✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴
$19.05 USD
10% de descuento pagando con Transferencia
Ver más detalles
1 en stock
Entregas para el CP:
Medios de envío
Calcular
No sé mi código postal

El atorrante

José Gobello / Jorge Bossio (compiladores)

Editorial Ediciones Del Candil

Colección Historia N° 4

1968

Tapa blanda, rústica sin solapas

110 páginas

Tapa: Viviana Orquin

Incluye dos láminas fotográficas en blanco y negro fuera de texto

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Desgastes menores por paso del tiempo.

 

✶ PRÓLOGO:

Ahora suelen sortear el invierno en las estaciones de los subterráneos, o en las de los ferrocarriles. Durante el verano se los ve todavía durmiendo, atorrando, para decirlo con la palabra que les cuadra y que Borges llevó a la literatura, sobre los bancos de los parques y de las plazas, o arrojados en los umbrales. Nadie sabe quiénes son; nadie se preocupa tampoco por averiguarlo. Una bolsa donde guardan los restos de sus vituallas suele acompañarlos casi siempre; muchas veces, una botella de vino barato. Si se les habla, contestan con el silencio o gruñen un monosílabo. Nunca toleran un conato de diálogo. No siempre se alimentan con los residuos que recogen en los tachos de basura: también piden comida en las casas o en los comercios. Inclusive piden monedas para la copa. No mendigan; piden, y en ocasiones rechazan lo que se les ofrece, cuando no corresponde a la índole de sus necesidades inmediatas. Si la caridad minorista deja caer una moneda junto a ellos, no levantan los ojos para agradecerla.

Fernando Ortiz Echagüe señaló que “en Nueva York no existen esas almas al margen de la vida”. Viajero de largos itinerarios, el inolvidable cronista no encontró atorrantes en otros países. Parecerían ser solo porteños, por lo menos a la manera como lo son el compadrito y el tango. Y Buenos Aires, que no se preocupa por averiguar si estos hombres y estas mujeres se enferman alguna vez, si mueren sin abrigo como animales abandonados; Buenos Aires, que confunde al atorrante con el linyera y el croto, y aun emplea su nombre para designar al vago, al mal entretenido o, simplemente, al reo, les consagró, sin embargo, una extensa literatura. Con sobradora curiosidad, a fines del siglo pasado los vio emerger de los caños de tormenta, que se acumularon en el Retiro, en Palermo, en el Bajo, cuando, entre 1882 y 1886, se adecentó con sus primeras cañerías de desagües. Según Fray Mocho, fue Eduardo Gutiérrez quien primero los llamó atorrantes, sin duda porque atorraban o dormían a toda hora, de cara al sol, en el verano, o en el hueco acogedor de los caños cuando el frío vencía a sus andrajos. Abundaron los escritores que ensayaron su caracterización, pero nunca fue fácil caracterizarlos. En realidad no se trataba de un grupo homogéneo. El atorrantismo pudo haber sido una filosofía, tal vez precursora de la iracundia hoy en boga, pero sumaba en sus filas, junto a los émulos de Diógenes el Cínico, al mendigo profesional, al desclasado, al derrotado en la lucha por la vida, que entonces era particularmente ardua. No faltaban tampoco los infradotados, ni estaban ausentes los ociosos, tan renuentes a la disciplina del trabajo como al riesgo de la delincuencia. De todos modos, el atorrantismo fue una expresión de desdeñosa rebeldía frente a una sociedad entregada con frenesí al acopio de bienes materiales, y hasta puede ser que haya comportado un renunciamiento supremo, una manera heroica de preservarse de las claudicaciones, de la inescrupulosidad, del egoísmo y de la ventajería que nunca son ajenos al ascenso social.

Desde luego, el atorrante era un nihilista, a veces inconsciente. Lo son también los que todavía subsisten en la ciudad, menos hijos de la miseria que de su propia indolencia. Yacían casi continuamente, o permanecían sentados. Esas posturas parecían denunciar una fatiga milenaria; como si todos los trabajos y todos los esfuerzos de la humanidad se hubieran ensañado con sus músculos. Rehuían toda actividad y su vida se reducía a un puro dejarse estar. El yacer y el mantenerse sentados les vedaban el horizonte. Su campo visual era muy pequeño; poco más amplio que el de la hormiga. Por eso una vez deslizados hacia el atorrantismo, ya fuera en razón de un accidente fortuito o por el suave tobogán de la desidia, carecían de impulso para toda actividad. Solo el estómago o el sexo les proporcionaban incentivos, pero aun así se conformaban con poco, con lo indispensable para satisfacer la urgencia del momento. Nada valía para ellos esfuerzo alguno; quizás el deleite de un cielo estrellado no les mereciera el de mantener los ojos abiertos.

Estos personajes greñudos y harapientos que no habrían cambiado, tal vez, su duro caño o su frío umbral por las glorias de Alejandro, promovieron afanes literarios e indagaciones periodísticas. Luego, cuando el inmigrante golondrina salió a las vías con su linyera al hombro, se lo confundió con el atorrante, a él, justamente, que era un trabajador esforzado. Más tarde, cuando el linyera alternó su denominación con la de croto, la confusión se triplicó. Es posible que algún linyera, algún croto, haya devenido atorrante. Pero el atorrante fue un absceso que le salió a la ciudad antes de que el inmigrante que llegaba para una cosecha proyectara su encorvado perfil sobre el horizonte de la pampa. Su aparición puede establecerse alrededor de 1880. Su desaparición aún no se ha producido, ni puede anticipársele fecha aproximada.

Ensayistas y criminólogos, periodistas y poetas, se ocuparon del atorrante. Las páginas de este volumen recogen otras que le fueron dedicadas desde 1885 hasta nuestros días. Algunas son puramente testimoniales, mas no faltan las que tratan de poner al atorrantismo bajo el escalpelo. No nos atreveríamos a afirmar que, todas juntas, alcancen a conformar una caracterización del atorrante. Lo que sí creemos es que su lectura contribuirá al mejor conocimiento de esta Buenos Aires múltiple y diversa que constituye nuestra pasión.

José Gobello - Jorge Bossio

 

✶ INDICE:

- Prólogo

“Los atorrantes”, por Félix Hidalgo

“Mendigos y atorrantes”, por Emilio Daireaux

“Los atorrantes - La plaga porteña”, por Juan A. Piaggio

“El atorrante”, por Silverio Domínguez

“¡Atorrante!”, por Francisco M. Conte

“Los atorrantes”, por Antonio Dellepiane

“El atorrante”, por Ángelo Scalabrini

“Atorrantes”, por Francisco A. Sicardi

“Los atorrantes”, por Fabio Carrizo (José S. Álvarez - Fray Mocho)

“Perdóname”, por Luis García (Luis Pardo)

“El atorrante”, por P. B. Tito

“El atorrante”, por Andrés Cepeda

“El atorrantismo”, por Eusebio Gómez

“Luz que se apaga”, por Félix Lima

“¿Un mínimum o un máximum de vida?”, por Roberto J. Payró

“El atorrante”, por José María Salaverría

“Atorrante”, por Laurentino C. Mejías

“Apartarse y pensar”, por Roberto Gache

“Oda al atorrante”, por Roberto Ledesma

“Contrafilo”, por Dante A. Linyera (Francisco Bautista Rímoli)

“Náufragos sin salvavidas”, por Ezequiel Martínez Estrada

- Guía lexicográfica

 

Olla popular - Reproducida en esta edición