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Alicia en el País de las Maravillas

(Alice adventures in Wonderland)

Lewis Carroll

Editorial Acmé

Colección Robin Hood

1960

Traducción de Manuel Barberá

Tapa dura

218 páginas

Ilustraciones de Manuel Parma

Arte de tapa: Pablo Pereyra

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes menores generales por paso del tiempo.

 

✶ SINOPSIS:

Alicia en el país de las maravillas, publicada originalmente como Alice's Adventures in Wonderland, nació de una escena concreta de la vida de Charles Lutwidge Dodgson, el matemático de Oxford que firmó sus libros como Lewis Carroll. En julio de 1862, durante un paseo en bote por el río Isis con las hermanas Liddell y el reverendo Robinson Duckworth, Dodgson empezó a contar una historia para entretener a las chicas. Alice Liddell le pidió después que la escribiera, y de esa primera versión manuscrita, titulada Alice's Adventures Under Ground, salió el libro que Macmillan publicó en 1865, ya con el título definitivo y con ilustraciones de John Tenniel.

La historia editorial tuvo un comienzo accidentado: Tenniel quedó disconforme con la calidad de impresión de las imágenes, la primera tirada fue retirada y el libro volvió a imprimirse enseguida, iniciando una circulación que se extendió primero por Inglaterra y después por distintos países hasta convertirse en una de las obras más reconocibles de la literatura infantil victoriana.

La novela sigue a Alicia, una niña que cae por la madriguera de un conejo blanco y entra en un mundo donde las reglas cambian todo el tiempo. Las comidas y bebidas modifican su tamaño, los animales hablan, las palabras se doblan, los razonamientos parecen correctos hasta que se vuelven absurdos, y cada encuentro la obliga a acomodarse a una lógica nueva. Carroll no escribe una aventura infantil en el sentido convencional: el viaje de Alicia tiene carrera, asombro y desconcierto, pero también una forma muy precisa de discutir con el mundo adulto, sus órdenes, sus fórmulas de cortesía, sus lecciones escolares, sus autoridades caprichosas.

La Reina de Corazones, el Sombrerero, la Liebre de Marzo, el Gato de Cheshire, la Oruga y el Conejo Blanco no aparecen como personajes armados para dejar una enseñanza simple. Cada uno trae una manera distinta de torcer el lenguaje, el tiempo, la identidad o la obediencia, y Alicia intenta entender, responde, se enoja, se defiende, pregunta cuando algo no cierra. Su inteligencia no está en saberlo todo sino en no aceptar del todo la autoridad de un mundo que se contradice a cada paso.

Alicia en el país de las maravillas venía de una tradición victoriana donde la literatura para chicos solía cargar con lecciones morales muy visibles, y Carroll abrió otro camino: un libro que juega con el sinsentido, con la lógica llevada al límite, con las canciones escolares deformadas y con la libertad de una imaginación que no necesita justificarse.

El libro sigue funcionando porque nunca se deja reducir a una fábula prolija. Hay humor, hay juego verbal, hay una niña tratando de orientarse en un territorio imposible y hay también una incomodidad de fondo frente a las reglas que los adultos repiten como si fueran naturales. Carroll escribió una fantasía breve, nacida de una tarde en Oxford, que todavía discute con la lógica, con la infancia domesticada y con esa costumbre adulta de creer que nombrar algo alcanza para entenderlo.

 

 

✶ INDICE:

Advertencia del traductor

1- En la conejera

2- El estanque de las lágrimas

3- Una carrera de revoltijo y un cuento largo

4- El Conejo manda un visitante

5- El consejo de la Oruga

6- Lechón con pimienta

7- Un té de locos

8- El campo de croquet de la Reina

9- El cuento de la Tortuga Fraguada

10- El rigodón de las langostas

11- ¿Quién robó las tortitas?

12- El testimonio de Alicia

 

 

✶ ADVERTENCIA DEL TRADUCTOR:

Si nos hubiésemos atenido estrictamente al significado exacto de palabras y frases, este libro nos habría resultado uno de los más intraducibles de que tenemos noticias. Todo en él está condicionado a la experiencia común de los niños ingleses; más aún, de los niños ingleses por la época en que el autor lo escribió. Y en el seno del hogar, donde se conservan más puras las tradiciones de una raza, de una raza insular en este caso, las diferencias entre un pueblo y otro se acentúan sobremanera.

Siempre hemos tenido por cierto que la misión del traductor es un poco de reconstrucción. Así como el arquitecto que en Roma quiere imitar o reproducir un palacio de Oriente debe hacerlo conforme a las necesidades y características de su ciudad y tener en cuenta la clase de material de que dispone, así un traductor debe penetrar la razón que determina las características de un texto, sus puntos de contacto con la experiencia común del idioma en que está escrito, y trasladar luego esos elementos al nuevo ambiente, con referencias a la experiencia habitual de sus nuevos lectores. No se trata, por supuesto, de que un vaquero de los Estados Unidos quede convertido en un gaucho de las pampas argentinas, sencillamente porque el vaquero, a través del cine, es parte de la experiencia común de nuestros pueblos; pero hay muchos otros casos en que este procedimiento de reconstrucción se impone por sí solo, tanto más cuanto menor carácter universal e inmanente tiene el libro.

Esto nos ha obligado a tomarnos ciertas libertades con el texto original, que pensándolas un poco no pueden menos de ruborizarnos, pues nada tan bello como penetrar el sentido de las ideas y volverlas a expresar sin desviación sensible, dentro del marco de respeto que todo escritor merece. En este caso, sin embargo, hubiera sido imposible, y sea la necesidad nuestra primera disculpa.

“Alicia en el País de las Maravillas” es un cuento escrito para niños ingleses en idioma inglés. Trasladado fielmente al castellano, debe por fuerza resultar desabrido y soso; pues la pequeña intención retozona de frases y pasajes quedaría para siempre del otro lado del Canal de la Mancha. El autor, burla burlando, ha tejido su tela de fantasías sin más propósito aparente que el de entretener a sus lectores del pequeño mundo con unos cuantos incidentes descabellados, la mayoría de ellos sin ton ni son. Hilando más fino, se descubre la burla socarrona y uno se imagina entonces al reverendo bonachón sonriendo maliciosamente mientras moja la pluma en su tintero.

La llegada de la Reina y el Rey de Corazones, sin abandonar el tema ni extremar los puntos de contacto, hace pensar en una ceremonia inglesa de coronación. Es breve el parecido, porque el lector inglés, que conoce de pe a pa esa brillante ceremonia, no requiere que le llamen la atención a vuelo de campanas. Para el lector de nuestra raza, menos conocedor de aquella pompa anticuada y un si es o no es ridícula, hace falta que alguien se lo señale. De todos modos, como todo esto ocurre en unas líneas tan sólo, nada se pierde ni se gana si la intención socarrona pasa inadvertida.

El juego con que el libro finaliza es remedo caricaturesco de un juicio oral inglés, cosa que entre nosotros sólo se conoce a través del cine; pero nos ha parecido que esa circunstancia es bastante como para atribuirle punto de contacto con nuestra experiencia normal.

Otros pasajes, en cambio, no hablan a nuestros recuerdos con el lenguaje de la sonrisa. Hay en el libro inglés unas cuantas poesías que hacen burla de recitados ingleses, los mismos que en los días del autor estudiaban los chicos en sus escuelas. Una de ellas, la del sabio que se para con la cabeza en el suelo, recuerda otra de Southey, y así las demás. La fuerza se pierde aunque el contrasentido se logre reconstruir, como pacientemente hemos intentado en este caso; pero era necesario, siquiera una vez, que se viese la parodia de algo conocido, y así hemos hecho en uno de ellos.

Cuando hablan de materias de estudio escolar, los personajes ideales de esta obra, hemos tenido que olvidar por un instante el texto de origen y reconstruir la burla, con referencia a las asignaturas nuestras, aunque procurando en lo posible mantener el grado de mordacidad y disparate, tanto como la calidad del ingenio.

Todo esto puede haber mejorado la traducción, pero seguro que frente al original no ha tenido más remedio que perder. Si hemos logrado que sea más comprensible, nos basta y sobra; pues, con esto, y la certeza de que no habríamos intentado tal cosa de no haberla visto indispensable, creemos que el lector nos concede su perdón y penetrará confiado en la obra. Manuel Barberá.