Romances de Huaycama
María Elisa de Péndola
Imprenta José Castro Barrera
1948
Tapa blanda, rústica sin solapas
91 páginas
Arte de tapa: Justina Paulina Peredo de Seifferth
Ejemplar dedicado y firmado por la autora
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Desgastes mínimos por paso del tiempo.
CALLE DE HUAYCAMA
Serpea blanca la calle,
blanca de arena y silencio,
en insinuación de ola,
de espuma, de cauce fresco.
Es mullida, tibia, suave,
como regazo materno.
En su anchura caben todos
los niños tristes del pueblo,
que cantan con dulce voz
rondas de luna a los cerros.
Apretuja en sus recodos
los dolorosos secretos
de las cien generaciones
de sencillos lugareños,
que dieron a ella sus penas
y el cantar de sus anhelos.
Las alboradas la visten
de un rosado polvoriento,
que luego se va dorando
hasta convertirse en fuego
en el rigor de la siesta.
Envuelta en los tibios velos
inconsútiles y claros
de luna, aromas y viento,
es en la noche una muerta
velada por los luceros.
Los zorzales errabundos,
cantan con dulces acentos.
Salta el atajacamino
cada cuatro o cinco metros,
y con las alas abiertas, —
oscura flor de misterio, —
marca en las blancas arenas
fugaces líneas de duelo,
cual si jalonando fuera
la hondura del sufrimiento.
Hacia un costado se extienden
desmoronados del cerro,
los pedregales mezclados
en un remolino inmenso
con pencas bravas, cardones,
“tuscas”, en las que el cordero
deshilacha sus vellones,
“churquis”, y los verdes flecos
de las airosas “pichanas”, —
flautas donde silba el viento,
no sé qué cantos extraños.
Y más arriba, a lo lejos,
semejan blancos corceles
encabritados y fieros,
los peñascos engarzados
en la bravura del cerro.
Verdes crines, bridas verdes,
les fingen verdes helechos,
y un jinete azul restalla
látigo de luna y cielo,
que serpentea en el aire.
Todo es áspero, zahareño,
y sin embargo tan dulce
a los ojos del recuerdo...
Del otro lado el embrujo
de los verdores más tiernos;
en cada rama un capullo
anunciando el fruto nuevo;
un nido que se engalana
con el plumón más sedeño;
un trino, y el resplandor
luminoso de ese cielo.
Las casas desaparecen
entre el follaje risueño,
bajo el que pasa el amor
alucinado y discreto,
mezclando su ansiosa dicha
con una lluvia de pétalos.
La acequia corre abundosa, —
madre de álamos enhiestos
que entrelazan sus raíces
bajo el frescor de su lecho...
Nadando veloces cruzan
como patitos traviesos
que zambullen y retozan,
las rojas flores de ceibo...
Los pájaros, —saudas flechas,
van hacia un blanco certero;
los serranos, a la acequia,
y los del valle, a los cerros.
Todo es un canto dichoso
para el milagro del riego, —
y sin embargo, tan triste
a los ojos del recuerdo...

