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Cuentos

Leroi Jones (Amiri Baraka)

Editorial Tiempo Contemporáneo

1968

Traducción de Patricio Canto

Tapa blanda, rústica con solapas

148 páginas

Tapa: Rodolfo Binaghi

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Portada deslucida/desteñida por exposición solar (ver fotos). Por dentro en excelente estado.

 

✶ SINOPSIS:

Estos dieciséis cuentos nos muestran una mente en movimiento - una mente que discierne, valora, juzga y presenta sus conclusiones al lector. Estos cuentos - que van de la narración conocida hasta la viñeta elíptica, expresionista - son en cierto modo una radiografía del pensamiento de LeRoi Jones en los últimos seis o siete años.

Hay dos partes: los primeros nueve cuentos nos muestran la manera de reaccionar que tiene un joven hippie negro en el mundo de los blancos. Los otros siete sitúan a ese negro en el contexto de su conciencia y participación del hecho de sentirse negro. Son cuentos que presentan al hombre negro en la Norteamérica negra.

Pero estos cuentos no tienen ningún mensaje social: son ejemplos de la narrativa contemporánea, varían de dirección y de perspectiva, son provocadores, chispeantes, amargos y agresivos. Es una ficción que alude y sugiere y que aparta al lector del mero interés en el “argumento”.

Emile Capouya, en un lúcido comentario de la novela de Jones, El Sistema del Infierno de Dante, dice que esta prosa “es poética o telegráfica, pero no está exenta del deseo de representar el fluir de la conciencia a la manera de Joyce. Jones rechaza la lógica formal de una exposición y favorece los accidentes verbales y emocionales, las ideas asociadas voluntariamente o no, y las impresiones que no tienen un punto de referencia fuera de la mente del propio autor”.

Y la mente de Jones es perceptiva, relampagueante y aguda.

LeRoi Jones es poeta, novelista, ensayista y dramaturgo. Uno de sus dramas, Dutchman (El Holandés) ha obtenido un premio como la mejor pieza teatral norteamericana de la temporada 1963-64. Ha dado numerosas conferencias y dictado cursos en the New School y la Universidad de Columbia. Jones ha publicado un libro de poemas, una novela y dos piezas en un acto: El Bautismo y El Inodoro.

 

✶ INDICE:

1- La alternativa

2- Cacería (el sueño del Dante)

3- El océano más grande del mundo

4- La cabaña de Tom: alternativa de final

5- La muerte de Horacio Alger

6- Bajando despacio

7- Los héroes son jefes de banda

8- Los que gritan

9- Saludo

10- Palabras

11- Nuevo - Sentido

12- Inconcluso

13- Nuevo espíritu

14- Ni cuerpo ni lugar

15- Ahora y entonces

16- Respuestas en curso

 

 

✶ EL OCÉANO MÁS GRANDE DEL MUNDO

Desequilibrado. Piedra fría y oscura extendida sobre la noche más oscura. Y la noche. De nuevo iba a bajar. Iba a ser expeditivo, sin respiro, disfrazado como el mismo día. El sol muerto. Los instintos luminosos. Empaquetado años antes, después todo se había formado. Fijadas: las ondas del tiempo, la oscuridad, la carne, entre las piedras rajadas.

Bajó las escaleras y los motores mutilaban su cara. Allí donde el cerebro cedía y adquiría colores más profundos. Se difundían. Los senderos se juntaban. Voces de estudiantes. Voces de predicadores. Voces del pasado y nada más. Mantenido para cumplir misiones. Todo reposo, toda reacción, entorpecidos. Convertido al fin en un único miembro que gotea. Se asentó en su corazón. Y se endureció ante las propuestas de la luna. Lo que la noche quería mantener respirando, tan sereno, tan seguro, y que sin la locura le revolvía las entrañas, lo mataba, lo convertía en lo que se llama “un criminal”.

La calle era oscura sin las manos de ellos. Ellos dormían. Y por eso la calle no dormía.

Silbando. Tenía las manos en los bolsillos de atrás. Un hombre magro. Un muchacho. Desnudo para cualquiera que mirara. Pues cualquiera hubiera querido meter su boca en la suya. O mirar cómo respiraba. Este hombre, niño, yo, no había venido aquí a verte. (Donde ahora vives.) No había preguntado por tu vida ni había propuesto un rejunte vulgar del tipo “te quiero” o “¿vamos?” o más simplemente “oiga, por favor, oiga”. Pero entonces no vivías. O venías de donde las cosas creaban oscuras palabras en ti.

Es una vieja canción. Donde la calle, una amplia avenida, da vuelta y se pierde al acercarse al río. No se conoce a sí mismo y no conoce la ciudad. Sólo lo que lo impulsa. Podía moverse. Él mismo podía moverse. Y gritárselo, gritárselo a él. Tú, no otro. Tú, no ningún otro, eres así. Fuiste de esta carne. Le hablas, lo alcanzas, extiendes una mano para ver qué dice. Huye de ti. (De mí, que he vuelto ahora, en un rapto, a ser de Dios.)

Nadie se cruzó con él en la calle. Después, sí. Luego pasó un auto. Y uno con una pareja que se besaba, frenó ante una luz y después prosiguió velozmente hacia el parque. (Tiene sentido hablar de la forma y decir que es una forma que toma el amor. Tanto sentido como la mujer acurrucada en el zaguán que llora bajo las luces crudas, llora todos sus pesares, los míos.)

Cuántos mundos, pues la sangre infecta nuestras mentes. El ojo es su propia creación. Los dedos. Hay hombres que viven en sí mismos hasta el punto de que creen que sus mentes habrán de erigir una morada diferente de éxtasis. Que habrá de amarlos.

Una franja de árboles. Luces altas y débiles, que sólo iluminan la parte de arriba de las hojas. Suave al llegar a nosotros. Áspera en las copas, formando sombras que se mueven sin carne.

Un largo camino en declive. Su cabeza se había agachado. Estaba agachada, siempre. (Dirán que eres retorcido. Raro. Que no eres lo que pareces ser, sino algo perverso. Y caerás borracho y enfermo y cambiarás de piel. Despréndela ahora. En esto: una “X” en el gráfico que estás contemplando.)

Cerca de los teatros, donde la ciudad empieza a cambiar, es más suave, más loca, y verde aún por debajo de la oscuridad. Una farmacia en una esquina con la luna llena apretada bajo el vidrio. En sus bordes un árbol, cerrándose lentamente. Los muertos llenan las calles. Y sus pensamientos muertos. No conozco este lugar.

Sin ver a nadie. Sin desear a nadie. Salvo a todos ustedes. Ahora quiero tener todos sus espíritus. Quiero ser ellos. Sentir todo lo que sienten. Pensar el centenar de pensamientos que piensan. Hundirme en tu amante y hablarle de mí. De ti. (El muchacho delgado de la esquina, bajo las luces turbias, las copas verdes y los cables bajo la luna.) Sin ver a nadie, sin desear a nadie. Desear. Hubiera podido apretarse contra la oscuridad y sorberla dentro de sí, sentarse aquí y llorar, morir, envejecer y sentirse más tranquilo, más despegado, dispuesto a quedarse y a hablar con nosotros de sí mismo. Hubiera podido descubrirse mintiendo sobre su vida y mirar hacia atrás a través de la sangre, hasta el marco vacío y el tranquilo cruce de su descubrimiento. Balboa. Ya has dado el paso. Aquí las aguas se mueven lentas. Aguas claras, azules, tibias, que apenas se mueven. Y arena suave por millas y millas. No hay nadie aquí. O en el lugar de donde viniste. (Daremos una fecha a tu locura, extendida por la orilla del mar, que le grita al nuevo sol cuando éste se levanta. De ti diremos que siempre estuviste “solo”.)

De nuevo en marcha. Hay que dejar que se hunda. (Que las aguas giren, que ascienda el océano. Altas olas, que se desploman sobre los árboles. Mucho, mucho más abajo que el lugar en que te esparrancaste y viste a la luz cambiar el pigmento del agua.)

Las campanas enhebran la noche. Mueve las caderas como una muchacha; se ha llevado las manos al pelo. Avanza serenamente, con los labios y las mejillas en tensión, como si fuera a besar a alguien. (Se besa sus propias manos y se huele las palmas.) Se ha puesto las manos en jarras para sentir el vaivén, mientras camina dulcemente en la noche. Es una chica tierna y frágil y recorre su propio cuerpo con las manos. Las campanas resuenan en la oscuridad. Las olas empiezan a cubrir toda la tierra. Pero no hay nadie más. La muchacha queda sumergida y cuando las aguas mueven es arrastrada corriente abajo, boca abajo, tan quieta. Empieza a amanecer. En las calles había más autos, e hizo señas a uno.

Traducido por Patricio Canto. 

 

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