✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴
$33.34 USD
10% de descuento pagando con Transferencia
Ver más detalles
1 en stock
Entregas para el CP:
Medios de envío
Calcular
No sé mi código postal

El zopilote y otros cuentos mexicanos

Max Aub

Editorial Edhasa

Colección El Puente

1964 - 1ª edición

Tapa blanda, rústica sin solapas

205 páginas

Impreso en Barcelona (España)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Degastes menores y portada deslucida por paso del tiempo. En canto de hojas, manchas de foxing (oxidación).

 

✶ SINOPSIS:

El zopilote y otros cuentos mexicanos reúne relatos de Max Aub escritos y ambientados en México, país en el que el autor vivió tras su exilio. La edición de Barcelona, publicada por Edhasa en 1964, fue una de las primeras apariciones de Aub en la España franquista, dentro de un marco editorial que, con distintas estrategias, buscó volver a poner en circulación a narradores desterrados y hacerlos legibles para nuevos públicos.

 

El volumen se vincula de manera directa con los Cuentos mexicanos que Aub había dado a conocer previamente, y que más tarde volverían a editarse en México con el añadido de Pilón; en esa constelación, El zopilote y otros cuentos mexicanos funciona como una reordenación española de ese ciclo narrativo mexicano, con foco en personajes y situaciones de margen social, choques culturales, violencia cotidiana, burocracias, hábitos y hablas, observados desde una mirada de exiliado que no se coloca por encima del mundo que narra.

 

En varios de estos cuentos, México aparece menos como “paisaje” que como experiencia, ciudades y pueblos, trabajo, calle, jerarquías, precariedad, supersticiones, religión, dinero, migraciones, instituciones. Esa materia se vuelve narrativa a partir de procedimientos típicos de Aub, el uso del diálogo y el registro coloquial, la ironía, el desplazamiento rápido entre lo trágico y lo absurdo, la condensación, el remate seco. En ese marco, el título no es decorativo: el “zopilote”, ave asociada a la carroña, condensa una zona de sentido que recorre el libro, la proximidad con lo desechado, lo residual, lo que queda fuera del relato oficial, y desde ahí, lo humano.

 

✶ INDICE:

Homenaje a Próspero Merimee

Memo Tel

De cómo Julián Calvo se arruinó por segunda vez

La hambre

El Chueco

Los avorazados

La censura

El caballito

La verdadera historia de los peces blancos de Pátzcuaro

Juan Luis Cisniega

La rama

La gran guerra

Un atentado

El hermanastro

Entierro de un gran editor

El Zopilote

El hombre de paja

La vejez

 

 

✶ EXTRA: Cuento "La Hambre", incluído en esta edición

 

De La Capilla lo mismo decían que era un rancho, una hacienda o una congregación. Fueron ochenta y seis habitantes, seis caballos, ocho puercos, unas cien gallinas, diecisiete perros repartidos al azar, en la llanura; los montes, pelones, quedaban lejos, a diez leguas. La Cruz, Las Cuevas, El Encino, La Galera, los ranchos más cercanos, más o menos a lo mismo, al sur, al oriente y al ocaso; la sierra estaba al norte.

 

Se pudo vivir mientras hubo algo de agua, pero hacía años que no llovía, sin saberse por qué. Lo pagaron con la ^ida todos los animales, a lo largo de cinco años. Algunas familias se marcharon; los techos se fueron desplomando; los paredones de adobe resistieron más: si es posible creerlo, crecieron matas secas en sus resquebrajaduras.

 

Pascual Moreno se resistía: vendrían las lluvias, Tomasa López, su mujer, lo creía también. Pascualito y Tomás, no opinaban: cinco y seis años ralos. Desierto; los pozos, cada vez más hondos, daban agua para beber. Si se la quería para algo más, se negaba. Se fueron los del Vergel, los Romero, los del Encino, los de Palo Quemado.

 

Se quedaron los Moreno, los Tecolotes, los Conejos, los Barraganes, empeñados en que aquello no podía seguir así. Se hablaban poco. Sólo los niños vagaban juntos. Cada quince días, Pascual iba a La Galera, a ver qué sacaba. Algo de masa traía (con beber menos…; frijoles, aunque pocos, no faltaban) y la sal y algunos yerbajos que cortaba por el camino.

 

Llegó el tiempo que en La Cruz, en Las Cuevas, en La Galera tampoco hubo nada. El mundo se fue más lejos. Cuando Pascual volvió con la noticia de que los de La Galera se habían ido lejos, los del Vergel se fueron. La hambre se hizo más tenaz. Cuando los niños ya no salieron a jugar, Pascual Moreno decidió ir a Mezquital del Oro. Eran treinta leguas, pero allí había «de todo».

 

El Tecolote se fue con él; eran compadres, se llevaban bien. Los Conejos y los Barraganes eran otra cosa: además ya no tenían niños, se habían ido o habían muerto. Los Conejos eran cuatro, los Barraganes tres, todos secos, de cuarenta a cincuenta años. Sólo la Barragana grande tenía nadie sabe cuántos años, siempre agachada; al lado de la puerta parecía otro montón de adobes grises, medio carcomidos.

 

El Tecolote encontró en Mezquital del Oro a un conocido que tenía un taller de herrería, con él se quedó. No más compró unos kilos de masa que le dio a su compadre para la familia, con el recado de que, a como diera lugar, se viniera. Con el dinero que le dieron por los aretes de su mujer, que era lo único que les quedaba además de las tierras, Pascual Moreno compró sal, frijoles, masa, cecina y chile. Emprendió el regreso. Tenía que llover, lo presentía, estaba seguro. Se lo dijo a su compadre. El Tecolote, que era bastante mal hablado, le contestó:

 

—Ni hablar, compadrito, esto ya se chingó. Cuando dicen a fregar, llueven puras escobetas. Aquí los espero. Ya hicimos. Pascual era porfiado.

 

—No, hermano, es bueno el encaje, pero no tan ancho.

—Pero aquí vas a trabajar de prestado. Aquello es nuestro.

—Eso se acabó.

Con el peso de lo que llevaba, la caminata le pareció poca cosa a Pascual. Traía a cuestas —doblado— la alegría de la Tomasa, los ojos redondos de sus hijos. Iban a comer y, después, hora llegaría en que su gusto se cumpliese: Dios tarda, pero no olvida.

 

Al oscurecer el tercer día, entró en la planicie de La Capilla. Subió la lenta cuesta. Desde allí divisaría la casa; con las últimas luces: la barda. Luego, la noche; pero traía seis velas. Bordeó los antiguos chiqueros de los Barraganes.

 

Sin que se diera cuenta le cayeron encima. ¿Fueron sólo los Barraganes o también los Conejos? No lo supo. Cuando se pudo mover, la luna estaba alta (no faltaba jamás, sin nubes). Se lo habían quitado todo. Se puso difícilmente de pie. ¿Ir por lo suyo? ¿Él solo contra cuatro o cinco? Les veía la cara cerrada, el ademán resuelto.

 

Pascual nunca había sido hombre de arranque, siempre esperó que las cosas vinieran solas, de por sí. Lo que no traía un día, lo traería otro. Arrugado, encogidas las alas. Algún tiempo, aunque esté mal decirlo, lo llamaron el Tarugo. No había razón, no más creía que lo que no tiene remedio, es imposible de remediar. No habiendo tenido gran cosa, poco le hacía falta.

 

Pero ahora era demasiado. ¿Qué hacer? Por de pronto, llegar a la casa. Estaba hecho una lástima, más le dolía el alma. La injusticia le roía el estómago. ¿Qué diría la Tomasa?

No dijo nada: el mayor se estaba muriendo:

—De la pura hambre.

—Los Barraganes me lo quitaron todo.

 

Se lo habían quitado todo. Ni siquiera clamaron al cielo. Amontonaron hierba seca, trozos de madera, los petates, la mesa, la banca, atrancaron la puerta y con la luz de la veladora de la Guadalupana, pegaron fuego a todo. Ni los Barraganes ni los Conejos acudieron. Las brasas, las paredes, el techo caído se mojaron con el tormentón que cayó a la mañana siguiente. Entonces los enterraron: por el olor. Y por los zopilotes, venidos de Dios sabe dónde.