✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴ ✴ envíos gratis a Argentina a partir de $80.000 ✴ envíos a toda Argentina y el mundo ✴
€91,28
10% de descuento pagando con Transferencia
Ver más detalles
1 en stock
Entregas para el CP:
Medios de envío
Calcular
No sé mi código postal

Les Luthiers: de la L a la S

Daniel Samper Pizano

Ediciones De la Flor

1992 - 2 ed.

Tapa blanda, rústica con solapas

210 páginas

Ilustrado con fotografías y reproducciones b/n

Prólogo de Roberto Fontanarrosa

Tamaño: Cuarto Mayor (28x20)

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes generales mínimos por paso del tiempo.

 

Reproducida en esta edición

 

✶ CONTRATAPA:

Daniel Samper Pizano, nacido en 1945 en Bogotá, Colombia, abogado y periodista graduado en la Universidad de Kansas, Estados Unidos, es uno de los jóvenes maestros del periodismo latinoamericano.

El premio "Rey de España" que obtuvo por una serie de notas sobre el idioma castellano publicadas en la revista "Cambio 16", se sumó al María Moors Cabot de la Universidad de Columbia y al Simón Bolívar —que se le otorgó en cuatro oportunidades— en el rubro de las distinciones más significativas que galardonaron su trabajo profesional.

Reportero primero y luego jefe de sección, editorialista, miembro del consejo editorial y corresponsal en Europa de "El Tiempo" de Bogotá, su columna "Reloj del Tiempo" adquirió identidad como un prodigio de eficacia y coraje cívico, teñido siempre por la ironía y el humor.

Seis libros publicados en Colombia y uno en Argentina reúnen sus crónicas más divertidas. Varias de ellas se ocupan de sus biografiados de este libro, lo cual, junto a su ocasional intervención en actuaciones de Les Luthiers, contribuyó a habilitarlo para asumir esta tarea.

Tras haber tenido que salir de Colombia en 1987 por amenazas contra su vida, se vinculó a "Cambio 16", donde ha sido redactor columnista y jefe de área. Desde España, envía a Colombia los guiones de la comedia semanal de televisión de mayor sintonía en los últimos siete años.

Tal derroche de humor no le impide ser profesor de periodismo en diversas instituciones en Panamá, Puerto Rico, Argentina, Perú y Ecuador, además de su país de origen.

Su autobiografía "seria" concluye así: "Hincha del glorioso Independiente Santa Fe en Colombia y en el mundo; del Barcelona en España; del Rosario Central en Argentina; del Botafogo en Brasil; del Arsenal en Inglaterra y del Mwutili F.B.C. en Burundi. Casado en segundas nupcias con Pilarcita Tafur, tiene un perro llamado Pachulí y tres hijos que no se llaman así".

 

Reproducida en esta edición

 

✶ PRÓLOGO AL PRÓLOGO:

Con cierta frecuencia, algunos escritores en el trance de enviar trabajos a concursos literarios, echan mano al consabido recurso de narrar las peripecias de un escritor en trance de enviar un trabajo a un concurso literario. Siempre me ha parecido muy poco imaginativa dicha opción. No sería ése mi caso ya que, a los efectos de escribir un prólogo, son infinitos los enfoques de que dispongo para afrontarlo. Fue así que me sentí ligeramente contrariado cuando Les Luthiers, más que pedirme, me suplicaron que aceptara la responsabilidad de escribir unas palabras introductorias para este libro. Les confesé, tratando de ser lo más convincente posible, que nunca he sido amante de los prólogos —uso literario que siempre me pareció tan inútil como pedante—, donde un supuesto conocedor explica, con visos de superioridad, qué es lo que vamos a leer. No obstante, Les Luthiers insistieron.

—Tenemos mucho temor —dijo uno de ellos— de que lo que escriba Daniel Samper Pizano sea de una tediosa monotonía.

—En cambio —aportó otro—, es bien sabido que si las primeras palabras de un libro atrapan al lector, éste ya no podrá abandonarlo, pagará por él el dinero requerido y, cuando menos se acuerde, ya tendrá el libro metido en la intimidad de su casa, sin chance de devolverlo, aun cuando la continuidad de la escritura sea de una pobreza manifiesta.

—La enseñanza de los best-sellers, en ese aspecto, es ampliamente demostrativa —agregó otro de los componentes del conjunto.

—Es más —aventuró un cuarto—, pensamos que podrías fragmentar el prólogo en varios prólogos, e insertarlos a intervalos criteriosos en el libro a los efectos de que, cuando la atención del lector comience a languidecer, el hallazgo de un nuevo "Prólogo II" o "Prólogo III" excite de nuevo su poder de concentración.

Yo persistí en disuadirlos.

—Lo que pasa —les dije— es que la vida de ustedes, a nivel conjunto o individual, es de tal riqueza, de tal magnitud en lo que respecta a aventuras, pasiones, desdichas y amoríos, que incluso un negado para el periodismo podría conseguir una obra inolvidable. En una palabra, con tamaño tesoro potencial, hasta un inepto podría hacerlo bien. Ellos, tal vez halagados, acordaron con mi teoría, pero insistieron, con esa misma obcecación y obsesividad que los ha llevado, hoy por hoy, al exclusivo pináculo donde se pavonean. Finalmente, doblegada mi voluntad, acepté el encargo.

ROBERTO FONTANARROSA

 

Reproducida en esta edición

 

✶ EL DÍA QUE FUI LUTHIER

El sábado asistí, como todos los sábados en particular —y como todos los días, en general— al espectáculo de Les Luthiers en el Teatro Colón. La función se desarrolló sin contratiempos y, después de los acostumbrados silbidos finales de protesta, Eduardito, uno de los asistentes de Les Luthiers, se acercó a mi asiento. "Tengo la misión de conducirlo ante el grupo", me dijo. Y aferró con decisión el brazo de la silla...

Una vez en presencia del grupo —seis argentinos vestidos de smoking que se hacen llamar Les Luthiers—, habló Daniel, el más viejo y más sabio de ellos, el hombre a quien los demás respetan.

—Daniel —me dijo Daniel—: hemos pensado ofrecer una función especial de despedida mañana domingo. Queremos dejar al noble público bogotano un espectáculo de altísima calidad. Esto es, vamos a dar un giro de 180 grados en nuestro show: Te necesitamos.

Mientras hablaba Daniel —el sabio y venerable Neneco—, crecía la gritería de sus cinco compañeros, empeñados en un ardoroso partido de tute. Daniel pidió silencio y, después de que se lo negaron con una carcajada, continuó:

—Mañana deberás hacer el papel de Percibald, Chief of Guards, en la obra "El rey enamorado".

Súbitamente, Carlitos Núñez —mejor conocido como "Er Nuño"— se interesó en la conversación.

—Hay un error —explicó con la boca llena de jamón de cordero—. El papel de Percibald, Chief of Guards, lo haré yo. A Daniel lo necesitamos para hacer el de Archibald, Guard on Duty.

Marcos, que a la sazón también había abandonado la partida de tute, me lanzó una significativa mirada, mejor diciendo, "che, Carlitos es así, siempre quiere los mejores papeles para él, nos tiene podridos, y eso para no hablar de cuando viene desde su hotel, el Hotel Begonia, a bañarse a la piscina del Hilton y firma unos almuerzos de quilombo a nombre de Jorge Maronna, cosa que descubrimos porque escribía Maronna con una sola ene". Me bastó la elocuente mirada de Marcos para entender que el grupo había aceptado la imposición de Er Nuño. Está bien: haría de Archibald. Yo sólo necesitaba una oportunidad en escena para demostrar mi talento. Ahora tendría esa oportunidad. Iba a responder al llamado de las tablas, que sentía correr en mi sangre desde los tiempos de mi tatarabuelo Abulio Ortega, el ebanista.

Carlos López Puccio, que es el único serio y confiable de los seis, me entregó un grueso legajador. "Aquí está tu papel —me dijo—. Estúdialo a conciencia. La gloria se avecina, la gloria está próxima: prepárate para abrazarla". Emocionado, agradecí a Puccio y empecé a retirarme. En ese instante entró Gloria con otro termo de tinto y todos rieron. Puccio, el que más.

Pasé toda la noche estudiando mi papel y leyendo a Shakespeare, para entrar en ambiente. El alba me sorprendió repasando pasajes del drama Enrique VI, sobre todo el siguiente, que me llamó la atención de particular manera:

Thy mother gaver thee when

/thou suck'dst her breast

Had been a little ratsbane for the shake.

El Diccionario Cassell's Español—Inglés no traía la palabra 'dst, que sólo vine a encontrar en un diccionario holandés-alemán. Aún no sé su significado, porque ignoro el alemán, pero en el texto de Shakespeare reconocí la palabra "mother" ("madre"). ¡Ay! Lejos estaba yo de saber que no sería la única mención de "madre" que suscitaría mi debut.

Llegué puntualmente al teatro, once horas antes. No dije nada a mi familia porque he escuchado que los artistas y los médicos se inhiben cuando tienen relación con sus víctimas. Desde el momento en que aparecieron Les Luthiers en las puertas del teatro perdí toda timidez y me integré al grupo como si fuera un viejo miembro o —según observó juiciosamente Marcos— un viejo integrante. Yo, como los punteros izquierdos argentinos, "me tengo una fe bárbara".

Entramos a los camerinos del Colón y me dispuse a enfundarme con el smoking. El lector se preguntará a esta altura qué siente un gran artista cuando se prepara en el vestier para enfrentarse a un público exigente. Les Luthiers tampoco lo sabían, pero se comprometieron a preguntárselo a Serrat el año entrante. En cuanto a mí, puedo decir que pasaban por mi cuerpo sensaciones mezcladas, toda vez que los pantalones de Puccio me quedaban estrechos pero la chaqueta de Ernesto era dos números más grande. Hubo una leve alarma cuando nos dimos cuenta de que faltaba el calzado negro, pero el Cojo Poletti aportó generosamente el suyo. En cuanto al otro zapato, me defendería con uno arrancado a la máquina de efectos especiales que se usó en la presentación del trailer de "El asesino misterioso".

La última función de Les Luthiers empezó a la hora señalada, más quince minutos de gracia que se dan a los bogotanos. Estos quince minutos eran en realidad los más graciosos del espectáculo. Pasó la ópera "Cardoso en Gulevandia" con su consabido éxito. "No puedo vivir atado" enloqueció enseguida a quienes revelan instintos julioglesicidas y el delicado mensaje ecológico de "Sólo necesitamos" cayó sobre el público con la sutileza de un rinoceronte en una cristalería. Maronna se me acercó y me felicitó entre bambalinas: "Va bien, maestro". Hasta ese instante no había hecho otra cosa que mirar de perfil el espectáculo que conocía de frente. Pero, al finalizar la "Entreteniciencia familiar", Mauro y Guedes, los asistentes, me arreglaron el corbatín; Daniel me hizo un breve repaso de libreto; Jorge me echó la bendición, y Marcos —que se parece mucho a mí, aunque sólo en lo físico—, me quitó los anteojos, se los puso y se fue a cobrar mi quincena. El momento había llegado. Me coloqué en posición de salir. Er Nuño, sin embargo, me echó atrás de un manotazo:

—No se olvide, Samper, que yo soy Percibald, Chief of Guards, y usted es sólo Archibald, Guard on Duty. Shakespeare tiene sus jerarquías. Usted va de segundo.

Empezó el sketch de El Rey Enamorado: "El Rey Enrique VI ha rezado la novena en su cuarto y después de unos segundos atraviesa la quinta...". Viene entonces la serenata por interpuesta persona que presentan Ernesto y Jorge y, cuando aquél dice "guardias, a mí", hacemos nuestro decidido ingreso a escena Percibald, Chief of Guards, y Archibald, Guard on Duty. Es decir, yo. No alcancé a darme cuenta de cómo había sido mi debut. Me parecía que todo había durado apenas cuatro segundos, cuando en realidad se prolongó durante seis. Pero la platea aplaudió, con lo cual supe que no me habían confundido con Marcos. Emocionados por mi desempeño, todos me felicitaron entre bambalinas. El resto de la función fue relleno. Al final, salí a saludar al delirante público e invité a Les Luthiers a salir conmigo. Había triunfado. Se escucharon muchos gritos de "Colombia, Colombia" y tan sólo unos pocos comentarios desapacibles, que criticaron los extremos a los que había llegado la exigencia de una cuota de artistas nacionales en espectáculos extranjeros. Cuando volví a salir solo al estrado, empujado por la modestia de mis compañeros, el público estaba de pie. Pero no sólo estaba de pie, sino que se estaba yendo. Nadie me vio.

Luego los muchachos me abrazaron y me despojaron del smoking. Ernesto pidió a Rubén en voz baja que desinfectaran el saco. Allí mismo se decidió que mi vinculación al espectáculo en el papel de Archibald, Guard on Duty, sería permanente. Así que el lunes nos reunimos para discutir el contrato. Aún no hemos llegado a ningún acuerdo, pero hay buenas bases de entendimiento. No me molesta que me toque cancelar mis hoteles y tiquetes; es más: considero justo pagar unos pesos a los muchachos cada vez que actúe; lo que sí creo excesivo es que me cobren 1.600 pesos por el alquiler del smoking.