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Hombres sin mujeres

(Men without women)

Ernest Hemingway

Ediciones Librerías Fausto

1977

Traducción de Ricardo Piglia

Tapa blanda, rústica con solapas

169 páginas

Tapa: Oscar Díaz

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes mínimos por paso del tiempo.

 

✶ TEXTO EN SOLAPAS:

La mayoría de los críticos coincide hoy en que los cuentos son el mayor aporte de Ernest Hemingway a la narrativa contemporánea. Retomando una rica tradición norteamericana, Mark Twain, Stephen Crane, Sherwood Anderson, Ring Lardner, y elaborando, al mismo tiempo, las experiencias formales de la vanguardia de la década del veinte, en especial el Joyce de las epifanías, Hemingway construyó en sus relatos un estilo inconfundible que influyó, como ningún otro, en la literatura del siglo XX.

“Leer los cuentos de Hemingway es aprender que las palabras más sencillas, las más gastadas, señalaba el crítico francés J. L. Curtis, cuando se utilizaban con arte significan mucho más que ellas mismas. Hay que citar aquí la célebre fórmula: La creación literaria está para mí basada en el principio del iceberg. No debe verse nunca más que un séptimo de lo que está bajo el agua. La prosa es arquitectura y no decoración. Esto no quiere decir que el escritor no deba preocuparse más que por la superficie de las cosas, sino que la manera con que describe la superficie debe hacer adivinar al lector el peso enorme de la masa inmersa en el subconsciente. Ningún autor es más lúcido sobre su técnica que Hemingway, ni más atento a los problemas del oficio. En este punto se acerca, quizás como nadie, a Flaubert, a quien iguala en dedicación y en rigor”.

La difusión de la obra de Hemingway en castellano estuvo marcada por la figura pública del escritor y por el éxito, a menudo ambiguo, de sus últimas novelas. Sus cuentos, lo mejor de su obra, han quedado relegados en la consideración del público a causa de la edición desordenada de sus relatos que fueron agrupados sin criterio, en ediciones a menudo expurgadas y censuradas. De este modo se destruía el cuidadoso registro de tonos y de temas con que Hemingway ordenaba sus volúmenes buscando darle al conjunto un efecto que no era el mismo de los relatos aislados.

Con la publicación, por primera vez en castellano, de la edición integral de Hombres sin mujeres comenzamos la edición completa de los libros de relatos de Ernest Hemingway.

Pensamos que de este modo será posible para el lector argentino entrar en contacto con una de las mayores realizaciones del arte de ficción contemporáneo.

 

Ernest Hemingway

 

✶ INDICE:

El invicto

En otro país

Colinas como elefantes blancos

Los asesinos

Che ti dice la patria?

Cincuenta mil dólares

Un interrogatorio sencillo

Diez indios

Un canario para uno

Un idilio alpino

Una carrera de persecución

Hoy es viernes

Una historia trivial

Ahora me acuesto

 

✶ LOS ASESINOS (Traducción de Ricardo Piglia)

La puerta del restaurant de Henry se abrió y entraron dos hombres. Se sentaron frente al mostrador.

—¿Qué se van a servir? —les preguntó George.

—No sé —dijo uno de los hombres—. ¿Qué querés comer, Al?

—No sé —dijo Al—. No sé qué quiero comer.

Afuera oscurecía. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde la otra punta del mostrador Nick Adams los observaba. Cuando entraron estaba hablando con George.

—Yo quiero una costilla de cerdo con crema de manzanas y puré de papas —dijo el primer hombre.

—Eso todavía no está.

—¿Entonces por qué carajo lo pone en la lista?

—Eso es para la cena —explicó George—. Lo puede pedir después de las seis.

George miró el reloj en la pared, atrás del mostrador.

—Son las cinco.

—Marca las cinco y veinte —dijo el segundo hombre.

—Está adelantado veinte minutos.

—Bueno, a la mierda con el reloj —dijo el primer hombre—. ¿Qué tiene para comer?

—Le puedo servir cualquier clase de sandwiches —dijo George—. Y hay jamón con huevos, panceta con huevos, hígado y panceta o un bife.

—Deme croquetas de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.

—Eso es la cena.

—Todo lo que queremos es de la cena, ¿eh? Esa es su manera de trabajar.

—Puedo servirle jamón con huevos, panceta con huevos, hígado...

—Quiero jamón con huevos —dijo el hombre llamado Al. Llevaba un sombrero hongo y un negro sobretodo entallado. Tenía la cara pequeña y pálida y tenía los labios finos. Usaba bufanda de seda y guantes.

—Sírvame panceta con huevos —dijo el otro hombre. Era aproximadamente de la misma estatura que Al. Los rostros eran distintos pero estaban vestidos como mellizos. Sus sobretodos muy entallados. Estaban inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.

—¿Tiene algo para tomar? —preguntó Al.

—Cerveza liviana y gínger-ale —dijo George.

—Te dije que si tenés algo para tomar.

—Nada más que eso.

—Este es un pueblo sensacional —dijo el otro—. ¿Cómo es que se llama?

—Summit.

—¿Lo oíste alguna vez? —le preguntó Al a su amigo.

—No —dijo el amigo.

—¿A qué se dedican aquí de noche? —preguntó Al.

—Comen —dijo su amigo—. Vienen todos acá y se mandan la gran comilona.

—Ahí estuvo bien —dijo George.

—¿Así que pensás que estuvo bien? —le preguntó Al.

—Claro.

—Sos un tipo canchero, ¿no?

—Claro —dijo George.

—Bueno, no —dijo el otro hombrecito—. ¿Qué te parece, Al?

—Es un estúpido —dijo Al. Se dio vuelta hacia Nick— ¿Cómo te llamás?

—Adams.

—Otro tipo canchero —dijo Al—. ¿No es un tipo canchero, Max?

—Este pueblo está lleno de tipos cancheros —dijo Max.

George colocó dos platos sobre el mostrador, uno con jamón y huevos, el otro con panceta y huevos. Al lado puso dos porciones de papas fritas y cerró la ventanilla que daba a la cocina.

—Cuál es el suyo? —le preguntó a Al.

—¿No te acordás?

—Jamón con huevos.

—Qué pibe tan canchero —dijo Max. Se inclinó y tomó el jamón con huevos. Los dos hombres comieron con los guantes puestos. George los miraba comer.

—¿Qué estás mirando? —Max miró a George.

—Nada.

—¿Qué carajo hacés? ¿Cómo nada? Si, carajo. Me estabas mirando.

—Tal vez el pibe te quería hacer un chiste, Max —dijo Al.

George sonrió.

—Usted no tiene que reírse. No tenés que reírte —le dijo Max—. Usted no tiene que reírse, ¿se da cuenta?

—Está bien —dijo George.

—Así que piensa que está bien —Max se volvió hacia Al—. Piensa que está bien. Es bárbaro.

—Oh, es todo un pensador —dijo Al. Siguieron comiendo.

—¿Cómo se llama el tipo canchero que está en la punta del mostrador? —le preguntó Al a Max.

—Eh, cancherito —le dijo Max a Nick—. Pasate del otro lado del mostrador con tu amiguito.

—¿Por qué motivo? —preguntó Nick.

—No hay ningún motivo.

—Te conviene pasar, cancherito —dijo Al. Nick pasó del otro lado del mostrador.

—¿Qué pasa? —preguntó George.

—Nada que tenga que ver con tus asuntos de mierda. ¿Qué carajo te importa? —dijo Al—. ¿Quién está en la cocina?

—El negro.

—¿Qué quiere decir el negro?

—El negro que cocina.

—Decile que venga.

—¿Por qué?

—Decile que venga.

—¿Dónde se piensan que están?

—Sabemos bien dónde mierda estamos —dijo el hombre llamado Max—. ¿Tenemos pinta de boludos?

—Hablás boludeces —le dijo Al—. ¿Para qué carajo te ponés a discutir con este pibe? Sentí —le dijo a George—. Decile a ese negro que venga.

—¿Qué le vas a hacer?

—Nada. Usá la cabeza, pibe piola. ¿Qué le podemos hacer a un negro?

George abrió la puerta corrediza.

—Salí, Sam —dijo—. Vení un minuto.

La puerta de la cocina se abrió y entró el negro.

—¿Qué pasa? —preguntó. Los dos hombres apoyados en el mostrador lo miraron.

—Muy bien, negro. Te quedás ahí —dijo Al.

Sam, el negro, con su delantal, se quedó parado mirando a los dos hombres sentados frente al mostrador.

—Sí, señor —dijo.

Al bajó del taburete.

—Yo me voy a la cocina con el negro y el piola este —dijo—. Volvé a la cocina, negro. Vos andá con él, pibe piola.

El hombrecito caminó detrás de Sam el cocinero y de Nick hasta la cocina. La puerta se cerró detrás de ellos. El hombre llamado Max siguió sentado contra el mostrador frente a George. No lo miraba, pero vigilaba por el espejo que corría atrás del mostrador. El local de Henry, había sido antes un bar.

—Bien, pibe piola —dijo Max mirando en el espejo—. ¿Por qué no decís algo?

—¿Qué es lo que está pasando?

—Eh, Al —llamó Max—. El piola este quiere saber qué es lo que está pasando.

—Por qué no se lo decís? —la voz de Al llegó desde la cocina.

—Vos qué pensás que está pasando?

—No sé.

—Vos qué pensás?

Mientras hablaba Max no dejaba nunca de mirar en el espejo.

—No quiero decir.

—Eh, Al, el piola este dice que no quiere decir qué es lo que piensa que está pasando.

—Te escucho muy bien —dijo Al desde la cocina.

Con un frasco de salsa de tomate mantuvo abierta la ventanilla por la que pasaban los platos. —Sentí, canchero —le dijo a George desde la cocina—. Parate un poco más lejos del mostrador. Vos, Max, correte un poco hacia la izquierda. —Parecía un fotógrafo disponiendo a un grupo para sacar un retrato.

—Decime, nene piola —dijo Max—. ¿Qué te imaginás que va a pasar?

George no dijo nada.

—Te lo voy a decir —dijo Max—. Vamos a matar a un sueco. ¿Conocés a ese sueco grandote que se llama Andreson?

—Sí.

—Viene aquí a cenar todas las noches, ¿no?

—A veces viene.

—Viene aquí a las seis, ¿no?

—Cuando viene.

—Ya sabemos todo, canchero —dijo Max—. Hablá de otra cosa. ¿Vas mucho al cine?

—De vez en cuando.

—Tenés que ir más al cine. Las películas son algo bárbaro para un piola como vos.

—¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?

—Nunca tuvo la oportunidad de hacernos nada. Nunca nos vio.

—Y nos va a ver una sola vez —dijo Al desde la cocina.

—Entonces, ¿por qué lo van a matar? —preguntó George.

—Lo vamos a matar por un amigo. Nada más que para complacer a un amigo, sabés canchero.

—Callate —dijo Al desde la cocina—. Estás hablando demasiado, carajo.

—Bueno, tengo que mantener entretenido a este piola. ¿No es cierto piola?

—Estás hablando más que la mierda —dijo Al—. El negro y este pibe piola se entretienen solos. Los tengo atados como a una pareja de amiguitas en un convento.

—Me imagino que habrás estado en un convento.

—¿Nunca lo supiste?

—Debés haber estado en un convento judío. Ahí debés haber estado.

George levantó los ojos hacia el reloj.

—Si entra alguno le decís que el cocinero salió y si insiste le decís que vas a ir atrás y le vas a cocinar. ¿Captaste, canchero?

—Está bien —dijo George—. ¿Qué van a hacer con nosotros, después?

—Eso depende —dijo Max—. Esta es una de esas cosas en las que, en el momento, uno nunca sabe.

George levantó los ojos hacia el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de calle se abrió. Entró un chofer.

—Hola, George —dijo—. ¿Puedo cenar?

—Sam salió —dijo George—. Vuelve más o menos en media hora.

—Entonces me voy —dijo el chofer.

George miró el reloj. Eran las seis y veinte.

—Eso estuvo bárbaro, nene piola —dijo Max—. Sos todo un caballerito.

—Sabía que le iba a reventar la cabeza —dijo Al desde la cocina.

—No —dijo Max—. No es por eso. El pibe piola es bárbaro. Es un pibe bárbaro. Me gusta.

—A las siete menos cinco George dijo:

—No viene.

Otras dos personas habían entrado en el restaurant. Una vez George tuvo que ir a la cocina y preparar un sandwich de jamón con huevos para un hombre que se lo llevó. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo echado hacia atrás, sentado en un taburete cerca de la ventanilla con la boca de una escopeta de caño recortado apoyada en el borde. Nick y el cocinero estaban en un rincón, espalda contra espalda, amordazados con una toalla. George calentó el sandwich, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa, lo llevó y el hombre pagó y se fue.

—Un piola puede hacer de todo —dijo Max—. Puede cocinar y todo lo demás. Le vas a hacer pasar una vida bárbara a alguna chica vos, pibe piola.

—¿Sí? —dijo George. Su amigo Ole Anderson no iba a venir.

—Le vamos a dar diez minutos más —dijo Max.

Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaron las siete y después las siete y cinco.

—Vamos, Al —dijo Max—. Mejor vamos. No viene.

—Mejor le damos cinco minutos —dijo Al desde la cocina.

En esos cinco minutos entró un hombre y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.

—¿Y por qué no se consigue otro cocinero? —preguntó—. ¿O esto no es un restaurant?

Salió.

—Vamos, Al —dijo Max.

—¿Y qué con los dos pibes piolas y con el negro?

—Está bien. Dejalos.

—¿Te parece?

—Claro. Terminemos con esto.

—No me gusta —dijo Al—. Demasiado torpe. Además, vos hablás mucho.

—Bueno, qué carajo —dijo Max—. Tenemos que divertirnos, ¿no?

—De todos modos hablás demasiado —dijo Al. Salió de la cocina. El tambor de la escopeta hacía un leve bulto bajo el sobretodo entallado. Se lo estiró con las manos enguantadas.

—Chau, canchero —le dijo a George—. Tenés una suerte bárbara.

—Eso es cierto —dijo Max—. Vos tendrías que jugar a las carreras, nene piola.

Los dos salieron por la puerta. A través de la ventana George los vio pasar bajo el farol y cruzar la calle. Con sus sobretodos entallados y sus sombreros hongo parecían una pareja de vaudeville. George fue a la cocina y desató a Nick y al cocinero.

—No quiero nunca nada parecido —dijo Sam, el cocinero—. No quiero nunca nada parecido.

Nick se levantó. Nunca había tenido una toalla en la boca.

—Te das cuenta —dijo—. Carajo...

Se hacía el indiferente como si no le diera importancia a lo que había pasado.

—Vinieron a matar a Ole Andreson —dijo George—.

—¿Ole Andreson?

—Sí.

El cocinero se tocaba la comisura de los labios con los pulgares.

—¿Se fueron? —preguntó.

—Sí —dijo George—. Ya se fueron.

—Esto no me gusta —dijo el cocinero—. Esto no me gusta nada.

—Oíme —le dijo George a Nick—. Mejor andá a verlo a Ole Andreson.

—Está bien.

—Mejor no te metás —dijo Sam—. Mejor no te metás.

—No vayas si no querés —dijo George.

—No vas a ganar nada si te metés —dijo el cocinero—. No te metas.

—Voy a ir —le dijo Nick a George—. ¿Dónde vive?

El cocinero se dio vuelta.

—Los mocosos siempre saben lo que hacen —dijo.

—Vive en la pensión de Hirsch, arriba.

—Me voy.

Afuera, la luz del foco brillaba entre las desnudas ramas de un árbol. Nick caminó por la calle, pegado a los tranvías y en el foco siguiente dobló por una calle lateral. La tercera casa era la pensión de Hirsch. Nick subió los dos escalones y tocó el timbre. Salió una mujer.

—¿Está Ole Anderson?

—¿Quiere verlo?

—Sí, si está.

Nick siguió a la mujer por la escalera y luego hasta el fondo de un pasillo. Ella golpeó la puerta.

Cuando escuchó la voz de Nick el cocinero abrió la puerta que daba a la cocina.

—No quiero saber nada —dijo y cerró la puerta.

—¿Se lo dijiste? —preguntó George.

—Claro. Se lo dije, pero él ya sabía todo.

—¿Qué va a hacer?

—Nada.

—Lo van a matar.

—Supongo que sí.

—Debe haber metido en algo, en Chicago.

—Supongo que sí.

—Es terrible.

—Horrible —dijo Nick.

No dijeron nada más. George buscó un repasador y limpió el mostrador.

—Quisiera saber qué hizo —dijo Nick.

—Traicionó a alguien. Matan por eso, ellos.

—Me voy a ir de este pueblo —dijo Nick.

—Sí —dijo George—. Eso está bien.

—No aguanto pensar que él está esperando, en la pieza, sabiendo que lo van a ir a buscar. Es demasiado horrible.

—Bueno —dijo George—. Mejor que no pienses en eso.

 

Ernest Hemingway

 

Ricardo Piglia