Llajtay: pago mío
Cristoforo Juárez
Editorial Imprenta Molachino
1974 - 1 ed
Tapa blanda, rústica con solapas
179 páginas
Impreso en Rosario, Santa Fé (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.
Faltantes en lomo y portada elevemente deslucida (ver fotos).
✶ PRÓLOGO:
Por una curiosa realidad de la historia las dos principales ciudades de Santiago del Estero: su capital, 1ª ciudad de la provincia, y La Banda, 2ª ciudad, no poseen acta de fundación. De la primera, si es que la hubo, se ha perdido totalmente y de la segunda se sabe que jamás lo tuvo. Esta se formó sobre una dispersa población criolla, rural, agricultora y pastoril afincada en la región desde tiempo imprecisable.
No cabe duda que se habrán dado como realengas estas fértiles tierras de la margen izquierda del Dulce, en función de mercedes del rey a los servidores de la corona de España en aquellos tiempos en que se repartían, como bienes de conquista, las tierras de América.
Esos predios rurales se habrían formado desde donde los periódicos derrames del río lo permitían. En ellos, en la plácida vida sedentaria, generaciones tras generaciones, se habrían sucedido en un lento discurrir del tiempo.
Hasta que un día, en el último tercio del s. XIX, más precisamente en 1889, ruidos extraños turbaron la eglógica paz de ese quehacer cotidiano.
El vibrante silbo de la locomotora estremeció los aires y el nervioso tintinear del yunque cantó el himno del progreso en el lenguaje de los nuevos tiempos. Y en el febril hormigueo del trabajo, hombres extraños, llegados desde más allá de las fronteras nativas confundieron sus esfuerzos en un solo dinámico afán: construir, en plazo perentorio, la estación terminal de un tramo ferroviario de la línea que unía Buenos Aires con el norte de la República.
A ese núcleo extranjero pronto se sumaron contingentes criollos llegados, a su vez, de todo rumbo para agregarse al núcleo inicial y dar contenido de ciudad a la población agrupada alrededor de la estación y del galpón de máquinas donde bullía el sonoro colmenar de sus talleres.
Si cosmopolita fue aquí el hombre polilingüístico fue también su lenguaje en esta pequeña babel donde se hablaba español, italiano, inglés y quichua. En tanto los árabes no habían llegado todavía.
Fueron apareciendo entonces, poco a poco, unas tras otras sus instituciones, por traslado algunas como el registro civil, según lo apunta Cristóforo Juárez, o por fundación las otras, como lo viene señalando Lázaro Criado, tales como la comisaría, la escuela, la iglesia, el club de fútbol, la sociedad mutual, que como definición se llamara Cosmopolita, la comisión municipal, el “Tiro Federal”, la Biblioteca, etc.
Y en su lento proceso de superación, sin solución de continuidad, fue formándose la ciudad hasta alcanzar bien pronto la jerarquía de 2ª ciudad de la provincia, con definida personalidad de pueblo dinámico, libre y democrático.
Esta independencia de carácter fue posible porque era un pueblo surgido de su propio esfuerzo lejos de las funciones de gobierno y de las heráldicas de abolengo.
Todos eran nuevos en el pueblo, la ciudad nacía a fines de siglo, en 1890. En ese cosmopolitismo engarzado como yema de renuevo en el tronco secular de la tradición que ascendía desde la colonia, la dinámica de una vida nueva bullía en sus entrañas. Hasta se notaba un acento característico en el habla tanto que en años después con alegre sorna decían los capitalinos: “Los bandeños hasta pretenden imponernos su idioma”.
Y de su independencia cívica un ex-gobernador santiagueño y luego senador, el Dr. Juan B. Castro, dijo en el Senado de la Nación que cuando fue gobernador jamás pudo ganar una elección en La Banda pero cuando se pretendió imponer para gobernador un candidato señalado desde afuera, con un interventor mandado al efecto, él, casi sin partido en La Banda, obtuvo aquí un resonante triunfo.
Y en más de una ocasión, en la época en que “los derechos del hombre y del ciudadano” se defendían en la calle, a voz en cuello, sin micrófono, en los mitins (meeting), La Banda llevó sus oradores a la Plaza Beltrano, de la ciudad capital, y levantó tribunal frente mismo a la casa de gobierno.
Así fue La Banda, su descollante personalidad no podría pasar “sin pena y sin gloria” a través del tiempo sin herir la sensibilidad de sus poetas y sin acuciar el interés de sus estudiosos en recoger de los viejos infolios los datos fehacientes de su historia.
Si bien es cierto que todo lo sucedido es historia, no todo lo sucedido consta en acta ni se asienta en documento alguno.
Pero la vida de un pueblo está en el ancho cauce de su devenir constante, como la vida de un río está en la incesante marcha de sus aguas. Hay un fluir constante como la savia que corre por el tronco para dar contenido de árbol a la planta. Ese fluir está en todo el quehacer diario del pueblo, desde lo sucedido a puertas cerradas como el nacimiento de un niño, la chispeante ocurrencia de una anécdota o un acto de heroísmo en defensa de la patria.
De todo ello se compone la urdimbre y la trama de la historia, lo que recogen los documentos y lo que recoge la tradición; lo que recuerda la memoria y lo que crean los poetas en los simbolismos de su inspiración captando como antenas sensitivas el mensaje que llega del pasado por canales del tiempo.
Así se han creado grandes obras de historia en personajes símbolos, representativos de un pueblo y de una época. “La Ilíada” de Homero es la historia de una época de la Grecia inmortal; “Martín Fierro” la historia del gaucho rioplatense y “Tabaré” la historia del charrúa.
Por eso ha dicho, con toda razón, Zorrilla de San Martín: “...las historias de los poetas son a veces más historia que la de los historiadores”.
En esa realidad de la historia, ficción por su forma y veracidad por su fondo está contenida la historia que nos llega por vías de la tradición en los textos de las viejas consejas: en “las leyendas que son la superación de la historia y los mitos que son la flor de la leyenda” como dijera Ricardo Rojas.
En ese constante fluir de la vida, Cristóforo Juárez es actor unas veces, espectador otras y ambas cosas a la vez en muchos casos.
Con todo ese bagaje informativo y dueño de una privilegiada memoria para recordar al detalle hechos pretéritos observados por él mismo a lo largo de su existencia, el autor nos cuenta muchas cosas.
Por la diacrónica senda de ese itinerario vemos transitar a La Banda desde los predios ribereños de población dispersa, hasta llegar a las complejas manifestaciones de su vida urbana actual.
Y esta ciudad que tuvo el privilegio de tener una definida personalidad de pueblo, de características inconfundiblemente propias cuenta también hoy con el privilegio de tener su historia escrita desde tres ángulos distintos: publicada una, inédita otra y en preparación la tercera. Nos referimos al libro de Blanca Irurzun, “El pueblo que nombro y amo”, poética visión de la lejanía dictada por la nostalgia; la otra es la historia de los documentos, producto de la afanosa búsqueda del dato fehaciente, trabajo en preparación por Lázaro Criado; y éste de Cristóforo Juárez en vías de entrar en prensa, que se abre paso cómo un nexo entre esas dos cabeceras de puente.
Es que Cristóforo Juárez reúne sobresaliente condiciones de idoneidad para ello puesto que por un lado es el poeta de las metáforas brillantes, el intenso cantor de los salitrales nativos, la antena que capta en el canto del cacuy, “el mensaje del ancestro” que desde el fondo del viento lo llama”; el agudo poeta de las apretadas coplas de los “Cantares”; el poeta de nuestro folclore que con Julio Gerez ha cavado hondo y detectado en toda su intensidad el sentido telúrico del canto nativo para volcar en literatura culta las letras de chacareras y vidalas; y, por el otro, posee amplia información en historia local para el empleo del dato preciso con el agregado de que es un hábil prosador que expone con elegante y sobrio estilo.
Aquél poeta ya no es pura emoción, es el documentado autor que relata una realidad vivida por él mismo o extractado de la historia.
Y como un signo de profundidad en ese cavar hondo en el terruño, en apretada síntesis, con un vocablo que tiene la fuerza interjectiva de una exclamación, llama a su libro “Llajtay”; pago mío. Es que Llajtay, voz quichua, trae en su esencia americana todo el contenido de un ancestro que nos llega desde el fondo del tiempo.
De esa manera con la lectura de “Llajtay, obra escrita con amor, como llevados de la mano, transitamos por esos pretéritos senderos del pasado cuando la región bandeña era el habitat de los primitivos moradores de nuestras selvas nativas hasta llegar a nuestros días.
Así vemos desfilar en los bien hilvanados relatos, como en una pantalla de cinema, hombres, paisajes, anécdotas y actitudes; hilarantes unas y trágicas otras; típicas, penosas o enternecedoras algunas, tales como en “Blas, el rastreador”, “Shinfu, el curandero”, “La virgen del Mistolar”, “Mi caballo overo”, “Doña Leona”, y en “Los Telares”, la nostálgica evocación del telar materno, etc.
Pero cuando apartándose un poco de sus evocaciones sentimentales de poeta, el autor aborda el tema de la discriminación de los contenidos históricos y muy especialmente de los folclóricos su exposición alcanza los niveles del ensayo por la amplitud de su información y la juiciosa apreciación de los valores, tales como el capítulo de la música, el canto y el baile, por ejemplo.
Cabe además señalar el preciso empleo de los santiagueñismos con una cabal acepción semántica en su ambiente folclórico de riñas de gallos, de carreras cuadreras y de los quehaceres domésticos prestando, con ello, un breve pero acertado aporte a la lingüística regional en su complejo castellano-quichua.
En síntesis podemos afirmar que en esta obra Cristóforo Juárez piensa bien lo que escribe y siente hondo lo que dice.
La Banda, 1974
DOMINGO BRAVO
✶ CRISTÓFORO JUÁREZ:
Nació en Cuyoj, departamento Banda, Santiago del Estero, en 1900, y murió en la ciudad de Santiago del Estero en 1980. Fue maestro rural, poeta, escritor, periodista, investigador y autor de letras que pasaron al cancionero folklórico del norte argentino. Su vida quedó muy ligada a la docencia: a los dieciséis años ya era maestro recibido en la Escuela Normal de La Banda y poco después empezó a trabajar en Salavina, en contacto directo con el monte santiagueño, los caminos, la vida de los parajes y esa lengua del paisaje que después alimentó buena parte de su obra. También enseñó en Suncho Corral y en La Isla, donde se jubiló como director en 1955, antes de ocupar cargos en el Consejo de Educación de la provincia.
Su primer libro, Reflejos del salitral, apareció en 1939 y tuvo nuevas ediciones en 1951 y 1973. Allí empezó a fijarse una zona que sería muy propia de Juárez: la soledad del monte, la memoria rural, el habla popular, la copla, las vidalas y una sensibilidad profundamente santiagueña, trabajada sin despegarse de la tierra. El libro llevó prólogo de Bernardo Canal Feijóo y le abrió la entrada al ambiente de La Brasa, uno de los grupos culturales más importantes de Santiago del Estero en el siglo XX. Juárez no escribía desde una idea decorativa del folklore. Su escritura venía de haber vivido esos lugares, de haberlos mirado como maestro, caminante, lector y hombre de provincia atento a las formas de una cultura que muchas veces se transmitía de boca en boca.
Después de un largo silencio editorial, publicó Cantares en 1972, un libro que reunió chacareras, zambas, gatos, vidalas y coplas, muchas de ellas de raíz histórica o descriptiva. Ese volumen fue importante porque dejó por escrito materiales que después circularon en la música popular. En 1974 apareció Llajtay, palabra que puede traducirse como “pago mío”, donde reunió narraciones y poemas sobre La Banda, sus personajes, tradiciones, árboles, recuerdos de infancia, anécdotas y marcas del tren que unía Buenos Aires con el norte. En 1979 publicó La vara prodigiosa, con una zona más ligada al soneto y a una entonación reflexiva. Ya después de su muerte, la familia editó Coplas maduras, con textos que habían quedado inéditos o dispersos.
