda la Italia contemporánea está representada, y en sus cuentos bizantinos aun el Levante próximo y las islas de Grecia. Al lector estudioso recomendamos los finos análisis de Michele Scherillo en la introducción a su edición del Decameron (Ul rico Hoepli, editor).

Un siglo antes de Boccaccio, Italia se había deleitado con los breves cuentos de una recopilación famosa: el Novellino o Le Cento Novelle Antiche. En la misma centuria en que vivió el certaldés floreció otro gran narrador de cuentos, Francesco Sacchetti, notable por el brío y las cualidades vitales de su prosa.

Los novellieri se suceden en la Italia renacentista: Poggio Bracciolini, humanista que fué secretario de varios pontífices, y cuyas Facetiae —en latín— son un reflejo de la corte romana en los albores del siglo XV; Masuccio Salernitano, autor de un Novellino, lleno de picardía y espíritu satírico; el grave historiador Maquiavelo; el dechado del hombre de corte, Baltasar Castiglione, a quien retrató magistralmente Rafael de Urbino y tradujo Boscán; Ángel Firenzuola, autor de los deliciosos Discursos de los animales y de los Razonamientos; el Lasca (Antón Francisco Grazzini); el dominico Mateo Bandello, cuyas Novelle, compendio brillante de su época, suministraron a Shakespeare la materia de tres de sus mejores obras: Romeo and Juliet, Much Ado about Nothing y Twelfth Night. “Una colección popular de versiones francesas de las novelas italianas de Bandello —Histoires Tragiques, por Belleforest— fué manejada por Shakespeare a menudo”, dice Sir Sidney Lee en su autorizada Vida de Shakespeare.

No sólo los ingleses, sino también la comedia de Lope de Vega y sus discípulos explotó abundantemente el inagotable fondo de los cuentos italianos.

De las colecciones francesas de cuentos en los siglos XV y XVI —las Cent Nouvelles nouvelles, el Heptameron de la reina Margarita de Navarra, etc.— merecen especial mención las Nouvelles Récréations et Joyeux Devis, de Bonaventura de Périers (o de Jacques Peletier), que revelan a un escritor de grandes cualidades literarias.

Las mil y una noches son un libro famoso desde los tiempos de Galland, quien a principios del siglo XVIII hizo conocer en Europa una traducción abreviada y exenta de liviandades. Su cuento primordial y partes principales son de origen indio, como demostró desde 1833 Guillermo de Schlegel (en una carta a Silvestre de Sacy). Al libro primitivo ya se refiere un polígrafo del siglo X, llamado Almasudi, y en su forma antigua Las mil y una noches se llaman Hezar Efsaneh (acaso estaban escritas en persa). En su redacción actual datan de los últimos años deL siglo XV y de los comienzos del XVI. El holgado trazo del libro ha permitido la incorporación de diversas colecciones y cuentos, tales como el Sendebar, (“Historia de los diez visires”), los Viajes de Simbad el Marino etc. (Véase Marcelino Menéndez y Pelayo: Orígenes de la novela, I, págs. LIV y siguientes).

El fabulista Jean de La Fontaine puso en verso muchos cuentos de diversa procedencia —sobre todo de Boccaccio—, infundiéndoles una gracia y un regocijado espíritu inimitables.

El siglo XVIII, que marca en diversas artes y aspectos de la vida el apogeo de nuestra cultura occidental, se ilustra con cuentistas esclarecidos, como Voltaire, Diderot, el abate Voisenon, etc.

Los cuentos de Charles Perrault —de fuentes folklóricas— son celebérrimos, y parecen no ser otra cosa que modernas versiones de vetustísimos mitos indoeuropeos. El cuento de La Bella Durmiente no es sino la representación de la estación nueva o del nuevo año, que se repone con el sol tras una prueba irrecusable de ser la predestinada. Pulgarcito, Barba Azul y Riquet à la Houppe son restos de ritos de iniciación a cargos y estados de la vida humana en la época primitiva. Y la Bella Durmiente del Bosque personifica tal vez el sueño invernal de la naturaleza.

De la producción romántica europea es menester otorgar sitio principalísimo a los Relatos de Alejandro Púshkin. El cuento puro, con su mundo completamente aislado del nuestro, y por lo tanto el que cautiva sin reservas nuestra atención, es el que cultiva Púshkin.

Al lado del Byron ruso (como se le ha llamado a Púshkin) suele ponerse a Nicolás Gogol, en cuyas primeras obras se nota cierta influencia del sentimentalismo de Dickens. En los Relatos petersburgueses, en las comedias El inspector e Himeneo, y en la novela de inspiración cervantina Almas muertas se revela como uno de los mejores humoristas europeos de todos los tiempos.

En el tomo de Grandes Escritores Rusos de la primera serie de esta colección, hallará el curioso narraciones de Turguéneff, de Chéjov, el maestro insuperable del género, cuya paleta de un gris sombrío, a ratos tornasola la ternura. De este escritor se incluye en esta selección uno de sus más característicos relatos. Son innumerables los discípulos de Chéjov, así como los de Maxím Gorky, el amigo de los vagabundos y el pintor, con vivas tintas, de su vida valiente y algo extraña.

Mencionemos de paso a Dostoievsky y a Tolstoy, algunas de cuyas obras principales aparecen en otro volumen de esta misma colección. El músico Alberto, del último, parece que expresa las ideas del escritor acerca del genio, al que no hay que medir con el mismo rasero que al común de los hombres. La muerte de Iván Ilich es una crónica —pavorosa en su naturalidad— del fin de un funcionario. En el Padre Sergio nos presenta Tolstoy un curioso caso de misticismo eslavo.

Los cuentistas españoles del siglo XIX acabaron —en materia de narraciones cortas— verdaderas joyas llenas de primor. Así don Pedro Antonio de Alarcón —que descuella en forjar cuentos de una urdimbre singularmente tramada— dejó obras maestras: El sombrero de tres picos, La buenaaventura, El libro talonario, etc. Las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer gozan de popularidad bien merecida por la firmeza de mano con que están trazadas, así como por la vívida representación de sus principales momentos. Don Juan Valera en su castizo El caballero del azor, relata las fabulosas mocedades de Bernardo del Carpio, único héroe de la epopeya castellana que no tuvo existencia histórica. La obra suprema del género —a nuestro juicio— la constituye ¡Adiós, “Cordera”!, de Leopoldo Alas (“Clarín”). Es una narración llena de finura espiritual, de observación minuciosa, de aciertos de expresión; independientemente de su valor literario posee una alta significación humana.

La renovadora generación del 98 tuvo narradores de calidad singular: Unamuno, que infunde en sus novelas un pensamiento filosófico, o que sugiere en Don Sandalio, jugador de ajedrez un tipo original de cuento, en que el autor huye de todo el que quiere informarle de su héroe; Valle Inclán, inimitable estilista, que acierta con tipos de recia contextura medieval como don Juan Manuel Montenegro y que relata episodios galantes de la corte del pretendiente; Pío Baroja, novelador de hombres de acción y que transmuta y torna interesantes lo vulgar y lo cotidiano. Aquí cabe mencionar también a Gabriel Miró, cuya boga como novelista y cuentista no ha pasado ni pasará tal vez en mucho tiempo. Es ante todo un colorista, un autor que se deleita con la suntuosidad y brillantez de la vida rica y que posee extraordinario poder expresivo. Pérez de Ayala se sitúa en los linderos de lo narrativo y de lo lírico.

De Alemania hemos escogido un bello cuento de Hoffmann, impregnado de afición apasionada por la Italia romántica, por su música y por sus vinos, y por el hechizo misterioso de sus mujeres. Hemos seleccionado, asimismo, otro de Pablo Heyse.

Por no hacer interminable esta antología, prescindimos de Chamisso, autor de Peter Schlemihl, el hombre sin sombra; de los hermanos Grimm (Jacobo y Guillermo) que en sus Cuentos de niños y del hogar aprovecharon el tesoro inhausto de la tradición popular; de Hauff, muerto tempranamente, autor de la deliciosa Die Karawane; de Auerbach y sus bellos relatos aldeanos de la Selva Negra; y de otros muchos cuentistas germánicos célebres.

Incluímos en esta colección Los tres honrados peineros, del novelista suizo Gottfried Keller, cuento en que se pintan aspectos o genialidades nórdicos. A Jan Neruda (1834–1891) puede considerársele como antecedente de su compatriota Franz Kafka, una de las mayores celebridades europeas del período intermedio entre las dos guerras mundiales. Jorge Luis Borges define bien los fundamentos del arte de Kafka en estas palabras: “Dos ideas —mejor dicho, dos obsesiones— rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; el infinito, la segunda. En casi todas sus ficciones hay jerarquías y esas jerarquías son infinitas”. El mismo literato argentino dice del cuento de Kafka que figura en este libro: “En La construcción de la muralla china, 1919, el infinito es múltiple; para detener el curso de los ejércitos infinitamente lejanos, un emperador infinitamente remoto en el tiempo y en el espacio ordena que infinitas generaciones levanten infinitamente un muro infinito que dé la vuelta de su imperio infinito”. El sentido de infinitud y otras inquietudes espirituales de hoy bullen en las obras de este gran imaginativo, que ha buceado hasta lo más oscuro de nuestros instintos zoológicos fundamentales. Es sin disputa uno de los maestros de la literatura contemporánea.

Balzac, el genio supremo de la novela en su época, no debía faltar en esta antología. También hemos seleccionado una apasionante historieta de Prosper Merimée, el mejor prosista francés del Segundo Imperio, impecable narrador que sólo encuentra en Púshkin con quien equipararse.

Maupassant, amargo pintor de la terrible dureza de la vida, sobre todo de la rural, es un gran artífice de la narración corta. Alphonse Daudet se complace en narrar casos conmovedores que excitan en el lector sentimientos de piedad y simpatía humana.

A France se le tiene con razón por el más erudito de los novelistas y cuentistas, y sus relatos, dotados de una suprema gracia, valen sobre todo por su saber humanístico, por los profundos pensamientos de que están matizados, y por las bellas muestras de una ironía incomparable.

Dickens es acaso el victoriano que promueve más simpatía, con sus admirables descripciones de tipos y ambientes de las clases pobres. Pérez Galdós y Daudet, y también Balzac, en parte, le son afines espiritualmente. Chesterton ha dicho del arte de Dickens: “Por otra parte, el objeto de Dickens no era revelar la acción del tiempo y de las circunstancias sobre un personaje; tampoco se propuso mostrar la acción de un personaje sobre el tiempo o sobre las circunstancias. Hay que hacer notar de paso, que cuando trató de señalar la evolución de un carácter, fracasó, como en el arrepentimiento de Dombey, o la decrepitud aparente de Boffin. Su afición lo llevaba a pintar seres que flotan en una especie de alegre despreocupación, en un mundo liberado del tiempo, completamente libre de las circunstancias, aunque la frase parezca peregrina cuando se recuerdan las cabriolas fantásticas de Pickwick. Pero todos los incidentes de Pickwick, por extraños que sean a menudo, tienden a la extrañeza más grande aun de las almas, o algunas veces a hacer que el lector toque con el dedo —si es lícito expresarse así— esta extrañeza misma”. (G. K. Chesterton: Charles Dickens.)

Stevenson es otro gran victoriano que ocupa preeminente lugar entre los prosistas ingleses. Algunos críticos —como el implacable Saintsbury— lo quisieran menos impecable estilista. Sus cuentos son deliciosos y su lectura uno de los mejores regalos que puede uno concederse.

Los cuentos de Wilde tienen mucho del poema en prosa. Sólo que se trata de un Aloysius Bertrand por el que hubiera pasado el tibio hálito de Dickens.

Kipling es una de las voces características en nuestros afanados tiempos. Conrad es el pintor de marinas por excelencia, y en sus obras se escuchan The surge and thunder of the Odyssey.

Lord Dunsany —cuentista, dramaturgo, poeta— cultiva en una atmósfera de irrealidad flores extrañas de gran lozanía que dejan en el alma como el recuerdo de un sueño lleno a la vez de misterio y encanto.

Katherine Mansfield, neozelandesa, dotada de innegables cualidades poéticas, ha dado al cuento su fina sensibilidad femenina.

Los Estados Unidos están representados por una historieta del gran Hawthorne, y por otra del célebre Mark Twain.

Mark Twain es genial por la idea del cuento, rara vez por la pintura de los personajes o del medio ambiente. Compárese el Frasquito de Misericordia de Pérez Galdós con el protagonista del cuento que publicamos, y se notará la honda densidad humana del héroe galdosiano y lo esquemático hasta cierto punto del personaje del cuento de Mark Twain.

Dos ilustres novelistas —Castello Branco y Eça de Queiroz— representan la literatura portuguesa.

Nuestra América latina ha tenido cuentistas de reconocido mérito, como Machado de Assis, Lugones, Ricardo Palma, Riva Palacio, etc. Obsérvase un fino análisis psicológico en Machado, en cuyas obras abundan tipos femeninos de singular realidad. Horacio Quiroga nos pinta la selva indómita con sus tremendas peripecias. JULIO TORRI

 

 

✶ INDICE:

- Estudio preliminar, por Julio Torri

1- El cuento antiguo

Oriente:

- Panchatantra: Cuento XIX

- Las mil y una noches: Historia del maestro de escuela lisiado y con la boca ladeada

Italia

- Novellino: Novela VIII. Donde se plantea una cuestión, y sentencia que fué dada en Alejandría - Novela XLIV. Que cuenta cómo un caballero requirió de amores a una dama - Novela LXIX. Que cuenta cómo Hércules fué a la floresta

- Boccaccio: Decamerón. Jornada primera. Novela tercera. Melquisedec, judío, con un cuento de tres anillos, escapa a un gran peligro aparejado por Saladino - Jornada sexta. Novela novena. Guido Cavalcanti motejó aguda y honestamente a ciertos caballeros florentinos que lo habían tomado de sorpresa

- Francesco Sacchetti: Novela cuarta

España

- Don Juan Manuel: Libro de los enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio. De lo que conteció a un raposo que se echó en la calle e se fizo muerto

De lo que conteció al rey Abenabed de Sevilla con Ramaiquía, su mujer

- Juan de Timoneda: El sobremesa, ardid de caminantes. Cuento primero - Cuento XXXII - Cuento XXXVIII

- Luis de Pinedo: Libro de chistes. Los pupilos de Salamanca. Las casas de Granada. Las monjas y el deán

- Melchior de Santa Cruz: Floresta española de apotegmas y sentencias, sabia y graciosamente dichas

- Juan Rufo: Los seiscientos apotegmas. El harpa desatinada. La comida en público. Enamorar viudas. Un necio

- Juan Aragonés: Doce cuentos. Cuento IV. Cuento XII

Francia

- Los fabliaux. Los tres ciegos de Compiègne (de Cortebarbe)

- Charles Perrault: El gato con botas

2- El cuento moderno

Francia

- Honoré de Balzac: Una pasión en el desierto

- Prosper Mérimée: La partida de tric-trac

- Guy de Maupassant: Adiós

- Alphonse Daudet: El sitio de París

- Anatole France: El juglar de la Virgen

- Guillaume Apollinaire: La desaparición de Honorato Subrac

Inglaterra

- Robert Louis Stevenson: La puerta del Sire de Maletroit

- Oscar Wilde: El príncipe feliz

- Katherine Mansfield: La vida de Ma Parker

- Rudyard Kipling: La litera fantástica

- Herbert George Wells: La puerta en el muro

Norteamérica

- Nathaniel Hawthorne: El velo negro del pastor

- Edgar Allan Poe: La carta robada

- Mark Twain: Rogers

Alemania

- Henry James: La humillación de los Northmore

- Ernst Hoffmann: La fermata

- Paul Heyse: L’Arrabiata

Suiza

- Gottfried Keller: Los tres honrados peineros

España

- Juan Valera: El caballero del azor

- Leopoldo Alas (“Clarín”): ¡Adiós, “Cordera”!

- Gabriel Miró: El señor Cuenca y su sucesor

Portugal

- Castello Branco: El comendador

- Eça de Queiroz: José Mathias

Italia

- Edmundo de Amicis: Un ordenanza original

- Luigi Pirandello: La verdad

Dinamarca

- Hans Christian Andersen: El patito feo

Rusia

- Nicolái Vasilievich Gógol: El capote

- Antón Pávlovich Chéjov: El obispo

Checoslovaquia

- Juan Neruda: El señor Rysanek y el señor Schlegl

- Franz Kafka: Edificación de la muralla china

Hungría

- Ferenc Herczeg: El húsar

Iberoamérica

- Joaquín María Machado de Assis: Entre santos

 

- Horacio Quiroga: El potro salvaje