✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴
$47.63 USD
10% de descuento pagando con Transferencia
Ver más detalles
1 en stock
Entregas para el CP:
Medios de envío
Calcular
No sé mi código postal

Rubaiyat

Omar Al Khayyam

Sánchez Teruelo Editor

1994

Tapa dura con estuche

183 páginas

Prólogo de Rubén Darío

Prefacio de Álvaro Melián Lafinur

Introducción de Carlos Muzio Sáenz Peña

Con ilustraciones de Víctor Lucio Vieyra

Tamaño 29x21

Con estuche de guarda

Impreso en Bogotá (Colombia)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Estuche levemente desgastado.

 

✶ EL RUBAIYAT:

Ghiyath al-Din Abu al-Fath Umar ibn Ibrahim al-Nisaburi al-Khayyami nació en Nishapur, ciudad mercantil del Jorasán persa, el 18 de mayo de 1048, durante el período del sultanato selyúcida. Su apellido significa fabricante de tiendas y probablemente refería al oficio de su padre, aunque Omar creció en un hogar de posición acomodada: su padre era médico y le contrató como tutor a Bahmanyar ibn Marzban, discípulo de Avicena y adepto al zoroastrismo, que le dio una formación completa en ciencias, filosofía y matemáticas. A los dieciocho años, con la muerte de su padre y de su tutor en el mismo año, se cerró esa etapa. Khayyam se unió a una caravana hacia Samarcanda, donde bajo el patrocinio del juez Abu Tahir escribió sus primeros tratados sobre aritmética, álgebra y teoría musical.

Su reputación matemática se consolidó rápidamente. En Samarcanda y luego en Bujará produjo la obra algebraica por la que los historiadores de la ciencia lo recuerdan en Oriente: una clasificación sistemática de las ecuaciones cúbicas y un método geométrico para resolverlas por intersección de secciones cónicas, resultado que en Europa no se alcanzaría hasta el siglo XVI. También trabajó sobre el teorema binomial y sobre el quinto postulado de Euclides, y el cuadrilátero que usó en ese último problema lleva hoy su nombre junto al del matemático italiano Saccheri. En 1074, el sultán Malik Shah lo convocó a Isfahan para dirigir la construcción de un observatorio y reformar el calendario persa. Khayyam y un panel de ocho astrónomos trabajaron durante dieciocho años: el resultado fue el calendario Jalali, cuyo ciclo de intercalación de 33 años supera en precisión al juliano y se aproxima al gregoriano. La medición que Khayyam hizo de la duración del año solar, 365,24219858156 días, sigue siendo válida para la mayoría de los propósitos actuales. El calendario persa que se usa hoy en Irán deriva directamente de ese trabajo.

La muerte de Malik Shah en 1092 terminó con el período más estable de su vida. Khayyam perdió el patrocinio, regresó a Nishapur y pasó el resto de sus años enseñando filosofía y matemáticas y sirviendo a la corte como astrólogo, oficio que según sus contemporáneos ejercía con escepticismo notorio. Los biógrafos de la época lo describieron como agnóstico, materialista y ajeno a las doctrinas religiosas de su tiempo, rasgos que se reflejan con claridad en los poemas que se le atribuyen. Murió en Nishapur el 4 de diciembre de 1131.

En el mundo islámico medieval fue conocido principalmente como matemático y astrónomo. La dimensión poética de su figura es, en buena medida, una construcción posterior y occidental: Khayyam llegó a los lectores de habla inglesa a través de la traducción que Edward FitzGerald publicó en 1859, y fue esa traducción, no sus tratados algebraicos, la que determinó su lugar en la historia literaria global.

The Rubáiyát of Omar Khayyám se publicó en Londres en enero de 1859, editado por Bernard Quaritch en Castle Street, Leicester Square, en una tirada de 250 ejemplares que no mencionaba al traductor en la portada. El libro no se vendió: los ejemplares restantes terminaron en una caja afuera de la librería, donde se ofrecían a un penique cada uno.

La traducción era obra de Edward FitzGerald (1809-1883), poeta inglés de fortuna independiente y graduado de Cambridge que había aprendido persa de su amigo y colega Edward Byles Cowell. En 1856, Cowell había descubierto en la Biblioteca Bodleiana de Oxford un manuscrito con 158 cuartetos atribuidos a Khayyam y se lo transcribió a FitzGerald; más tarde le envió desde India una transcripción del llamado manuscrito de Calcuta. FitzGerald completó un primer borrador en 1857, lo envió a Fraser's Magazine, no recibió respuesta, lo recuperó en enero de 1859 y lo reescribió antes de mandarlo a imprenta.

El libro habría permanecido desconocido de no haber sido por Whitley Stokes, erudito en lenguas celtas, que compró uno de los ejemplares de la caja de descarte y lo llevó a su círculo. Stokes se lo mostró a Dante Gabriel Rossetti, que lo introdujo en las reuniones literarias de los prerrafaelitas. La recepción entusiasta de ese grupo impulsó a FitzGerald a publicar una segunda edición en 1868, a la que agregó 35 cuartetos. Siguieron una tercera edición en 1872, una cuarta en 1879 y una quinta póstuma en 1889. Para los años ochenta el libro era uno de los más leídos en el mundo anglosajón. Hacia 1890 se habían vendido más de dos millones de ejemplares en más de doscientas ediciones, y se habían formado numerosos “Omar Khayyam clubs” en Inglaterra y Estados Unidos. En el siglo siguiente se publicaron más de trescientas ediciones y el texto se tradujo a casi todas las lenguas modernas de Europa, además del griego y el latín.

Lo que FitzGerald publicó no era, en sentido estricto, una traducción, ni tampoco el registro fiel de una obra preexistente. El problema comienza antes: los manuscritos persas medievales que circulan bajo el nombre de Khayyam varían enormemente entre sí, algunos con 70 cuartetos atribuidos a él, otros con más de 600, y nadie ha podido establecer cuáles escribió él, cuáles le fueron atribuidos después de su muerte y cuáles son de otra mano completamente. En vida, Khayyam era conocido en el mundo islámico como matemático y astrónomo; la dimensión poética que tiene hoy en Oriente es en parte un rebote de la fama que le dio FitzGerald en Occidente. El propio FitzGerald usó el término “transmogrificación” para describir su método: algunos cuartetos de su versión son traducciones aproximadas de un solo original persa; otros combinan elementos de dos o más cuartetos distintos; y el conjunto, como señaló el crítico Daniel Karlin, parece haber pasado por Shakespeare y la Biblia del Rey Jacobo antes de llegar a la página. Lo que circula en el mundo como The Rubáiyát of Omar Khayyám es, con más precisión, un poema victoriano inglés construido sobre materiales persas medievales de autoría incierta. No es fraude, pero tampoco es traducción en ningún sentido convencional.

Los rubáiyát en persa son cuartetos de rima aaba, forma llamada rubai, plural rubáiyát, cuyo tema recurrente es la fugacidad de la vida, el escepticismo ante la religión y el llamado a aprovechar el tiempo presente. El vino, las rosas y el cuenco de arcilla son sus imágenes centrales, aunque los especialistas en mística islámica han señalado que en la tradición sufí esas imágenes tienen valor alegórico y no deben leerse en sentido literal: el vino remite al recuerdo de Dios, la taberna al lugar de reunión de los derviches. FitzGerald, que trabajaba desde una perspectiva victoriana y orientalista, leyó los poemas en su sentido más directo, y esa lectura fue la que determinó el perfil del texto en Occidente.

 

 

✶ PRÓLOGO:

Un libro muy bello

Gracias sean dadas al sutil espíritu del argentino Carlos Muzio Sáenz-Peña, por la buena acción que representa su triunfo de orientalista en este libro suyo tan bello, tan interesante y luminoso. Los sedientos de raíces y esencias de la poesía persa, los buscadores, los gustadores de las primeras emanaciones de la Castalia oriental, tendrán en este libro una fuente de espiritualidad y de mentalidad donde bañar su sed gloriosa. La labor de mérito del plausible traductor argentino es digna de las más cordiales loas y merecedora de los parabienes fraternales.

Yo no sé regatear mis entusiasmos ni medir el elogio ante una bella prueba de ingenio y de sapiencia. Toda obra de arte, o en donde se rinda fiel devoción al arte, solivianta mis bronces y echo a volar mis campanas. Declaro que la versión del poema de Omar-kayam, que nos sirve el argentino Carlos Muzio Sáenz-Peña, me ha encantado. Este hombre ha sentido su obra.

¿Queréis mejor timbre, mayor credencial para la agradecida palabra de elogio en honor de este varón de América, que ha sabido penetrar en el corazón de la poesía oriental? Quien no haya gustado otras traducciones o versiones del maravilloso mago Omar-al-Khayyam, podrá tener en las páginas de este libro una excelente lectura del poema original del egregio astrónomo y poeta de la India. Por eso he dicho que este libro es una buena acción. Felices debemos estar todos de la visita de Muzzio a la doctoral y sabia Boston, y de su noble y grata amistad con Mr. Bala Mathur, por la parte que le corresponde a la ciudad y al amigo en la determinación e iluminación de su notable trabajo.

Buen fruto y animado en verdad de luces es el libro del consagrado orientalista argentino. El poema de Omar está pulcramente, bellamente vertido en nuestra lengua castellana.

El árbol del lirismo de aquel poeta de toda la tierra y de todo el cielo, de aquel báquico instrumentista, de aquel profundo y melancólico filósofo y lírico de Nishapur, no ha perdido en este libro ni el color de sus hojas ni el amargor de sus raíces, ni el intenso perfume y belleza de sus ramos de contemplación y de canción. En este libro se conserva íntegra la savia que hizo triste e hizo alegre al prodigioso rimador persa. Por todo esto he dicho que este libro es una bella y buena acción que debemos agradecer al cultivado espíritu del noble joven que se ha afanado por rendir gallardamente una prueba de su devoción por el poeta de los Rubáiyát y las letras orientales. “¿Quién que es” no siente tan honrosa y provechosa devoción? Las sombras gloriosas de los canosos abuelos del Indostán, por todos los siglos de los siglos, serán invocadas y veneradas por los astros de la noche y por los hijos luminosos que sienten sed de amar la fuente de poesía de la humanidad que en bosques de la India apareció un día. La raza de tan fuertes varones en arte, será siempre faro y bandera de los exquisitos e inéditos escrutadores y amadores de “baobabs” u orquídeas literarias. Y es lengua de sorpresas lúcidas y de inagotable panal de lirismos aquella del Ramayana, de Gita Govinda, en la cual todas las ciencias, las jurisprudencias, las gramáticas y artes militares fueron escritas en verso. ¿Qué pleitesía rendir en su honor que consignar este hecho? Todo fue en la civilización india, madre de civilizaciones, obra de poetas, porque el poeta era todo: astrónomo, filósofo y matemático. Los ingleses, adoradores vehementes de los tesoros de la literatura de la India, han llegado a descubrir todo el poder, todo el vigor y resplandor de las “cabezas” orientales.

Un inglés fue el primero en traer de Persia a las miradas occidentales el poema omariano que hoy hace resonar en el instrumento verbal español un selecto argentino. Y en esa lengua persa, llena de recursos maravillosos y hermosa y plena de sutilidad y sonoridad, y en ese escenario de leyendas cantó y floreció el poeta Omar-al-Khayyam. Y, como todos sus predecesores y continuadores, alcanzó los más altos laureles de fama y colmó su copa de los más inmortales brillos y prestigios literarios.

Carlos Muzio Sáenz-Peña, con su excelencia mental vigorizada y cimentada como Dios manda y la experiencia en tales empresas, contribuye con la obra que acaba de publicar al conocimiento de la verdadera alma y de la contextura lírica y técnica del meditador poeta de Oriente, de este Omar tan alado y hondo en sus vuelos por cielos de pasión y bosques de poesía. En la sagrada selva de rosas apólíneas de la Persia, el caso del poeta Omar fue de excepción y de iluminación divina. ¡Dios guía y conduce con su invisible mano hasta darle su justo resplandor al poeta que escogió para clamar ante la muchedumbre un ritmo único o enseñar un paso de singularidad o un nuevo oasis rodeado de cañas sonoras, que no vieron otros ojos antes que los del escogido por la gracia suprema! Tal fue el caso de Omar.

Seguramente que habéis penetrado la música íntima, el ritmo que va por la sangre de las estrofas, que corre serenamente, sinfónicamente por entre el seno de las imágenes del poeta; seguramente habéis oído el más bello y genial latido de la poesía de Omar en este libro. “Dame vino, ese remedio para mi corazón herido, buen compañero para aquellos a quienes el amor ha engañado; mi espíritu prefiere la embriaguez y sus mentiras a la bóveda del cielo, que es simplemente el cráneo del mundo”. “Ya que la vida pasa qué importa Bagdad? ¿Qué importa Balj? Una vez llena la copa qué importa su amargura o dulzor? Bebe y canta, porque después de tu partida y la mía esta luna pasará del último al primero y del primero al último”. “Cuenta mis virtudes una por una y perdona mis pecados diez por diez”. “Oh corazón, deja por un momento a los enfermos del amor y olvida por un instante las preocupaciones frívolas. Traspasa el umbral de la morada de los Derviches, que por un rato, quizá, te reciban los recibidos”. “¡Ay de aquellos corazones donde la pasión no existe! Que no sienten el hechizo del amor, que es la alegría de la juventud. El día de tu existencia que pasas sin amar es el más inútil de tu vida”. “Unas gotas de vino rubí, un pedazo de pan, un libro de versos... y tú, en un lugar solitario, vale más, mucho más, que el imperio de un sultán”. “¿Hasta cuándo, ¡oh filósofo!, discutirás sobre la creación y la eternidad? El día que yo ya no exista... ¿qué me importa que este mundo sea viejo o nuevo?”

¿No veis, en todos estos versos del poeta indio, tan admirablemente traducidos en prosa tersa y rítmica por el excelente orientalista Sr. Muzzio, toda la esencia y la savia del árbol lírico y pensativo del ilustre poeta? Hay, en verdad, en el poema traducido, una enervante y bella tristeza del vivir y una como destilación de rosas venenosas sobre la voz de las horas. Gran poeta que presintió el lugar de su cruz, que supo que allí habría siempre rosas aromatizando la armoniosa soledad, poeta del cielo y de la tierra: Que los astros viertan sobre el polvo de sus huesos el secreto de su luz y la tierra derrame sobre ellos el misterio de sus rosas. Poeta que supo decir que “en el momento de la alegría o de la tristeza nada reemplaza al vino, que es lo único que deshace el nudo de las dificultades”, poeta enorme y hondo, desciendan sobre él las bienaventuranzas del cielo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Barcelona, junio de 1914.

Rubén Darío

 

Primera edición estadounidense (1878)