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El ruido y la furia

(The sound and the fury)

William Faulkner

Editorial La Nación - Planeta

Colección Ganadores del Premio Nobel

2003

Traducción de Ana Antón-Pacheco

Tapa dura, con sobrecubierta original

362 páginas

Impreso en Madrid (España)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes menores por paso del tiempo

 

✶ SINOPSIS:

El ruido y la furia es una de las novelas centrales de William Faulkner, publicada en 1929, y ambientada en el Sur de Estados Unidos, en el territorio ficticio de Yoknapatawpha, Mississippi. El libro gira alrededor de la ruina de una familia, los Compson, y arma ese derrumbe como un relato hecho de voces, recuerdos, huecos y obsesiones. No cuenta una historia “en línea”, sino que la reconstruye por acumulación, a partir de lo que cada narrador puede, quiere o soporta decir.

 

La novela está dividida en cuatro secciones. Las tres primeras se narran desde puntos de vista distintos dentro de la familia, y la cuarta adopta una tercera persona que observa desde afuera. En ese dispositivo, Faulkner no ofrece una versión definitiva de los hechos, sino perspectivas que se superponen, se contradicen y se iluminan entre sí. El centro emocional del libro, aunque nunca ocupa el lugar protagónico de modo directo, es Caddy Compson, la hija, cuya presencia atraviesa todo como un recuerdo compartido, disputado y, a la vez, imposible de fijar.

 

La primera parte está narrada por Benjy, uno de los hijos, cuya percepción del tiempo no distingue pasado y presente. Esa voz abre la novela con una experiencia de lectura particular, porque los saltos temporales aparecen incrustados en la frase, gatillados por sensaciones, palabras o escenas mínimas. Lo que en otro libro sería “antecedente” o “explicación”, acá aparece como una corriente de asociaciones que obliga a leer como se recuerda: por ráfagas, por insistencias, por retornos.

 

La segunda parte sigue a Quentin, otro de los hermanos, en un día decisivo lejos de Mississippi. Su monólogo, atravesado por ideas de honor, culpa, deseo y pérdida, vuelve una y otra vez sobre Caddy y sobre una serie de escenas que concentran el malestar de la familia y del propio Quentin.

 

La tercera parte, en cambio, se arma desde la mirada de Jason, el hermano pragmático y resentido, que narra con otra energía, más seca y calculadora, y que expone el lado económico y moral del derrumbe: lo que se administra, lo que se roba, lo que se degrada.

La cuarta sección se sitúa en torno a Dilsey, la empleada negra de los Compson, y corre el foco hacia la casa, su rutina, su desgaste y lo que queda cuando la familia ya no puede sostener ni siquiera su propia narración. Esa parte suele leerse como un contrapeso, no porque ordene el caos anterior, sino porque lo mira desde una estabilidad distinta, la de quien permanece cuando otros se descomponen.

 

En conjunto, El ruido y la furia trabaja con una idea de tragedia doméstica en la que la historia familiar se vuelve inseparable de la historia social del Sur. La fragmentación, la reiteración, el tiempo roto y la dificultad de fijar un sentido no son adornos formales, sino el modo mismo de contar un mundo que se cae y que solo puede aparecer como restos.

 

 

✶ EXTRA: El Sonido/Ruido y la Furia (y otros tantos sinónimos), por Rafael Accorinti

 

Un tema harto conocido en nuestro campo no es la traducción de algunos títulos de novelas, sino nuestro interés casi frívolo por saber los motivos que llevaron en antaño a titular una novela de manera diferente o errónea con respecto a su título original. Esa frivolidad me llevó, hará un par de semanas, a leer una conocida antología de Augusto Monterroso a propósito del tema en la que presentaba algunos ejemplos que dejarían sin palabras a más de una persona.

 

Y no es para menos: pensemos, pongamos por caso, en la novela The Sound and the Fury, de William Faulkner. La primera traducción se colocó en los anaqueles de Latinoamérica, allá por el año 1947, bajo el título de El sonido y la furia y la traducción de Floreal Maziá. Monterroso hace hincapié en la torpeza de traducir el título de la novela de forma literal, sin reparar siquiera en que Faulkner bautizó la novela en honor al celebérrimo pasaje de Macbeth, de William Shakespeare. Tamaña metedura de pata, lamenta Monterroso, llegó a encontrarla incluso en los escritos del mismísimo Jorge Luis Borges, pero no adelantemos acontecimientos.

 

En nuestros días, tenemos la fortuna de disponer de la tan conocida traducción de Ana Antón-Pacheco, quien bautizó la novela de Faulkner como El ruido y la furia. Aquel cambio de sonido por ruido en el título suscita un debate a propósito de la diferencia entre ambas palabras y las razones que llevaron a la traductora para cambiar el título de la novela. Así que comencemos arrojando un poco de contexto antes de analizar las posteriores traducciones que se publicaron en castellano y su recepción en los países de habla castellana.

 

El título The Sound and the Fury, recordemos, se inspiró en un pasaje muy concreto de Macbeth, en el cual se lee: «¡La vida —exclamó Macbeth al conocer la muerte de su esposa— no es más que una sombra… un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa!». El soliloquio, en efecto, despertó la inspiración de Faulkner para dotar a su novela de este poderoso mensaje. Hablamos del desengaño ante una vida que se desmorona sin remedio, que se hace añicos; un sentimiento compartido tanto por Macbeth como por Benjy, pues él es el «idiota» que narra la decadencia de la familia Compson, y Quentin, al tener esa obsesión suicida. No es casualidad, por tanto, que Faulkner haya escogido este pasaje, pues no tenía otra intención que plasmar la falta de esperanza que había a principios del siglo XX en la sociedad estadounidense.

 

Ninguna voz escritora ha conseguido hacer suyos de tal manera los ecos shakespearianos que retumban en la novela, ninguna ha conseguido construir una imagen evocadora semejante. Con esta poderosa idea en la cabeza, solo nos queda preguntarnos qué diferencia puede haber entre un sonido y un ruido, cuando nos topamos con el vocablo anglosajón sound en el título de tan conocida novela.

 

Leamos, pues, las razones de Ana Antón-Pacheco que, con mucho criterio, nos explicó en su día los motivos para cambiar el título por El ruido y la furia:

 

"«Sonido» me parece un término demasiado inocuo para expresar la desesperación de Macbeth ante la catástrofe a que ha dado lugar su ambición, y ante la ambigüedad de la vida signifying nothing, mientras que «ruido» es mucho más fuerte, más enérgico, sobre todo si se tiene en cuenta que, sobre el escenario, el fragor de la batalla se hace notar constantemente, no solo exteriormente, sino dentro de la mente del propio Macbeth. «Ruido» y «furia» son términos complementarios para describir una catástrofe natural, por ejemplo. Mientras que «sonido» siempre me trae a la memoria algo más suave, más dulce incluso como The Sound of Music."

 

He aquí cuando, seamos más de ruidos que de sonidos, nos asaltan las dudas entre unos y otros. ¿Sabemos realmente reconocer las diferencias? Es evidente que el criterio de la traductora no puede ser mejor, es decir, son razones suficientes para cambiar el título a una novela. Ha sabido reconocer los murmullos y los ecos de la novela de Faulkner de manera ejemplar. Sin embargo, la traducción del vocablo anglosajón sound no siempre es tarea sencilla a la hora de traducirlo. Sin más dilación, echemos mano del DRAE para saber la definición de sonido y ruido:

 

Sonido: m. Sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico, como el aire.

Ruido: m. Sonido inarticulado, por lo general desagradable.

 

La norma general dicta que, a la hora de diferenciar un sonido de un ruido, decimos de manera apresurada que un sonido es agradable y un ruido es, por contra, desagradable. Cosa que no es del todo cierta: el sonido de una sirena de una ambulancia resulta más molesto a medida que se acerca; por descarte, el rumor de las olas al alcanzar la orilla es un ruido, digan lo que digan, de lo más relajante. De lo que no hemos de dudar, por lo tanto, es que nuestro cerebro interpreta las vibraciones ordenadas como sonidos, bien sean las notas de piano o la sirena de una ambulancia, y las desordenadas como ruidos, como el romper de las olas o el taladro de la obra, pero somos nosotros quienes interpretamos esas vibraciones en función de su volumen y su forma.

 

Si se trata de interpretar, de buscar el vocablo preciso, ¿qué mejor que un traductor o, como en este caso, una traductora para distinguir un sonido de un ruido cuando nos topamos con la dichosa palabrita anglosajona?:

 

«Disminuyó el sonido de las abejas, todavía sostenido, como si en lugar de hundirse en el silencio, simplemente el silencio creciese entre nosotros, como la pleamar del agua»

«Al abrir la puerta repicaba una campana, pero solamente una vez, aguda y clara y breve sobre la puerta en la nítida penumbra, como si estuviese graduada y templada para producir aquel único sonido nítido y claro que no erosionase»

«Entonces Ben volvió a gemir, con prolongada desesperación. No era nada. Solamente un ruido»

«No había ruido alguno en la casa. […] No había ruido en parte alguna»

 

Con esto, nos referimos a ese momento que escuchamos algo en casa y no sabemos responder qué puede ser. En ese momento, decimos: «¿qué habrá sido ese ruido?». Por esta razón, probablemente el DRAE defina ruido como un «sonido inarticulado», cuyo origen o forma es difícil de reconocer.

 

Merece la pena recordar, en todo caso, que este debate traductor no solo depende de hacer una buena elección cuando tenemos que decantarnos entre ruido y sonido, y que, para nuestra fortuna, el castellano dispone de un montón de sinónimos que resultan la mar de útiles. Si, pongamos por caso, quisiéramos hablar de un sonido constante, puede que seamos más concretos al describirlo como un rumor, un susurro, un cuchicheo, un runrún o un zumbido. Tal vez, también, nos pille por sorpresa y ni nos planteemos el dilema de decidir entre un sonido o un ruido, y digamos, sin más, que hemos oído un chasquido, un crujido, un golpeteo o un sonsonete. Quizás sea más agradable o musical y bailemos al son de la música y elogiemos el soniquete de la banda.

 

Si, por el contrario, lo que queremos es quejarnos del ruido de la calle, podríamos decir que la gente arma mucho escándalo, mucho alboroto o mucha algarabía, cuando no bullicio, tumulto o barahúnda, y que ya no se puede aguantar tanto griterío, tanto chillido ni tanta estridencia. Y ya, si tirasen petardos, hablaríamos, aparte de una inminente mudanza, de que no hay quien viva con tanto fragor, con tantos estruendos, estallidos y explosiones.

 

Queda, sin embargo, una pregunta que responder: ¿por qué el traductor Floreal Maziá habría decidido traducir literalmente el título y dejarlo como El sonido y la furia? Para responder a la pregunta, hemos de remontarnos a principios de los años treinta, a cuando el novelista y traductor gallego Lino Novás Calvo trabajaba como corresponsal en Cuba para la Revista de Occidente, gaceta literaria fundada por el mismísimo Ortega y Gasset.

 

Novás Calvo aprovecharía su estancia en la isla caribeña para sumergirse en la literatura norteamericana y acabaría publicando, en 1933, un artículo a propósito de la literatura de William Faulkner. Aquellas fueron las primeras noticias que resonarían del escritor del Mississippi a los países de habla hispana y, al año siguiente, Novás Calvo se convertiría en el primero en traducirlo al castellano con la novela Santuario. De hecho, ese sería el principio de su carrera como traductor, pues suya es la única traducción a nuestra lengua de la novela El viejo y el mar de Ernest Hemingway, pero eso ya es otra historia.