Vida de Brown
Héctor R. Ratto
Editorial Emece
Colección Buen Aire
1943
Tapa dura
Ex Libris "Biblioteca de Óscar R. Beltrán"
79 páginas
Apendice con imágenes y reproducciones b/n
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Desgastes mínimos. Anotaciones con lápiz y marcas márgenes y algunos subrayados (también lápiz).
En retiración de tapa
✶ ANTECEDENTES E INCORPORACIÓN AL SERVICIO:
Los antecedentes de don Guillermo Brown, pocos para reconstruir su primera juventud, establecen que fué Foxford, pueblito irlandés del condado de Mayo, la cuna del marino y la patria de sus antepasados. Cercano al mar, que mitigaba un tanto la pobreza de sus habitantes, fuertemente castigados por larga y cruel intolerancia religiosa, vivió hasta los nueve años de edad. Educólo un tío sacerdote, que había estado radicado en España durante varios años, y persona dotada de gran carácter al par que sólida cultura.
Durante cerca de nueve años surcó Brown las aguas del Atlántico y mar de las Antillas, visitando las costas de América y de la Gran Bretaña, en algunos de cuyos viajes lograría matricularse de capitán, pues, es sabido, lo era en 1796, en que lo llevó como botín de leva la guardia de un buque inglés.
¿Cuál fué ese buque, cuánto tiempo navegó Brown en él y qué misión o cargo tuvo éste a su bordo? Lo ignoramos. Enemigo acérrimo de Inglaterra después de su apresamiento en las Antillas — si es que, a fuer de irlandés, no lo era desde antes — enconado hasta el paroxismo contra sus marinos, cuyas reiteradas persecuciones serán el estribillo de esa neurosis que nos ha descripto Ramos Mejía, no se detuvo en esos recuerdos al ordenar y escribir sus Memorias, ni los conocieron los historiadores que recogieron de sus labios hechos posteriores.
En esa época en que el poder naval de Inglaterra, Francia y España púsose tantas veces en bélico contacto, en que estaban frescas las lecciones de Rodney y era Nelson el ídolo de la marina inglesa, es indudable que Brown, oficial o tripulante, debió conocer muchos detalles de organización naval y empleo de naves de combate, escuchando hasta los comentarios de algunos actores.
Por otro lado, no es necesaria mayor acumulación de pruebas cuando basta, para comprobar las dotes militares de su indiscutida personalidad, la conducta pundonorosa observada invariablemente en más de cuarenta acciones y porque la escuela de la vela que dió a Inglaterra almirantes procedentes de la marina mercante e inflamó el ardor bélico de varios cientos de atrevidos corsarios es otra razón que fundamenta su capacidad profesional.
Del resto de su vida, en el espacio de tiempo que media entre su estada a bordo de un buque inglés y su llegada al Río de la Plata en 1809, destacamos solamente su apresamiento por el navío francés “Président”; sus prisiones en las fortalezas de Metz y Verdún, coronadas por sendas fugas, en la última de las cuales cargó con el Coronel Crutchley sobre sus hombros, y la mención de que, vuelto a Inglaterra, prosiguió con igual actividad sus andanzas en el mar.
Brown aparece en el escenario rioplatense en 1809 a bordo del “Belmond”, radicándose en Montevideo por algún tiempo. Allí adquirió una embarcación de cabotaje destinada a comerciar en las costas del Brasil, que le fué apresada en Bahía por no tener en forma sus papeles. En abril de 1810 estaba en Buenos Aires como capitán y propietario de la fragata “Jane”, que zarpó en junio para el Janeiro. Implica esto afirmar que el más tarde defensor de los ideales de mayo fué testigo ocular del acto primo de la revolución. ¿Qué extraño, entonces, que tal conmoción abriera ancha y profunda brecha en un espíritu ardoroso como el suyo hasta inclinarlo a tomar partido con los independientes? Al año siguiente adquiere otra nave, la “Elisa”, que naufraga en los bancos de las proximidades de Barragán. Con el producto del cargamento, que salva y vende tras un viaje por tierra a Chile, se asocia a Pío White, con quien compra la fragata “Industria”, destinada al servicio de paquete entre Buenos Aires y La Colonia, hasta su apresamiento por un buque de la escuadrilla española de Montevideo.
A raíz de esa ofensa, que su espíritu altivo no perdonó jamás, armó y tripuló en La Ensenada dos faluchos, con los que vengóse del anterior agravio, apresando a su vez un buque a los españoles y resarciéndose con su venta del anterior quebranto.
Por documentos pertenecientes a la antigua capitanía del puerto nos consta su condición de armador y dueño de naves; por los de su testamentaría que, a partir de junio de 1812, era dueño de una propiedad de Barracas cuyo costo fué de 1.600 pesos fuertes.
Cuando, a principios de 1814, el Director Supremo don Gervasio Antonio de Posadas lo incorporó a la causa independiente, contaba don Guillermo Brown 37 años; había navegado alrededor de veinticinco, sometido a riesgo de guerra gran parte de ellos; conocía el régimen interno y la organización de los buques de las marinas de su época; las aguas del estuario de sus mediatas campañas; era dueño de naves adquiridas con su esfuerzo y jefe de un hogar en tierra argentina. Contrariamente a lo que se ha expresado alguna vez, el alistamiento de los buques con los cuales obtuvo Brown el dominio del Plata, no fué un acto de “milagro”, sino el resultado de una convicción natural y lógica abonada por su experiencia.
Su actividad en el armamento de las embarcaciones que se iban adquiriendo; su discreción para aceptar los elementos a veces deficientes que se le dieron; los sugerimientos para subsanarlos, siempre a flor de labio, y el entusiasmo contagioso con que procedió, han sido recogidos por sus contemporáneos. En el mismo estilo consideró o aceptó, según el caso, los planes que los dirigentes de las operaciones militares le dieron a conocer, revelándose optimista en los resultados de la campaña próxima a emprender, conducta que Vicente López calificó de apariencia infantil e ingenua, y que no era en el fondo, más que razonada confianza, impulso primo del éxito.
Pero, inicialmente, hay una cosa que el conductor no estaba dispuesto a aceptar, y que mencionaremos porque ella revela el concepto militar del flamante jefe.
A punto de iniciarse las operaciones navales del año 14, Brown se dirige a los capitanes subordinados y entre éstos al Capitán Seaver, a quien el gobierno, por particulares conveniencias o compromiso de alguno de sus miembros ha dado el mando de una de las naves para obrar, a lo que parece, sin una total subordinación a la autoridad del Comodoro. En una comunicación a Seaver, nuestro personaje le “ordena apronte la goleta de su mando para salir fuera con el objeto de atacar al enemigo, que se encuentra en el río al oeste de “Banco Chico”, agregando: “oportunamente recibirá usted un libro de señales de la fragata “Hércules”, a las que por el mejor servicio dará usted exacto cumplimiento en nombre de la patria”, encarécele también “la mejor decisión y pericia en el manejo de su buque contra el enemigo común” y agrega: “la Hércules”, al mando del Capitán Elías Smith, izará mi insignia hasta nueva orden, y, de acuerdo con las recibidas por usted de la superioridad, se me considerará subordinado mientras yo dirija la presente fuerza en el río”. Terminaba dicha comunicación con esta advertencia: “nadie, por pretexto alguno, podrá abandonar este puerto antes que la “Hércules”.
Seaver, bregando por sus prerrogativas y tal vez alentado por las influencias extrañas a que aludimos, le contestó en la misma fecha diciendo que “le previene que ignora completamente que él o la goleta “Julieta” estén agregados al resto de la escuadrilla, como para autorizar al Capitán Brown a dirigirle la nota precedente”.
¿Qué hizo Brown en esta emergencia? Claramente lo dice en su comunicación al Ministro Larrea, publicada por Gildrea: “El gobierno ha de tener a bien decidir entre confiar el mando al Capitán Seaver o exonerarlo del servicio, por cuanto un cooperante con mis propias atribuciones, al que el sagaz señor White pretende introducir, no puede ser tratándose del mejor servicio naval. Con mi sincero deseo por la prosperidad de la escuadra y reteniendo mi nombramiento mientras se comunica la resolución de S. E., al que ruego se le informe de este incidente”, etc.
Como es visible, desde su incorporación al servicio tenía nuestro héroe un concepto acabado de la responsabilidad y unidad del mando.
El gobierno, sabido es, resolvió este incidente — valientemente planteado por el Comodoro — disponiendo la incorporación de Seaver a la escuadra que Brown mandaba, aunque por poco tiempo, puesto que aquél murió gallardamente en el ataque a Martín García que le siguió.
Reproducida en esta edición
✶ INDICE:
Cap. I - Antecedentes e incorporación al servicio
Cap. II - La campaña naval contra los realistas de Montevideo
Cap. III - El viaje al Pacífico
Cap. IV - El Almirante de la guerra contra el Imperio
Cap. V - Operaciones contra el comercio del Imperio
Cap. VI - Retrato moral del Almirante
Cap. VII - La popularidad del Almirante
Cap. VIII - El gobernador delegado
Cap. IX - Jefe de la Escuadra de la Confederación
Cap. X - Alejamiento del servicio
Cap. XI - Anclado en la inmortalidad
Reproducida en esta edición