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Alquimia: el arte secreto

(Alchemy)

Stanislas Klossowski De Rola

Editorial Ediciones del Prado

Colección Mitos Dioses Misterios

1993

Traducción de Ross Smith / Ana Cuadrado

Tapa dura

128 páginas

Profusamente ilustrado color y b/n

Tamaño 29x21

Impreso en Madrid (España)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Sin detalles.

 

Reproducida en esta edición

 

✶ INTRODUCCIÓN (fragmento):

Este libro intenta explicar, de una forma resumida, en qué consistió, y consiste, la auténtica alquimia. La mayoría de los diccionarios modernos ha contribuido a reforzar una serie de errores comunes, rechazándola por considerarla una predecesora inmadura, empírica y especulativa de la química, con el único objetivo de transmutar los metales comunes en oro. Aunque es cierto que la química se desarrolló a partir de la alquimia, estas dos ciencias no tienen apenas nada en común. Mientras que la química se ocupa de los fenómenos científicamente verificables, la misteriosa doctrina de la alquimia atiende a una realidad escondida de orden superior que conforma la esencia que subyace a todas las verdades y religiones. La perfección de esta esencia se denomina Absoluto; puede ser percibida y comprendida como la Belleza de toda la Belleza, el Amor de todo el Amor y lo Más Alto de lo Alto, sólo con que la consciencia cambie profundamente y pase del nivel normal de percepción cotidiana (el plomo) a un nivel sutil de percepción (el oro), de manera que cada objeto se perciba con la forma arquetípica perfecta, contenida dentro del Absoluto. La percepción de la perfección eterna de todo en todos los lugares es lo que constituye la Redención Universal. La alquimia es un arco iris que atraviesa el abismo que existe entre el plano terrestre y el celestial, entre la materia y el espíritu. Al igual que el arco iris, puede parecer que está a nuestro alcance, pero si se corre tras ella con el único objetivo de encontrar una montaña de oro, se alejará.

La ciencia de la alquimia, sagrada, secreta, antigua y profunda, también denominada arte real o sacerdotal y filosofía hermética, esconde tras textos esotéricos y emblemas enigmáticos las vías para penetrar en los secretos más profundos de la naturaleza, de la vida y la muerte y de la unidad, la eternidad y el infinito.

A la vista de tales secretos, el de fabricar oro tiene, relativamente, poca importancia; se podría comparar con los superpoderes (siddhis) que a veces consiguen los grandes yoguis; estos poderes no se buscan por el valor que en sí tengan, son importantes productos secundarios que resultan de alcanzar un alto nivel espiritual.

Empezaremos, por lo tanto, fijándonos en qué era realmente lo que los alquimistas pretendían conseguir. «La alquimia no es simplemente un arte o una ciencia que enseñe a realizar la transmutación de unos metales en otros, sino más bien una ciencia sólida y verdadera que enseña a conocer el centro de todas las cosas, lo que en el lenguaje divino se llama el Espíritu de la Vida.» (Pierre-Jean Fabre, Les Secrets chymiques, París, 1636.)

Sin embargo, el proceso de la transmutación, a pesar de no ser el objetivo final, es una parte esencial de la Gran Obra —el Magnum Opus— que consiste en lograr tanto la realización material como la espiritual. A menudo los estudios sobre alquimia pasan por alto este hecho. Algunos comentaristas afirman que la alquimia es una disciplina absolutamente espiritual, mientras que otros sólo parecen estar interesados en descubrir si realmente se fabricaba oro y quiénes eran los que lo fabricaban.

Ambas actitudes dan lugar a interpretaciones erróneas. Es esencial tener en cuenta que existen correspondencias muy concretas —fundamentales para las teorías alquimistas— entre lo visible y lo invisible, lo superior y lo inferior, la materia y el espíritu, los planetas y los metales. El oro, dada su naturaleza incorruptible y sus notables características físicas, es para los alquimistas el sol de la materia, una analogía de la perfección final que ellos intentan conseguir al hacer que los metales comunes alcancen el bendito estado del oro. Al igual que el oro es también, en cierta medida, la sombra del Sol, el Sol es la sombra de Dios.

«La Gran Obra consiste, por encima de todo, en que el hombre se crea a sí mismo, es decir, que domine total y absolutamente sus facultades y su futuro; es especialmente la completa emancipación de su voluntad lo que le asegurará el dominio sobre Azoth y la región de Magnesia; en otras palabras, el control absoluto del Agente Mágico Universal. Este Agente, al que los antiguos filósofos disfrazaron con el nombre de Materia Primera, determina las formas que muestran las sustancias modificables; a través de él, podemos muy bien llegar a la transmutación de los metales y a la Medicina Universal.» (Eliphas Levi, Transcendental Magic, Londres.)

A lo largo de la historia, los verdaderos alquimistas, que desdeñaban las riquezas y los elogios mundanos, han intentado encontrar la Medicina Universal, la Panacea; esa Panacea que, al sublimarse totalmente, se convierte en la Fuente de la Juventud, en el Elixir de la Vida y en la Llave de la Inmortalidad, tanto en un sentido espiritual como misteriosamente físico. El Elixir no sólo curaría las enfermedades, eliminando de raíz las causas que las producen, sino que también podría hacer que el cuerpo rejuveneciera y se convirtiera finalmente en un «cuerpo de luz» incorruptible.

 

Reproducida en esta edición

 

El Adepto (adeptus, «el que ha conseguido» el Don de Dios) recibiría entonces la triple corona de la Iluminación: Omnisciencia, Omnipotencia y Gozo del Amor Divino Eterno. Pero muchos son los llamados y pocos los elegidos; hay que reconocer que dentro de esta minoría muy pocos han conseguido alcanzar el último objetivo. Los que sí lo han hecho constituyen la Hermandad de la Luz y están Vivos.

Antes de obtener el Elixir, el alquimista tiene que vencer todos los obstáculos y dificultades que se le presentan en el complicadísimo proceso que culmina con la creación de la Piedra Filosofal. Esta es la Piedra, pues así se llama, que tiene la propiedad de transmutar los metales comunes en oro. Por consiguiente, la mayoría de los tratados de alquimia parecen abordar exclusivamente la preparación de esta Piedra y de otras medicinas de menor importancia.

Aunque llenos de hermosas promesas, estos textos contienen invariablemente un gran número de complicadas estratagemas, que tienen como fin desalentar a los frívolos. Están escritos con un lenguaje a menudo tan oscuro e inaccesible que su estudio requiere años y años de absoluta dedicación; hay que leerlos una y mil veces antes de poder entender su exégesis. Este carácter secreto constituye una de las bases de la alquimia, e incluso los alquimistas modernos hacen gala de ello.

Tanto los escépticos como los creyentes coinciden en afirmar que si los alquimistas hubieran hablado con claridad hubieran sido perseguidos a lo largo de toda la historia por mantener unas ideas y creencias que no eran las convencionales. En lo que sí discrepan es en que los primeros niegan que la alquimia tenga unas bases prácticas, rechazando su carácter de ciencia oculta por considerar que es un velo que encubre la ignorancia y los segundos afirman que este carácter oculto era en cierto modo necesario para asegurar que el conocimiento de estas fuerzas ingentes no cayera en manos equivocadas.

Sin embargo, la oscuridad de los textos alquímicos se debe también a otras razones: constituyen un desafío para aquellos que, por su naturaleza heroica, intentan «conocer su interior». Al igual que Teseo, el interesado se enfrenta al Laberinto. Este Laberinto desafía a la lógica lineal, que en este contexto carece de utilidad. El ataque a la lógica lo lleva a cabo el Minotauro del absurdo, que muy pronto reducirá a la nada al supuesto héroe, que se ve incapaz de resistir su ataque. Solamente por medio de la intuición y la inspiración —el hilo de oro de Ariadna— se resolverá el enigma y la luz sucederá a la oscuridad. Tales métodos, con los cuales se superan y se trascienden las limitaciones de la mente, son utilizados por los maestros de muchas disciplinas espirituales y esotéricas. Los maestros del Zen, por ejemplo, utilizan los koans, una especie de adivinanzas que, al mismo tiempo que desequilibran el intelecto, pueden provocar el satori o iluminación.

Pero a pesar de ser enormes las dificultades que presentan las doctrinas esotéricas de Oriente y Occidente, son mucho mayores las que se le presentan al estudioso de la alquimia. Especialmente si lo que pretende es ir más allá de esos análisis superficiales que periódicamente han venido realizando historiadores, psicólogos y otros eruditos.

Si bien es cierto que el estudio de la alquimia a través de los textos resulta verdaderamente desalentador, no lo es menos que el desesperanzado estudioso puede descubrir en las pinturas alquímicas un camino, repleto de maravillas, para penetrar en el corazón de la materia. Y es que los alquimistas, a través de sus imágenes, han expresado de una forma ingeniosa y casi siempre muy bella, cosas de las que nunca llegaron a escribir.

Este lenguaje pictórico, en el que absolutamente todos los detalles poseen un significado específico, ejerce una profunda fascinación sobre el observador sensible. Esta fascinación se produce siempre, independientemente de que las pinturas se comprendan. Si el lector contempla atentamente estas imágenes, es decir, si va más allá de la superficie, apreciará que muchas veces corresponden a una dimensión intemporal que se encuentra en nuestro interior más profundo.

Estas pinturas tan fascinantes muestran un simbolismo polivalente y se prestan a diferentes interpretaciones. Como consecuencia de esto, cada cierto tiempo surgen controversias nada gratas entre los defensores de diferentes interpretaciones, pues cada uno afirma que la suya es la única válida. (Por poner un ejemplo, la forma en que un conocido alquimista rechaza vehementemente en su último libro las interpretaciones de C. G. Jung del simbolismo alquímico es una muestra de intolerancia dogmática y de una estrechez de miras de la peor índole.)

La alquimia no puede reducirse a un solo sistema de pensamiento, ni tampoco a una sola interpretación simbólica, ya que trasciende todos los dogmas y todas las religiones. No se debe olvidar que en un momento u otro, algunas veces alternándose y otras simultáneamente, este arte ha sido practicado por chinos, hindúes, egipcios, griegos y árabes. Todos ellos contribuyeron a darle la forma que, finalmente, presentaba en la Edad Media; a partir de ese momento la llamada evolución del pensamiento alquímico ha sido superficial y en gran medida ilusoria.

LA GRAN OBRA

La primera tarea del discípulo ha de consistir en la búsqueda de la Materia Prima. «Su nombre tradicional, Piedra de los Filósofos, nos da una idea bastante clara de esta sustancia, sirviéndonos para comenzar a identificarla. Es realmente una piedra, porque al ser extraída de las minas presenta las mismas características exteriores que el resto de los minerales.» (Fulcanelli, Les Demeures Philosophales.) Esta Piedra de los Filósofos, el «sujeto» de este arte, no debe confundirse con la Piedra Filosofal. Dicho sujeto solamente se convierte en la Piedra Filosofal cuando, tras ser transformada y perfeccionada por el arte, alcanza su perfección final y por consiguiente la propiedad de la transmutación.

En la literatura alquímica se dice que la Materia Prima tiene un cuerpo imperfecto, un alma constante y un color penetrante, y que contiene un mercurio claro, transparente, volátil y móvil. Esconde en su corazón el oro de los filósofos y el mercurio de los sabios. Ha recibido multitud de nombres, pero nunca ningún alquimista ha revelado públicamente su verdadera naturaleza. Una de las mayores dificultades que presenta la alquimia consiste en identificar esta materia. En los textos alquímicos casi siempre se omite toda la parte que corresponde al principio de la Obra, o se describe de una forma completamente engañosa.

La Obra se prepara y se lleva a cabo utilizando esta única sustancia que, tras ser identificada, ha de obtenerse. Para ello resulta esencial viajar hasta el lugar de la mina y hacerse con el sujeto en su estado bruto. Esto en sí es ya una tarea ardua, y es necesario hacer un horóscopo para determinar cuál es el momento más propicio. La Obra ha de llevarse a cabo en primavera, bajo los signos de Aries, Tauro o Géminis (la época más propicia para comenzar es la de Aries, cuyo símbolo celeste corresponde, en el lenguaje esotérico o críptico, al nombre de la Materia Prima).

Como preliminar a la Obra misma, el sujeto debe ser purificado, liberado de los detritos. Esto se realiza utilizando unas técnicas bien conocidas por los metalurgos; se dice, sin embargo, que dichas técnicas requieren mucha paciencia, ingenio y esfuerzo.

Otra operación consiste en la preparación del fuego secreto, Ignis Innaturalis, también denominado fuego natural. Los alquimistas definen este fuego secreto o Primer Agente, como el agua seca que no moja las manos y como el fuego que arde sin llamas. Este es un tema que ha dado pie a un sinnúmero de equívocos y confusiones. Pontanus reconoce haberse equivocado en este punto más de doscientas veces. En realidad, esta sustancia es la sal, preparada a partir del cremor tártaro mediante un proceso que requiere gran pericia y un perfecto conocimiento de la química. El proceso incluye la utilización del rocío primaveral, que se recoge de una forma ingeniosa y poética y que a continuación se destila.

Cuando se ha preparado la Materia Prima y el Primer Agente de la Obra, los preliminares se dan prácticamente por finalizados. La Materia Prima se introduce en un mortero de ágata (o de alguna otra sustancia de gran dureza), se machaca con el mazo, se mezcla con el fuego secreto y se humedece con el rocío.

La «mezcla» resultante se introduce a continuación en un recipiente herméticamente cerrado o Huevo Filosofal, que se coloca en el interior del horno de Atenor, el horno de los Filósofos.

 

Reproducida en esta edición

 

Este Atenor está diseñado de forma tal que el Huevo puede mantenerse a una temperatura constante durante largos períodos de tiempo. El fuego exterior estimula la acción del fuego interior, razón por la que ha de ser controlado; en caso contrario, aunque el recipiente no se rompa, todo el trabajo se estropeará. Durante la etapa inicial el calor se compara con el de la gallina que incuba sus huevos. (El proceso natural del nacimiento de los pollitos tiene muchos puntos en común con el proceso alquímico.)

Dentro del Huevo los dos principios contenidos en la Materia Prima —uno solar, caliente y masculino, conocido como azufre, y el otro lunar, frío y femenino, conocido como mercurio— actúan uno sobre otro.

«Entonces, estos dos (a los que Avicena llama la perra Corascene y el perro armenio)» —escribe Nicolas Flamel— «estos dos, digo, al colocarlos juntos en el recipiente del sepulcro, se muerden de una forma cruel y por su fuerte veneno y terrible ira nunca se sueltan desde el momento en que se agarran (si el frío no lo impide) hasta que los dos, a causa de sus babas venenosas y sus ataques mortales, quedan completamente ensangrentados y acaban matándose y cociéndose en su propio veneno que, después de su muerte, los convierte en agua viva y eterna; antes de esto pierden, con la corrupción y la putrefacción, sus formas naturales y primitivas, para pasar después a asumir una sola forma nueva, más noble y mejor.»

De esta forma, a la muerte —que es una separación— le sigue un largo proceso de decadencia que dura hasta que todo se pudre y los contrarios se disuelven en el nigredo líquido. Esta oscuridad que supera a todas las otras oscuridades, esta «negrura entre las negruras» es el primer signo inequívoco de que uno se halla en el buen camino; de ahí el aforismo de los alquimistas: «No hay generación sin corrupción.»

La etapa del nigredo acaba cuando la superficie adquiere un aspecto estrellado, comparable al del cielo nocturno que anunció a los pastores y reyes el nacimiento de un niño en Belén. Así pues, el primer trabajo, el primer grado de la perfección, se acerca a su fin cuando, a partir de la destrucción mutua de los opuestos, surge esa humedad metálica y volátil que es el Mercurio de los Sabios.

El principio volátil del mercurio vuela por el aire alquímico dentro del microcosmos del Huevo Filosofal, «en el vientre del viento», recibiendo las influencias celestiales y purificadoras de arriba. Vuelve a caer, sublimado, sobre la Nueva Tierra que ha de emerger finalmente. Al ir aumentando muy lentamente la intensidad del fuego exterior, las partes secas van ganando terreno a las húmedas, hasta que el continente aparecido se coagula y se deseca completamente. Mientras esto sucede, aparece un sinfín de hermosos colores que corresponden a la etapa conocida como Cola del Pavo Real.

Al final del «segundo trabajo» aparece la Blancura, albedo. Cuando se alcanza la Blancura, se dice que el sujeto ya tiene fuerza suficiente para resistir el calor del fuego y sólo hay que dar un paso más para que el Rey Rojo o Azufre de los Sabios salga del vientre de su madre y hermana, Isis o el mercurio, Rosa Alba, la Rosa Blanca.

En el tercer trabajo se recapitulan las operaciones del primero, que adquieren ahora un nuevo significado. Empieza con la pomposidad de una boda real. El Rey se reúne en el Fuego del Amor (la sal o fuego secreto) con la Reina bendita. Al igual que Cadmo atravesó a la serpiente con su lanza, el azufre rojo fija el mercurio blanco; y con esta unión se consigue la perfección final, naciendo la Piedra Filosofal.

Resumiendo brevemente: Dentro de la Obra hay tres piedras o tres trabajos o tres grados de perfección. El primer trabajo termina cuando el sujeto está completamente purificado (mediante sucesivas destilaciones y solidificaciones) y reducido a una sustancia mercúrica pura. El segundo grado de la perfección se alcanza cuando dicho sujeto se ha cocido, digerido y fijado, convirtiéndose en el azufre incombustible. La tercera piedra aparece cuando el sujeto ha fermentado, se ha multiplicado y ha alcanzado la Perfección Final, siendo una tintura fija y permanente: la Piedra Filosofal.

 

✶ INDICE:

- Introducción

1- La Gran Obra

2- La alquimia verdadera y la alquimia falsa

3- El conocimiento interior

4- Los Cuatro y los Tres

5- Presente y futuro

6- Comentario de la Visión de Sir George Ripley, por Ævrengeus Philalethes, Anglus, Cosmopolita (1677)

- Ilustraciones

- Ilustraciones documentales con comentarios

 

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