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Juan Gris en Buenos Aires

José Victoriano González Pérez

Museo Nacional de Bellas Artes

Embajada de España / Telefónica Argentina

1992

Tapa blanda, rústica con solapas

94 páginas

Reproducciones a color. Tamaño 30x23

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Sin detalles.

 

 

JUAN GRIS Y NOSOTROS:

Cuando los pintores cubistas, coincidiendo con la revolución científica de principios del siglo XX, representaron la realidad (que siguió siendo la referencia de la pintura) de modo no realista mantuvieron ciertas similitudes entre los objetos originales y las formas pintadas.

Quizá este cambio implicó otro, no buscado conscientemente: el de hacer “opaca” la obra. Que no referiría a los objetos representados, sino a sus propias formas. Ya no se trataba de una botella re-presentada con líneas y colores, sino sólo de líneas y colores presentados en la tela. La sensación visual se instaura así como el fenómeno más importante de la experiencia estética. El resultado fue un ensimismamiento de la pintura en ella misma, con un fuerte desgarramiento con respecto a otras áreas de la cultura, cuya relación con la pintura se basaba en la función referencial del mensaje y no sólo en su función poética.

Juan Gris, en plena modernidad, vehiculiza con formas precisas y pregnantes la ambigüedad de la realidad que el saber científico del momento hacía susceptible de nuevas e innumerables lecturas, destronando el universo de Galileo y Newton.

Con su precisión pictórica rigurosamente cubista, Juan Gris, más militante que Picasso y Braque, contribuyó a consumar un aspecto del proyecto moderno acelerando su entropía semántica y precipitando su agotamiento por dispersión.

Planteada la nueva “episteme” pictórica a principios de siglo, triunfante, asumida como “natural”, hoy ya no dice mucho. Ese equilibrio puede romperse por propuestas como esta exposición que al inducir una nueva lectura de Juan Gris, histórica y geográficamente alejada de su lugar de origen, exige una resemantización.

¿Qué dice, hoy y aquí, la obra de Juan Gris; en un museo de Buenos Aires, en un mundo saturado por las imágenes electrónicas, donde la belleza de los fractales acerca nuevas experiencias estéticas y nuevas precisiones lejanas de la sencilla geometría plana del cubismo?

Hoy, el cubismo está instaurado en el discurso artístico como un objeto teórico, pero también está instaurado en la publicidad y en múltiples expresiones visuales como objeto cultural que actúa sin necesidad de vanguardismo.

Por difusión e infiltración los estilemas cubistas se usan como “res nullius” en la actual cultura gráfica, pero fuera del encuadre de la visualidad clásica, dentro del cual todavía se movía Juan Gris buscando el orden, la regla, la claridad, la completitud de la unidad, cuando nada se podía sacar o agregar sin destruir la obra, como quería L.B. Alberti.

Hoy se acepta y se prefiere el desorden, las irregularidades, el azar, la imprecisión. El sistema perceptivo ha cambiado y aquellos síntomas que tendían a eliminar las turbulencias, el caos (como fue el caso del cubismo) hoy conviven con los sistemas caóticos (veamos si no los videoclips musicales).

De modo que Ud., espectador de la muestra, está en este momento trasladando por medio de la fruición artística el pasado al presente, un objeto cultural lejano a su propio entorno cultural: ¡Buen provecho!

 

 

¿POR QUÉ ONCE CUADROS DE JUAN GRIS?

En la mayoría de los casos no puede considerarse un número suficiente de obras para una exposición; sin embargo, en este sí.

La recuperación de esta muestra de la obra de Juan Gris tras una costosa tarea de búsqueda, a la que TELEFONICA DE ESPAÑA dedicó no sólo recursos sino afición y acertado criterio, siendo su número escaso por la corta vida del artista y por la enorme dispersión de que fue objeto, ha generado tal expectación que nos la hemos encontrado convertida en “colección” por un fenómeno próximo a la aclamación popular.

Un poco asombrados por ello, aunque íntimamente persuadidos de su justicia, reconocemos que esta “colección” está formada por diferentes testimonios de la mayor parte de las etapas de la evolución juangrisiana: el collage y las estructuras en franjas verticales, las referencias diagonales, los aplanamientos poéticos, el triángulo y su multiplicación, la introducción del complemento sensible, la aparición de la sensualidad y el naturalismo, las “rimas”, los espacios anudados, la figura y, finalmente, la síntesis. Todo ello dolorosa y profundamente conseguido.

Quedan fuera su etapa de dibujante satírico y sus primeros pasos –desde un principio espléndidos– en la pintura seriamente concebida retomando la antorcha del cubismo de la mano de Picasso, quien, quemando etapas, dejó pronto atrás la ardua tarea de indagar tenazmente en sus propias sublimes intuiciones.

Queda fuera también su experimento colectivo con el “Grupo de Puteaux”, eléctrica mezcolanza de genios de juventud y ambiente pleno de espíritus inquietos entre los cuales el cubismo cobró las proporciones de un furioso sarampión que pronto hizo crisis.

Cuánto del germen futurista, constructivista, suprematista, purista, neoplasticista, etc. hay en estas pinturas podemos descubrirlo analizándolas detenidamente. El equilibrio de su estructura y la serenidad tanto del conjunto como de las partes –con vida propia al tiempo que cohesionadas– no logra ocultarnos la apasionada fuerza que el artista fue poniendo en ellas. El mismo nos da la clave cuando dice “amo la emoción que corrige la regla”.

El Juan Gris de nuestros once cuadros es ya un artista que inaugura su madurez pictórica contando –además de con su propio genio– con los notables apoyos (intelectuales, que no es garantía contra la miseria) que le proporcionan por un lado sus estudios técnicos del pasado y por otro el contrato que el 20 de febrero de 1913 formaliza con el que será su principal marchante y amigo, Kahnweiler, quien a partir de entonces y hasta su muerte ocupará en la vida de “Jean” un lugar preferente.

¿Por qué en Buenos Aires? Principalmente llamados por una sensibilidad estética y cultural de larga tradición: la porteña. Halagados por la llamada bonaerense intuida por su Municipalidad en la iniciativa y la Secretaría de Cultura de la Nación en la concreción, que sabe de la pasión de sus ciudadanos por el arte en general y, dentro de éste, por el quehacer creador de sus más excelsos representantes. Ellos, los ciudadanos bonaerenses, son al tiempo amateurs y connaisseurs gracias en buena parte a la irradiación de centros de arte como su espléndido Museo Nacional de Bellas Artes, que nos acoge hospitalario.

Por propia vocación, también. La del placer de paladear –Atlántico por medio– una atmósfera familiar y al tiempo diferente en la que no sabemos qué ingredientes nos conceden el reposo de lo conocido y qué la estimulante inquietud de lo nuevo. La de saber de otras dimensiones y otras magnitudes posibles de lo cotidiano que nos hacen abrir los ojos de asombro.

Y por Juan Gris, como un emocionado recuerdo a su conocida pasión por el tango, del que era un consumado bailarín. Con su compañera Josette Herpin, especialmente durante su estancia en Bandol, Gris dedica sus ratos libres al baile: “...todos los domingos por las tardes –confiesa en una carta– vamos al Baile de los Joyeux Bandolais” y gana concursos contagiando su entusiasmo. “Nos arrastraba a todos –dice Kahnweiler– al Elysée Montmartre, al Moulin Rouge, a los dancings de Saint Cloud.”

Y es que, conforme se trata de profundizar en el conocimiento de la obra de Juan Gris, nos va absorbiendo la tierna y apasionada personalidad del hombre, y nos damos cuenta de que esa lúcida pasión por la vida –que no debe nada a lo superfluo– pertenece a una clase de amorosa conciencia que une continentes con los sutiles lazos de los pequeños grandes detalles.