Fauna / Desplazamientos
Mario Levrero
Ediciones De la Flor
1987 - 1 edición
Tapa blanda, rústica sin solapas
204 páginas
Tapa: Gustavo Valdés
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Imperceptibles marcas por paso del tiempo, por dentro en impecable estado.
✶ CONTRATAPA:
“Yo defino lo estético como algo contrapuesto a lo ideológico. Como otro orden del universo, que no tiene nada que ver con la lógica, con los objetos materiales conocidos. Como las palabras cruzadas, es otra forma de ver la realidad”.
Fauna y Desplazamientos, las dos novelas que integran este volumen, en efecto, desarrollan este proyecto estético de manera contundente y por momentos abrumadora. Ese otro orden, esa otra forma de ver la realidad están al servicio de un vértigo narrativo que arrastra al lector del mismo modo que a los personajes en un laberinto de inquilinatos, violencia, sexo y extraños (des)encuentros. Sería injusto decir que Fauna y Desplazamientos desarrollan y exasperan lo mejor de Felisberto Hernández. Hay, en todo caso, mucho de Felisberto, pero Levrero sabe darle un tono propio a partir del humor negro y un erotismo persistente, casi abyecto, misterioso. El resultado son dos narraciones de lectura seguramente memorable.
Mario Levrero nació en Montevideo en 1940. Ha publicado Gelatina (1968, novela), La ciudad (1970, novela), La máquina de pensar en Gladys (1971, cuento), París (1979, novela), Manual de parapsicología (1980), Todo el tiempo (1982, cuento), Aguas salobres (1983, cuento) y con el seudónimo Jorge Varlotta Nick Carter: folletín (1974, novela) y Santo Varón (1986, historietas con dibujos de Lizán).

✶ LEVRERO:
Jorge Mario Varlotta Levrero nació en Montevideo en 1940 y murió en la misma ciudad en 2004. Su nombre quedó ligado a una zona muy particular de la literatura uruguaya: la de los escritores difíciles de archivar en una estantería segura. En su caso, sin embargo, la etiqueta exige cierta cautela. Levrero escribió desde un sitio donde podían convivir, con naturalidad y sin fricción aparente, la literatura popular, el humor, la ciencia ficción, el policial, la historieta, los juegos de ingenio y la exploración interior.
Empezó a publicar a fines de los años sesenta y no tardó en levantar un territorio propio. La ciudad, París y El lugar, reunidas más tarde bajo el nombre de Trilogía Involuntaria, trabajan con espacios cerrados o amenazantes, desplazamientos absurdos, demoras, habitaciones, pasillos y ciudades donde lo cotidiano se desplaza apenas, lo suficiente para volverse inquietante. No son novelas fantásticas en un sentido simple, aunque lo fantástico las atraviesa. Tampoco son, sin más, relatos de sueño o de pesadilla. En Levrero, el extrañamiento suele nacer de una percepción alterada de lo real: una conciencia que mira demasiado, sospecha demasiado y convierte cada movimiento mínimo en parte de una investigación.
Su obra posterior fue derivando hacia formas cada vez más difíciles de clasificar. El discurso vacío y La novela luminosa llevaron esa búsqueda al terreno del diario, la autobiografía, el ensayo personal y la ficción entendida como registro de una mente en funcionamiento. En La novela luminosa, publicada después de su muerte, el proyecto de narrar ciertas experiencias “luminosas” queda rodeado por un larguísimo diario de la beca Guggenheim. Ahí entran el insomnio, la computadora, las rutinas domésticas, las dificultades para escribir, la hipocondría, los sueños y los rodeos de una conciencia que parece desviarse todo el tiempo y que, precisamente por eso, encuentra su forma. Levrero convirtió la imposibilidad de escribir en materia narrativa, sin hacer de esa imposibilidad una coartada ni una pose.
Su trabajo como maestro de escritura dejó también una huella persistente. Sus talleres no buscaban imponer una técnica fija, sino despejar obstáculos, encontrar una voz propia y permitir que la escritura entrara en zonas menos vigiladas por la voluntad. Esa idea atraviesa muchas lecturas de su obra: escribir no como demostración de estilo, sino como una forma de contacto con algo más profundo, más incierto y, a veces, más incómodo.
Durante años, Levrero circuló como autor de culto, con lectores fieles en Uruguay y Argentina, pero sin una consagración proporcional a la potencia de su obra. Las reediciones de las últimas décadas modificaron ese lugar y lo volvieron una presencia más visible dentro de la literatura latinoamericana. Esa visibilidad, sin embargo, no domesticó sus libros. Siguen funcionando como máquinas precisas y laterales, construidas con materiales en apariencia menores y con una atención obsesiva puesta en los movimientos de la conciencia. Levrero escribió desde el margen, pero no desde la debilidad del margen, sino desde una libertad difícil de encontrar en obras más obedientes.
