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Antología

Safo de Lesbos

Editorial Aguilar

Colección Biblioteca de Iniciación al Humanismo

1963

Traducción de Manuel Rabanal Álvarez

Tapa blanda, rústica sin solapas

125 páginas

Introducción, selección, notas y traducción de Manuel Rabanal Álvarez

Impreso en Madrid (España)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes menores por paso del tiempo. Portada levemente deslucida.

 

✶ SINOPSIS:

Tendrán que pasar muchos años, quizá la vida entera de cuantos gozan de ella a la hora en que esta selección sale a la luz, para que el lector español pueda leer en su propia lengua otro libro tan bello, tan sabia y elegantemente escrito, sobre Safo y su obra, como el publicado hace unos años (Madrid, 1958) por Manuel F.-Galiano.

Vano sería, pues, el empeño de pergeñar una introducción a la antología y versión sáficas que seguidamente ofrecemos, sin tener muy en cuenta todo lo que el ilustre helenista y amigo ha dejado dicho sobre el tema. Datos y noticias, ideas y referencias de este preludio, serán, en efecto, un eco fiel de aquellos pasajes más definitivos y brillantes que admitan, sin riesgo de fatiga, el tránsito desde una monografía concienzuda como la del profesor Fernández-Galiano a una síntesis ligera y de tono vulgarizante como la que cuadra con un libro antológico, por definición generalizante y panorámico.

De todos modos el traductor se permite aprovechar en primer lugar un puñado de ideas y aseveraciones de su propia cosecha, que ya hace años y con parecidos fines diera a la imprenta.

La afirmación estampada en los manuales, todavía vigentes, de Historia de la Literatura griega, según la cual el círculo de la lírica de Safo estaba llamado a irse ensanchando visiblemente con nuevos hallazgos, no cesa de ir, paso a paso, convirtiéndose en realidad. Efectivamente, los modernos descubrimientos papirológicos van aportando incesantemente más y más compases de la excelsa melodía, hoy desflecada y rota, que cantara en otro tiempo la sin par poetisa de Lesbos.

Mas, aun así, poco más que polvillo y partículas es lo que le resta al lector moderno de aquella opulenta colección de odas, epitalamios e himnos, que la antigüedad conoció agrupados en varios libros.

Pero, mutilada y demolida, la poesía mélica de Safo habla, aunque entrecortada, muy altamente de sus aquilatadas calidades líricas; y aunque apene tropezar con tanta ruina, se mantiene en pie con la misma gentileza con que, sin sus brazos, se siente bella la Afrodita de Milo, o con la misma prestancia con que sigue sobre quillas triunfales imaginarias desafiando a los vientos la Nike de Samotracia.

Las jóvenes lesbias, cautivadas por el encanto artístico de su genial maestra de canto y danza, debieron de llamar a su casa «hogar de las Musas», a juzgar por los tonos en que se dirige a ellas en un fragmento aquí recogido (v. 37 (101). Su paisano Alceo, que supo pulsar no menos inspiradamente la lira, dijo de la «pura» Safo que era a miel a lo que sabía su voz al sonreír. Y todo un Platón no dudó en encomiar la personalidad de la famosa hembra eolia, quien, por las palabras del filósofo, pasó a la posteridad con el divino sobrenombre de «décima musa».

Dejando a un lado, por ahora, las deformaciones que Safo haya podido sufrir a manos de sus biógrafos: desde el mito que le imputa un suicidio de amor no correspondido; y desde la severa interpretación de muchos comentaristas que han llegado a ver en sus versos el más impuro canto a un amor pecaminoso y nefando, y en su persona a «la tríbade impura y lasciva, a la ramera vulgar», hasta los panegíricos de quienes, por el contrario, han pretendido hacernos de ella una «dama ilustre, noble y pura casi canonizable, injustamente calumniada por malandrines y follones» (Galiano); y limitándonos a una mera y libérrima estimación personal de su literatura, no hay más remedio que reconocer que, pese a cierta evidente limitación monocorde, de género, de escuela—de clima quizá—, y pese también a cierto monocultivo temático, traspasa toda poesía de Safo el fuego de una pasión tan sincera, tan honradamente cantada, tan desgarradora a veces, y siempre tan humana, que no se puede dudar de que el universalísimo sentimiento del amor tuvo en ella uno de sus mejores cantores de todos los tiempos.

Y, además de todo esto, que el mundo entero coincide en apreciar, existe, a mi modo de ver, una nota muy destacable, aunque un tanto más inadvertida, en la escala erótica de los sentimientos líricos de la poetisa. Me refiero a la nota de amor maternal que suena en algunos fragmentos (v. XIV) codo a codo con el resto de las ocasiones, en que es el amor de mujer, y aun de mujer a mujer, el que lleva la voz cantante.

Y es, precisamente, a la vuelta de tal afirmación cuando me permito asegurar a mis lectores que alguno de los fragmentos sáficos—en especial dos de los que en la presente antología podrán encontrar—, cuando a través de la consabida «cáscara amarga» del griego, más «amarga», si cabe, por tratarse de un dialecto marginal y arcaizante, se logra penetrar en su íntimo significado y fruir sin estorbos semánticos o gramaticales su intraducible emoción, le hacen a uno sentirse sumido en la caricia del más entrañable ambiente familiar, un ambiente en el que, como alguna otra vez dije, parece adivinarse al plácido sueño de una infantina rubia, y, a su vera, la presencia de una madre joven que le ayuda a dormir con las más dulces metáforas.

Llega el momento de traer a este pórtico de nuestra selección sáfica algunos muy significativos retazos del libro del profesor F.-Galiano, más arriba señalado (Safo, núm. 1 de los Cuadernos de la Fundación Pastor, Madrid 1958). Ojalá que tengan la virtud de invitar a quien los repasare a no perderse el placer de leer íntegra la obra de donde son tomados. A fe que bien merece la pena.

El fenómeno Safo—una, por no decir única, figura femenina en el primer plano de las literaturas clásicas antiguas, casi exclusivamente varoniles o producidas por varones—sorprende hasta al más profano. Y es corriente tropezar, entre el gran público, con gestos de extrañeza a tan singular respecto. Pues bien: he aquí una explicación cabal de tamaña singularidad: «hacía falta otro requisito para que naciera aquella «cosa extraordinaria» de que habló Estrabón. En la mayor parte de las ciudades griegas, Safo no habría pasado de ser una mujer de su casa, dedicada, en la oscuridad del gineceo, a procurar que, como pedía Pericles, no se hablara de ella ni para bien ni para mal; pero en Lesbos, al parecer..., las mujeres habían alcanzado no solo un cierto grado de cultura, sino una mayor libertad que en las demás ciudades griegas para salir y entrar, hablar entre ellas o con hombres, reunirse en tertulias y en grupos de carácter más o menos religioso, y aun celebrar, muy de acuerdo con el culto a la hermosura innato en aquel país de estetas, los famosos kallisteía, concursos de belleza femenina, ya apuntados tal vez en Homero, y de que desde hace algunos años tenemos interesante documento en una de las nuevas poesías de Alceo».

«Clima dulce y templado, mar y montaña, ríos y flores; música, canciones, poesía; prosperidad, lujo, refinamiento; mujeres hermosas en amable coro, ¿podrían dar otro resultado estos sumandos que un indisoluble consorcio de amor y Safo?»

El tema, el monotema diríase, de la obra poética de Safo es el amor. ¿Qué tipo de amor predominantemente? Sería difícil detallarlo mejor con menos palabras: «un amor exclusivo, absorbente, encerrado en aquel círculo un poco sofocante de menudas delicias y placeres femeninos; un amor del que el varón queda absolutamente eliminado. Más aún: diríamos que hay en el grupo sáfico una tónica general no solo de indiferencia, sino de aversión hacia el hombre; una aversión, eso sí, en que tal vez descubramos, si recurrimos a la lupa, hostilidad y desdén ostensibles, pero también deseo encubierto en una porción, al menos, de la femenina compañía».

El concepto de «amor sáfico» ha venido a hacerse sinónimo de una perversión sexual femenina, que los eruditos estudian bajo el nombre de saphotrage, delicada y penosa cuestión para cuyo sereno conocimiento remitimos a las páginas de Galiano, quien ha sabido tratarlo con tanta competencia como delicadeza y buen gusto. Me limitaré a traer aquí a cuento una aguda hipótesis o pregunta dubitativa del ilustre colega, que puede dar mucha luz sobre el enconado y resbaladizo problema: «¿No pudo haber en la desviación sexual de Safo, como en el caso de la señorita vienesa que tan perfectamente estudió Freud, un sentimiento en que se combinaran asco y afán de venganza contra los hombres que la habían defraudado?»

Ciertamente—reparamos nosotros—, una mujer al cabo de una calle de amarguras amorosas puede dar en saphotrage, como supone Galiano mentando a Freud. Pero también es corriente, y mucho más literario, que dé en vampirismo, en doña Juana, como muy bien ha denunciado sobre infinidad de modelos de la literatura clásica española, no sé si en letras impresas o solamente en sus jugosas lecciones de clase, mi inolvidable profesor salmantino don Francisco Maldonado.

* * *

Finalmente, no sería posible seguir desde aquí a Galiano en el minucioso, casi químico, análisis que en su obra nos hace del fondo y de la forma, de las personas y de las cosas de odas y fragmentos—eróticos, epitalámicos, hímnicos—de Safo. Por estar muchos de ellos forzosamente ausentes de nuestra Antología, serían aquí redundantes, si no estériles, no pocas de tales glosas. Parece, pues, preferible ambientar un poco al lector de la selección tan solo en vista de los temas, motivos y géneros más salientes que en ella habrá de encontrar. Los antiguos—resumamos con Cataudella—distribuían los poemas de Safo—himnos, epitalamios, poesías eróticas—en nueve libros. De tan copiosa producción nos quedan dos odas enteras: el himno a Afrodita y la oda a una amada (v. I y II de la selección), y un copioso número de fragmentos, extensos algunos, notablemente acrecentado por los últimos hallazgos papirológicos.

La impresión que produce el conjunto de esta atomizada producción es la de una poesía dictada por un profundo e intenso sentir, de la que están ausentes toda ficción cortesana o académica y todo formalismo impersonal. Una poesía con fuerte tradición homérica y de conmovedora simplicidad, transparente en sus imágenes—bellísimas algunas—y en su sintaxis. Una poesía, en fin, que, como bien se ha dicho, «parece renovar el prodigio de una primordial espontaneidad creadora».

Digamos también que su dialecto es, como en Alceo, el eolio, el habla lésbica. Frente a toda condena moral, en lo literario Safo ha sido muy admirada en todos los tiempos, y su influencia en cierta poesía no ha dejado jamás de sentirse desde la antigüedad hasta nuestros mismos días.

La presente selección está integrada por los siguientes elementos: Los núms. I-XVIII traducen íntegramente del griego al castellano los 18 poemas (o fragmentos) de Safo que figuran en la antología incluida en The Oxford Book Of Greek Verse (1954). Los restantes (19 al final) se adaptan, con pequeñas discrepancias de detalle, casi todos ellos a la edición ReinachPuech (París, 1960).

Como en el caso de Alceo, precede a esta segunda tanda de fragmentos sáficos seleccionados una numeración doble: la que responde al orden de nuestra recopilación (19-47) y la que, entre paréntesis, remite a la edición completa en que aquella se basa. Finalmente, digamos también aquí que la mayoría de los títulos o epígrafes, inexistentes casi siempre en los fragmentos griegos, obedecen a libérrimas sugerencias del antólogo, y que ciertas interpretaciones excepcionalmente libres o parafrásticas, incluso ciertas frases ocasionalmente rítmicas, se deben a que muchas—27, exactamente—de las piezas de la selección que ofrecemos a continuación fueron inicialmente traducidas a verso y hubieron de ser posteriormente prosificadas por razones de uniformidad.

MANUAL RABANAL ALVAREZ