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Sarmiento

Ezequiel Martínez Estrada

Editorial Sudamericana

Colección Índice

1979

Tapa blanda, rústica sin solapas

183 páginas

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes mínimos por paso del tiempo.

 

PRÓLOGO DEL AUTOR PARA UNA REEDICIÓN

Este libro apareció en 1946 con la característica que ahora conserva. No es tanto un ensayo sobre Sarmiento cuanto sobre el país como problema. Sarmiento se relaciona con el país y con la nacionalidad aun más que con la política, la educación y la literatura de su tiempo. Y este libro podría definirse como un examen del país en función de Sarmiento. Sarmiento es un problema nacional como lo son casi todas las figuras de acción política de relieve desde 1810 hasta la fecha. Es el problema nacional por excelencia, sin desconocer los otros muchos que configuran nuestra realidad, la que a su vez es una problemática y no una sistemática. No se ha propuesto el libro, en consecuencia, antes ni ahora, dar solución dogmática, y por tanto definitiva, a ninguno de los problemas derivados de ése de nuestra nacionalidad. Precisamente de todas las posibles soluciones parciales resulta que se forma ese Problema, o que se enriquece con “líneas de melodía infinita”, que no tiene antes ni ahora, porque está centrado en la realidad misma y en su fluir.

Según mi tesis, Sarmiento cristaliza en su persona y en su personalidad, si no los términos todos de la ecuación que lo identifica con su país, sí aquellos de mayor relieve y de mayor profundidad; de donde me ha servido como paradigma para plantear bajo pretexto de su persona, la temática de nuestra nacionalidad como él la planteó entre puntos de interrogación. ¿Quiénes somos; adónde vamos; si somos una raza, quiénes son nuestros progenitores; si somos nación, cuáles son sus límites? Planteo de cuestiones fundamentales desarrolladas en Conflicto y armonías de las razas en América, si bien data de 1858 (en t. XXI, 105), cuando se daba esta opinión que, lejos de solucionar esos problemas los convertía en un enigma. “De estas dudas han nacido derroteros que conducen al abismo.” Un cuarto de siglo después, esos son los tópicos del que para Sarmiento era “el” problema argentino.

En eso mismo estamos hoy, frente a un complejo indeciblemente más difícil de desentrañar que en su época, por la sucesiva superposición y yuxtaposición de factores que se acoplan y engendran entre sí monstruos y laberintos. Factores nuevos que confunden los términos antitéticos de civilización y barbarie, sobre cuya exactitud y propiedad técnica no hay por qué discutir, puesto que surge claro que bajo tales signos se agrupan elementos fácilmente reconocibles en todas las formas de la vida de los pueblos. He tenido, sin embargo, que desarrollar con prolijidad un tema que es tan elemental en cualquier etnología de la cultura y que designé en 1945, Los invariantes históricos en el Facundo. Entre los muchos advocativos que se le ha aplicado a Sarmiento no he leído en ninguna parte el de Teseo, que es el que cabalmente le conviene.

El problema nuestro sigue siendo, pues, el Problema Sarmiento, en su raíz, un problema de la conciencia de la nacionalidad tanto como de las cosas, un problema que no puede solucionarse —porque no puede satisfacerse a sí mismo— con la estadística y menos con la contemplación del país como espectáculo. Y este es el momento en que tengo que repetir que nuestra literatura, nuestra historia y nuestra sociología han sido hasta ahora menester de turistas.

Este ensayo, en consecuencia, puede ser indefinidamente continuado por quien quiera, seguir su dirección o virar en redondo. Negación o afirmación servirán a esclarecer el enigma o el problema de lo que somos. Porque en realidad no propongo una solución a la problemática sarmientina, ya que su valor genuino está en que no puede ni debe ser resuelta, finiquitada, muerta, sino utilizada a lo largo del tiempo como hipótesis de trabajo, como suscitador de respuestas, como un bisturí que jamás se embota y que hiere y cura lo más sensible de nuestro amor al país.

Sarmiento tampoco ha dado solución ni se lo propuso (excepto en su angustiada vejez), a ningún problema, sino que ha tendido a crear los instrumentos adecuados para la comprensión y capacitar al ciudadano para solucionarlo, si puede, por sí mismo. La solución de un problema social, económico, político, equivale a la insensibilización de la conciencia. Sin esta no puede haber solución, y si la hubiera no significaría nada. La conciencia configura los problemas tanto como la realidad: unos de carácter fundamental, otros de carácter accesorio, y les halla inmediatamente la respuesta, aunque pocos o nadie la reconozca verídica. Para una conciencia embotada no hay problemas. Un problema bien planteado contiene en sí la solución después de todo. Desdichadamente lo que nosotros hemos buscado siempre —y obtenido, por supuesto— son las soluciones, evitando los problemas; de ahí que ninguna solución corresponda a los datos fidedignos de la realidad.

Pero ¿qué debe entenderse por “realidad”? Un conjunto de datos que las cosas y las personas que constituyen la vida total de la nación presentan al investigador. La totalidad de los datos no se da por la suma de todos ellos porque constituye una estructura; se da por la integración y la correspondencia de las partes en el conjunto, con preeminencia de aquellos datos que son significativos en cada momento, en cada región, en cada orden de actividades expresando un sentido. Se falsea la realidad no sólo cuando se omite alguno de esos factores importantes, sino también cuando se extraen consecuencias que no responden lógicamente a ese conjunto. Método de los historiadores jesuíticos que Benedetto Croce calificó de “pia fraus”.

¿Y por qué en el orden político todos los gobiernos impropios de una Nación de mediana cultura que hemos tenido que soportar, han dado soluciones a los problemas administrativos, sin que se admitieran otros coeficientes del acaecer histórico que se palpan por su grosero relieve? Pues conjeturo —dentro de la técnica mental de Sarmiento—, porque nuestra riqueza material, increíblemente mayor de lo que creemos, ha reparado los más infelices desaciertos de nuestros gobernantes. En un país tan rico como el nuestro, aun el gobierno más incapaz, siempre es un buen gobierno, hasta que la acumulación de yerros a lo largo del tiempo provoca por sí mismo una crisis política o revolucionaria, según el proceso incógnito de la crisis económica. Buenas cosechas y prolíficas vacas nos han resuelto casi todos los problemas económicos y políticos. “Somos otra cosa además de pastores y segadores”, es una sentencia que también está dentro del juego metafórico de Sarmiento.

Nuestros problemas políticos y económicos —acaso debiera agregar también los culturales— no conciernen todavía hoy a la democracia y a la república que están vigente en sólo un sector de la realidad; para perfeccionar su institución ayudándonos a encontrar una salida hacia lo alto, república y democracia para una porción muy grande de los patriotas militantes no son siquiera problemas. Ni entelequias. Son pretextos. Para nosotros asimismo, aunque por otras razones diametralmente opuestas, república y democracia han sido instituidas teóricas y convencionalmente. Todavía se lucha para reconquistarlas —si se conquistaron alguna vez— y estamos luchando no contra los enemigos, que no los tienen, sino contra sus propios defensores, que son sus enemigos intestinales.

No creo, en fin, como los pocos lectores de este libro me reprocharon hace una década, que menoscabe yo la grandeza de Sarmiento como tampoco he atacado el decoro de la república, según se reconoce ya, al hacer una radiografía de sus órganos internos. Una celada de acero bien templada no se rompe de un mandoble. Sólo después de haber verificado con nuevas pruebas concomitantes que debajo de un jardín abonado con estiércol mi tierra nativa poseía vetas de oro, me atreví a probar a Sarmiento a fondo. Sólo entonces comprobé que “era bueno”.

Desgraciadamente han sido los hechos brutales de nuestra historia coetánea más que los críticos los que han dado razón a mis libros y entre ellos a éste. No he querido modificar su texto original para que no perdiera la frescura de la improvisación con que fue entonces dictado, en la esperanza de que las erratas que no fueran de imprenta habrán de revelármelas algún día, como expresé con enorme tristeza en un prólogo de La cabeza de Goliat, aquellos lectores que ahora están aprendiendo a leer.

 

Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964)