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Gracia Plena

José Pedroni

Editorial Librería y Editorial Castellvi

1953 - 4 ed

Tapa blanda, rústica con solapas

149 páginas

Prefacio de Leopoldo Lugones

Ejemplar numerado: 1939

Impreso en Santa Fe (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes mínimos por paso del tiempo.

 

✶ PRÓLOGO: “El hermano luminoso”, por Leopoldo Lugones (fragmento)

Desde Esperanza la santafecina, valeroso nombre que esclarece la decisión y el vigor de los primeros colonos de la tierra, en el rendimiento infatigable del trigal, vino con un libro de escasa resonancia y devoto titulado: “Gracia Plena”, José Pedroni, su autor.

Místico a la manera pagana de las églogas, es decir, por tierna exaltación ante el bien y la hermosura de la vida, cuya animación sensibilizada así en amor humano, trasciende a la forma religiosa del panteísmo, el libro de este poeta canta como ningún otro de los argentinos, las albricias del país.

Su frescura generosa, su sana sencillez, su sincero alborozo ante todos los amores fecundos que embellecen la vida en gracia y en fortaleza, resultan la expresión misma del pueblo joven, que a la caricia temprana del sol, cree en la dicha y trabaja cantando.

Todo entero lo anima, vuelo y trino a la vez sobre la renaciente maravilla que es cada amanecer, el regocijo matinal de la golondrina. Así la belleza del mundo se descubre a sí misma, renovada sin cesar en la emoción de cada poeta verdadero. Y como dar con uno de éstos, es para la Nación un grande hallazgo del alma, ocurre preguntarse lo que será, en suma, un verdadero poeta.

La respuesta es fácil y no como toda definición estética. Pero, intentémosla.

Verdadero poeta es uno que nos comunica la emoción de belleza por medio del lenguaje musical. Quiere decir con palabras adecuadas especialmente a ese fin y dispuestas de manera que canten.

Este escolio formula con precisión el sistema, que constituye, según se ve, la asociación de una índole y de un instrumento.

La entidad psicológica o temperamento del poeta se define por sí misma, según que nos comunique o no con su poesía la emoción de belleza. Con su poesía, es decir mediante la aplicación del sistema que dijimos. La poesía, como la música, consiste en la ejecución instrumental; y por esto, ambas artes son las de expresión entre las cinco, formando las plásticas el otro grupo. Una tiene por instrumento el lenguaje, la otra el sonido inarticulado, no el ruido, y la primera conforma el suyo a cierta expresión rítmica que llamamos genéricamente verso.

Sin verso, pues, no hay poesía, como sin sonido no hay música, porque la falta de uno de los dos elementos del sistema antedicho comporta su anulación.

Tengo definido ya en qué consiste nuestro verso, y cómo es en él la rima elemento indispensable a su vez, sobre todo cuando se compone versos de ritmo libre; de tal suerte que en todo caso, pero en este último con mayor nitidez, la falta de rima convierte en prosa el lenguaje.

Se expresará entonces, con éste, ideas o imágenes poéticas; pero la composición no será poesía sino prosa. Las cláusulas o renglones de esta última no se transformarán tampoco en versos, mediante la disposición vertical de su escritura; porque el verso no es una construcción gráfica, sino una composición musical. De lo contrario, resultaría que los catálogos de almacén se hallan versificados a despecho de sus autores. Por ambos lados, aparece, pues, M. Jourdain haciendo prosa y verso sin saberlo.

Dijérase la perfección de su tipo, o sea un caso afligente de psicología, si no fuese apenas una añagaza pueril: la falsificación de versos, mediante una disposición gráfica de la prosa.

Para mayor recaudo, es de observar que la disposición vertical de los versos tiene, precisamente, por objeto, destacar las rimas y afirmar, de consiguiente, el ritmo, o sean los dos elementos que faltan en los pretendidos versos gráficos...

Así, pues, aunque se nos afirma que eso constituye una nueva forma de expresión poética, lo que hallamos en realidad es a nuestra vieja conocida la prosa.

Por otra parte, el fenómeno se ha visto ya en la historia de la literatura. Lo mismo acabó la poesía latina bajo la acción de la barbarie: la prosa rítmica fué el elemento transitivo, o mejor dicho, la descomposición que luego reorganizó nuestro verso. Elemento fecundo, sin duda, pero con la fecundidad de la putrefacción.

La miseria actual es producto a su vez de la guerra y del bolchevismo, sendas causas de barbarie. Penoso exhibicionismo de escritores menos que mediocres, y transparente escamoteo de su fracaso. Retórica de poetastros, en suma. La misma vieja cosa de los otros que tales de la Academia: la libertad de no hacer lo que no se puede.

El nihilismo, que es una expresión de impotencia desesperada, como los celos póstumos que prescriben la castidad de la viuda.

Por esto, hay una comprobación, valedera sobre todas, al ser un hecho; ningún verdadero poeta desea sacudir jamás “el yugo de la rima”, por la sencilla razón de que ésta no es para él ningún yugo. El verso que determina, es su modo natural de expresarse como poeta. Dice así todo lo que quiere, según va a verse hasta la abundancia, y aun lo dice mejor; porque como todo lenguaje natural, éste se forma en su mente, simultáneo con la emoción. Es una expresión de su sensibilidad, no de su raciocinio, su voluntad o su saber. De aquí la sorprendente aproximación de elementos que a veces componen sus imágenes, y la inesperada eficacia que cobra en su expresión la sonoridad de ciertas voces.

La técnica del verso es fácil de dominar; pero la diferencia entre el verso de un retórico y el de un poeta, es como la del agua fabricada en el laboratorio y la que vierte el manantial. Retórica y químicamente son verso y agua, pero insípidos y muertos.

Debe insistirse sobre esto en el comentario de toda verdadera poesía, porque la importancia de esa literatura de fracaso en un país optimista y fuerte, donde la vida es una expresión triunfal, equivale a la propaganda de la esterilidad fraudulenta. Cuanto tienda acá al escamoteo del esfuerzo es inmoral, socialmente hablando. Acobarda y extravía en su órbita peculiar, como el socialismo y otras importaciones análogas en las suyas.

La belleza se conquista, como el amor que, en suma, es su goce; de donde resulta que la emoción de belleza viene a ser un estado de amor, y recíprocamente. Pero conquistar es vencer, vale decir combatir y sobreponerse a las dificultades, no eludirlas bajo el socorrido pretexto de libertad.

Entendámonos. La libertad espiritual debe ser exteriormente ilimitada. Pero, en la conciencia de cada hombre, tiene un límite que es el honor. He llamado a esta virtud la civilización de la fuerza; es decir una forma de disciplina particularmente notable en el influjo que ejercieran las órdenes caballerescas sobre la Europa medieval.

La ley de honor prohibe triunfar por medio de subterfugios. No los considera a éstos goce de la libertad, sino bajeza sensual, y con ello negativa del señorío más difícil que es el del caballero sobre sí mismo. En todos los idiomas que se formaron bajo el imperio de la moral caballeresca, sabemos perfectamente lo que significa “amor fácil”, “belleza fácil”. Las musas no pertenecen a este género.

Tal cual se ha dicho de la ciencia, con alta austeridad, el objeto del arte es el honor. Por esto el primer premio de los Juegos Florales era una rosa natural. Aquellos trovadores fueron los padres del verso amenazado por la actual crisis de barbarie.

Y no se vea en esto una exageración baladí. Hay también una moral en la religión de la belleza. La estética contiene en su nombre a la ética. Se miente belleza como se miente verdad, y todo ello es una sola miseria.

He querido definir con lo que va dicho la estirpe de este alto poeta y la significación nacional de su obra; así como explicar el silencio que en torno suyo, han ahondado a porfía los cultores del antiverso, para clasificar de algún modo esa mala prosa, y la clientela sufragánea, que a fuerza de roer corcho por animadversión singularista del buen pan, se ha estragado enteramente para el disfrute de la belleza. Pues no hay pecado que lleve la penitencia consigo, como ese de la fealdad desposada por vanagloria.

Y cuando digo nacional no se confunda con vernáculo. No hay color local en el libro de Pedroni. Hay algo mejor, y es la mucha alma de patria joven, dichosa y fuerte. Eso se engendró al soplo del gran viento rural, en la tierra argentina preñada de siembra. Salió del amor de la mujer pura, del hijo bien habido, de la madre honrada, del esfuerzo probo, del trabajo duro pero sano como el propio músculo que templa, de la belleza natural disfrutada por nativa aptitud, como el agua, la luz y el aire. Esa poesía es algo tan dulce y elevado a la vez como la patria: es una esposa. Que hay también la poesía doncella, y la manceba, y la otra. Y aquella de la pasión, que recordando por la pena y la palabra a la Virgen de los siete puñales, merece la noble advocación de Nuestra Señora de los Dolores.

Todo poeta que en un país como el nuestro ennoblezca por el canto el sano amor, la dicha familiar, la gloria del esfuerzo, la santidad de la vida amada por buena y hermosa, la fraternidad de las cosas sencillas y primordiales: así la tierra, lozana como una madre joven, en las mejillas de la fruta y en el aseo de la hierba peinada; así el agua, tan limpia de conducta, que al mismo lodo que la enturbió, lo va lavando; así la luz en la flor de oro del sol; así el aire en el ala fresca del viento: —un poeta, digo, que eso sepa cantar, merece bien de la patria.

Porque esa poesía que mejora el alma con exaltarla a la generosa alegría de la dicha y del bien, es una preparación de la victoria. Oíd cómo canta el triunfo en la alondra de plata y en el gallo de bronce. Por esto —que lo recuerdo con intención— Francisco de Asís es para el “duce” italiano, en quien revive la esperanza inmortal de Roma, un héroe nacional, como representante superior de su raza.

Con intención, dije, porque el soplo franciscano está manifiesto en la inspiración de Pedroni. La raza itálica habla así en él por la sangre, sin que esto afecte la calidad de su alma argentina. Que, al contrario, la esclarece y vigoriza, con entroncarla en la cepa de la latinidad.

Empieza, así, a verificarse mi previsión respecto de la ventaja que constituye para la formación del país, por la concurrencia de una raza superior entre todas, en virtud de su mayor pureza dentro del tipo étnico al cual pertenecemos, la preferencia de la emigración italiana por nuestra patria, donde sin duda, representa lo mejor que podemos desear: vigor, salud, inteligencia, fecundidad, entusiasmo, cordialidad y belleza. Y si este Pedroni fuese, como estoy muy cerca de creerlo, el primer poeta argentino, su personalidad adquiriría el valor indicativo de un éxito nacional. Hasta por su procedencia de entre aquellos primeros sembradores de trigo, a cuyo esfuerzo se maridó nuestra tierra.

 

DESHOJAMIENTO

 

La nieve casta su perdón desmiga

sobre la obscura ancianidad del suelo.

Cuando la tierra ya no puede, amiga,

calladamente se deshoja el cielo.

Así el espino, y el parral, y el banco,

visten la gracia de este nuevo adorno.

El haz de leña es un osito blanco

y es una choza de esquinal el horno.

Fija en la mía tu mirada pura,

pues dan mis ojos a un paisaje interno,

y mira cómo nieva tu ternura

sobre mi triste corazón de invierno.

 

 

José Pedroni (1899-1968)