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Los mejores cuentos argentinos de hoy

Juan Carlos Martini (comp.)

Editorial Rayuela

Colección Escritores Unidos

1971

Tapa blanda, rústica sin solapas

269 páginas

Prólogo y selección de Juan Carlos Martini

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Lomo desgastado y detalles mínimos en contratapa.

 

✶ INTRODUCCIÓN:

El cuento, como género literario, tiene en la Argentina una considerable tradición y sería injusto, por tratarse justamente de una selección que toma en cuenta la producción más actual, constatar sólo las influencias contemporáneas más notorias, llámense Kafka, Faulkner, Hemingway, Pavese, entre otros, sin antes reconocer el itinerario del cuento argentino, su historia, desarrollo y características más salientes. Ya El matadero de Esteban Echeverría, reconocido como nuestro primer cuento, cumple con bastante generosidad con los requisitos del género y evidencia, además, la fidelidad a las particularidades del cuento oriental, de donde nació tipificado como narración corta, exagerada, casi inverosímil, y siempre con una buena cuota de enseñanza moral. “En El matadero están contenidas muchas otras significaciones, aparte de iniciar el realismo y la narración argentina modernos. Están contenidos elementos que marcan líneas permanentes en el proceso de conformación de la literatura argentina. (...) Tal por ejemplo la relación de nuestra cultura con la europea; la cuestión de una literatura nacional confeccionada a partir de un esquema previo de la realidad; el papel que cumple el intelectual frente a la invasora y desconcertante realidad, y otras cuestiones no menos acuciantes y permanentes. En suma, es una de las piezas mayores de nuestra narrativa, y fundamental en los orígenes del género” (Noé Jitrik). Precisamente las más importantes obras literarias argentinas del siglo XIX fueron motivadas por un decidido afán político y todas contienen una suculenta moraleja, una dosis entusiasta de compromiso moral, tanto que a veces se confunden o identifican con el libelo denunciante o testimonial: tales como Amalia de José Mármol, Facundo de Domingo F. Sarmiento y Martín Fierro de José Hernández. El relato de Esteban Echeverría, ejemplo típico y temprano, escrito en 1838, aunque recién publicado en 1871, ilustra y señala el camino de lo que malamente se llamó civilización, léase colonización, acordando las pautas de la posterior cuentística argentina, como un síntoma apreciable de una enfermedad mucho más seria que si bien no hace ni determina a lo literario lo caracteriza y presupone: “... la tradición literaria de un país alude, opera, y sublima, claro está, su zona patológica” (David Viñas).

Por eso, el acercamiento o el alejamiento a la realidad vital y concreta de todos los días se expresan en literatura a través de un código que concierne tanto a lo lingüístico como a lo ideológico, que involucra la totalidad de un proceso de contenidos diversos por medio de una especificidad: la literatura. Otro no ha sido el rumbo, con oscilaciones de distanciamiento o de proximidad a la realidad, de nuestros mayores cuentistas que dan profusa solvencia al cuento argentino, en menos de cincuenta años: Roberto Payró, Horacio Quiroga, Roberto Arlt y Jorge Luis Borges.

Así, pues, se ha señalado a menudo que en estas últimas décadas la literatura argentina tuvo dos polos de influencia en Macedonio Fernández o Borges por un lado y Roberto Arlt por otro: tal vez en la incompatibilidad de estos extremos se ha generalizado el desequilibrio creador. Los resultados propician tal maniqueísmo, claramente visible a partir de Boedo y Florida, dos grupos antagónicos, distintas formas de encarar el hecho literario y opuestas finalidades estéticas, contenidismo en Boedo, formalismo en Florida, todo, por supuesto, dentro de un esquema político estéticamente liberal y siguiendo sendas y recetas europeas del momento. De alguna manera con la generación de 1922 quedó patentizado “... el desencuentro entre una actitud política y la inexorable elección de los medios expresivos adecuados” (Adolfo Prieto).

Hay épocas mucho más prolíferas y trascendentes, en cuanto a producción artística, que otras. Parecería que tales épocas no coinciden justamente con los momentos históricos tormentosos o de cambio, allí donde las estructuras socio-económicas están en plena mutación o desarrollo. Recién a partir de 1955, luego de una década de agitadas alteraciones sociales, los escritores argentinos tienden a considerar, con una definida producción literaria, al cuento y la novela como los géneros más bondadosos para canalizar y descargar una inquietud mucho más consecuente con un concepto de literatura militante, de verdadero compromiso con su entorno. No es azaroso que haya coincidido con el “boom” del libro argentino, estruendo cultural, editorial y comercial que ha vuelto a empalidecer en estos últimos años. A la llamada generación de los parricidas (Emir Rodríguez Monegal), que se ubica cronológicamente en 1955, caracterizada por una repulsión común contra la generación anterior, concepto muy discutible, por cierto, se incorporan poco a poco jóvenes que, desde 1960 a la fecha, van a completar una visión menos intransigente, y si se quiere más sosegada en su rebelión edípica, con una perspectiva tal vez utilitaria en cuanto al uso de los elementos y actitudes literarios de sus mayores, aunque rigurosamente desmitificadora del pasado y tan politizada como sus antecesores. Es cuando más se alternan la utilización del cuento y la novela como géneros, con una clara conciencia latinoamericana, en todo aquello que hace a una preocupación de trabajo intelectual de conjunto, de intercambio crítico e intereses compartidos, como si al mismo tiempo en todo el continente se aceptara la denominación de “narrativa latinoamericana”, de la que nadie, de ahí en adelante, se sentirá ajeno, impulsado por la certeza de haber desembocado en la historia grande que merecen las artes y las letras y seguramente el destino de América latina.

Indudable exponente de este movimiento, y quizás el más brillante de sus escritores, es, sin duda alguna, Julio Cortázar. Su cuento “La autopista del sur”, aunque bien podría señalarse cualquier otro cuento y tendría la elección el mismo carácter legítimo, revela, por su dominio del género y del estilo, hasta qué punto la literatura latinoamericana alcanzó, en estos últimos años, altura, difusión y madurez universales. “Todos los veranos” de Haroldo Conti reedita uno de los personajes predilectos del novelista de Sudeste, uno de esos viejos que tanto hace recordar al Santiago de El viejo y el mar; la gravitación de Hemingway se anuncia tanto en su generación como en la posterior, tal es el caso de Miguel Briante, el más joven de esta selección, con su cuento “La Vasca”. Tal vez los lugares en donde se desarrollan los relatos de Conti y Briante, el Delta y un pueblo de provincia, favorezcan la oportunidad no despreciada de elaborar ciertos personajes de aliento lírico, con atmósfera extendida y final en donde no cabe ningún tipo de elección para el protagonista que no sea la total resignación e identificación con su medio. Daniel Moyano, con similar escenografía y distinto procedimiento, consigue crear en “El rescate” un entorno prácticamente kafkiano y asegura, de tal modo, la validez de una literatura testimonial y psicológica, tan manoseada anteriormente por falsas escuelas realistas. Alicia Jurado, en cambio, con un relato que está más cerca de lo tradicional, un cuento social por excelencia, invierte si se quiere el hecho testimonial y se transforma en la testigo directa del drama contado: desde la visión del dueño de la estancia contempla y relata, en “La Domadora”, casi con plena conciencia de su complicidad, la promiscuidad de un mundo infranqueable, ignominioso y, al mismo tiempo, acusador, que el personaje o la narradora no podrían modificar desde sus fundamentos. Humberto Costantini en uno de sus primeros cuentos, “El cielo entre los durmientes”, prefiguró el tono de su posterior cuentística: la temática ciudadana, el lenguaje coloquial y una actitud vital, y evocativa, frente a la existencia y el tiempo. Pedro Orgambide y Abelardo Castillo, “El mago”, “La madre de Ernesto”, incorporan el lenguaje cotidiano y lo llevan al plano estilístico, desde una franca posición desmitificadora, tal vez una inteligente forma de tratamiento de la realidad, de acecho y aproximación. Alberto Vanasco plantea en “La juventud dorada”, una técnica original, contando la historia de atrás hacia adelante, procedimiento que llevó luego a su novela Nueva York-Nueva York. Vanasco se caracterizó, a través de toda su obra, por la elaboración y el cuidado de un estilo depurado y veraz y la búsqueda, en un realismo sin concesiones pero poético y de claro testimonio, de nuevas técnicas y procedimientos literarios. Esta última inquietud es compartida por Ricardo Piglia, integrante de la nueva generación, con su cuento “Mata Hari 55”, aplicando en este caso el recurso de una supuesta cinta magnetofónica, que es, en verdad, quien cuenta o sustenta la historia. “El gato dorado” de Germán Rozenmacher tiene todas las cualidades del cuento clásico: una concepción del realismo moderno, con basamentos faulknerianos, de ambicioso futuro en cuanto a posibilidades de realización, como lo demuestra su segundo libro de relatos Los ojos del tigre. La reafirmación de Camus y Pavese, por parte de los más jóvenes, se confirma en Antonio Dal Masetto, quien con un relato de alto vuelo poético, “Vanda”, cierra auspiciosamente esta primera serie de cuentos.

La variedad de un corte sincrónico responde, en este caso, a un propósito si se quiere desmedido y ambicioso: lograr un panorama representativo de la cuentística argentina, sin discriminación temática, estética o ideológica; criterio que, en definitiva, también responde a una ideología y a una forma de ver y comprender el hecho literario, a una apasionada creencia personal, pese al viso de objetividad, en el destino de las letras argentinas, es decir, en el destino de un idioma, de un país, de un pueblo. Juan Carlos Martini

 

✶ INDICE:

Introducción, por Juan Carlos Martini

1. “La madre de Ernesto” - Abelardo Castillo

2. “La autopista del sur” - Julio Cortázar

3. “Mata-Hari 55” - Ricardo Piglia

4. “Todos los veranos” - Haroldo Conti

5. “El cielo entre los durmientes” - Humberto Costantini

6. “El gato dorado” - Germán Rozenmacher

7. “La domadora” - Alicia Jurado

8. “El mago” - Pedro Orgambide

9. “La Vasca” - Miguel Briante

10. “El rescate” - Daniel Moyano

11. “La juventud dorada” - Alberto Vanasco

12. “Vanda” - Antonio Dal Masetto

Sobre los autores

 

Haroldo Conti (1925-detenido desaparecido en 1976)