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Martin Fierro (Edición crítica)

José Hernández

Editorial Peuser

1958

Tapa blanda, rústica sin solapas

330 páginas

Edición crítica de Ángel Battistessa

Profusamente ilustrado por Alberto Guiraldes.

Tamaño: 28x20

En anteportada "José Hernández", xilografía de Francisco de Santo, impresa con el taco original

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Ejemplar parcialmente intonso. Desgastes mínimos por paso del tiempo.

 

Xilografía de Francisco de Santo

 

✶ ADVERTENCIA – ÁNGEL BATTISTESSA (fragmento)

Doble intención, dicho sea con recto y alto sentido, es la que José Hernández afirma en su poema campero: vindicar al gaucho, acaso cuando el mismo escritor sospechaba ya que la causa del campesino ríoplatense del último tercio del siglo pasado estaba a punto de perderse, como muy pronto se perdió en efecto; “fijar” también, en lo posible con las propias palabras del rústico, la silueta en trance de desdibujarse. Ahora se trataba de defender al gaucho en una acometida poética resuelta casi a la zaga de un prolongado combate periodístico. Hernández quiso por lo menos salvar al gaucho en la peculiar especie didascálica y gnómica, pero sobre todo épica, y discurridora y lírica, de la narración, el retrato, el consejo y la payada.

En otro sitio creemos haber historiado con nuevos elementos de juicio la excepcional “situación” de Hernández y de su Martín Fierro — nuestro Martín Fierro — en el panorama de las letras argentinas. Con precisiones textuales hasta acá nada atendidas, se actualiza allí, y se contradice y rectifica, buen golpe de rasgos biográficos. Los afanes de Hernández en las tareas de prensa aparecen como trasfondo de su empeño literario menos transitorio.

En lo que atañe a Martín Fierro, pareció oportuno demarcar también las intenciones de evocación y de arte que consciente e inconscientemente movieron al poeta. Acaso puede ello dar mayor relieve a sus propósitos estéticos, poco estudiados hasta la fecha.

El distingo urge, pues persiste una confusión molesta. Luego de traspuestos los días, en el orbe de lo poético sólo importan los aciertos expresivos. Gracias a ellos, a su fuerza sustentadora, pudo el texto de Martín Fierro, una vez desprendido de los contingentes soportes polémicos, no padecer el naufragio literario en que yacen otros escritos del mismo Hernández, no menos nobles ni menos bien intencionados que su poema: La vida del Chacho, Instrucción del estanciero, los discursos parlamentarios y la larga campaña pro gaucho mantenida en hojas periódicas.

Lejos de las circunstancias primeras — sitio y momento que concurrieron para suscitarlas, vocearlas y propagarlas — las intenciones sociales de Hernández merecen todavía nuestro asentimiento agradecido, homenaje a lo que en su época fue afirmación rotunda, aunque a la postre inoperante, de simpatía humana. Porque he aquí que el gaucho y lo gauchesco ya no logran proponérsenos sino como definitivamente retraídos en la lontananza legendaria y casi mítica de nuestra historia. ¡Qué hemos de hacerle! La vida perdurable de un poema — y más de un poema “gauchesco” — nunca depende de sus circunstancias iniciales, si bien la presión de esas circunstancias puede favorecerla o estorbarla.

Esto se apoya en una de las prevenciones que dijimos: “Motivos de diverso orden — el apasionamiento localista, las sinrazones políticas, las contiendas sociales, el tradicionalismo pintoresco o la simple y plañidera nostalgia del ayer inmediato — han perturbado y siguen perturbando una entonada visión de los méritos permanentes, ya no opinables; de la creación de Hernández. Que tales motivos conduzcan a apreciaciones atendibles en registros colaterales al literario, apenas si extraña; piénsese en las resbaladizas derivaciones extraartísticas de toda obra de arte.

Cuando por excepción la crítica se ha vuelto atenta a la materia del poema en tanto que poema, por lo común — y es lástima — se ha demorado en preocupaciones de sesgo misceláneo, subsidiarias y ajenas a la índole peculiar de la composición de Hernández: candoroso, comedido escrúpulo escolar de inscribir la filiación del relato en un género de prestigio aristotélico; empeño por asignarle un simbolismo criptográfico y levantadas y descomunales excelencias en materia de doctrina; brío, ya interjectivo, ya erudito, para probar según convenga el españolismo, el criollismo o la “argentinidad” lingüística de sus versos.

Tras eso, Martín Fierro es una cosa, y otra, distinta, la crítica iterativa que ha suscitado y que en parte sigue suscitando. Todavía hoy, si a nadie se le ocurre echarse a “descubrir” o a “situar” el poema, el comentario fluctúa enojosamente entre otras dos formas apenas esquivables, sucesivas hasta no hace mucho, y paralelas, o casi paralelas, en estos últimos años: la de la loa convencional, en ocasiones sólo disculpable por ingenua; la de la acomodación tendenciosa, e incluso desaforada, en favor de ciertos problemas y reivindicaciones sociales que ahora mal pueden plantearse en términos equivalentes, ni siquiera aproximados; la del despliegue, por veces alarde, de una filología — o de una logofilia — que la creación de Hernández no necesita y no reclama.

Rica en sugestiones visivas, como veraz y airosamente ilustrada por Don Alberto Güiraldes, en lo que toca a nuestra modesta tarea de anotación y referencia esta edición de Martín Fierro procura no sufrir los mencionados excesos.

Por una vez, ni panegírico oratorio, ni interpretación sociológica, ni alud de menudencias lexicográficas. Aparte el decoro de la tipografía, que en este caso entendemos inexcusable tributo al poema, para una lectura inicial, una relectura placentera o una retomada frecuentación estudiosa, lo que primero cuadra es ofrecerle al lector el limpio ajuste del texto.

Nos apresuramos a recordar que las cautelas de la depuración crítica, el cotejo de las primeras ediciones con las últimas revisadas por el autor, han sido ya meritoriamente colmadas en lo que toca al texto de Martín Fierro. Al abrigo de esa ventaja, verificada nueva compulsa de las viejas ediciones, las páginas que siguen han logrado bonificarse con la supresión de varios yerros, en su hora no salvados por el propio Hernández y repetidos incluso por sus editores cuidadosos.

No quiere ello decir que la inicial anarquía gráfica quede aquí cabalmente superada. Y se comprende. Documentalmente, esto es lo cierto: apenas si existe modo de saber cuál fue el “estado” en que Hernández quiso dejarnos su texto. Excluidas las trocatintas achacables a la impericia de los primeros impresores, lo precario del material o lo rudimentario de los medios, debe agregarse que sobre ser mediano corrector de pruebas Hernández empezó por no observar un criterio uniforme en la transcripción de las dos etapas de su poema.

Prevenida esa trasmisión defectuosa, por los motivos recordados poco o nada rectificable en la práctica, lo filológicamente prudente estriba en la transcripción literal del texto, según aparece en las ediciones verificadas por el autor dentro de los más apartados términos de su cronología biográfico-literaria. Los nuevos editores no pueden consentirse otro entretenimiento que el muy lícito de regularizar la puntuación y los acentos, ni conviene que esos editores se arrojen a más riesgos que el de la enmienda o el retoque obvios.

Importa mostrarse cautos frente a lo que el poema representa y a lo que realmente contiene: abusiva proposición optimista es afirmarlo fidedigno repositorio de toda la antigua lengua rural argentina. No queda duda que en el curso de sus primeros años y más tarde en ocasión de sus andanzas camperas lució Hernández un conocimiento inmediato de nuestra habla rústica, pero esto no lo salva de frecuentes titubeos en su modo de transcribir los términos.

Algunos comentaristas locales son de los que no escarmientan ni siquiera en cabeza ilustre. Sábese que Rufino José Cuervo, notorio orientador hispanoamericano en estas cuestiones de lenguaje, hubo de abandonar la redacción de su Diccionario de construcción y régimen entre otros motivos por no haberse hecho cargo de que los incontables ejemplos extraídos por él en la compacta “Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra” adolecían de casi todas las deficiencias inherentes a una transmisión textual estragada. Por cierto que ello no inclinó al maestro colombiano a desdeñar los valores literarios de esos enormes materiales, muchas veces impresos sin su primera o su genuina fisonomía idiomática: inconsecuencias en la transcripción fonética, palabras truncas, giros trocados, frases inconexas, partículas fuera de quicio.

Por causa coincidente los valores de Martín Fierro no se amenguan con exceso por esa falta de correspondencia entre el signo y la efectiva prosodia popular o popularizante de muchos vocablos. Fue Hernández — ¡Dios sea loado! — un vital conocedor de nuestra añeja lengua rústica, pero no un aridecido técnico en la transcripción de sus rasgos. Intentó reproducir los sonidos del habla de sus personajes con rigor aproximativo, pero no pocas veces, por indecisión o inadvertencia, se acogió a los usos aquí tampoco demasiadamente fijos de la lengua literaria de su tiempo. El estudio de la biografía de los escritores concluye por descubrir esquivos indicios aclaratorios. En Hernández — hombre de campo, y asimismo hombre de ciudad, soldado, periodista, taquígrafo parlamentario, diputado, senador y... profesor de gramática española — la alternativa precitada hubo de serle forzosa por la alternancia en él de lo campero con lo urbano, o de su integración si se prefiere.

La buscada fijación de estos rasgos de la lengua del poema cobra por ello fuertes visos quiméricos.

Así que pasan los años la comprensión de las obras literarias puede allanarse con la anotación y el comentario. Aquélla y éste, o ambos conjuntamente, se vuelven necesarios, si no indispensables, cuando esas obras condensan su desarrollo en las coloridas pero limitadoras maneras del regionalismo. Cabe preguntarse, con todo, si siempre es imprescindible forzar el juego. En esto las afirmaciones suenan casi a humorada. Sin excluir algunos de los más destacados — como Leopoldo Lugones o Ricardo Rojas —, no son pocos los comentaristas que alegan hasta el enternecimiento la facilidad con que hace unas décadas los montaraces iletrados del campo gustaban escuchar el poema y aun atinaban a comprenderlo sin la añadidura que hoy nos parece imprescindible de la apostilla y la nota esclarecedoras.

Si ello fue así, y hartos son los indicios de que fue así en efecto, parece algo extraño que los doctores y los estudiantes argentinos de este tiempo no sepan leer el relato de Hernández sin el socorro de esas minucias.

No se presume que deba desdeñarse la caracterización de los aspectos de la lengua en la tonalidad fonética o en la morfología que le es o le fue propia en un momento de su evolución y en un ámbito geográfico.

En lo que toca a Martín Fierro, esa caracterización parece ya traída a término, e incluso con redundancia. El editor que tiene ganada ejemplar delantera en el estudio de casi todos los aspectos del texto cedió ostensiblemente a un exceso gravoso: el de tratar esta obra de cronología poco remota con la meticulosidad, en la ocasión poco pertinente, de un medievalista. Ese exceso es preferible sin embargo a los distingos criollo-bizantinos o al embelesamiento casi uncioso de otros anotadores. En ediciones y comentarios la noción del límite suele perderse con frecuencia. Ya se nos habla del sentido profundísimo de las cuatro líneas de puntos que separan los distintos apartados del poema en las primeras ediciones, y que en ésta, como es lógico, reducimos a una; ya se nos pondera lo “genial” de las pausas expresivas que Hernández supo hacer patentes en los guiones... La erudición, o lo que en apariencia pretende equivalerla, todavía no ha atemperado entre nosotros los abusos de la vieja retórica laudatoria.

Gracias a lo mucho que a pesar de esos desafueros se ha allegado hasta ayer en favor del cabal conocimiento de Hernández, de ahora en más los estudios sobre Martín Fierro deben insinuarse menos indiscretamente: ni alabanzas desaforadas, ni añadiduras oficiosamente pegadizas.

Convendrá andar muy al paso y adelantarse a comprobaciones menos externas.

En la inevitable apretura de las acotaciones con que apostillamos este volumen, se atiende ya — sólo por vía de indicación y de ensayo — a algo más que a los señalamientos lexicográficos usuales. Conforme a lo que otros han realizado, resultaría cargoso volver a detallar, sobre todo a cuenta ajena, la nuda materia lingüística de Hernández, la misma que este autor — supuesto que era la suya o la de sus compatriotas rurales — recabó con buen color de acierto del acervo coloquial y vulgar de la gran lengua común, sin mayor excepción que la de un puñado de americanismos aplicables a la fauna y a la flora coterráneas, más algunas formaciones neológicas y un corto número de atenuaciones, eufemismos y refecciones jocosas.

Para no rebasar los términos prudenciales, al comentarista sólo le atañe declarar a bulto la comprensión literal y circunstanciada del texto. Si se trata de páginas de fecha no muy próxima, toda apreciación debe empezar por ser histórica. El comentarista puede naturalmente proyectar su curiosidad en procura de retraídas esencias, y aun puede proponer — proponer no imponer — actitudes estimativas y ángulos de contemplación poco frecuentados. Pero conviene que el comentarista actúe sobre aviso; que su exceso de celo no lo empuje a las falsas sutilezas o a las indagaciones morosas. No todo puede “explicarse” aun en un texto relativamente llano, y cada texto, en especial si se da cargado de connotaciones, recela un quid que casi siempre puede señalarse pero que pocas veces resulta declarable y transferible. Algo tiene que actuar en esto la sensibilidad, la imaginación y las previas noticias del que lee, pues con grave frecuencia toda “declaración” de un escrito valioso — aludimos por de contado a la propia — peca por superposición o se vuelve anodina.

Las notas aclaratorias — dicho sea con giro suplementario — nunca serán de mucha ayuda si el lector (y lo mismo que el lector el crítico) no empieza por señorear con percepción personal y directa los méritos y deméritos de las páginas estudiadas. Si se pretende sorprender la visión estilística esencial de una obra, los aciertos artísticos de ésta habrán de ser captados intuitivamente y con una especie de inmediatez gozosa. Plausible esfuerzo el que se cumple para ser realista y objetivo, pero el estudio técnico de un texto nunca prueba eficazmente nada sin esa directa “visión” primera. En el plano crítico — que en lo primordial es el de la inteligencia — el análisis apenas si alcanza a confirmar lo que sólo el gusto anticipa.

No quiere esto decir que la anotación filológica deba suprimirse sin más y en todas las circunstancias. Por falta de las indispensables nociones previas, la iluminadora chispa intuitiva no siempre se produce aun en el lector capaz de nobles lumbraradas estéticas. En estos casos, si es buena, la erudición puede servir de combustible. Hay que saber arrimarla.

En trance de comentario, nadie olvide por eso que frente al parvo o al pleno acierto del intérprete están el grado de la particular complejidad del texto y la perspicuidad, natural o cultivada, de quién lo maneja. En tales casos, no todo el disfavor ha de cargarse siempre en la cuenta del exégeta. Tratando materia excelsa, en algunos aspectos igualmente lingüística, San Agustín supo prevenirlo de muy discreta manera. Pasaje hay en su De doctrina christiana al que por tranquilizador y bienhumorado place reproducir aquí según una traducción incluida ya en otra parte: “Respondiendo brevemente a todos los cuales, a aquellos que no entienden aquellas cosas que escribimos, digo esto: que yo no debo ser censurado por el hecho de que no entienden estas cosas. Así, por ejemplo, si ellos quisiesen ver la luna en sus diversas fases, u otro astro cualquiera escasamente nítido que yo les mostrase con el dedo extendido, y la agudeza de su vista ni siquiera les fuese suficiente para ver mi mismo dedo, por esto no deberían irritarse contra mí. Sin embargo, aquellos que una vez conocidos y entendidos estos preceptos no acertaren a penetrar las oscuridades de las Sagradas Escrituras, reconozcan que pueden por cierto ver mi dedo pero que no pueden ver los astros, para mostrarles los cuales yo extiendo mi dedo. Por consiguiente, unos y otros dejen de censurarme y pidan que por obra divina les sea clarificada la mirada. Porque si yo puedo mover mi dedo para mostrar algo, no puedo iluminar asimismo los ojos, con los que acierten a ver o mi demostración o también aquello que quiero demostrar”.

En las glosas y apretadas concordancias que páginas adelante ponen su cancelable orla de notículas se aclaran bastantes palabras, giros y modismos. Pertenecen por lo común al caudal mayor de la lengua pero se apartan de éste en la medida en que revistan también, con carácter señero, en lo tradicionalmente “gauchesco”.

Sólo se anotan las voces que no figuran en los léxicos generales. Se hace excepción con algunas que a pesar de aparecer registradas en esos repertorios son sobremanera indicativas de nuestro personaje y su mundo: la apostura del gaucho, y sus hábitos; las prendas de vestir, los enseres, la habitación, la comida, las faenas, las destrezas, los solaces, los “vicios”, la baquía, el ornato, las artes medicamentarias, la religiosidad somera pero enteriza, las interferencias supersticiosas. Sin otra finalidad que la de facilitar — de paso — la más inmediata comprensión del texto, en esas apostillas se asienta igualmente las referencias geográficas y las alusiones históricas de mayor entidad: cuanto en su hora compuso las circunstancias del poema.

Quedan en cambio sin indicación las formas regionales o dialectales que como propias del caudal general hispanoamericano y aun del español antiguo son de comprensión poco ardua.

 

 

✶ INDICE:

- Advertencia, por Ángel Battistessa

- El Gaucho Martín Fierro

- La vuelta de Martín Fierro