| 1 cuota de $45.000,00 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $45.000,00 |
| 2 cuotas de $26.885,25 | Total $53.770,50 | |
| 3 cuotas de $18.667,50 | Total $56.002,50 | |
| 6 cuotas de $10.643,25 | Total $63.859,50 | |
| 9 cuotas de $7.915,00 | Total $71.235,00 | |
| 12 cuotas de $6.660,00 | Total $79.920,00 |
| 1 cuota de $45.000,00 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $45.000,00 |
| 2 cuotas de $26.712,00 | Total $53.424,00 | |
| 3 cuotas de $18.286,50 | Total $54.859,50 | |
| 6 cuotas de $10.114,50 | Total $60.687,00 | |
| 9 cuotas de $7.395,00 | Total $66.555,00 | |
| 12 cuotas de $6.056,25 | Total $72.675,00 |
| 3 cuotas de $19.174,50 | Total $57.523,50 | |
| 6 cuotas de $10.560,00 | Total $63.360,00 |
| 3 cuotas de $19.374,00 | Total $58.122,00 | |
| 6 cuotas de $10.635,75 | Total $63.814,50 | |
| 9 cuotas de $7.958,50 | Total $71.626,50 | |
| 12 cuotas de $6.517,88 | Total $78.214,50 |
La Flanerie a París
(El deambular por París)
Leon Paul Fargue
Editorial Commissariat General de Tourisme
1946
Texto en francés
Tapa blanda, rústica sin solapas
55 páginas
Numerosas fotografías en b/n de fotógrafos varios
12 páginas de texto y apéndice fotográfico
Impreso en París (Francia)
✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.
Arreglo prolijo en el lomo (ver fotos)
✶ SINOPSIS:
Fragmento del texto de Leon Paul Fargue, traducido al español
Una de las particularidades de la hospitalidad parisina es que quienes la practican se esfuerzan tanto por agradar como por honrar, y ahí, sin duda, reside el secreto de la debilidad que huéspedes ilustres han sentido por nuestro suelo y nuestro aire. Por lo demás, los reyes que vinieron aquí con frecuencia no fueron los únicos en apreciar el aroma de la estadía en nuestra capital. Poetas, músicos, pintores extranjeros, proscritos de alta estirpe encontraron entre nosotros las emociones, la atmósfera, la holgura y las comodidades que le permiten a un alma unir las meditaciones del extrañamiento o del ocio con las voluptuosidades del recuerdo, en una suerte de sentimiento nuevo, donde aparece a veces, como un arco iris sobre el horizonte oscuro, la alegría de vivir.
Por último, la bienvenida que les deseamos a los extranjeros, sean quienes sean, se vuelve en beneficio nuestro y regresa hacia nuestros corazones, enriquecida por las simpatías que sentimos: somos los huéspedes de nuestros huéspedes. Ahí está todo el valor del alma francesa, todo el secreto de la generosidad parisina. Y he aquí que, precisamente, con los taxis que vuelven del exilio, con los hoteles que abren sus puertas y sus brazos, he aquí que el París auténtico, en carne y hueso, fiel a sus caprichos y a sus deberes, sale de los limbos de la guerra muerta. Las estaciones, los transeúntes, recuperan su lugar en el jardín tradicional. Con la flânerie y los recuerdos de ayuda, parto hacia las imágenes que me encantan y me envejecen. Pronto voy a cumplir setenta años. Unos cuantos siglos de civilización, lentamente tragados. Unos cuantos siglos de sabiduría y de esfuerzos pacientes hacia lo que creo que es el bien. Arrastro a lo largo de los muelles todo un pasado feliz y flexible, y, con los parisinos de mi edad, distingo los detalles que tengo por eternos en una ciudad que no cambió tanto.
La calle, desde la guerra, vivió sus pequeños prodigios pacientes y crueles de voluptuosidad; la Torre Eiffel, tan buena con nosotros, que la queremos tanto, como escribí cuando se cumplió su cincuentenario, no es hora de recordar su fecha de nacimiento ni de contar cómo hizo sus estudios. La torre, penacho de los parisinos, es una suerte de medida común donde convergen nuestras corrientes de poesía, ríos o arroyos. Hay algo de Unión Nacional en su caso y, desde ya, nos es más querida a los ojos y al corazón que tantos entusiasmos, fervores, énfasis o circunstancias.
La autoridad de la Torre siempre pesó sobre mí como la sombra de un hermano mayor. Allí alojé a todos los Gulliver de mis sueños y, de pibe, me servía de ella para colgar mi desesperación del trapecio volante de los cielos del tedio. En mi época, cuando salió de la tierra, como una gran apertura de piernas, los delicados no la querían. Después se plantó en la vida seria y los intelectuales, con picazón de fantasía, alzaron la vista. Fue admitida en sociedad, presentada a los monóculos, y atendida en los libros graves compuestos para gloria de París...
"Las entradas del Carrousel y la terraza que domina la plaza de la Concordia están unidas por un mismo jardín, que se despliega en una perspectiva maravillosa, al fondo de la cual se alza el Arco de Triunfo". - Foto reprodudica en esta edición
Fragmento del texto de Leon Paul Fargue en el original
Une des particularités de l’hospitalité parisienne, c’est que ceux qui la pratiquent s’efforcent autant de plaire que d’honorer, et là sans doute réside le secret du faible que des hôtes illustres ont eu pour notre sol et notre air. D’ailleurs, les rois qui vinrent ici fréquemment n’ont pas été les seuls à apprécier le fumet du séjour dans notre capitale. Des poètes, des musiciens, des peintres étrangers, des proscrits de haute essence ont trouvé chez nous les émotions, l’atmosphère, l’aisance et les commodités qui permettent à une âme d’unir les méditations du dépaysement ou du loisir aux voluptés du regret dans une sorte de sentiment nouveau, où apparaît parfois, tel qu’un arc-en-ciel sur le sombre horizon, la joie de vivre.
Enfin, la bienvenue que nous souhaitons aux étrangers, quels qu’ils soient, se retourne à notre avantage et revient vers nos cœurs, enrichie des sympathies que nous éprouvons : nous sommes les hôtes de nos hôtes. C’est là toute la valeur de l’âme française, tout le secret de la générosité parisienne. Et voici, précisément, avec les taxis qui reviennent d’exil, avec les hôtels qui ouvrent leurs portes et leurs bras, voici que Paris authentique, en chair et en os, fidèle à ses caprices et à ses devoirs, sorte des limbes de la guerre morte. Les saisons, les passants, reprennent leur place dans le jardin traditionnel. La flânerie et les souvenirs aidant, je pars pour les images qui m’enchantent et me vieillissent. J’ai soixante-dix ans, bientôt. Quelques siècles de civilisation lentement engloutis. Quelques siècles de sagesse et de patients efforts vers ce que je crois être le bien. Je traîne le long des quais tout un passé heureux et souple, et j’aperçois avec les Parisiens de mon âge les détails que j’ai éternels d’une ville qui n’a pas changé si fort.
La rue, depuis la guerre, a vécu ses petits patients et cruels prodiges de volupté; la Tour Eiffel, si bonne pour nous, qui l’aimons tant, comme je l’écrivais au moment de son cinquantième anniversaire, ce n’est pas l’heure de rappeler sa date de naissance ou de raconter comment elle fit ses études. La tour panache des Parisiens, une sorte de commune mesure où convergent nos courants de poésie, fleuves ou ruisseaux. Il y a de l’Union Nationale dans son cas, et certes, elle nous est plus chère aux yeux et au cœur que tant d’enthousiasmes, de ferveurs, d’emphases ou de circonstances.
L’autorité de la Tour a toujours pesé sur moi comme l’ombre d’un grand frère. J’y ai logé tous les Gulliver de mes rêves, et, tout jeune, je m’en servais pour accrocher mon désespoir au trapèze volant des ciels d’ennui. De mon temps lorsqu’elle sortit de terre, pareille à un grand écart, les délicats ne l’aimaient point. Puis elle s’implanta dans la vie sérieuse, et les intellectuels, en prurit de féerie, levèrent la tête. Elle fut admise dans le monde, présentée aux monocles, et soignée dans les ouvrages graves composés à la gloire de Paris...
"Placer de la madurez y de la vejez: las bochas. Podés detenerte y juzgar las tiradas vos mismo". - Foto reproducida en esta edición
