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Allá lejos y hace tiempo

(Far away and long ago)

Guillermo Enrique Hudson

Editorial EDIBER

2001

Traducción de Fernando Pozzo - Ricardo Maneiro

Tapa blanda, rústica con solapas

247 páginas

Ilustraciones de Ludovico Pérez

Prólogo de Juan Carlos Lombán

Impreso en Prov. Bs. As. (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Impecable estado.

Sin detalles.

 

✶ TEXTO EN SOLAPAS:

Es un placer para EDIBER iniciar sus publicaciones con Allá Lejos y hace tiempo. La razón principal es que de todos los escritores nacidos en lo que era el partido de Quilmes, en aquel viejo partido de Quilmes que cobijaba a Berazategui y Florencio Varela, es el único que tiene indudable trascendencia universal. Dejemos la palabra a la gran Virginia Woolf quien no puede ser sospechada de tener una visión localista:

“Nos sentimos reacios a conferir al libro de Hudson las frases de alabanza que se aplican a la excelencia literaria o a la calidad artística, pese a que es innecesario declarar que posee una y otra. No se desea tanto recomendar esta obra como un libro cuanto saludarla como a una persona, y no a una de esas personas recortadas e imperfectas que ordinariamente proporcionan las autobiografías sino una de esas personas totales y completas que rara vez hallamos, sea en la vida o en la literatura”.

Y concluye Virginia Woolf su artículo La infancia de Hudson:

“Si dijéramos que el libro de Hudson ha sido escrito principalmente en beneficio de los naturalistas cometeríamos un error. El naturalista verá el pájaro con bastante exactitud, pero no lo verá con relación con el árbol, con el chiquillo, con los extraños personajes de la llanura; para él, tampoco la presencia de los pájaros representará ese misterioso espíritu que, por algún motivo que los psicólogos deberán explicar, Hudson descubre en toda la naturaleza, pero especialmente en las aves. Puesto que Hudson es capaz de todo esto, leer su libro es leer un capítulo más de ese enorme libro que de vez en cuando escriben Rousseau, Borrow, George Sand o Aksakoff, entre otros: un libro que no nos cansamos de leer”.

 

Reproducida en esta edición

 

✶ PRÓLOGO PARA ESTA EDICIÓN

En este sector rioplatense de la gran llanura argentina, el 4 de agosto de 1841 nacía Guillermo Enrique Hudson en el humilde rancho de la estancia “Los Veinticinco Ombúes”, entonces Partido de Quilmes y anterior Pago de la Magdalena, perteneciente al Florencio Varela de hoy. El bien llamado “Hijo de la pampa” comenzó a montar en pelo a los seis años y más tarde recorrió frecuentemente los sectores rurales del actual Berazategui y toda esta zona. Posteriormente, y como consecuencia de un largo arreo de hacienda bajo la lluvia, contrajo un reuma articular con complicaciones cardíacas por las que fue desahuciado, lo que lo obligó a interrumpir sus frecuentes cabalgatas por estos campos.

Al no confirmarse el funesto diagnóstico fue lentamente reanudando su vida normal, y después de la muerte de sus padres pasó unos quince años hasta su alejamiento del país, deambulando por gran parte de la provincia y el norte de la Patagonia como un gaucho más, cuando cumplía tareas de resero, esquilador y peón en diversas estancias, en ninguna de las cuales terminó por “aquerenciarse”. Las experiencias que vivió ininterrumpidamente durante tanto tiempo, le permitieron describir más tarde en su cuento El Ombú el juego del pato como ningún otro escritor pudo hacerlo, para mencionar sólo un hecho entre muchos similares.

Que se sepa, Hudson es el único gran escritor que nació en un rancho, en plena pampa, que durante los treinta y tres años que vivió aquí jamás residió en centros urbanos y que por ello nunca concurrió a escuela alguna, lo que no le impidió llegar a ser uno de los más grandes escritores y naturalistas de su época, admirado en el mundo entero, y el primero en hacer conocer a nuestra Argentina en lejanos países de otros continentes. Singularísimo ejemplo de extrema autodidaccia, es un caso verdaderamente “rousseauniano” que tuvo como insuperable maestra a la naturaleza virgen, sin dudas ayudado por sus condiciones innatas, su adorada madre -mujer sensible y culta, compañera y amiga de ese hijo tan diferente de los otros cinco- y la nutrida biblioteca del hogar paterno en la que adquirió el hábito de la lectura, que no habría de abandonar hasta su muerte.

Comenzó nuestro escritor a alejarse de esta zona en sus andanzas a caballo con buena tropilla (seguramente el único lujo que su pobreza le permitía), cuando en la zona del actual Berazategui, por entonces totalmente rural, surgían diversos tambos, la mayoría de propietarios vascos. Posteriormente realizó su conocido viaje a la Patagonia y en 1871 - al tiempo que el educador Atanasio Lanz fundaba la escuela que después fuera trasladada a la berazateguense San Francisco- recorría gran parte del río Negro. Regresó del sur en 1872, año de la aparición del Martín Fierro y del primer trabajo suyo (sobre pájaros argentinos, publicado en Londres como todos sus escritos, desde luego en idioma inglés), así como de un hecho capital para esta zona: la llegada del ferrocarril y el establecimiento de la estación en tierras de don José C. Berazategui, caracterizado propietario rural de entonces.

Probablemente empujado por sus inquietudes ornitológicas, en 1874 Hudson emprende su viaje sin retorno a una Inglaterra que se encontraba en plena Era Victoriana, alcanzando la culminación de su parábola histórica como cabeza del imperio más poderoso de entonces, con su revolución industrial marcando rumbos, Londres capital económica y financiera del mundo y sus investigadores, como su admirado Darwin y otros, liderando la ciencia de la época. Un año antes, su amigo Francisco P. Moreno, por entonces desconocido, realizaba investigaciones en nuestro Sur, cuando en Berazategui nacía el pueblo de San Francisco como consecuencia del loteo de tierras que pertenecían a don Francisco Márquez. En el país finalizaba la presidencia de Sarmiento y se vivía una era de progreso acelerado.

Hudson se negó obstinadamente a insertarse en la sociedad industrial de la Inglaterra “supercivilizada” como él le llamaba, así entre comillas, con inocultable socarronería gaucha. Allá llegó a amar, y mucho, la campiña inglesa y sus pequeños poblados que exacerbaron sus recuerdos de la añorada pampa argentina, pero odió siempre las ciudades británicas y sobre todo su capital, donde se sentía preso, como lo confiesa en su conmovedor “El gorrión de Londres”, uno de los contados poemas que publicara.

Pocos años antes de la aparición de esa emotiva poesía autobiográfica, el mencionado José C. Berazategui ocupaba la presidencia de la Municipalidad de Quilmes (1879), en momentos en que estaba finalizando la presidencia de Avellaneda, se realizaba la campaña al Desierto de Roca y se editaba La vuelta de Martín Fierro.

Después de diversos trabajos breves y unos pocos poemas, Hudson publicó el primero de sus veintiséis libros en 1885, The Purple Land that England Lost, dado a conocer aquí con el título de La tierra purpúrea, novela rioplatense considerada por Borges como “uno de los pocos libros felices que nos han deparado los siglos” y vivamente elogiada, asimismo, por Miguel de Unamuno y otros grandes. José Hernández moría un año después y poco más tarde comenzaba a acelerarse el progreso berazateguense, como lo indican la instalación de la llamada fábrica de Nelson y de la Estafeta Postal. En 1892, al tiempo que aquí cerraba el establecimiento mencionado, aparecía en Londres El naturalista del Plata (The Naturalist in La Plata), y al año siguiente Días de ocio en la Patagonia (Idle Days in Patagonia), dos libros importantes. Esas obras y todas las de la producción inicial de nuestro compatriota, pasaron totalmente desapercibidas para el gran público inglés, a pesar de sus altos valores y del elogioso juicio de algunos de los intelectuales más talentosos de aquella época.

En los primeros años de este siglo, cuando nacía el artista, maestro gran hudsoniano Gerónimo Narizzano, se erigía la planta de Rigolleau, se loteaban las tierras situadas frente a la estación, se inauguraba el ramal ferroviario a Villa España y se habilitaba el Registro Civil de Berazategui, en Londres aparecían libros fundamentales de Hudson como El Ombú (1902, que incluye otros relatos rioplatenses), Mansiones Verdes (1904, Green Mansions), A pie por Inglaterra (1909, Afoot in England). Vida de un pastor (A Shepherd’s Life) se publicaba en 1910, en días en que aquí nacía Villa Mauricia y poco después se fundaba la escuela Nº 2, hoy 5; comenzaba su actuación docente Gabina Tirao, la primera maestra nacida en Berazategui; Atanasio Lanz exponía en el diario capitalino “La Prensa” su iniciativa de declarar ciudad a Quilmes. Este período intermedio de su ciclo creativo, durante el cual se hacía famoso en amplios círculos literarios, finalizaba con su libro Aventuras entre pájaros (Adventures amont Birds) de 1913, un año antes de que en Rigolleau se produjera la primera huelga de gran importancia en la historia de Berazategui, la que fue encabezada por aguerridos militantes anarquistas.

La etapa culminante de la producción de Hudson, en la que fue proclamado por algunos intelectuales importantes de entonces como el escritor más grande de su época en todo el mundo, comenzó precisamente con este libro que estoy prologando, en 1918, y continuó con otros de gran nivel como Pájaros de la ciudad y la aldea (1919, Birds in Town and Village); Aves del Plata (Birds of La Plata), aparecido en 1920, año de la fundación de “La Armonía” en Berazategui; Un vendedor de bagatelas (1921, A Traveller in Little Things); Una cierva en el Parque de Richmond (A Hind in Richmond Park), publicada poco después de su muerte, acaecida el 18 de agosto de 1922, meses antes de la radicación de Gioconda Bertoia en la ciudad berazateguense, donde habría de convertirse en poetisa de valía.

En ese 1918 en que aparecía este libro, todo el partido de Quilmes al que Berazategui entonces pertenecía se encontraba en acelerado desarrollo; la Argentina hacía dos años que tenía en Hipólito Yrigoyen su primer Presidente elegido por holgada mayoría en comicios impecables; el mundo celebraba alborozado el fin de la Primera Guerra Mundial y alentaba grandes esperanzas, pronto desvanecidas cuando se contaba que poderosos intereses creados conducían a otra catástrofe. En aquel año las calles de Berazategui aparecieron un día blanqueadas por la insólita nevada que cayó sobre toda esta zona, incluida Buenos Aires; se produjo la asunción del Dr. Pedro Elustondo como Intendente de Quilmes, ciudad donde se fundaba el “Círculo Argentino”; José A. Craviotto, que pocas décadas después habría de llegar a ser el máximo historiador quilmeño, cursaba sus estudios universitarios.

En el país se elegía al Dr. Crotto como gobernador de nuestra provincia, comenzaba la Reforma Universitaria y crecía la agitación que habría de originar, a comienzos del año siguiente, la terrible Semana Trágica. Nuestras letras producían Cuentos de la selva de Horacio Quiroga, El dulce daño de Alfonsina Storni y otros libros valiosos como Oro y piedra de E. Martínez Estrada, quien años más tarde habría de publicar El mundo maravilloso de Guillermo E. Hudson. En América proseguía la Revolución Mexicana (durante el año siguiente habría de ser asesinado Emiliano Zapata) y los Estados Unidos eran presididos por W. Wilson; el francés Clemenceau, el italiano Orlando y el británico Lloyd George encabezaban los gobiernos de sus países; en Rusia continuaba la revolución, se sancionaba la constitución soviética y se ajusticiaba al zar Nicolás II y miembros de su familia. En ese clima, O. Spengler publicaba Decadencia de Occidente y el grupo artístico “Dadá” lanzaba desde Suiza su célebre Manifiesto, una mordaz y tremenda crítica a la dirigencia mundial, máxima responsable de absurdos trágicos como guerras atroces y crueldades sin nombre.

Es probable que ningún libro haya contribuido tanto como Allá lejos y hace tiempo al prestigio de Hudson en las Américas, en casi toda Europa, en Japón y el resto de Asia, y aun en países de Africa y Oceanía, incluyendo Australia y Nueva Zelanda, fundamentalmente por sus excepcionales valores, pero también ayudado por la gran difusión y vigencia del idioma inglés. Publicado cinco años después del anterior de su autoría, la pausa más dilatada en la serie de sus libros, es el más autobiográfico de los suyos -todos los cuales lo son en gran medida, aun los de ficción- el más pampeano y también el de más prolongada y cuidadosa elaboración.

Hudson venía concibiendo esta obra desde días que no se han podido precisar con exactitud, pero sí se puede afirmar que por lo menos en 1915 la estaba redactando: “... estoy llevando algunos de mis días de juventud a un libro...”, le informaba a su gran amigo R. Cunningham Graham en carta del 2 de noviembre de ese año enviada desde la sureña Cornwall, donde se había trasladado poco antes para descansar y reponer su quebrantada salud. Lejos de restablecerse siguió empeorando y a comienzos de 1916 se vio obligado a internarse en el cercano hospital de Hayle, donde permaneció unas seis semanas hasta marzo de ese año, en el transcurso de las cuales tuvo la fiebre y la visión que trajo a la luz su más tierna infancia, volcados posteriormente en el libro. Siguió trabajando en él intensamente, ya repuesto y de regreso en su hogar londinense, por el resto de ese año, todo 1917 y parte del 18, hasta su aparición en septiembre.

Como casi todas las obras fundamentales de Hudson, ésta constituye un verdadero tesoro para los estudiosos de la sociedad pampeana del siglo pasado y para los lectores en general que quieran tener testimonios directos, transmitidos por quien no fue un mero observador, sino un auténtico actor en ese escenario. Además de sus infrecuentes valores estéticos, en estas páginas se encuentran irreemplazables elementos documentales sobre un medio espiritual y físico que ningún escritor vivió como Hudson y que nadie podrá ya hacerlo, desde que se trata de una realidad desvanecida para siempre. Son notables las detalladas descripciones, invariablemente fieles y auténticas, de personas, ejemplares de la fauna y de la flora, lugares, costumbres y tradiciones, diversiones y festividades, leyendas y creencias, viviendas gauchas, mobiliarios, atuendos personales, enseres, herramientas, labores y actividades en general, de invalorable importancia para comprender en profundidad la estructura de la sociedad pampeana en una época clave de la evolución del país, cuando en este medio geográfico y ese clima espiritual se estaban gestando caracteres esenciales de nuestra nacionalidad.

El perfil humano de la Argentina pampeana aparece nítidamente dibujado en este libro, hecho que me propongo enfatizar porque lamentablemente existen algunos malentendidos al respecto. Los mismos nacieron de la aceptación acrítica por parte de algunos intelectuales argentinos de los juicios emitidos por los hudsonianos ingleses, quienes han afirmado reiteradamente que Hudson jamás se interesaba tanto por un ser humano como por un pájaro. Este aserto, que en mi opinión es correcto referido a la sociedad y el hombre británico o de cualquier país industrializado, resulta totalmente infundado si se aplica a los pobladores de nuestra pampa en el siglo pasado a quienes nuestro compatriota conocía tan bien, entre otros motivos porque él había sido uno de ellos. Lo que afirmo puede ser constatado por los lectores de este libro, que es precisamente el que más y mejor demuestra la sensibilidad del escritor para interpretar en profundidad a sus vecinos y camaradas en interminables arreos. Los magníficos medallones que dedica a mujeres y hombres de estas llanuras suelen ser más breves, pero a mi juicio más inolvidables y más emotivos que todo lo que escribió sobre sus amados pájaros.

Un aspecto muy singular de “Allá lejos...” es el de que siendo tan profundamente argentino, ocupa sin embargo un lugar altamente diferenciado en nuestra literatura. Exponer todo lo que lo distingue me exigiría un espacio que en esta oportunidad no debo tomarme, por lo cual aquí sólo me voy a referir muy brevemente a un hecho que sirve de muestra sumamente reveladora. La imagen del Desierto, de tan ilustre tradición en la literatura argentina, presente desde Echeverría en adelante, pasando por Sarmiento, Hernández, Mansilla y todos los grandes que se ocuparon de la vida gaucha y de nuestros medios rurales, no aparece en absoluto en este libro ni en ningún otro de Hudson. Es que en ese hábitat desmesurado, donde todos los otros escritores vieron un enorme vacío, sin poder percibir manifestaciones vitales dignas de ser tenidas en cuenta porque lo observaban desde su óptica ciudadana durante las visitas que realizaban a esos medios, Hudson pasó décadas en contacto directo con una extraordinaria multitud de criaturas con las que llegó a hermanarse entrañablemente. Y como no podría haber sido de otra manera, esas circunstancias impidieron que en sus páginas apareciera la tradicional imagen del Desierto, reemplazada por la que nos da ese precursor genial de lo que hoy llamamos ecología.

Prácticamente todas las virtudes del Hudson poeta de la naturaleza y testimonio vivo como actor en el medio pampeano del siglo pasado, se condensan en este libro con magnífico y personal estilo, tan austero como auténtico, tan noble como claro y preciso, tan fluido como directo y ameno. Esos valores excelsos son lo que provocaban la encendida admiración de Borges, Unamuno y Martínez Estrada, y también de Conrad, Galsworthy, R. Tagore, Bernard Shaw, Hemingway y tantos otros grandes de la literatura universal.

Esta edición de Allá lejos y hace tiempo que tengo la satisfacción de prologar, añade elementos muy valiosos a los intrínsecos de tan singular obra. Uno de los más relevantes es la traducción del Dr. Fernando Pozzo, la primera de nuestra lengua, debida al máximo difusor en todo el mundo de la obra hudsoniana y quien más influyó para que hoy los argentinos podamos contar con el museo de “Los veinticinco ombúes”, entre otras trascendentes concreciones suyas que han enriquecido la cultura nacional. Son asimismo, dignos de ser exaltados como magníficos aportes los numerosos dibujos de ese gran artista que es Ludovico Pérez, quien en la oportunidad ratifica su maestría técnica y su fina sensibilidad, en este caso quizás profundizadas al sentirse hondamente motivado por los notables valores y el poder sugeridor de la obra de Hudson, tan entrañable para toda criatura humana y muy especialmente para los que vivimos en este sector de la llanura rioplatense.

Es indudable que esta esmerada edición cuenta con todos los elementos para convertirse en un verdadero acontecimiento editorial. Considero que ello es así por lo que brevemente he mencionado y por un hecho altamente significativo con el que deseo finalizar estas reflexiones: a este libro lo publica la editorial del municipio berazateguense. Creo que ello revela una actitud tan constructiva y aleccionadora que no necesita mi elogio, un verdadero ejemplo sobre el que deberíamos meditar gobernados y gobernantes del país. Yo sólo diré el respeto, no ya como hudsoniano sino como argentino, como quilmeño y como educador: ¡Gracias Berazategui por esta concreción y más aún por todo lo que ella significa!

Juan Carlos Lombán, junio de 2001.

 

Reproducida en esta edición

 

LUDOVICO PÉREZ

Nació en Allen, provincia de Río Negro, el 5 de octubre de 1929 y murió en Berazategui el 10 de junio de 2022. Egresó de la Escuela de Artes Plásticas Pío Collivadino de Quilmes siendo sus maestros Juan Correa, Leopoldo Fuchshuber y Antonio Sassone. Viajó becado por estudios al norte argentino y a Europa, estudió en ateliers de artistas, visitó escuelas de arte y recorrió museos de Suiza, Francia, Inglaterra, Austria, Italia, Bélgica y Holanda. Ilustró los libros de Guillermo E Hudson: El ombú con xilografías y Allá lejos y hace tiempo con dibujos. Ejerció la docencia y fundó las Escuelas de Artes Plásticas de Avellaneda, Formosa y Junín. Expuso individualmente en Quebec y Montreal, Canadá. En 1966 festejó 60 con la pintura y realizó una exposición en el Complejo Cultural y Biblioteca Pública Mariano Moreno de Bernal. Participó en salones de poema ilustrado, Salón de Grabado Carmen Arozena de Madrid, Salón Nacional en 1958 en grabado y en 1949, 1950, 1952 y 1958 pintura, Festival Nacional de la Acuarela de Quebec, Salón de Grabado Carmen Arozena de Madrid, Cali y Bogotá, Colombia y en Madrid, Artistas Argentinos en el Chateau Champlain, en Canadá y Grandes Maestros de la Pintura Argentina en el Koubek Center de la Universidad de Miami. Obtuvo el Premio Kilme de Honor de la Secretaría de Cultura y Medio Ambiente de la Municipalidad de Quilmes en 1993 y el Premio al Mérito Miguel de Cervantes Saavedra de la Asociación Española de Quilmes en 1997. “Su obra refleja el pasado y el presente quilmeños. Utiliza lápiz, tinta, acuarela, óleo y témpera y se ha destacado en el grabado. El dibujo, la acuarela, el óleo, la témpera no tienen secretos para sus trazos elegantes y su coloración armónica. Sin embargo, donde ha descollado y sobresale notablemente, es en el grabado. Aguafuertes, aguatintas y xilografías surgidas de su inspiración corroboran su calidad de maestro. El paisaje es el tema de sus pinturas y grabados. (Córdova Iturburu).