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Los 8 pecados mortales de la humanidad civilizada

(Die acht todsunden der zivilisierten menschheit)

Konrad Lorenz

Editorial Plaza y Janés

1984

Traducción de Manuel Vázquez

Tapa blanda, rústica sin solapas

115 páginas

Impreso en Barcelona (España)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes mínimos.

 

✶ SINOPSIS:

Konrad Lorenz, Premio Nobel de Medicina en 1973, investiga en este libro los fenómenos de deshumanización que, según su perspectiva, amenazan no sólo con un rápido ocaso a la civilización y la cultura contemporáneas, sino también a la humanidad en su conjunto. Entre ellos señala la superpoblación de la Tierra, el asolamiento del espacio vital y natural, la emulación del ser humano hasta competir consigo mismo bajo el impulso de la evolución tecnológica, la paulatina atrofia de los sentimientos más profundos y la decadencia genética.

Lorenz advierte además contra las falsas interpretaciones y las conductas erróneas derivadas de una doctrina “seudodemocrática”, según la cual el medio ambiente condicionaría de manera exclusiva el comportamiento social y moral. El resultado es un ensayo breve y polémico, donde la reflexión biológica se proyecta sobre problemas culturales, políticos y éticos del mundo moderno.

 

✶ INDICE:

Prólogo optimista

I. Propiedades estructurales y perturbaciones funcionales de los sistemas vivientes

II. Superpoblación

III. Asolamiento del espacio vital

IV. La competencia consigo mismo

V. Muerte en vida del sentimiento

VI. Decadencia genética

VII. Quebrantamiento de la tradición

VIII. Formación indoctrinada

IX. Las armas nucleares

X. Recapitulación

Bibliografía

 

✶ EXTRA:

PRÓLOGO OPTIMISTA

El presente ensayo ha sido escrito y publicado como homenaje a mi amigo Eduard Baumgarten en su septuagésimo aniversario. Verdaderamente su esencia no armoniza con ninguna circunstancia regocijante ni con la naturaleza festiva de tal celebración, pues hasta cierto punto es una lamentación, una exhortación a la Humanidad entera pidiéndole contrición y enmienda; casi cabría conceptuarlo como un sermón penitencial más propio del famoso agustino vienés Abraham Santa Clara que de un naturalista. Pero en estos tiempos que vivimos es el naturalista quien puede percibir con singular claridad ciertos peligros. Como resultado, el dar conferencias representa un deber para él.

Mi conferencia, divulgada por la Radiodifusión, tuvo tal resonancia que quedé completamente asombrado. Recibí innumerables cartas en las que me solicitaban el texto impreso, y, por último, uno de mis mejores amigos me exigió categóricamente que hiciera circular el ensayo en una amplia esfera de lectores.

Todo ello tiende por sí mismo a desmentir el pesimismo que parece emanar del escrito: ¡El hombre que creyera ciertamente predicar en el desierto estaba hablando, según se ha comprobado, ante un auditorio nutrido y excepcionalmente juicioso! Es más, al releer mis propias palabras me han extrañado algunas manifestaciones que fueron ya algo exageradas cuando las escribí y que hoy día carecen de fundamento. Por ejemplo, en la página 106 se dice que la Ecología es una ciencia cuyo significado no encuentra todavía suficiente aceptación. Realmente, hoy día no se puede afirmar tal cosa, pues nuestra organización bávara Gruppe Ökologie está hallando una comprensión y una acogida muy satisfactorias por parte de las autoridades competentes. Un número siempre creciente de personas razonables y juiciosas valora acertadamente los peligros inherentes a la superpoblación y la ideología del crecimiento. En todas partes se adoptan medidas contra la devastación del espacio vital; hasta ahora no han resultado suficientes ni mucho menos, pero tal iniciativa basta para hacernos concebir la esperanza de que pronto lo serán.

En otro aspecto debo corregir también ciertas declaraciones con objeto de darles una orientación más satisfactoria. Por aquellos días, al comentar el conductismo, escribí que esta doctrina es «sin duda culpable, en muy amplia medida, de la amenazadora desintegración moral y cultural sufrida por los Estados Unidos». Desde entonces hasta hoy se han elevado numerosas voces en los propios Estados Unidos para refutar de forma sumamente enérgica ese concepto erróneo; y aunque se les ofrezca todavía mucha resistencia con todos los medios disponibles, también se les escucha, porque es imposible aherrojar la verdad a menos que se le haga enmudecer totalmente. Las enfermedades espirituales epidémicas del presente, procedentes de América, suelen llegar con cierto retraso a Europa. Así pues, mientras el conductismo decae en América, sigue haciendo estragos entre los psicólogos y sociólogos europeos. Sin embargo, cabe pronosticar que aquí la epidemia remitirá pronto.

Por último, me gustaría agregar una breve apostilla rectificadora acerca del antagonismo reinante entre las generaciones. Pues los jóvenes contemporáneos suelen aguzar el oído ante las verdades biológicas fundamentales, mientras no sean objeto de instigaciones políticas o simplemente se resistan a creer todo cuanto les diga una persona mayor. No sería muy difícil hacer ver a esa juventud revolucionaria la veracidad de lo que se expone en el capítulo VII de esta obra.

Pecaría de presuntuoso suponer por anticipado que todo cuanto uno sabe con absoluta certeza no pueda hacerse también inteligible para la mayoría de los seres humanos. Ahora bien, el contenido de este libro es mucho más comprensible que, por ejemplo, los cálculos diferencial e integral, el aprendizaje de los cuales es obligatorio para cualquier estudiante de enseñanza superior. Todo peligro pierde mucho del temor que inspira cuando se desentrañan las causas. Por consiguiente, creo y espero que este manual contribuya un poco a aminorar los peligros que se ciernen sobre la Humanidad. Seewiesen, 1972.

 

Konrad Zacharias Lorenz (1903-1989)