Buenos Aires en el Siglo XVII
Ricardo de Lafuente Machain
Municipalidad de Buenos Aires
Colección Centenario
1980
Tapa dura, con sobrecubierta original
240 páginas
Numerosas ilustraciones y reproducciones
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Sin detalles.
Reproducida en esta edición
✶ SINOPSIS:
La fundación de Santa Fe defraudó las esperanzas puestas en ella, y a poco de existir las autoridades y los vecinos tuvieron el convencimiento de que no llenaba los fines propuestos, expresados corrientemente con la socorrida frase de “abrir las puertas a la tierra”, en lo que se refería a las comunicaciones de las provincias con la Metrópoli. Para subsanar los inconvenientes, el teniente de gobernador y capitán general Juan de Garay resolvió continuar descendiendo el río y levantar otro asiento más cerca de la “entrada de los ríos”, en algún punto de fácil acceso. Levantó bandera en Asunción y después de una breve estada en Santa Fe el general Garay, con los futuros pobladores, siguió hasta el sur sin perder de vista las costas, que ofrecían escasa vegetación, de triste aspecto, por lo avanzado del otoño, y sin más señal de seres humanos que algunas humaredas percibidas a lo lejos, de vez en cuando. Llegados al abandonado puerto de Santa María de Buenos Aires, el General ordenó fondear y se preparó el desembarco. Sus compañeros, casi todos mancebos criollos, no conocían el lugar sino a través de las referencias oídas a sus padres y otros conquistadores de la armada del adelantado Mendoza, quienes hacían terroríficos relatos de las penurias sufridas en dicho lugar, el año 1536. Escudriñaban curiosamente las barrancas solitarias en busca de algo que recordara las trágicas jornadas, pero nada quedaba del rancherío incendiado en 1541. El desembarco comenzó y el general Garay designó el lugar donde debía alzarse el nuevo asiento. El sitio elegido fue algo más al norte de aquél donde estuviera el Real de don Pedro de Mendoza, o sea a mayor distancia del punto de desembarco en el Riachuelo, buscando con ello darle seguridad o protección contra los siempre temidos ataques de corsarios y piratas. El 11 de junio de 1580, con todo el ceremonial de rigor, quedó fundada la ciudad de La Trinidad, en el puerto de Santa María de Buenos Aires. Los indios, terror de los compañeros de Mendoza, se habían alejado, y su amenaza ni fue tomada en cuenta, al extremo de que el nuevo centro nunca tuvo fosos, empalizadas, puertas ni centinelas, para defenderlo contra sus posibles ataques, como tuvieron la mayoría de las ciudades coetáneas, donde la vigilancia tenía que ser permanente. Parecería que la ciudad rioplatense ya nacía abierta para recibir a todos los que quisieran habitar en ella. Los primeros años fueron duros. La vida era precaria. Sus habitantes tenían que bastarse por sí mismos hasta para las cosas más insignificantes. El Cabildo escribía al Rey en 1590: “y ansi quedamos tan pobres y necesitados que no se puede encareser mas de que sertificamos que aramos y cavamos con nuestras manos”; luego, refiriéndose a los vecinos, agrega: “y padecen tanta necesidad del que la agua que beben del Rio la traen sus propias mugeres e hijos” y repite “y sabido por cosa cierta que mugeres españolas nobles y de calidad por su mucha pobreza an ydo a traer a questa el agua que han de bever”.
De fuera sólo llegaban los reducidos socorros que les enviaban desde Santa Fe y Asunción. Cuanto rodeaba al nuevo asiento era soledad, en su río inmenso sin orilla visible y en la pampa inacabable. Nada alteraba la pureza de su horizonte, ni una vela en el río, ni una polvareda en la llanura. Los compañeros del general Garay formaron el núcleo poblador al venir con él a fundar la ciudad. Unos recibieron el título de “vecinos”, con los derechos anexos y las obligaciones inherentes a tales, de acuerdo con las Leyes de Indias, debiendo, entre otras cosas, asentar casa poblada, sustentar armas, estar presto para cualquier servicio y, en caso de ausentarse, dejar personero dispuesto para acudir al llamado de las autoridades. Otros eran simples “moradores”, aunque estuvieran igualmente radicados en la ciudad. La legislación diferenciaba a los unos de los otros. Para ser vecino, además de contraer las obligaciones enunciadas, se requería tener un cierto número de años de residencia y otras condiciones. En cambio, al morador no se imponía ninguna, pero tampoco le acordaban derechos, especialmente los de “vaquerías”, “permisiones”, reparto de tierras, etc. Los moradores podían ser “estantes” o “habitantes”. Los primeros eran aves de paso, se hallaban en la Ciudad transitoriamente, a la espera de terminar sus asuntos para dejarla; los segundos, en cambio, no tenían el ánimo de partir de inmediato, y podían convertirse en vecinos, por cumplimiento de los extremos requeridos o por matrimonio con alguna hija de “conquistador o primer poblador”. Los compañeros de Garay venían de Asunción o de Santa Fe, donde tenían su vida organizada, contaban con recursos y habían dejado familia y amigos. Los que más añoraban sus hogares lejanos, y las facilidades que estaban acostumbrados a tener allí, cedieron a la atracción que el recuerdo embellecía y retornaron a dichos centros, haciendo abandono de las tierras que les fueran acordadas y renuncia a las presuntas ventajas que les atrajeron al nuevo asiento. Rodrigo Ortiz de Zárate cuenta, en 1585, que no quedaban sino 50 vecinos, sin mencionar a los moradores, cuya cantidad no engrosaría mucho el número.
Estos, y los pocos que se sumaron a ellos durante los primeros años, resistieron a todos los inconvenientes, y la Ciudad pasó por un período de estancamiento, cual árbol recién transplantado, en el que sólo hay actividad invisible, sorda; mientras sus raíces penetran en la tierra y se afirman, antes de echar hojas, extender sus ramas, dar flores y frutos. Su tesón les hizo perseverar y al fin triunfaron. En esos años de labor silenciosa, para adaptarse a las nuevas condiciones, no faltó quien, al igual que los compañeros del adelantado Mendoza, hiciera oír sus protestas y pidiera el traslado del nuevo asiento. Como entonces, las opiniones de los descontentos se dividieron entre aquéllos que querían llevarlo a la orilla oriental del río de la Plata y los que proclamaban las ventajas de un sitio sobre el Paraná, más al sur de Santa Fe. Todavía en 1607, el gobernador Hernandarias de Saavedra, con grandes dotes para el gobierno y experiencia, no obstante reconocer “que la ciudad toda esta muy acrecentada y edificada de tres años a esta parte”, escribe aconsejando la formación de un puerto en Santa Catalina, para facilitar el comercio entre España y la región central del Continente y estudiando las ventajas del sitio propuesto sobre el de Buenos Aires, manifiesta que “seria mas acertado desploblarle y mudar esta ciudad a otra parte mas comoda para la seguridad della que la avra quarenta leguas de aqui por este rrio del parana arriba a donde los corsarios les sera muy dificultoso el poder llegar”. Cuando escribía esto, le preocupaba encontrar la manera y el lugar adecuado para establecer un asiento en la vecina costa oriental, donde quiso, además, levantar una torre fortificada para defender la entrada del río de la Plata. Pero triunfó el buen sentido que guía ocultamente a los pueblos, ayudado por la inercia oficial, y la ciudad de La Trinidad quedó en el puerto de Santa María de Buenos Aires, donde la estableció su Fundador. Poco a poco se fue robusteciendo, y desde los albores del siglo XVII comenzó su progreso innegable. Ciertas “permisiones”, acordadas por el Gobierno a los hijos y descendientes de “conquistadores y primeros pobladores”, permitieron desarrollar la industria del “ganado vaco”, riqueza ignorada que descubrieron los navegantes de Portugal, Holanda e Inglaterra, verdaderos promotores del comercio rioplatense.
A la sombra de dichas “permisiones” floreció el contrabando, y los beneficios alcanzados avivaron la inventiva, multiplicando los ardides en pobladores y extranjeros a fin de continuar aprovechando las riquezas en cuestión. Así se fueron creando intereses que, unidos al efecto natural que inspira la tierra donde se lucha y triunfa, dieron fuerza al asiento y atrajeron nuevos elementos que durante el siglo XVII se afirmaron y desarrollaron la ciudad, instaurando instituciones que le dieron estructura definitiva, permitiéndole alcanzar asombroso desenvolvimiento en los siguientes. El misérrimo villorrio, formado en el puerto de Buenos Aires sin otro propósito que el de “abrir las puertas de la tierra”, pasó por fuerte prueba en el transcurso de sus primeros lustros, pero pronto tomó vuelo y, antes de medio siglo de existencia, ya fue capital de una vasta provincia, enseguida sede de un obispado, luego asiento de una Real Audiencia y, por último, baluarte del poderío castellano en su lucha contra las ambiciones de Portugal y así, en pleno auge, festejó jubilosamente su primer centenario. Su importancia fue tomando incremento en todos los órdenes y su transformación era una consecuencia lógica. Pero el progreso no siguió una trayectoria siempre ascendente. Tuvo sus alternativas bien marcadas, aunque al final resultara rotundo, como balance general. En 1615, el licenciado Francisco de Trejo, comisario del Santo Oficio de Lima, pudo manifestar que, mediante el trato y comunicación con Perú, Chile y Tucumán, había ido engrosando y aumentando su población, edificado gran número de casas, poblado chacras, donde tenía mucha labranza y cría de ganado, y era una de las buenas ciudades de estas provincias, con cuatro monasterios, San Francisco, Santo Domingo, La Merced y la Compañía de Jesús; Iglesia Mayor, Hospital y muchas cofradías; cuatro compañías de lanza y adarga de a caballo y dos de infantería, un fuerte bien aderezado y guarnecido de artillería. El progreso se detuvo como consecuencia del levantamiento de Portugal, según lo manifiesta la Reina, en una R. C. del 24 de diciembre de 1669, en la cual, haciéndose eco de las comunicaciones enviadas por el Gobernador del Río de la Plata, reconoce que “se aumentaba la población de ella que en la mayor parte es de portugueses y que esto había cesado desde que se rebeló Portugal” y, refiriéndose al estado económico de los vecinos, agrega: “en cayendose una casa no hay posibilidad para levantarla porque no llegan a sesenta los vecinos que tienen algun caudal”. En 1693 la Ciudad vuelve a escribir que su situación económica era tal que “en muchas casas nobles y honrradas se sirven de los hijos y de las hijas para el ministerio de cargar agua y otros actos serviles de cassa”. Es cierto que las lamentaciones, contenidas en documentos destinados a solicitar mercedes, deben considerarse sospechosas por cuanto tienden a inspirar conmiseración, pero pueden estimarse exactas en gran parte. Al cumplir Buenos Aires su primer siglo de existencia, Portugal, en afirmación visible de sus pretensiones de llegar al río de la Plata, estableció la Colonia del Sacramento, frente por frente a ella. Este acto de atropello a los derechos de Castilla vino a dar importancia a nuestra Capital por su situación estratégica, y, en tal concepto, su nombre comenzó a ser conocido en Europa, satisfacción que alcanzó a costa de su tranquilidad y de luchas que retardaron por bastantes años un progreso tan felizmente iniciado. Mas, para entonces, Buenos Aires era ya una de las ciudades castellanas de cierto viso en América, con características peculiares de raza, costumbres y régimen económico. Es lamentable que no tengamos sino pocas y escuetas descripciones de un período tan importante y curioso. Mucho menos podemos contemplar retratos y vistas de autenticidad indiscutible. Nada existe de aquella época en lo que atañe a edificios y obras públicas o particulares. La pobreza de los vecinos, la deficiencia de los materiales empleados y otros motivos concurrentes hacen que todo haya cambiado de aspecto muchísimas veces. Y si desde el punto de vista arquitectónico no hay mucho que lamentar, no sucede lo mismo considerándolos como elementos evocativos, pues resultan irreemplazables. No solamente desapareció hasta el último vestigio del Buenos Aires primitivo, sino que paulatina y permanentemente se borra cuanto se acostumbraron a ver nuestros ojos infantiles. No podemos evocar nuestra niñez en los ambientes donde ella pasó; los fantasmas no gustan de lo nuevo. Por eso ha desaparecido para siempre el pasado en nuestra ciudad. La gran masa inmigratoria, que en todo tiempo ha llegado a este puerto, trajo una constante renovación en todos los órdenes; edificios, costumbres y hasta apellidos se han ido sucediendo como en un caleidoscopio, y con ellos se fueron el recuerdo de los sucesos y personas que, repitiéndose de padres a hijos, formarían la tradición. Todo cambia permanentemente. Hasta la fachada de los templos se ha modificado, y el nombre de las calles es diferente, en la mayoría de los casos. Es inútil recorrerlas tratando de evocar hechos acaecidos hace pocos años. Ninguna casa despierta el recuerdo del pasado. Si por el abuso que se hace de placas recordatorias se llegara a desear colocarlas en sitios donde “pasó algo” o “vivió alguien”, no podría decir “en esta casa”, sino “aquí estuvo la casa donde...” El aficionado a antiguallas, por más que escudriñe la Ciudad, no hallará nada que suscite en él ese estado de espíritu que hizo escribir a Verlaine:
“...l’ont reste Des heures a causer tout seul avec l’absent”.
Los porteños carecemos de cuanto poetiza el recuerdo y vincula a las generaciones entre sí. Sólo se conservan del pasado unos cuantos legajos de amarillentos papeles, escritos para justificar derechos ante las autoridades o pedir mercedes después de relatar servicios más o menos exagerados y miserias más o menos auténticas. Todo cuanto se refiere al siglo XVII hay que reconstruirlo con elementos fragmentarios recogidos en las modestas crónicas ya citadas y, principalmente, inspirarse en documentos notariales, apuntes privados, etc., para deducir lo que fue Buenos Aires en sus comienzos, supliendo los vacíos imposibles de llenar con datos relativos a ciudades de vida similar.
✶ INDICE:
I Antecedentes
II Su nombre
III Escudo de armas
IV La planta urbana
V Las viviendas
VI Vagando por las calles
VII Salubridad pública
VIII Economía
IX Razas pobladoras
X La sociedad
XI Religión
XII La vida en la Ciudad
- El patrón de la Ciudad
- Nuestra Señora de las Nieves
- Abogados contra las hormigas y ratones
- Las once mil vírgenes
- San Andrés
- La festividad de Corpus Christi
- Beatificación del fundador de la Compañía de Jesús
- El misterio de la Purísima Concepción
- San Francisco Solano
- Nacimiento de un príncipe
- La jura de S. M. el rey don Carlos II
- Recepción del Sello Real
- Recepción de autoridades
XIII Artes y letras
Apéndice
- Reparto de permisiones
- Descripción de la ciudad, por Azcárate du Biscay
- Dos memorias inéditas, por los hermanos Massiac
- Padrón de vecinos
- Buenos Aires, según el P. A. Sepps, S.J.
Bibliografía
Mapa de Buenos Aires - Reproducido en esta edición