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La Biblioteca de Borges

Fernando Flores Maio

Editorial Paripé Books

2018

Tapa dura (entelada)

152 páginas

Fotografías de Javier Agustín Rojas

Prólogo de María Kodama

Tamaño 31x25

Impreso en Barcelona (España)

 

✶ ESTADO: 10/10. Nuevo.

Sin detalles.

 

Reproducido en esta edición

 

✶ SINOPSIS:

En La Biblioteca de Borges, que se encuentra en la fundación que lleva su nombre, se observa que la mayoría de los libros tratan temas de filosofía y religión, y a través de esos autores es posible encontrar las claves de la filosofía de vida de este genio, que apunta a la felicidad. El autor de El Aleph nos ha dejado una maravillosa biblioteca, de la cual solo podrán ver en estas páginas algunos ejemplares, que nos permiten descubrir las claves de esa felicidad. Las lecturas de algunos filósofos y místicos son las que seguramente tuvieron una decisiva influencia en una obra que nos da un camino en el arte de vivir. Los libros fotografiados en este libro son menos del cinco por ciento de los que atesora la fundación. Pero allí podemos encontrar pensamientos que nos pueden llevar a la felicidad. Podemos observar libros del siglo XVIII al Siglo XX. Ediciones diversas en idiomas como inglés, italiano, alemán y por supuesto castellano. Asimismo este libro permite inspeccionar muchas anotaciones que el autor argentino hacía mientras los leía y donde se puede analizar el interés que representaban determinados pasajes de los mismos.

 

Reproducido en esta edición

 

✶ PRÓLOGO DE MARÍA KODAMA:

A través de la lectura de los prólogos que Borges escribió a lo largo de su vida, nos damos cuenta de la variedad de autores que le gustaba ir descubriendo.

La mayoría de ellos son de origen inglés o norteamericano. Por supuesto encontramos también autores españoles, franceses, italianos. Citaré algunos de ellos: Rudyard Kipling, John Donne, William Blake, Bernard Shaw, T. S. Eliot; también están Almafuerte, Sarmiento, Enrique Banchs, Dante Alighieri, Kafka, Homero, Virgilio.

Pero lo que más encontramos en su biblioteca son libros sobre filosofía y religiones de la India, Japón, China, también una Historia de la magia, obras de Spinoza, su interés desde niño por los mitos griegos, sobre todo por el minotauro, y naturalmente la obra de Shakespeare.

Estos libros pertenecían a la casa de su abuela inglesa, y desde muy pequeño estaba familiarizado con ellos.

Borges siempre decía que sabía que a su abuela inglesa debía hablarle de una forma y de otra al resto de la familia; solo cuando creció supo que eran dos idiomas distintos, el inglés y el español.

A través de estas lecturas hechas desde su infancia podemos entender la profundidad de su escritura, que no se limita a contar una historia, sino que siempre apunta a otra dimensión, la de la profunda reflexión sobre lo que narra.

Recuerdo cuando estuvimos en Deià y él quería rendir homenaje a uno de sus autores preferidos, Graves.

Todos trataban de disuadirlo, diciéndole que estaba con la cabeza perdida, pero Borges dijo que iría de todos modos.

Al llegar, su mujer nos recibió con un gato de Abisinia; se lo dije a Borges, porque en ese momento nosotros teníamos una gata de la misma raza. La conversación, aún antes de presentarnos o saludarnos, giró alrededor de los felinos.

Luego nos condujo al living y yo nunca podré olvidar lo que vi, lo que sentí en ese momento.

Graves estaba en un sillón, y sentados en el suelo admiradores de toda edad y de distintos países, mirándolo en silencio, venerándolo como a un dios.

Cuando su mujer hizo que nos aproximáramos y le dijo que Borges y yo estábamos ahí porque lo admirábamos, Graves le dio la mano a Borges y besó la mía.

Borges estaba en lo cierto, podía comprender la realidad para diferenciar a Borges como un hombre y a mí como una mujer. Al salir recuerdo que los dos estábamos traspasados de una emoción sin nombre.

Espero que este libro invite a leer a esos autores que formaron a Borges para que nos diera su espléndida escritura. MARÍA KODAMA

 

Reproducido en esta edición

 

✶ BORGES, UNA FILOSOFÍA DE VIDA (fragmento):

En la biblioteca personal de Borges, que se encuentra en la fundación que lleva su nombre, se observa que la mayoría de los libros tratan temas de filosofía y religión, y a través de esos autores es posible encontrar las claves de la filosofía de vida de este genio, que apunta a la felicidad.

No es nuevo este argumento, que ya tuve oportunidad de señalar como curador de la muestra El Atlas de Borges, cuyas fotos nos muestran a un hombre feliz. Impresiona ver las imágenes de esa obra, escrita como se sabe por Jorge Luis Borges en colaboración fotográfica con María Kodama.

El autor de El Aleph nos ha dejado una maravillosa biblioteca, de la cual solo podrán ver en estas páginas algunos ejemplares, que nos permiten descubrir las claves de esa felicidad.

Las lecturas de algunos filósofos y místicos son las que seguramente tuvieron una decisiva influencia en una obra que nos da un camino en el arte de vivir.

Los libros fotografiados en este libro son menos del cinco por ciento de los que atesora la fundación. Pero allí podemos encontrar pensamientos que nos pueden llevar a la felicidad.

Ya Borges en sus primeros escritos advertía que faltaban presentaciones válidas de lo eterno: de la felicidad, de la muerte, de la amistad. Y agregaba que ojalá existiera algún libro eterno. «Tú mismo, lector, son como borradores de ese libro sin lectura final», decía. Y añadía que fue apasionándose primero con el Sartor Resartus (Sastre zurcido) de Thomas Carlyle, y que después fue mereciendo amistades escritas que lo honraban: Schopenhauer, Unamuno, Dickens, De Quincey, Quevedo.

Borges se sentía cerca de Wilde, como si fuera un amigo, de la misma manera que para él leer un libro de Cocteau era como «conversar con su cordial fantasma». En ese sentido, en el prólogo de La Eneida escribe: «Virgilio no tiene amigos. Cuando Dante Alighieri hace de Virgilio su guía y el personaje más constante de la Comedia, da perdurable forma estética a lo que sentimos y agradecemos todos los hombres».

La felicidad la encontró en los libros, de, por ejemplo, Thomas De Quincey, de quien escribe: «A nadie debo tantas horas de felicidad personal»; de Enoch A. Bennett, de quien resalta las muchas felicidades que en su libro Divergando en quién nos aguardan; de José María Eça de Queiroz, porque «la mente del lector hospedará con alegría esa imposibilidad»; de El mandarín, de Montaigne, sir Thomas Browne o Stevenson, ya que descubrirlos es una de las perdurables felicidades que puede deparar la literatura; como lo señala en el prólogo al libro de Robert Louis Stevenson Las nuevas noches árabes. Markheim: Borges escribió que una noche lo detuvo un desconocido en la calle Maipú y le agradeció haberlo hecho conocer a Stevenson. «Me sentí justificado y feliz. Estoy seguro que el lector de este volumen compartirá esa gratitud», reveló.

En palabras de Borges «una forma de felicidad es la lectura, otra forma de felicidad menor es la creación poética». Son muchos los ejemplos que nos da: Henry James, que ensayó con «suma felicidad la novela y el cuento»; Jean Cocteau, que conoció personalmente la misteriosa poesía y «la ejerció con felicidad»; La Eneida, que cita como el extenso poema limado, línea por línea, con esa cuidadosa felicidad que advirtió Petronio («nunca sabré por qué») en las composiciones de Horacio; Voltaire, a quien nunca abandonó la felicidad de escribir; Emerson, que era, pese a una infección pulmonar, «instintivamente feliz»; y Lawrence de Arabia, de quien habla el «placer del ejercicio literario». Vemos fotos de libros con obras de esos autores, o con ensayos sobre ellos, todos son parte de la biblioteca personal de Borges, como el de Van Wyck Brooks, The Life of Emerson (The Literary Guild), de Cocteau: las Obras Escogidas (Editorial Aguilar), y T. E. Lawrence, Seven Pillars of Wisdom (World Books London).

Esas amistades, que él fue cultivando al leer a sus autores preferidos, podemos conocerlas y hacerlas propias a través de los textos que leemos de Borges. En ese sentido, debemos agradecerle que nos haya presentado a tantos genios, que quizá no hubiéramos conocido si no fuera por esas lecturas.

De manera que entrar al lugar donde está la biblioteca personal de Borges es encontrar a todos esos amigos. Y para este libro tomamos casi al azar algunos de ellos, aunque como decía el autor de El Aleph, inspirado seguramente en Spinoza, en realidad no hay azar, ya que lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad. FERNANDO FLORES MAIO

 

Reproducido en esta edición