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La Mulanima: poema mágico de la montaña

Carlos Quiroga

Editorial Peuser

1957

Tapa blanda, rústica sin solapas

255 páginas

Arte de tapa e ilustraciones en interior de Alfredo Gramajo Gutiérrez

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes mínimos por paso del tiempo.

 

 

✶ DOS PALABRAS - CARMELO M. BONET:

Carlos B. Quiroga ya era una figura prócer en nuestra república literaria. Había ganado esa proceridad reflejando estéticamente tipos, costumbres y medio físico de su tierra natal. En esta noble tarea puede darse la mano con Joaquín V. González: éste riojano, aquél catamarqueño.

Aprisionó ese terruño en libros cargados de color y de fuerza descriptiva: Cerro nativo, La raza sufrida, Almas en la roca, El tormento sublime, El lloradero de las piedras y otros menores. El de mayor fortuna, La raza sufrida, que ha quedado como la novela tipo de la montaña. Ya asoma en ella la devoción del autor hacia los temas bíblicos, devoción que fruteció, años después, en una novela de cuerda distinta: Lázaro resucitado. Como un “escriturario” del siglo XVI, Quiroga se sumerge en la época, siempre apasionante, de los días de Jesús, que ve a través de la conciencia de tres “abismos”: Lázaro el resucitado, Judas el traidor y Barrabás el delincuente salvado por el sacrificio del Redentor.

Y he aquí que ahora nos sorprende, como coronando toda esta enjundiosa producción, con una obra de plenitud, con un poema de largo aliento que puede considerarse como la epopeya de la montaña, así como Martín Fierro lo es de la llanura.

Quiroga al componerlo ha tenido en la mente a los clásicos gauchescos, al nativismo tradicional. De ahí que eche mano de sentimientos explotados, como caracterizantes, por ese nativismo: la amistad o “aparcería”, el culto del coraje y de la fuerza física y una sed irreprimible de libertad que se manifiesta en la afición del gaucho, llanero o montañés, a la vida al aire libre, al vagar por la soledad de los campos o de las montañas. Podría decir con Lope: “De mis soledades vengo, a mis soledades voy”; y podría agregarse que ha heredado de don Quijote ese deseo incontenible de “salir”, de andar a la deriva, sin rumbo fijo. Otro sentimiento que aflora en el nativismo: el amor al caballo, ya señalado por Sarmiento. Quiroga recoge esta devoción y dice: “Caballitos criollos, nobles hijos del suelo argentino, buenos como la esperanza y fieles como el dolor,”

“Hijo de la montaña, alzo la guitarra y canto cuando la suerte me azota”...

Simboliza al criollo plasmado por la montaña, que no es igual al criollo plasmado por la llanura. El gaucho pampeano ha sido víctima de su nomadismo. No ha echado raíces en su pampa, no se ha afincado y ha permitido que se la arrebate el forastero. El teatro de Florencio Sánchez dramatizó ese despojo. Por eso, con el andar del tiempo, convertido en “mensual”, ha degenerado en servidor del gringo, se ha ido extinguiendo, como clase social, por inadaptación a las nuevas condiciones de vida.

El montañés sí ha echado raíces, como si la montaña frenara la evasión de sus hijos, como si sus valles rientes lo invitaran al sedentarismo agrícola. El montañés conserva sus rasgos físicos, sus hábitos, sus creencias y supersticiones, su idiosincrasia. Por eso Quiroga ha podido construir este poema sobre una base viva, transformando en poesía observaciones directas de la realidad.

Chamijo, nacido como brote de la montaña, bien así como Venus de las espumas del mar, se ha criado en la montaña y se ha fortalecido física y espiritualmente en su seno. Desciende —lo suponemos— de la “raza sufrida”. Es el provinciano auténtico, el de tierra adentro, todavía criollo puro, sin aporte de sangre gringa.

La vida de Chamijo constituye la fábula del poema y es el pretexto de que se vale el poeta para exaltar —ya lo había dicho en prosa, muchas veces— la belleza de su Catamarca natal, apabullante y recia en las cumbres, eglógica y mansa en los valles; y para trasmitirnos todo lo que aprendió en el contacto con la naturaleza salvaje y grandiosa de los Andes.

Sigamos sucintamente esa vida: Chamijo no ha conocido a sus padres. Abandonado en un roquedal, donde “lloraba y gemía”, ha sido recogido por gentes humildes del lugar. Se cría entre las cabras y entre ellas pasa, casi sin comercio humano, su primera infancia. Las quiere y las cuida como pastor. Allí, perdido entre los peñascos, se acostumbra, como los caldeos en el desierto, a mirar las estrellas; sigue con embeleso infantil el vuelo de los cóndores; se solaza en las cañadas con el canto de los zorzales y el “murmullo del remanso” y empieza a familiarizarse con las melancólicas dulzuras de la quena. Además, aprende las mil trazas que la naturaleza enseña para sobrevivir en los lugares más inhóspitos.

A los siete años se siente capaz de valerse por sí mismo y entonces se aleja del chiquero que le habían dado por cobijo. Se despide de su “majada querida” y se larga a la ventura. Ahora es libre. Es libre, pero se encuentra en un desamparo total.

“Clavé mi casa en la roca como el cóndor y el león”.

 

Alfredo Gramajo Gutiérrez - Reproducida en esta edición

 

Es su primera salida a la zaga de su destino. El roce diario con la naturaleza endurece sus músculos y lo hace sufrido y capaz de adaptarse a todas las circunstancias con “maña laboriosa”. Allí aplica su saber empírico; allí en plena intemperie vive en comunión con “los animalitos de Dios”; y allí se le mete en el alma para toda la vida el instinto de la libertad y la rebeldía a todo lo que signifique una traba para el goce de esa libertad. Allí aprende la ley del trabajo y su inteligencia virgen medita, interrogante, frente al misterio de la Creación. He aquí a Chamijo representando el penoso esfuerzo humano para salir de lo primitivo, de lo salvaje, de lo bestial, y para elevarse en lenta ascensión hacia lo que debe ser el hombre: más espíritu que materia. Y aquí abandonamos el relato para que lo siga con deleite el lector en el poema mismo.

Con un himno de “beatitud” se cierra el poema, de beatitud hogareña, de “candorosa paz”. El autor confiesa que lo compuso pensando en la Pastoral de Beethoven, en su “Acción de Gracias”. Se cierra metrificando, como el clásico, “los trabajos y los días”, el manso vivir campesino: los dulces rebaños, los pájaros amigos, el promisorio mugir de los toros, “forzudos y rijosos”. Arriba, perdido en el azul purísimo, planea el cóndor. Y abajo, en las casas, el caballito criollo, ya viejo, ya jubilado, mete como Platero su cabezota a través de la ventana. Y como dando gracias a Dios por tanta beatitud y leticia, plegarias hondas y sencillas. “Todo era paz, simplicidad y amor”.

Final optimista de un hombre que cree en los altos destinos de su patria y que exalta la virtud purificadora de la montaña, refugio de poéticas leyendas y cuna de hombres sufridos, valientes y generosos, como Chamijo; y contrapeso del materialismo que han derramado sobre las pampas y las urbes las masas inmigratorias, laboriosas y progresistas, pero viscerales.

El empinado lirismo del poema rechazaba la lengua popular con que está compuesto Martín Fierro. El poeta de la pampa era un realista puro y usó la expresión que más convenía a la naturaleza de su poema. Y lo hizo de modo magistral. El poeta de la montaña es un romántico. Tiene del romántico el culto de la naturaleza, la afición a la soledad meditativa, la idealización de la mujer, el vuelo libre de la fantasía. Por eso se decidió por la lengua culta, como Rafael Obligado en Santos Vega, otro romántico temperamental. La estrofa de Obligado, la décima, es la preferida por el poeta catamarqueño y la construye con envidiable facilidad. Los versos manan flúidos, lechosos, clarísimos “como agua de manantial”. La lectura se torna así fácil, amena, accesible a todo linaje de lectores, como debe ser. A cierta altura del poema, Quiroga “descansa” de octosílabos y rimas, y se recuesta en el endecasílabo asonantado que maneja con igual desteridad. En otros pasajes se yergue y canta con una difícil estrofa: la quintilla, una quintilla forjada no con octosílabos sino con endecasílabos, los cuales leídos en alta voz —y esta es la mejor manera de leerlos— traen a veces resonancias de tercetos dantescos, sobre todo cuando es dantesco el cuadro que presentan, como acontece en la excursión a la Salamanca.

En definitiva: un poema de intención trascendente por lo que simbolizan hechos y personajes; una obra de sabor localista, pero con amplia visión de patria y proyección universal, pues canta la redención del hombre por obra del propio esfuerzo; y una expresión de arte que, por su alto quilataje honra a nuestras letras y admite el parangón con las mejores de nuestra lengua.

Carmelo M. Bonet

 

✶ INDICE:

- Dos palabras de Carmelo M. Bonet

Invocación al protagonista

El desamparo

Humanidad

Delicia

Infamia

La agraciada

El jaguar

La salamanca

La égloga

Estabilidad

La geórgica

Idilio

Inquietud

La mulánima

 

Alfredo Gramajo Gutiérrez - Reproducida en esta edición