Sarmiento: centenario de su muerte
(Recopilación de textos publicados)
AA.VV.
Academia Argentina de Letras
Colección Estudios Académicos XXVII
1988
Tapa blanda, rústica sin solapas
450 páginas
Prólogo de Enrique Anderson Imbert
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Desgastes menores por paso del tiempo.
✶ PRÓLOGO:
“No paso de este año, hijo... me voy a morir”, le dijo Sarmiento a su nieto en mayo de 1888, al embarcarse en Buenos Aires para Asunción del Paraguay; y añadió: “Ah, si me hicieran Presidente les daría el chasco de vivir diez años más”.
Nos dio en cambio el chasco de morirse a los cuatro meses, en Asunción, el 11 de setiembre.
En el centenario de esa muerte la Academia Argentina de Letras se suma con una selección de trabajos de sus miembros al homenaje que el país entero rinde a Sarmiento.
Fue el más original de los constructores de la Argentina en parte porque, sintiendo que la patria y él habían sido concebidos al mismo tiempo, nació el 15 de febrero de 1811, nueve meses después del 25 de Mayo de 1810, Sarmiento identificó su vida personal con la vida pública e hizo coincidir el ímpetu ambicioso de su voluntad con un programa de gobierno progresista.
Sus escritos, aunque casi todos fueron actos políticos, valen como literatura. Los improvisó rápidamente, cincuenta y dos volúmenes de Obras, sin contar igual cantidad de inéditos, pero por su fuerza expresiva muchos de ellos figuran entre los mejores de la lengua.
Escribía como hablaba. ¿Y cómo hablaba? Lo único que nos queda de su voz es su prosa conversada. Por suerte nos ha dejado observaciones sobre la lengua que oyó y aprendió en su infancia. Lengua de San Juan, hablada por familias que conservaban “peculiaridades del idioma antiguo [...], vocablos que pertenecen al siglo XVIII”. Cuando el cubano Luis Felipe Mantilla, al leer Facundo, crea que las “locuciones castizas” vienen de lecturas de clásicos castellanos, Sarmiento le explicará el secreto: “Pertenecía el autor a una provincia y pueblo apartados del interior; no había tenido estudios especiales y escribía en castellano que se hablaba en su localidad. Una familia que vivía de padres a hijos en una quinta conservaba arcaísmos muy curiosos, como unsina, traeldo, truje, agora, que se perpetuaban en la familia por aislamiento desde los conquistadores”. De niño Sarmiento aprendió a platicar con el presbítero José de Oro y el elocuente Domingo de Oro; con esos buenos conversadores debió de estilizar muy temprano la lengua familiar. La enriquecieron las lecturas que emprendió al mismo tiempo, y así a los arcaísmos, regionalismos y popularismos se sumaron voces cultas y extranjeras.
A juzgar por sus discursos y prosas Sarmiento usaba esa rica lengua con jovial desenvoltura. No sólo adoptaba de cualquier lengua extranjera cuanta palabra le servía sino que también inventaba las que necesitaba. Y estos neologismos, igual que sus extranjerismos y popularismos, eran manifestaciones de una libertad idiomática que él ejercitaba graciosamente y aun con afán travieso para desconcertar a los puristas. Hasta se entretenía con etimologías fantásticas. Al gerente de la Revue Latine le escribió en 1885: “mi castellano es un poco colonial y no es de ponerlo al lado del castizo de Castelar. Por acá los caudillos de pueblo [...] completaban la frase con signos o un gesto significativo, con un ¡eh! de inteligencia o el dedo; y se les entendía perfectamente, y gobernaron por años nuevos Estados. Yo hago lo mismo, predicando en el desierto, hace cuarenta años. La prueba que me entienden es que cada vez lo hacen más peor, modismo popular americano”.
Escribía, pues, como hablaba. A veces refrenaba su espontaneidad. Entonces su habla se endurecía con fealdades, como su abuso de pronombres enclíticos. Afortunadamente mantenía su aire coloquial, que no le impedía sorprender con insólitas y exactas selecciones verbales: un adjetivo, un verbo, fulguraban como metáforas. Sus períodos tendían a la amplitud aunque, al exaltarse con la emoción, solían romperse en frases exclamativas. Como en todo conversador, su estilo reventaba en formas afectivas y enfáticas: interjecciones, interrogaciones, aumentativos, polisíndeton, elipsis, monólogos y diálogos interiores. No hay un período de su vida en que su estilo fuera mejor que en otro, aunque produjo sus mejores libros, Facundo, Recuerdos de Provincia, Viajes, en la misma época. Los cambios, en Sarmiento, dependen de la intensidad de su ánimo, no de un graduado aprendizaje a lo largo de su carrera. Acertaba más cuando se dirigía a unos pocos lectores cuyo rostro le era familiar o cuando, con arte de jardinero, injertaba la ramita autobiográfica en el tronco de la historia. Sin rebuscamiento ni pedantería fue magistral en el brochazo con que esquematizaba un panorama o en la estocada a fondo. Componía desde la primera palabra de cada frase, por repentista que fuese, porque buscaba la unidad de contenido y continente: “El autor que en su obra deja que el fondo domine y sofoque a la forma, es impotente; y el que deja que la forma domine y sofoque al fondo, es charlatán”.
Cuando emigró a Chile, una vez más, en 1840, seguía siendo muy consciente del saber ajeno y también de su propia falta de educación, pero ya tenía una concepción del mundo romántica e historicista. Se lanzó a la vida intelectual e intervino en una importante polémica sobre la lengua. Precisamente, si interpretaron mal sus opiniones fue porque no comprendieron que se basaban en una nueva posición filosófica. Se lo acusó de promover la ignorancia, el desaliño, la anarquía. Prescindiendo de lo accidental de esa polémica se descubre que el interés activo de Sarmiento, al que subordinaba todo lo demás, estaba en el progreso social. No le preocupaba el problema teórico de la lengua. No despreció gramáticas y estilos: denunció el poder negativo de gramáticos inflexibles y estilos amanerados que, según él, obstaculizaban el pensamiento reformador.
De esa polémica en Chile con un discípulo del neoclásico Andrés Bello nació la leyenda de que Sarmiento fue antiacadémico. Todavía hay quienes creen que lo fue. Y no es verdad. Vamos a ver ¿qué dijo contra las academias? Nada. Dijo: “Los pueblos en masa y no las academias forman los idiomas”. Las academias, tanto la Real Española, que es de la lengua, como la nuestra, que es de Letras, podrían suscribir esa frase porque ambas trabajan con el principio de que su función es estudiar y proponer usos lingüísticos, no imponerlos con exclusión de otros. Sarmiento, siempre respetuoso de las instituciones civilizadoras, no pudo haber sido antiacadémico. Defendió la espontaneidad del creador sin atacar los métodos de las academias.
Con los años el respeto a la actitud de Bello ante la lengua se acentuó cada vez más: lo llamará “el primer hablista de la lengua” y el “grande erudito, decidor o hablista”. Cifra de todo esto es la siguiente anécdota de Calixto Oyuela: “En sus últimos años, Sarmiento, que fue quien con más furia arremetió contra Bello en Chile, me contaba un día riendo en su casa, y dándome manotadas en la rodilla, la famosa aventura, y añadió con el tono de la más sincera convicción: ‘La verdad es que Bello tenía razón y sabía infinitamente más que todos nosotros’.”
El nombre de Calixto Oyuela, primer Presidente de la Academia Argentina de Letras, nos avisa que ya es hora de volver a nuestro asunto, que es la colección de contribuciones académicas al conocimiento de Sarmiento.
Hemos recopilado una pequeña parte de esas contribuciones. Algunos académicos consagraron a Sarmiento varios libros, folletos y artículos pero el espacio disponible nos obliga a elegir unas pocas páginas. A veces tuvimos que extraer fragmentos de un trabajo demasiado extenso: puntos suspensivos entre corchetes indicarán los cortes. Tampoco ha sido posible incluir a todos los académicos, desde los fundadores hasta los de hoy, sea porque no encontramos sus ensayos en las bibliografías corrientes, sea porque nos resultaron inaccesibles. Los trabajos aparecen en el orden alfabético de sus autores.
Sarmiento se preocupaba por su propia tumba. “¿Dónde me meterán?” le escribió a José M. Muñoz, que le había donado un lote en el cementerio de la Recoleta. En su afán de fama quería asegurarse de que el “local” en que “metieran” su cadáver “no fuera provisorio”. Bueno, su fama por lo menos no está metida en libros provisorios. Libros como éste que ahora presentamos, lejos de ser tumbas cerradas, son tribunas abiertas al diálogo entre generaciones sucesivas de críticos que continúan renovando su admiración al “profeta de la pampa”.
E. A. I.
✶ INDICE:
Prólogo
“Sarmiento y la ficción”, por Enrique Anderson Imbert
“Sarmiento y la poesía”, por Rafael Alberto Arrieta
“Sarmiento, escritor”, por Marcel Bataillon
“Vecindad de Sarmiento”, por Francisco Luis Bernárdez
“Sarmiento, hombre de letras”, por Carmelo M. Bonet
“Prólogo al ‘Facundo’”, por Jorge Luis Borges
“La concepción biográfica de ‘Facundo’”, por Eduardo Brizuela Aybar
“La polémica inconclusa”, por Bernardo Canal Feijóo
“Sarmiento, tierra viviente”, por Arturo Capdevila
“Sarmiento en Francia”, por Miguel Ángel Cárcano
“Lengua y estilo en el ‘Facundo’”, por Emilio Carilla
“Sarmiento en la inventiva de un payador”, por Elías Carpena
“Sarmiento y el cantar tradicional a la muerte del general Juan Facundo Quiroga”, por Juan Alfonso Carrizo
“Estética de la energía en Sarmiento”, por Raúl H. Castagnino
“En torno al ‘Facundo’ de Sarmiento”, por Américo Castro
“Sarmiento escritor”, por Juan Pablo Echagüe
“Prólogo a ‘Recuerdos de provincia’”, por Fermín Estrella Gutiérrez
“La posición religiosa”, por Gustavo J. Franceschi
“El escritor”, por Manuel Gálvez
“Lo autobiográfico en ‘La vida de Dominguito’”, por Juan Carlos Ghiano
“Sarmiento, escritor”, por Roberto F. Giusti
“El epistolario de Sarmiento”, por Bernardo González Arrili
“Perfil de Sarmiento”, por Pedro Henríquez Ureña
“Vi de cerca a Sarmiento”, por Carlos Ibarguren
“En la intimidad de Sarmiento”, por José Luis Lanuza
“Una anécdota de Facundo Quiroga”, por María Rosa Lida
“Hacia el humor de Sarmiento”, por Raimundo Lida
“Sarmiento y Alberdi en Chile”, por Osvaldo Loudet
“Aseveración sobre Sarmiento”, por Eduardo Mallea
“Un regalo de Sarmiento”, por Victoria Ocampo
“Sarmiento costumbrista”, por José A. Oría
“El problema estético en la psicología de Sarmiento”, por José León Pagano
“La ‘recepción’ de un texto sarmientino: Facundo”, por Antonio Pagés Larraya
“Sarmiento, Alberdi, Mitre”, por Alfonso Reyes
“Ideas estéticas de Sarmiento”, por Jorge Max Rohde
“Sarmiento y Unamuno ante el problema de la lengua”, por Angel Rosenblat
“Sarmiento y Don Pedro II”, por Ricardo Sáenz Hayes
“El espíritu de Sarmiento”, por Matías G. Sánchez Sorondo
“Alma de maestro”, por Juan B. Terán
“La fuga de Sarmiento”, por Mariano de Vedia y Mitre
“Costumbrismo y americanismo en la obra de Domingo Faustino Sarmiento”, por Paul Verdevoye
