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El libro de los cornudos

Charles Fourier

Editorial Jorge Álvarez

Círculo del Libro Precioso

1978

Tapa blanda, rústica sin solapas

114 páginas

Tapa: Roberto Alvarado

Prólogo de André Baillot.

Sello en hoja portada interior: "Obsequio de la Editorial Jorge Álvarez. Ejemplar fuera de comercio"

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Desgastes en tapa y contratapa. Pequeño faltante en portada, ángulo inferior derecho.

 

9. EL CORNUDO CONDENADO O DESIGNADO

Es el que abrumado por deformidades o achaques, se arriesga a casarse con una hermosa mujer. El público, chocado por tal contraste, lo condena unánimemente a llevar el gorro y la sentencia del público es ejecutada con creces.

 

✶ CONTRATAPA:

Al francés Fourier, Charles, le tocó vivir de 1772 a 1837. 65 años de los cuales invirtió cuantos pudo en la observación de los usos y costumbres del género humano. Puesto a juzgar el orden que para convivir los hombres se habían dado, dio de cara con una sociedad que recortaba por donde convenía, aunque con marcada urbanidad, la vocación esencial del ser. Esta comprobación lo llevó a proponer su propia organización social, fundada en el principio de la satisfacción de las tendencias naturales del hombre, las “pasiones”, una de cuyas consecuencias sería la desaparición de la hipocresía en la práctica del amor y el matrimonio. Esta tabla psicológica del cornudo y cornuda, sí señor, derivados directos de la compulsión en materia de asociaciones amatorias, es uno de los más jocosos cartuchos que carga la canana crítica del tirador Fourier. Su puntería habrá de evaluarse por la cantidad de rictus que imponga al rostro del lector. Espejo para leer ante el espejo, tanto como multiplica una mueca supone una risible cifra de cierto flanco del bicho humano que, sin duda sabrá apreciar el propio interesado.

Un amigo que te quiere

 

Imagen NO reproducida en esta edición

 

✶ INDICE:

- Charles Fourier: su obra, su vida y su época

1- Clases de cornudos, cornuditos y cornudazos

2- Cornudos de orden compuesto

3- Textos de Fourier sobre las mujeres y el amor en el falansterio

4- Apología cornudezca

 

Imagen NO reproducida en esta edición

 

✶ INTRODUCCIÓN:

Hacia 1835 se veía cada día en París a un alegre viejecillo, de corbata blanca y levita negra, abandonar su humilde habitación en la calle Saint-Pierre-Montmartre y dirigirse hacia un café del Palais Royal. Allí se sentaba, leía los periódicos y tomaba apaciblemente su café. Su cabeza socrática, sus ojos azules que despedían una rara luz inteligente y su manía de escribir en la mesa, apenas llamaban la atención. Por lo demás, los gustos del viejecillo no podían ser más simples y corrientes. ¿Quién no conocía a ese honrado vecino que por las mañanas y rodeado de una nube de niños corría a presenciar el cambio de guardia en las Tullerías y escuchaba arrobado la música de las bandas militares? Era un perfecto misógino, es preciso añadirlo, y adoraba a los gatos y las flores, que atiborraban su pequeño cuarto de soltero. Aunque detestaba el comercio, hasta el fin de su vida fue un oscuro tinterillo de una compañía norteamericana, en la que llevaba la correspondencia en francés por 1.500 francos anuales. Quien pudiera observarlo con atención hubiese advertido que el anciano abandonaba su café y sus periódicos cada mediodía y se dirigía con cierta prisa a la calle Montmartre. Pues desde 1826 se había impuesto el deber de estar a esa hora en su casa para esperar la llegada, seguramente inevitable, de algunos personajes. En esa buhardilla esperó durante años la llegada de Chateaubriand, Bolívar, lady Byron, George Sand, el presidente Boyer de Santo Domingo, el príncipe boyardo Scheremetov y muchos otros. También había escrito con abundancia al emperador Napoleón, a los ministros de la Restauración y a los de Luis Felipe. Ninguno de ellos acudió al extraño llamado. Pues el afable viejecillo había descubierto que la sociedad estaba deficientemente construida y había concebido un nuevo sistema para regenerarla desde adentro sin apelar al siniestro remedio de las revoluciones, que aborrecía profundamente. Pues el anciano era, en verdad, un hombre conservador y amigo del orden, en apariencia, y en sus concepciones había llevado la escrupulosidad hasta la manía. Era uno de los más grandes utopistas que el mundo había conocido y sin duda uno de los mayores ingenios de su siglo. Se llamaba Charles Fourier. Había nacido en Besançon el 7 de abril de 1772, de padres comerciantes. Todo su medio era burgués; su padre fue presidente del tribunal de Comercio de Besançon, sus familiares eran artesanos o comerciantes acomodados. Todas las inclinaciones de Fourier —imaginativo, poético, especulativo— se oponían a ese medio sórdido y realista, según podía considerar la realidad un comerciante de paños antes de la Revolución... y después de ella. En las propias actividades familiares Fourier comenzó a descubrir las relaciones entre el comercio y la mentira. Su familia pretendió forzarlo a seguir la profesión mercantil; en dos oportunidades Fourier huyó de su casa y de sus empleos. Pero reveses de fortuna, finalmente, lo esclavizaron toda su vida a una actividad que detestaba. De este modo comenzó a recorrer Francia, Suiza, los Países Bajos, Alemania y Rusia como corredor de comercio. Un pequeño incidente ocurrido en París, mientras comía en el célebre gastrónomo Brillat-Savarin, decide su existencia. Fourier advierte una diferencia asombrosa en el precio de las manzanas de ese restaurant y de otros comercios próximos. Ese hecho le hizo reflexionar sobre el caos social y el desorden del capitalismo. El “desorden fundamental que observé en el mecanismo industrial”, dice, lo llevaron más tarde a descubrir “las leyes del movimiento universal”. Y añade: “He notado después de esto que se podían contar cuatro manzanas célebres, dos por los desastres que han causado, la de Adán y la de París, y dos por los servicios hechos a la ciencia, la de Newton y la mía. ¿No merece este cuadrilátero de manzanas célebres una página de la historia?” Fourier, a partir de la manzana olorosa gustada por Brillat-Savarin entregaba a la humanidad el prodigioso secreto de su dicha, la teoría de la “Armonía Universal”. Durante cuarenta años Fourier escribió sin cesar los detalles de su sistema. Descubrió en las pasiones el motor idóneo de una actividad social sometida a la razón y afirmó que los caracteres del género humano llegaban a 810, exactamente. Había que abandonar la ciudad ruidosa y pérfida, venal y enloquecedora para reunir a la humanidad en falanges de 1.620 personas —810 hombres y 810 mujeres— en falansterios “armónicos”. Si el trabajo había sido una maldición, ello ocurriría porque el hombre ansía el cambio, lo que Fourier llama el “mariposeo”, la variedad en la tarea cotidiana, que así se transforma en placer. Hombres y mujeres debían aprender 10 ó 20 oficios o profesiones, que ejercerían durante la jornada en plazos no mayores de dos horas. Su escala y horarios de actividades en el falansterio, donde al amanecer, hombres, mujeres y niños se encaminan hacia las labores encabezados por fanfarrias de música, plenos de ardor creativo y de energía, testimonian la aguda observación de Fourier sobre la unilateralidad de la vida moderna, aunque transformada en su utopía bajo aspectos un tanto ridículos. Su estilo peculiar, la vastedad de su sistema, la profundidad de muchas de sus observaciones, la misma ingenuidad de proponer la reconstrucción interna de la sociedad en que vivía entregaron a Fourier a la crueldad de los humoristas y caricaturistas de la época.

Pero sin duda no fueron estos aspectos de su obra y su evidente utopismo los que suscitaron la burla despiadada y el silencio sobre este hombre genial. Pues como podrá observar el lector, la mirada satírica de Fourier debía herir a sus contemporáneos mucho más que las caricaturas malignas al hombre ilustre. Pues Fourier examinó sin ceremonias dos aspectos de la organización social que juzgaba típicos: la bancarrota y el adulterio, esto es, el mecanismo doloso del comercio y el fraude familiar. En 1808 da a la imprenta una de sus obras fundamentales, la Teoría de los cuatro movimientos y de los destinos generales, prospecto y anuncio del descubrimiento y en 1829 el Nuevo mundo industrial atrayente, o intervención del procedimiento de la industria atrayente y natural, distribuida en series apasionadas. Su análisis del papel de la mujer en la sociedad burguesa es notabilísimo y prefigura su incorporación moderna a la vida social en la plenitud de sus talentos y derechos. Fourier señalaba por primera vez que una sociedad cualquiera puede juzgarse a la luz del grado de independencia y dignidad que en ella goza la mujer. Su análisis del matrimonio, del adulterio y de las relaciones entre los sexos es implacable y aún hoy sorprende por sus juicios, a pesar de haber sido formulados hace un siglo y medio. Es justamente su crítica de las costumbres, publicada en los Papeles Manuscritos (1853-1856) y luego bajo el título Jerarquía de los cornudos (Paris, 1924), una pieza casi única en el género de la sátira social. Aparece en dicho texto el mejor Fourier y el menos conocido, tipificando un fenómeno universal con el vigor del moralista y del sociólogo. El propio Fourier dice: “La costumbre del matrimonio permanente puede convenir a los alemanes, nación calma, constante, metódica hasta la monotonía. Tal carácter se concilia con la uniformidad del lazo conyugal; pero el francés, que tiene todas las cualidades opuestas, la inquietud, el atolondramiento, la inconstancia, etc., es de todos los caracteres el menos compatible con el matrimonio perpetuo; por eso los matrimonios son generalmente malos en Francia; de allí viene que los franceses sean los más grandes cornudos que haya sobre la tierra”. El lector observará que Fourier no es un humorista, sino un satírico y sobre todo un crítico de las costumbres y un exaltador de la salud física y moral. La fuerza fourieriana en la descripción de sus tipos de cornudo se origina en su conocimiento detallado de la sociedad de su época y en su espíritu de reformador. Pese a su temperamento conservador, a su respeto por la propiedad, a su ánimo medroso, hoy pocos ejemplos como el de Fourier de hombres que hayan juzgado tan ácidamente las normas universalmente aceptadas. Su gloria se expandió rápidamente. Víctor Hugo dice en Los Miserables (1.a parte, libro III): “En el año 1817... había en la Academia de Ciencias un cierto Fourier célebre, que la posteridad ha olvidado, y en no sé qué granero un Fourier oscuro, que el futuro recordará”. Balzac era un adorador de Fourier; Marx y Engels, los maestros del socialismo lo sitúan entre las figuras más notables de su tiempo y recogieron en sus obras numerosas observaciones del insigne moralista. El Dr. Charles Pellaron, amigo de Fourier y su biógrafo (Vie de Fourier 5e. édition, 1871), ha escrito: “Se puede reprochar a Fourier el haber hecho, en más de un pasaje de sus libros, una pintura indiscreta de los desórdenes amorosos del régimen actual... es necesario observar sin embargo que el crítico toma siempre partido por las víctimas y contra los autores de los extravíos que relata. Así, a propósito del adulterio, y contrariamente a la opinión que reina entre nosotros, es sobre los engañadores y no sobre los maridos engañados que Fourier dirige su ironía y su ridículo. Del mismo modo, los cuadros de malas costumbres que él dibuja, demasiado crudamente a veces, tienen siempre, en su intención, un fin loable y moral”. El texto que presentamos de Charles Fourier, con el apéndice complementario, es una de las expresiones más originales y agudas de la crítica de las costumbres europeas del siglo XIX. André Baillot

 

Charles Fourier (1772-1837)