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Hablemos de Amor

Muestra homenaje a San Juan de la Cruz, patrono de los poetas

AA.VV.

Fundación Banco Mercantil Argentino

1993

Tapa blanda, rústica con solapas

68 páginas

Tamaño: 25 × 23 cm. Con ilustraciones y fotografías en b/n.

Ejemplar firmado y dedicado a Horacio Salas

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes menores por paso del tiempo.

 

✶ PRÓLOGO: "BUSCANDO MIS AMORES"

Desde hace más de 2500 años existe un cantar que está por encima de todos los cantares. Lleva en hebreo el título de Šir haširim, cántico por excelencia, por antonomasia, Canticum Canticorum, como escribió el santo y sabio Gerónimo en su versión latina de la Biblia, que durante siglos fue de uso corriente (vulgata) en la Iglesia Católica.

El argumento del cantar supremo es simple. Un pastor y una pastora se enamoran, se pierden y vuelven a encontrarse. Celebran una boda real. Los esposos son Salomón y Sulamita. Al rey de Israel que lleva el nombre del primero, se le atribuyó la autoría del Šir haširim. Y la obra forma parte de los libros sapienciales del Antiguo Testamento.

Por la influencia aramea de la lengua hebrea del Cantar, se supone que se compuso al final de la cautividad de Israel en Babilonia (538 a.C.).

Como un poema, se lo cantaba en la gran fiesta de la liberación (Pascua), cuando comenzó la marcha del pueblo israelita a Canaán. Sin embargo, aunque se lo incluyó en las ceremonias cultuales interpretando que el Esposo era Dios y la esposa Israel, no es descartable que en su origen la pieza fuera creada por un poeta para unas bodas judías.

Remontándose en la historia, cuanto más distante más arcana, se menciona como fuente del Canticum, el culto cananeo a la divinidad Baal, del que habría derivado el rito a la fecundidad dedicado a Astarté. (¿Lo habrá merituado Stravinsky en 1910?).

La configuración del matrimonio simbólico ha sido receptada por numerosos credos, como propuesta de unión íntima con la divinidad. Así, en el catolicismo, la relación Yahveh —pueblo elegido, se proyecta a Cristo— Iglesia; al Espíritu Santo y la Virgen María en el Misterio de la Encarnación del Verbo, o a la Trinidad y los bienaventurados.

Nos encontramos por lo tanto con una temática adoptada arquetípicamente por culturas de origen diverso y aunque en diferentes momentos, mantenida con similitud por fuertes lazos de parentesco.

No es por tanto extraño que en la España del siglo XVI, el tema conservara vigencia, como lo tuvo cuando en el siglo IV, Gregorio de Elvira escribió su Epitalamio o comentario del Cantar de los Cantares. Claro que en el siglo del Oro de las letras de Garcilaso, Cervantes, Lope de Vega, Góngora, y Quevedo; de los colores y formas del Greco (Domenico Theotocapuli) y de los sonidos de Narváez, Morales, Cabezón, Ortiz, Milán, Guerrero, Soto de Langa, Tomás de Victoria, Escobedo y Pujol, era previsible una exposición destinada a permanecer, más allá de los cambios y de las modas.

En efecto, tres singularidades notables encararon el “Bésame de besos de su boca” (Osculetur me osculo oris sui) y los versos siguientes del Canticum Canticorum. Fueron ellos Fray Luis de León, Teresa de Ávila y Fray Juan de la Cruz. Pero fue el último de los nombrados, con sus “Canciones entre el alma y el Esposo” (bautizadas por Gerónimo de San José como “Cántico Espiritual”) al que la suma de esos factores a los que suele llamarse el destino, le tenía asignado el lugar de los lugares en la lengua castellana. Esta nunca alcanzó mayor primor, arrobo y altura, que los de estos versos ardientes, donde el erotismo no aparece bajo enunciados descriptivos, sino por símbolos de la sugestión del “no sé qué” (canción 7), dirigidos a recrear espiritualmente el Šir haširim.

Se trata de versos donde se utilizan “figuras, comparaciones y semejanzas” que de no ser “leídas” con la sencillez del espíritu de amor e inteligencia que ellas llevan, antes parecen dislates que dichos puestos en razón” (Prólogo de la Declaración de las Canciones).

Si bien el autor las comenta, lo hace sólo para “dar una luz general” confiando en que cada uno “se aproveche según su modo y caudal... Y así, aunque en alguna manera se declaran, no hay porque atarse a tal declaración; porque la sabiduría mística, la cual es por amor, de que las presentes canciones tratan, no ha de menester distintamente entenderse para hacer efecto de amor y afición en el alma, porque es a modo de la fe, en la cual amamos a Dios sin entenderle”.

Quizá mientras escribía ese prólogo a petición de las descalzas de San José en Granada, el santo escuchaba los ecos de una plegaria conmovedora pronunciada siglos antes en esa misma tierra por un mahometano: “¡Oh Dios mío! Róbame mi entendimiento que me oculta a Ti como un velo y me impide comprender tus signos prodigiosos” (Abu-l-Hasan al-Sadili).

Y hoy, a más de 400 años de su concepción, ¿qué nos dicen los símbolos prodigiosos del Cántico Sanjuanista?

Dejamos para los connaisseurs de la retórica psicoanalítica y sus derivadas el regodeo de la insatisfacción sexual, el otro, el deseo y demás “dislates”, como diría Juan de Fontiveros, para calificar cierta hermenéutica de su producción literaria.

Tampoco nos detenemos en la notable profusión de las excelentes obras sencillas o de erudición, que tratan sobre la vida y creación de San Juan de la Cruz.

Optamos en cambio por preguntarnos sobre el efecto que nos produce este creador, a los que vivimos y trabajamos en esta Buenos Aires, sucia, compleja, empobrecida, contradictoria y parcialmente atractiva, de 1993.

Una ciudad en la que no cesan nuestras iras, donde la esposa no duerme segura, donde sí hay ardores y miedos de la noche, donde se pierden los oficios pero no se ejercita el de amar, donde no hay frescas mañanas de flores y esmeraldas, donde no gustamos del mosto de granadas, pero donde seguimos buscando nuestros amores (ver Cántico, canciones 21, 20, 28, 30, 37, 3).

La respuesta está en la muestra que hemos organizado, a modo de celebración con nuestras letras en el homenaje a su exponente magno y patrono de los poetas. Para ello hemos llamado a un concurso que tiene por guía el Cántico Espiritual. También hemos convocado a músicos, para que recuperemos los sublimes sonidos del renacimiento español. Hemos producido un video film (El Oficio de Amar) a partir de nuestras experiencias en Castilla y en Andalucía, donde fuimos, miramos y hallamos la gracia derramada por el poeta, que dejó la trama del lenguaje vestida de hermosura. Y finalmente, hemos confiado en la luz. La luz, ese misterio que transverbera las catedrales del gótico. Ese fenómeno de modelado con reflejos y sombras. Que se hace color y que lo altera. La luz de los atributos simbólicos, del cielo y de la tierra, que entusiasmó a los sufíes. La que ilumina a neshamah, parte superior del alma, según la Cábala.

Para este fasto luminoso, pensamos que había llegado el turno a los vitrales. Nos consta que el genio y la destreza de Edmund Valladares estuvieron animados en su cometido, como en esa búsqueda anhelante que cantara el santo.

 

Y véante mis ojos
pues eres lumbre de ellos
(Canción 10)

 

Entendemos que la celebración propuesta cuenta con otro pilar en la participación del público, en la que confiamos.

También esperamos que en el futuro no lejano, los vitrales formen parte de algún edículo, si es posible de la periferia, para que sirva como centro de reflexión a los hombres de buena voluntad.

Seríamos desagradecidos si no destacáramos el apoyo generoso de los que hicieron posible “Hablemos del Amor”. Intelectuales, artistas, artesanos, religiosos, obreros y hermosa gente relacionada con la herencia carmelita, de España, Italia, Francia y la Argentina.

En particular, debo destacar el gesto de los mecenas Noel y Julio Werthein, que nos han estimulado en este emprendimiento, mirando a la belleza y a lo que une a los hombres, antes de lo que los separa.

 

 

✶ INDICE:

1- Al aire de tu vuelo – Horacio Bauer

2- Ejercicio de amar – Irene Chikiar

3- “El Cristo de San Juan de la Cruz” – Nelly Perazzo

4- La lumbre y los ojos: charla en el taller de Edmund Valladares

5- Apéndice 1: Canciones entre el alma y el Esposo (Cántico espiritual)

6- Apéndice 2: Vida de San Juan de la Cruz (Cronología)

 

Punto de amor - Edmund Valladares