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Misas herejes

Evaristo Carriego

Editorial Tor

1946

Tapa blanda, rústica sin solapas

186 páginas

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Detalles en tapa y contratapa (ver fotos). Buen estado general, e interior en buenas condiciones.

 

✶ DEL PRÓLOGO:

“Carrieguito”, por B. González Arrili

¿Cuántos años hace que se nos fué?... Muchos ¡estos doce últimos de nuestra juventud!... Fijamos los ojos en un punto indeterminado, miramos hacia adentro, en el recuerdo, y surge, nítida, la figura de aquel muchacho delgado, páliducho, de ojos negros, con una gran frente que comenzaba a agrandar la prematura calvicie... Aun oímos su voz, impetuosas palabras, haciéndonos la apología del atorrante que duerme en los umbrales, el elogio del Palermo de nuestra niñez, o divagando, cara al cielo, en la noche, con las estrellas....

¡Carrieguito! En nuestra biblioteca guardamos con mucho cariño, su primer libro de versos, Misas Herejes, y a su lado, el que editaron sus amigos con los Poemas póstumos el año 13. Con frecuencia abrimos uno de esos libros y releemos unos cuantos versos. Se adentra, en tales ocasiones, una fina y honda melancolía en nuestro corazón. Las estrofas dulciamargas aún nos ponen una alada emoción en el espíritu. Una emoción sencilla, de entrecasa, vulgar. La emoción ineludible que apenas titila allá en lo escondido, cuando hurgan nuestras manos los cajones en la “cómoda” centenaria y dan, sin proponérselo, con un retratito medio borroso, con una cinta ya desteñida, con el mechón de cabellos, aquél que una vez...

Es que Carrieguito fué poeta. Interpretó, a puro sentimiento el “alma del suburbio” de la enorme ciudad. Pudiendo cantar en versos épicos la bizarra estampa de sus comprovincianos los gauchos de Montiel, no quiso ser más que el lírico intérprete de los humildes personajes del “conventillo” oscuro, del arroyo que ribeteaba las calles sin pavimentar, de las casitas de dos piezas y cerco de ladrillo, donde a las veces, asoma, como una mirada de mujer por una reja, la amarilla madreselva de los tapiales viejos, o esa ligera y aromada estrellita blanca del jazmín-del-país.

Cantor sincero y sin escuela, vivió en su día y nos dejó hecho verso el fugaz rasguño que caracteriza a un personaje, la pincelada que da vigor a un escenario, el golpe de cincel que pone sobre el mármol inexpresivo, expresión perdurable.

El supo decirnos en plena juventud, que:

“La vida es Dolor siempre, así cambie de nombre: Es dolor hecho carne y es Dolor hecho Hombre....”

por eso, después de hablarnos de “Aquel Señor tan loco”, don Alonso Quijano, de contarnos la apostasía de Andresillo, de darnos ésta o aquella poesía donde se advierte la influencia de portaliras de moda, él solo “rumbeó”, hubiérale gustado la expresión gaucha, para su querencia. Su querencia era el arrabal con sus tristezas, con su dolor, hasta entonces inadvertido por quienes debieron sentirlo y darle nueva vida en la copla. Los “temas viejos” revivieron, por eso, en sus noches de enamorado de los astros. En los “ratos buenos” oyó otra vez, quejarse la guitarra; oyó el piano que “hace aquí la vecina; oyó en la esquina oscura y solitaria, vocear aquel famoso “boletín de última hora”; oyó las “quejas de fabriciente”, de la muchacha que el taller enfermó; oyó, en fin, al viejo organillo llorón.

“Pianito que cruzas la calle cansado
moliendo el eterno
familiar motivo que el año pasado
gemía a la luna de invierno;
con tu voz gangosa dirías en la esquina
la canción ingenua, la de siempre, acaso
esa preferida de nuestra vecina
la costurerita que dió aquel mal paso.
Y luego de un valse, te irás como
una tristeza que cruza la calle desierta,
y habrá quien se quede mirando la luna
desde alguna puerta”.

Sus versos se popularizaban con una rapidez asombrosa. Aparecían en las páginas de “Caras y Caretas” y a las pocas horas las muchachitas de los conventillos se los sabían de memoria, y allá los recitaban a media voz, todas románticas, mientras en el “Café de los Inmortales” media docena de sombrerudos cultores de las musas, “melena y corbata al viento”, discutían sobre si los versos de Carrieguito eran “emotivos” o no...

Carriego, enlutado, triste, soñando sus “imposibles”, bebía cerveza. Al salir del café, camino del Palermo que él vivió y sintió como ninguno, buscaba en los portales algún vago dormido para darle la bella limosna de una mirada de sus ojos negros, o un abrazo; buscaba, por sobre las casas, en la franja negra del cielo, los puntitos luminosos de las estrellas... Sonreía. El guiño de un astro lo dejaba contento. De pronto, asaltábalo una vaga inquietud. Su corazón naufragaba, otra vez, en el mar espeso de sus penas. Pensaba en la madre, enferma, vieja...

“Hay que cuidarla mucho, hermana, mucho...”

Y esas palabras formaron su último verso.