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Don Roberto: vida y obra de Robert Bontine Cunninghame Graham

Aimé Félix Tschiffely

Editorial Guillermo Kraft

1946

Traducción de Julio Payró

Tapa dura (encuadernado)

368 páginas

Tamaño: Cuarto Mayor (28x21). Encuadernación de época en media piel con puntas. Planos cubiertos con papel marmolado al agua; lomo en piel marrón, con nervios realzados, entrenervios decorados con filetes y florones dorados, y datos de autor y título estampados en dorado. En interior, se conservan la tapa y contratapa original.

Fotografías y reproducciones en b/n

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Encuadernación con desgastes y detalles por roces y pasos del tiempo, principalmente en el lomo.

 

Reproducida en esta edición

 

✶ INTRODUCCIÓN:

Al cabo de cierto número de años, en el curso de los cuales la marejada de la vida me llevó a extraños lugares de remotas tierras, me encontré de nuevo en Inglaterra en los comienzos de 1932. En algún rincón de mi baúl guardaba un manuscrito del que era autor, y como me lo habían rechazado los editores norteamericanos, tenía la intención de probar mi suerte en Londres. Pero como sus primos (hermanos en la moderna industria) de ultramar, dos editores ingleses también se negaron —dándome las gracias— a aceptar lo que había escrito, opinando que mi original carecía de estilo y era desde todo punto de vista impropio para la publicación. En otras palabras, consideraban que mi libro no constituiría jamás un éxito comercial.

Desilusionado y con la cartera penosamente vacía, me estaba preparando para regresar a la América del Sur cuando me llegó un telegrama invitándome a almorzar en un restaurante español de Londres. Al leer el nombre del remitente, que firmaba R. B. Cunninghame Graham, apenas pude dar crédito a mis ojos, pues si bien en el pasado había leído varios libros, al parecer escritos por la persona que me telegrafiaba, acerca de la cual había oído muchos curiosos relatos, siempre había considerado que era poco menos que un mito: un hombre que nunca existió en carne y hueso.

Al día siguiente, cuando entré en el restaurante, un caballero que se hallaba sentado a una mesa con una dama, se puso de pie y vino hacia mí tendiéndome una mano poderosa. Al contemplar la romántica figura, con su suelta melena blanca, su fina nariz aguileña, su barba y sus bigotes cortados en punta, me pareció ver a un caballero de Velázquez redivivo. Pero sabía que no podía ser otro que mi huésped.

Decir sobre qué versó la conversación durante el encantador almuerzo servido luego de las presentaciones formales, sería un relato demasiado largo en esta oportunidad. Antes de separarnos, y a pedido del anfitrión, ya no lo llamaba yo “Señor Cunninghame Graham”, sino sencillamente “Don Roberto”. Desde ese día me encontré a menudo con mi nuevo amigo, por cuanto teníamos muchos puntos de contacto. Y en breve plazo, gracias a su recomendación, mi muy manoseado y manchado manuscrito se transformó en un libro. Al comentarlo, los críticos fueron tan benévolos que encontré inmediatamente muchos lectores y, a consecuencia de esto tanto como por la insistencia de mi amigo Don Roberto, me quedé en Londres para seguir escribiendo.

Transcurrió el tiempo y mi amistad con Cunninghame Graham se estrechó. Le pregunté un día por qué no escribía su autobiografía, y me manifestó que hallaría la respuesta en el prefacio de un libro suyo que estaba por aparecer. Poco después me dedicó un ejemplar de su Writ in Sand, en que leí:

“Es deseo natural de la mayoría de los hombres guardar en sus almas un jardín secreto, algo de que no quieren hablar, ni menos escribir, para que no lo pisoteen otros miembros del rebaño. Esto se pone de manifiesto particularmente en quienes escriben autobiografías, confesiones, memorias o sea cual fuere el título mediante el cual los editores los hacen víctimas de un escamoteo, en la misma forma en que el tahúr escamotea los naipes a vista y paciencia del incauto. Posiblemente imaginaron San Agustín y Juan Jacobo Rousseau haber desembalado su carga tan completamente que nada les quedaba por decir —una vez reveladas sus faltas que, en resumidas cuentas, en el caso de ellos nunca fueron muy negras—, para satisfacer su vanidad... Es muy probable que al escribir acerca del carácter de otras personas, no haya hecho yo otra cosa que mostrar el mío propio, sin darme cuenta de ello. Si es así, un fico por la revelación...”

Tomé nota mentalmente de esta respuesta a mi pregunta, y me puse a pensar en algunas de las autobiografías que había leído; cuanto más reflexionaba, más me impresionaba la verdad de lo que había escrito mi amigo.

Un día, hallándome sentado en el escritorio abarrotado de libros de la casa de Don Roberto que domina el río Clyde, aguas abajo de Dumbarton, me dijo que, años atrás, sus amigos le habían pedido que escribiera su biografía, pero que como estimaba que su vida no podía interesar a nadie, prefería no hacerlo. “En suma —añadió—, todo lo que he escrito es, en realidad, autobiográfico”.

Durante algún tiempo traté de convencer a mi amigo de que debía al mundo la historia de su vida, escrita por él mismo, pero por mucho que discutiera y empleara todos los medios de persuasión, mis esfuerzos resultaron vanos; ni siquiera tuvo en cuenta mi argumentación en favor de aquellos que, debido a circunstancias ajenas a su voluntad, se ven obligados a no salir de su casa, y a quienes un libro de esa índole daría placer.

Dos o tres noches más tarde, cuando nuevamente estuvimos juntos en su escritorio, hablando de libros, de hombres políticos, de púgiles y muchos otros temas, pero principalmente de caballos y de rutas que ambos habíamos recorrido, se produjo —como ocurre con frecuencia en tales ocasiones— una pausa momentánea en nuestra conversación. Yo contemplaba las chispas que ascendían por la chimenea y escuchaba los crujidos de la leña que ardía y el tamborileo de la lluvia sobre los vidrios de las ventanas cuando mi huésped me sobresaltó diciendo:

—Estuve meditando acerca de lo que dijo de mi biografía.

Yo miré en silencio al que hablaba, preguntándome lo que estaba por decirme. Y Don Roberto agregó:

—Sólo un hombre me gustaría como autor de la historia de mi vida.

Hubo otra breve pausa y le pregunté:

—¿Sí? ¿Quién es?

—Usted— fué la respuesta. Y antes de reponerme yo de mi sorpresa, mi amigo se alzó de su asiento, me tendió la mano y con su sonrisa incomparable dijo:

—¿Lo hará usted por mí?

Automáticamente, mi mano estrechó la suya y así se firmó y selló el contrato. Esto ocurrió hace más de tres años. Largos años me parecen a veces, y luego pienso que es como si hubiera acaecido ayer. Cuando emprendí lo que sabía iba a ser una larga y difícil tarea, mi sensación fué la de un pusilánime a quien propusieran trepar un pico montañoso inexplorado, vistiendo apenas traje de baño.

En uno de los libros escritos por Don Roberto encontré un párrafo en que dice que como sus caballos no llevaban herraduras, no dejaron huellas en la arena. Empero, recordando que una vez me dijo que la mayor parte de sus cuentos eran autobiográficos, leí y releí todo lo que había escrito él en cuarenta años y, de ese modo, con su ayuda, logré reconstruir su vida. Pasaron dos años. Mi manuscrito se estaba abultando, pero todavía se hallaba lleno de lagunas. Hacía yo grandes esfuerzos para llenarlas, pero cuanto más indagaba y escribía, más comprendía que no me era posible hacer frente a la tarea que me había impuesto. Entretanto, mi amigo partió para la América del Sur, donde murió repentinamente.

Su inesperado deceso fué para mí un golpe terrible y durante algún tiempo quedé completamente impedido de pensar con claridad. Por consiguiente, tuve que interrumpir el trabajo. Al fin, apesadumbrado, volví a él y releí lo que había escrito, llegando a la conclusión de que carecía de valor y más valía empezar de nuevo la Vida completa. Mientras destruía la enorme pila de papeles, recordé que poco antes de emprender su último viaje, Don Roberto me había aconsejado injertar algunos de sus propios escritos en mi libro, diciéndome que de ese modo evocaría mejor el ambiente. De acuerdo con esto empecé de nuevo mi largo relato, y cuando el esqueleto de la Vida de Don Roberto estaba más o menos concluído, llegaron a mis manos cantidades de viejos documentos y de cartas. Gracias a esta afortunada circunstancia hallé los eslabones perdidos que había estado buscando y que encontré principalmente en las cartas que Don Roberto escribió a su madre desde que era niño.

Se ha dicho que al escribir la biografía de un amigo, los autores afrontan el conflicto entre la verdad y el cariño. Si esto es cierto en algunos casos, declaro firme y categóricamente que, por mi parte, todo lo que he escrito (o, mejor dicho, ensamblado) no sólo se funda en los hechos sino que ha ocurrido exactamente como está relatado. No he intentado teatralizar ningún incidente, ni embellecerlo con lenguaje florido. Contrariamente a lo que hacen ciertos biógrafos modernos —más audaces que convincentes— no he colocado al protagonista de este libro en la mesa de disección freudiana. Dejo esa tarea a los lectores que deseen hacerla, o a los futuros autores de Don Roberto como yo lo veo, Don Roberto: el hombre y su vida privada o cualquier otro título similar que apliquen a sus productos quienes se las dan de psicólogos.

El mejor análisis psicológico de Don Roberto fué escrito por él mismo. Más de una vez confesó haber incurrido en contradicciones orales y escritas; pero debe considerarse que sólo los hombres que no poseen el fatigoso don de pensar por sí mismos pueden decir con sinceridad que nunca se contradicen, que nunca han cambiado de parecer. Por desgracia, esos felices mortales constituyen la amplia mayoría en este mundo nuestro en que la imaginación y el pensamiento independiente son pecados equivalentes al de brujería: en que esos raros dones nos exponen al riesgo de la picota, pues, como la excentricidad o la falta de convencionalismo, nos colocan fuera del corral donde rumian alegremente las masas desprovistas de ideas.

Al escribir, como lo he hecho, no intenté producir lo que se llama una “biografía”. En cierto modo, Don Roberto escribió su propia Vida y, para reconstruirla, tuve que buscar los materiales diseminados y luego reunir pacientemente las piezas —en muchos casos diminutas— para formar algo así como un mosaico. Saber si he logrado mi propósito sería amplia recompensa por los tres años de esfuerzos que me costó este volumen.

Por último, deseo expresar mi honda gratitud a todos aquellos que me han ayudado con informaciones y consejos. Debo disculparme por no poder indicar el origen de algunos de los textos que he reproducido, pues algunos recortes de diarios, descoloridos por el tiempo, que hallé entre viejos documentos, no ofrecen indicio alguno sobre su procedencia. Aquí y allá he introducido en mi relato largos párrafos escritos por Don Roberto mismo y, para facilitar la lectura, no he puesto comillas, de acuerdo con los deseos de mi extinto amigo.

Es indudable que, aparte de las fallas de inglés y la gramática defectuosa, me he salido del angosto y peligroso sendero literario en otros recodos y curvas, sin advertirlo. La falta de destreza me ha impedido ocultar esos errores bajo un manto deslumbrante de adjetivos y adverbios, que con frecuencia resultan sumamente útiles para esconder los pecados literarios.

Dicho esto, sacándole la manta a mi caballo y haciéndolo trotar ante vosotros en nature, me quito humildemente el sombrero y aguardo vuestro juicio, confiando, generoso crítico y lector, en que si se encuentran imperfecciones y manchas, éstas me serán perdonadas.

A. F. Tschiffely

 

Reproducida en esta edición

 

✶ INDICE:

- Introducción

I. Accidente de caza en Irlanda. El nacimiento de Don Roberto. Ojeada a la historia de la familia

II. Juventud de Roberto. Sus hermanos. Reminiscencias maternas. Gartmore. Días escolares. Planes para el futuro

III. En viaje a Río. Buenos Aires, 1870. Un viaje aguas arriba por el Paraná. Entre Ríos. Escenas rurales argentinas. ¡Secuestrado! ¡"Revolución"! Nuevos y extraños amigos. Roberto es encarcelado. Fiebre tifoidea. Compra de ganado. Un viaje a Chile. Paraguay. Regreso a Inglaterra

IV. Vuelta a Gran Bretaña. Conferencia de negocios con resultados negativos. Visita a Nueva Escocia. Regreso a la América del Sur en busca de fortuna. Motín a bordo del "Alps". Paraguay. Visita a las antiguas misiones jesuíticas. Retorno a Inglaterra

V. Roberto se encuentra con el teniente Mansel, con quien hace proyectos para el futuro. Se dedica temporalmente a la vida de marino, viaja por la costa africana y ve como se trafican armas y se secuestran esclavos. Dos nuevos socios emprenden viaje a la América del Sur. Magnífica escena de ópera. Malones. Accidentado viaje al Brasil, llevando caballos. Sin un centavo. Vuelta a Buenos Aires

VI. Encuentro con un antiguo compañero revolucionario. Un rastreador pasmoso. Peligroso viaje por la Pampa. Velorio. Terror indio. Don Roberto y Mansel se radican en la Pampa del Sur. El árbol del gualicho. Los indios se llevan la hacienda de los nuevos pobladores. Peligros. De vuelta en el Uruguay. Regreso a Inglaterra. Noticias de la Pampa

 

Reproducida en esta edición