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Pelajes Criollos

Emilio Solanet

Editorial Kraft

1955

Tapa blanda, rústica sin solapas

152 páginas

Prólogo por Aimé Tschiffely

Ilustrado a color por Ángel Cabrera y Tito Saubidet

Tamaño: Cuarto Mayor (29x22)

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes en el lomo. Tapa con detalles menores y pequeña restauración en la parte superior, a la altura del nombre del autor (ver fotos)

 

✶ SINOPSIS:

De los Editores:

Fiel a una tradición de más de noventa años, puesto que se inicia el día mismo en que el primer Guillermo Kraft de la Argentina abrió las puertas de su litografía e imprenta, la Editorial que lleva el nombre de su fundador mantiene su propósito de aunar constantemente las galas mejores de las artes gráficas con expresiones del espíritu de la nacionalidad. Cree cumplir así la misión que le corresponde al servicio de la cultura del país, patrimonio de todos, en el cual coexisten desde las creaciones más altas de la sensibilidad y de la inteligencia hasta la expresión de lo cotidiano —incluido el trabajo—, cuando en ella aparece la imaginación del pueblo, fuente inagotable de toda poesía. Pelajes criollos, la obra más completa entre todas las de su género; el estudio más hondo y exhaustivo de cuantos se han llevado a cabo sobre un tema que tanto interesa al hombre de campo para sus labores como al aficionado a los caballos o al curioso de la literatura, abarca la hipología y la historia, y sobre la base de la investigación y de las observaciones personales de su autor —autoridad eminente en la materia—, muestra no sólo al pingo, sino también al hombre.

 

La Editorial Guillermo Kraft Ltda., se complace en llevar a las manos del lector un libro de esta naturaleza; un libro erudito y amable, útil y hermoso. Al publicarlo, manifiesta su admiración por la faena tesonera, segura y brillante del doctor Emilio Solanet —una empresa que le demandó largo tiempo y muchos desvelos—, y al señalar también los excepcionales valores del aporte artístico del profesor Ángel Cabrera y del pintor Tito Saubidet, rinde homenaje a la memoria de éste último, así como a la de A. F. Tschiffely, el jinete de «Gato» y de «Mancha» y sabio conocedor de las cosas del campo de América, cuyas almas deben estar, como lo deseaban para las suyas Guillermo Enrique Hudson y Roberto B. Cunninghame Graham, en un cielo donde no falten los caballos.

 

Prefacio:

La preparación de un prefacio, exordio, prólogo o lo que el gentil lector quiera llamar a la tarea que me he tomado al escribir éste, no es diferente a la presentación de un conferencista ante un auditorio distinguido. Dijo una vez cierto cínico que el prefacio es como un petardo literario, destinado a atraer o asustar al público. Sea lo que fuere, al escribirlo me siento un poco como un introductor sobre una tribuna; pero gracias a una larga, y a veces penosa experiencia como conferencista, por las razones que se exponen en la anécdota que relato a continuación, tomaré buen cuidado de no hacer el papelón que se atribuye a un médico inglés al presentar a un famoso colega suyo, quien debía hablar sobre algún misterio de su profesión.

 

Después de haber utilizado la fórmula estereotipada y anticuada de asegurar a su auditorio el gran honor, privilegio y placer que le significaba haber sido elegido para presentar al conferencista, continuó informando a los que le escuchaban sobre su genio y el bien que había hecho a la Humanidad. Continuó durante más de una hora dando detalles de las hazañas de su colega, y cuando al fin terminó su discurso con la frase preconcebida de que tenía mucho placer en dar la palabra al ilustre conferencista, éste se levantó, y después de saludar a la asamblea, que lo aplaudía, dijo en un tono de modestia fingida: “Señoras y señores: Vuestra cálida acogida, completamente inmerecida, me conmueve profundamente, y os agradezco del fondo de mi corazón. Sin embargo, como mi buen y preclaro amigo, sentado ahora a mi lado, les ha explicado todo lo que yo pudiera decirles referente a mi trabajo, lo único que puedo añadir para ilustrar su conferencia es que todos los días, menos domingos, estaré a vuestras órdenes en mi consultorio, cuya dirección encontrarán ustedes en la Guía telefónica”. Y con esto, saludando de nuevo, el hombre bajó de la plataforma.

 

Ahora bien; este mi prefacio no lleva la intención de ser uno de los petardos literarios del cínico, y por ello trataré de no caer en la misma trampa.

 

En mi caso es fácil evitarlo, pues comparado con el doctor Solanet, a través de su dominio de la materia, puesto de manifiesto en este libro, no soy más que un niño. Por lo tanto, al tomar en cuenta esto, no he de arriesgarme a querer caminar donde los ángeles tuvieron miedo de pisar.

 

Es verdad que muchos han sido los días y las horas que he pasado con mis amigos, hablando de caballos, hablando de caballos y más caballos, sentado en un corral, admirando aquella yegua, encontrando defectos en la caja de aquel potrillo o en el anca de aquella potranca, pero preferentemente definiendo el pelaje de los animales. Es éste un arte difícil y preciso, porque sin temor de ser desmentido por los pocos que conocen realmente este asunto complejo, puedo afirmar que la Argentina puede jactarse de tener la mayor cantidad y más exactas definiciones para los pelajes de caballos que cualquier otro país del mundo.

 

Cuando uno recuerda que en los tiempos pasados, tropillas con miles de caballos salvajes pastoreaban en las inmensas pampas, y muchos estancieros poseían cientos de estos animales, y que la única educación que el gaucho recibía era la observación, la memoria y el trabajo entre animales, una educación sin fin, en todo sentido, tan constructiva y difícil como otras que encauzan a lo que algunas personas llaman profesiones “sabias”, no es de extrañar que se haya formado un vocabulario tan asombrosamente rico.

 

Si bien es cierto que no existen dos de las modernas cerraduras Yale idénticas en su construcción, es más cierto aún en el caso de caballos, y por lo tanto, sucede igual en todo animal, incluyendo como tal, y por razones obvias prefiero no dar una explicación, al ser humano; y es mucho mejor que seamos diferentes, porque de ser todos iguales y aun perfectos, sea cual fuere el significado de esta palabra tan usada, este mundo sería muy aburrido.

 

Siempre me acuerdo, y hace tantos años que ni quiero pensar, cuando estaba cabalgando entre Ecuador y Colombia. Allí, por donde yo pasé, todos los caballos eran más bien pequeños y oscuros; por ello, mi manchado, todos llamaban caballo “mapa”, y otros, “tigre”. Muchas veces los indios le tenían miedo; y una vez, al atravesar un lindo pueblito, al dar vuelta a una esquina, apareció un jinete sentado en uno de los oscuros típicos del lugar. Al ver mi manchado, su animal se enfureció como si mil diablos lo persiguieran, y parándose sobre las patas traseras, desbocándose como si mil diablos lo persiguieran.

 

En todo el trayecto a través de Sud América y Central, México y los Estados Unidos, al encontrarme con “caballistas”, el tema principal de la conversación versaba sobre exposiciones de los caballos y sus capas. Lo mismo ha sucedido en todas las veces, en Buenos Aires, Nueva York, Londres, Dublín y otras ciudades.

 

Aunque tal vez menos lucrativo y apasionante que la política, éste es un pasatiempo más sano y estable, siempre que el aficionado no pierda la cabeza si un caballo de su pelaje favorito tomara parte en una carrera. Si este fuera el caso y el entusiasta cometiera la tontería de apostar dinero, convencido de la velocidad de su pálpito, es evidente que ignora o olvida, que en los entretelones del hipódromo, como en la política, el valor del dinero es, frecuentemente, la única cosa que se considera. Si esto sucediera, pudiera ser que, al igual el político, el entusiasta y esperanzado apostador terminara el día viendo todo negro; bajo estas circunstancias se diría que los llamados estadistas y catedráticos salieron “patos” de la refriega.

 

No tengo la intención de moralizar aquí, pues todavía no he aprendido bien la lección que nos ha sido predicada durante tanto tiempo. En efecto: en una de las primeras cartas que se libraron de la destrucción del tiempo, un mercader fenicio se queja a un amigo de que la época se estaba desmoralizando, porque su hijo, en lugar de trabajar como él (su padre) había hecho durante toda su vida, era un inútil y pasaba su tiempo apostando a los caballos y festejando mujeres. Por más que los tiempos cambian, siempre es lo mismo.

 

Pero volvamos al libro, cuyo progreso he seguido con el mayor interés desde sus comienzos. En ratos perdidos, durante más de veinte años, este autor, un hombre de ciencia famoso en toda la Argentina y bien conocido en otros países, ha trabajado con todo entusiasmo, compilando el material que ahora presenta al lector. Este es un libro que todo aficionado al caballo y estudiante de hipología apreciará, pues además de su texto, contiene excelentes reproducciones de acuarelas por el profesor de la Universidad de Buenos Aires, doctor Ángel Cabrera, y por el gran artista argentino Tito Saubidet. Aparte de su mérito, en cuanto a caballos y sus capas se refiere, da al lector mucho ambiente del país donde nació el libro.

 

Mi deseo es que perduren los gauchos y todos los jinetes, sean de cualquier parte del globo. Y ahora, mis amigos, cedo la tribuna al doctor Solanet.

 

✶ INDICE:

- De los Editores

- Prefacio

- Las capas

Capítulo primero: Las capas cuya nomenclatura proviene del matiz que cubre el conjunto del cuerpo

Capítulo segundo: Aquellas cuyos nombres obedecen a detalles existentes en diversas regiones del cuerpo

Capítulo tercero: Las particularidades de la cabeza

Capítulo cuarto: Las particularidades de los miembros

1. Las capas consideradas sobre el conjunto del cuerpo

2. Las capas cuyos nombres obedecen a detalles existentes en cualquier parte del cuerpo

3. Las particularidades de la cabeza

4. Las particularidades de los miembros

- Índice de láminas