Yo viví con los jíbaros: cazadores y reductores de cabezas
Eduardo Barros Prado
Editorial Peuser
Colección Viajes y Aventuras
1960 - 2 ed
Tapa dura, con sobrecubierta original
362 páginas
Viñetas de José Luis Álvarez. Numerosas fotografías b/n. 2 mapas desplegables
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ TEXTO EN SOLAPAS:
La colección de “Viajes y aventuras” de Peuser se enriquece con un nuevo título del explorador Eduardo Barros Prado. Su último libro alcanza la misma dramaticidad y el interés de su anterior: “La atracción de la selva”.
“...con la cabeza del enemigo mantenida al revés y aprisionada entre las rodillas de Mutiné, comenzaron a dar trabajo al escalpelo...” Así comienza a describir la espeluznante reducción de una cabeza humana por los jibaros.
El mismo Amazonas que hace 400 años recorriera el legendario capitán español Francisco de Orellana en busca de la ciudad de oro y plata de los Césares, es navegado por Barros Prado desde sus fuentes perdidas, como un desafío al peligro.
Su itinerario se jalona con toda clase de riesgos y también con el conocimiento de varios seres predestinados a la gloria, que frustra la fatalidad de la selva: en este libro el autor hace pública una sensacional revelación. Afirma haber visto vivo, en curiosas circunstancias, al coronel Percy Fawcett, desaparecido con su hijo Jack y el fotógrafo Rimmel, en aquella famosa expedición malograda de 1925.
Y no sólo visita, sino que documenta con pruebas irrecusables, la existencia de las icomiabas, mujeres sin marido o amazonas —las mismas que descubriera Orellana—, a las que observa durante la visita nupcial de los “parintintines”.
Pero el dramatismo se quiebra a veces en la anécdota risueña, como aquella del coronel Tiburcio Lacerda que vive paganamente con dos esposas. Porque, como la vida, el libro pretende mostrar las dos carátulas: el drama y la comedia.
✶ INDICE:
- Dedicatorias
El descubrimiento del Río-Mar
El niño explorador
Primera expedición (1949-1950)
Itinerario de la primera expedición
Cruzando el territorio jíbaro
Segunda expedición (1957)
Itinerario de la segunda expedición
De Quito a Manaus
Itacuatiara — La Bella del Palmar
Parintins — Seu Jovino, “El Yuyero”
Faro — Sobre el rastro de las amazonas
Obidos — El Seringal
Alemquer — El Hijo del Almirante
Santarem — El Afilador
Monte Alegre — El Mariposero
Almeirim — Yo vi a Fawcett
Gurupá — El Tigre Negro
Breves — El Capitán Fantasma
Curralinho — El Capanga
Belem do Pará — El Barón Domador
Marajó — El Tigrero
Leyendas y Supersticiones
El Caboclo
Los Indios
- Epílogo

✶ EL DESCUBRIMIENTO DEL RÍO-MAR::
Francisco de Orellana, natural de Extremadura, nació en un pueblecito conocido por el nombre de La Zarza, en el año 1502. Vino a América cuando apenas contaba 16 años, en calidad de paje de su tío, Sebastián Orellana, y por entonces, según decía él mismo... “tenía mis dos ojos”.
Siguiendo siempre a su tío, viejo guerrero, arribó a Guatemala, llevados ambos, según propia confesión, por la quimera del oro. Allí se unieron a las huestes de Hernando de Soto, para conquistar Nicaragua, retornando luego a Panamá, donde ya habían estado y donde Hernán Cortés tenía su cuartel general. En Panamá, tras una partida de naipes, cae asesinado Sebastián Orellana, y el joven Francisco de Orellana queda completamente solo, con 19 años escasos, con poca experiencia y menos dinero, pero hecho ya gran espadachín y apuesto caballero.
Retornó a Nicaragua y se reincorporó a las tropas de Soto con el grado de teniente. Cuando Francisco Pizarro, de quien era primo, volvió de España cargado de honores y distinciones otorgadas por Su Majestad, Orellana se presentó en Panamá con objeto de unirse a sus huestes, lo que consiguió después de recordar al conquistador del Perú su estrecho parentesco, pues la madre de Orellana, de nombre Estefanía, era hermana de la madre de Pizarro.
Así conoció también a su futuro compañero de aventuras por tierras de Ecuador y Perú, Don Gonzalo Pizarro, el hermano preferido del Marqués de las Charcas, por entonces gobernador de la Provincia de Quito, y que habría de ser, en un futuro no muy lejano, el comandante de una expedición que, por su volumen, iba a ser comparada con “una nación en marcha”, según su propio conductor. Esta expedición tenía por objeto revelar el misterio de El Dorado y encontrar el País de la Canela. Antes de integrar la misma — con lo que lograría la inmortalidad —, Francisco de Orellana fué compañero de Francisco Pizarro en la conquista del Perú y luchó con bravura en Cajamarca, Lima y Cuzco, colaborando eficazmente en la fundación de Guayaquil, circunstancia en la que perdió el ojo izquierdo.
Contrastando con la casi totalidad de los conquistadores, está probado que Orellana fué honrado y de nobles sentimientos, destacándose éstos en el trato que dispensó a los indios. Su padre, perseguido por la Inquisición, fué desterrado de España y murió prematuramente, lo que impidió que el joven Francisco de Orellana pudiera cursar ni los estudios más elementales.
Durante su viaje por el caudaloso Marañón, el actual río Amazonas, hasta el cual habían llegado los conquistadores españoles, dejando como testimonio de su paso una secuela de crímenes, estupros, robos, persecuciones y tragedias, en contraste con el recibimiento alegre de los nativos que, desprevenidos, les obsequiaban sus víveres y riquezas, Orellana jamás estuvo de acuerdo con tal proceder, y hay infinidad de anécdotas que así lo prueban y dejan constancia de su comprensión y bondad. Bien lo detalla el padre Carvajal en el libro de bitácora del “San Pedro”, al relatar el viaje realizado bajando los cursos de los ríos Coca, Napo, Canela, Curaray, Negro y el torrentoso Marañón, al que denominó en primer lugar Río de Orellana, para cambiar esta denominación cuando en la boca del Ñamundá fué atacado por las valientes mujeres guerreras. Nunca — bien lo consigna dicho religioso — permitió violencias por parte de sus hombres en el trato con los indígenas. Toda vez que la expedición fué atacada, se limitó a defenderse, actitud que le valió la amistad de los omaguas o cambebas, ticunas, manjeronas, paunaús, jurimanos, solimões, parintintins, ipecas, coatís, catuquinarús, aruacos, miramias, mundurucús, cabelludos y las amazonas, tribus todas moradoras antiguas de ambas márgenes del río que recorrió en toda su extensión y habitantes con los cuales su trato humanitario y sus conocimientos lingüísticos le granjearon reconocimiento y simpatía.
Su línea de conducta era inflexible y obligaba a los hombres bajo su mando a respetar celosamente los tres postulados que él consideraba primordiales, casi sagrados, a saber:
“No robar jamás a los indios.” “Retribuir con creces los víveres que de ellos recibieren.” “No atentar contra sus mujeres” ... bajo pena de muerte.
La expedición de Gonzalo Pizarro al “País de la Canela” comenzó a fines de febrero del año 1541, fecha en que los expedicionarios, capitaneados por el menor de los Pizarro, salieron de Quito con rumbo a las comarcas desconocidas; tal viaje fué un episodio más de la gran búsqueda de El Dorado, en demanda del cual se empeñaron afanosamente los españoles en América. Tal vez al expirar marzo se unió a las tropas de Pizarro el capitán Francisco de Orellana, con 23 hombres. La entrevista de ambos tuvo lugar en Zumbaco, y en ella, según pacto concertado en Quito, Gonzalo Pizarro nombró a Orellana su teniente general.
Vicisitudes inmensas diezmaron el grueso de las tropas de Gonzalo Pizarro, acabando con la totalidad de los indios oriundos de los altos Andes, que habían sido reclutados para servir de cargueros en la expedición, por lo que su jefe se vió obligado a dividir la misma de acuerdo con sus subalternos. Así, una guardia avanzada habría de bajar por el Coca en busca de víveres y regresar con ellos para socorrer al resto de los hombres que quedaban esperando; éstos permanecerían bajo órdenes de Gonzalo Pizarro, aguardando a orillas del citado río. Si, transcurrido un mes, dicha avanzada no regresaba, Pizarro retornaría a Quito con los 140 hombres escasos que quedaban de aquella bullanguera y brillante expedición, compuesta por 2.875 almas. Al campamento, Pizarro le había llamado “Aparía”, como homenaje a un cacique que le ayudó mucho.
El comando de las tropas de avanzada fué confiado por unanimidad al capitán Don Francisco de Orellana, quien, con 60 hombres y dos remeros negros, se lanzó a la aventura después de construir un bergantín al que dieron el nombre de “San Pedro”.
Formaba parte de la misma un fraile, fray Gaspar de Carvajal, que iba en carácter de capellán y que alcanzó renombre hasta la inmortalidad por haber sido quien relató las vicisitudes de la expedición en un libro que tituló Descubrimiento del río de las Amazonas. Había nacido en 1500 y murió en 1564.
Orellana dispuso que en el “San Pedro” viajarían 25 hombres, y que los restantes se distribuirían en 15 canoas. Arriesgados y valientes, los miembros de aquella audaz expedición preferían enfrentar todos los peligros antes que perecer de inanición. Eran un núcleo de viejos y templados guerreros de la conquista del Perú. Desgraciadamente, muy pocos de ellos regresaron a la patria lejana; la mayoría quedó en tierras de Brasil como consecuencia de enfermedades o de los ataques de las tribus hostiles. Sus nombres figuran en el libro del padre Carvajal. Todos ellos, los que alcanzaron a ver las aguas del Mar Océano y los que no tuvieron esa suerte, legaron a la posteridad ejemplos de valor y heroísmo. Junto a los nombres de Francisco de Orellana y del padre Carvajal, la historia cita a Pedro de Acary; Benito de Aguilar (asturiano); Cristóbal de Aguilar; Juan de Aguilar, natural de Valladolid, que falleció en el viaje; Juan de Alcántara, quien, juntamente con Sebastián Rodríguez, hicieron los clavos cuando Orellana decidió construir un nuevo bergantín; Rodrigo de Arévalo, vecino de Trujillo, quien se cree pereció durante el viaje. La crónica incluye a Juan de Arnalte y Diego de Bermúdez, éste natural de Palos; Juan Bueno, nativo de Moguer; Alonso de Cabrera nació en Cazalla hacia 1517, acompañó a Orellana y regresó a Quito, donde se alistó para luchar contra Gonzalo Pizarro y actuó en la batalla de Xaquizaguana; Antonio de Carranza; Gonzalo Carrillo; Rodrigo de Cevallos; Gabriel Contreras; Gonzalo Díaz; Pedro Domínguez Miradero; Andrés Durán, natural de Moguer, que llegó a ser alguacil mayor de la ciudad de Quito; Juan de Elena, a quien se confunde con Francisco de Elena, y es probable que fueran una misma persona, pues en varios documentos aparecen indistintamente ambos nombres — nunca los dos en el mismo —, error comprensible si tenemos en cuenta que no sabía escribir; Juan de Empudia; Cristóbal Enríquez; Ginés Fernández, natural de Moguer y hermano de Diego Fernández de Serpa, conocido en la historia por su expedición a Cumaná en 1568; Sebastián de Fuenterrabía, que murió de enfermedad en la ciudad de Aparia; Alonso García (hay dos de igual nombre y apellido, pero las crónicas aclaran que puede que se trate de la misma persona); Alejo González, nativo de Galicia; Alvar González, natural de Oviedo, falleció de muerte natural durante el viaje. Hernán González, portugués. También en este caso aparecen dos de igual nombre y apellido, pero las firmas son exactamente iguales por lo que puede deducirse que se trata de una misma persona. Alonso Gutiérrez, natural de Badajoz; Hernán Gutiérrez de Celis; Juan Gutiérrez Vayon; Antonio Hernández o Fernández, portugués, quien parece que llegó de regreso a España con Orellana y regresó con él en su retorno a América; Juan de Illanes, asturiano, que intervino en la conquista y población de la ciudad de Santiago de Guayaquil; Francisco de Isasaga, natural de San Sebastián. Parece ser el mismo personaje que Garcilaso de la Vega llama Isasiga. Juan de Mangas; Alonso Márquez; Diego de Matamoros; Blás de Medina; Diego Mexía; Diego Moreno, natural de Medellín, quien falleció en Aparia; Lorenzo Muñoz; Alonso Martín de Noguel; Baltasar Osorio, quien murió en Aparia; Cristóbal Palacios; Pedro de Porres, Mateo de Rebolloso, natural de Valencia, quien falleció de enfermedad durante el viaje; Alonso de Robles; García Rodríguez; Sebastián Rodríguez, Cristóbal de Segovia, más conocido por Maldonado, aventurero de estirpe y hombre de confianza de Gonzalo Pizarro que prefería y pedía que lo tratasen por su apellido materno; García de Soria, quien murió en el viaje a consecuencia de un flechazo de los indios; Alonso de Tapia; Francisco de Tapia; Juan de Vargas, natural de Extremadura, y fray Gonzalo de Vera, de la Orden de la Merced.
Entre los compañeros de Orellana es necesario citar, además, a dos negros, que en el curso del viaje prestaron eficaces servicios como remeros y cuyos nombres no constan en ningún documento.
De todo esto resulta, pues, que de los 57 soldados españoles que partieron del campamento de Pizarro acompañando a Orellana, los indios mataron tres durante el viaje y once murieron de diversas enfermedades.
Fué al día siguiente de la Navidad de 1541, un lunes al amanecer, cuando los 60 aventureros se pusieron en marcha en busca de lo desconocido, prometiendo retornar al campamento de Pizarro apenas consiguieran víveres. Narrar los tormentos sufridos por la abnegada expedición sería tarea larga y en extremo penosa; basta consignar que pasaron largos ayunos, llegando a alimentarse en cierta ocasión, durante cinco días, exclusivamente de hongos y yuyos lo que, dado el desconocimiento de la zona, entrañaba serios peligros. A los 22 días de navegación, cuando habían alcanzado el curso medio del Canela, consiguieron provisiones en cantidad, gracias a la generosidad de un jefe omagua. Fué entonces cuando Orellana, tratando de cumplir la promesa hecha a Pizarro, quiso retornar para llevar parte de lo que había conseguido; pero el estado del bergantín y el de los expedicionarios, maltrechos por tantas penurias, más el esfuerzo que suponía remontar el caudaloso río, por su impetuosa correntada, fueron motivos más que suficientes para obligarle a seguir aguas abajo en busca de auxilio más eficiente.
Además, era de considerar el hecho de que si sus hombres habían resistido hasta entonces, lo habían hecho alentados por el espejismo que lejos, en el horizonte, los atraía poderosamente: las riquezas del “País de la Canela” y las montañas de oro que, según la leyenda, servían de morada al rey de El Dorado.
Ya en aguas del Napo, fueron arrastrados por la corriente, que los llevó hasta el curso del Curaray y, traspuesta la confluencia con éste, siguieron por una corriente imponente cuya margen opuesta no podían avistar. Cuando los miembros de la expedición comprendieron que estaban en un verdadero mar de agua dulce, temieron por la suerte del bergantín, ya que no estaba en condiciones de hacer frente a semejante caudal y menos aún de enfrentar aguas bravías. A las pocas jornadas de rápida navegación, avistaron una hermosa aldea donde se aprovisionaron y descansaron durante los 40 días de la Cuaresma, a la vez que se dedicaron a construir un nuevo barco y a reparar el “San Pedro”, que ya amenazaba con hundirse, por venir desde varias millas atrás en pésimas condiciones.
Justamente el día en que arribaron a la referida aldea habían transcurrido dos meses desde la separación de las dos expediciones, y los cálculos acusaban el recorrido de un trecho muy cercano a las 500 leguas castellanas. Para entonces, el número de miembros de la expedición había mermado mucho, y fué en el campamento indígena donde Orellana comenzó a oír alusiones y conversaciones sobre la brava reina Cañory, sus mujeres guerreras y su ancestral matriarcado.
Convencido estaba ya, por otra parte, de que alcanzaría el Mar Océano (como entonces se llamaba al Atlántico) y que, una vez allí, remontaría el mismo con rumbo norte y, llegando a Panamá, prestaría más eficaz ayuda a Gonzalo Pizarro.
El nuevo bergantín quedó terminado en Semana Santa, y el padre Carvajal lo bautizó con el nombre de “Victoria”, invocando a la Providencia para que les permitiera alcanzar con vida y salud la ansiada meta. Con la nueva embarcación habían navegado dos días cuando, al enfrentar una zona puntillada de islas entre la desembocadura de los ríos Ñamundá o Jamundá y Trombetas, les fué cortado el paso por un enjambre de canoas manejadas por mujeres desnudas muy diestras en el manejo del arco y de la flecha, con lo que corroboraban los informes recogidos en distintas tribus (que a su vez habían enfrentado y combatido anteriormente a las guerreras) y que se referían con respeto a la reina Cañory.
Si bien el padre Carvajal consigna minuciosamente tal encuentro en su libro, las generaciones y los investigadores históricos que le sucedieron pusieron en duda sus afirmaciones, atribuyéndolas a alucinaciones producidas por tan excesivo sufrimiento. Sin embargo, expediciones posteriores de los conquistadores portugueses probaron que varias tribus que estaban en guerra eran ayudadas por núcleos de mujeres adiestradas para la lucha y pertenecientes a las mismas tribus atacadas. Tal el caso del ataque a la fortaleza de Santarem en el año 1698, llevado a cabo por los mundurucús y huestes formadas por sus mujeres.
El citado combate puso en serio peligro a la expedición, ya bastante maltrecha, y sólo un verdadero milagro pudo proteger a los expedicionarios que a la mañana siguiente, día de San Juan, arribaron a una playa, en un angosto recodo del río (hoy estrecho de Breves) y agradecieron con una misa la oportuna protección que les había brindado el discípulo amado de Jesús.
El día 12 de febrero de 1542 doblaron por lo que es hoy el norte de la isla Marajó, coincidiendo con el actual canal de la isla Caviana y se encontraron navegando en pleno Océano. Se había descubierto el río de las Amazonas. A Don Francisco de Orellana correspondía tal hazaña.
La figura de Orellana posee una atracción particular. Quizás emane ella de ese fondo generoso y humano que acompaña a toda acción reivindicadora, a toda acción que se levanta contra la injusticia de los hombres. Orellana fué un héroe desdichado, que no tuvo la suerte de saborear su triunfo. Su magno acontecimiento le produjo sinsabores, y en el empeño de aprovechar las fructíferas consecuencias de la hazaña, perdió su dinero, fracasó en la empresa y llegó a dar su vida. Todas estas desdichas le atrajeron la simpatía casi unánime de las gentes, aunque a pesar de ello también es larga la lista de sus detractores.
Gonzalo Pizarro se creyó o consideró traicionado por su teniente, pero la verdad es que para éste y sus hombres resultaba totalmente imposible regresar. El mismo padre Carvajal, dice, con entera claridad: “porque ya se nos traslucía que aunque quisiésemos volver aguas arriba, no era posible, por la gran corriente”. En esta afirmación concuerdan todos los tripulantes, que declararon en numerosas escrituras públicas.
La falta absoluta de retratos de Orellana ha hecho que la historia quiera suplir el desconocimiento de sus rasgos físicos con los datos acerca de su psicología, que, por otra parte, son más interesantes. Abundan los testimonios referentes a su pericia, su longanimidad y su prudencia. Las vicisitudes incontables de su demorada navegación de muchos meses, la continua lucha con los indígenas, hambres incesantes y renovadas, después de algunos pequeños descansos que sólo permitían lo que puede calificarse de refrigerios, mostraron el ánimo indomable del capitán, quien puso de manifiesto un afán y tensión de espíritu inigualados. Sin fierezas ni altivez se hacía obedecer por su templanza y abnegación, por la confianza que inspiraba y por una bondad y hombría de bien que le distinguen entre todos los conquistadores que llegaron a América, y que le reconocieron hasta sus mismos subordinados. Mutilado, llegó a España con el ánimo dispuesto a volver al Amazonas, como volvió más tarde, para no dejarlo jamás.
Contrariedades sin par y la incomprensión de Carlos V hicieron que la segunda expedición, salida de España, fracasara por falta de recursos adecuados. Francisco de Orellana murió, como consecuencia de la fiebre, a bordo del “San Pedro II” y fué sepultado a orillas del Amazonas, según algunos historiadores en territorio cercano al actual emplazamiento de Itacuatiára.
En verdad, ningún lugar pudo ser más adecuado para dar eterno reposo a ese hombre que tanto sufrió por el Río-Mar y tanto le amó.
Después de 412 años, una expedición efectuada por quien escribe estas líneas no solamente ubicó a las amazonas remanentes del matriarcado conocido por Orellana, sino que llegó a filmar sus actividades en ocasión de la visita que periódicamente les hacen los hombres de la tribu de los parintintins, del río Madeira, en la época de la creciente regular del río inmenso al que Orellana dió el nombre de las bravas mujeres.
