Sonetos
William Shakespeare
Editorial Renacimiento
Colección Poesía Universal N° 11
2004
Traducción de Antorio Rivero Taravillo
Tapa blanda, rústica con solapas
337 páginas
Impreso en España
✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.
Desgastes menores por paso del tiempo.
✶ SINOPSIS:
Publicados en 1609, los Sonetos de Shakespeare constituyen una de las cumbres de la poesía amorosa de todo tiempo o nación. Por ellos desfilan sentimientos que transitan entre la amistad y el deseo, junto con el afán de supervivencia en la hermosura, ya sea ésta la de un cuerpo en otro repetido o mediante unos versos imperecederos. Riquísimos de matices, para reunir todos los ingredientes tampoco falta el misterio que rodea a sus destinatarios: el joven que inspira la mayor parte de ellos y la dama oscura que se interpone en la relación entre éste y el poeta.
Antonio Rivero Taravillo, poeta y traductor de Pound, Tennyson y Keats, nos entrega aquí una versión tan ajustada como musical, donde el endecasílabo blanco es espejo que no distorsiona el bellísimo original inglés. No es ésta la primera traducción de los Sonetos a nuestra lengua; sí, quizá, la más fielmente hermosa de todas ellas.
✶ DE ESTA EDICIÓN:
XLII
Que la poseas no es lo que más siento, aunque debo decir cuánto la amaba; lo que más lloro yo es que ella te tenga, oh pérdida de amor cuánto más triste.
Malhechores amantes, yo os excuso: la amas porque sabes que la quiero, y es por mi causa que ella me denigra dejando que mi amigo la haga suya.
Si te pierdo, mi amor gana; y si a ella, mi amigo recupera lo perdido; ambos se hallan, y yo pierdo a los dos, que juntos me cargáis con esta cruz.
Mas me alegro: mi amigo y yo uno somos. ¡Oh lisonja, me quiere a mí ella solo!
LXXXVI
¿Fue su ampuloso verso, a toda vela, rumbo a la presa de tu ser precioso, quien sumió mi pensar en mi cerebro, haciendo de su tumba fértil vientre?
¿Fue su genio, instruido por espíritus, quien con verbo inmortal me hirió de muerte? No, ni él ni sus compinches nocturnales han dejado sin voz a mi poesía.
No, ni él ni ese fantasma conocido que de noche lo embauca con falsías, se pueden ufanar de mi silencio; no enmudecí porque me amedrentaran.
Mas, al colmar tu rostro sus poemas, se ajaron, sin materia, ya los míos.

