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Apollinaire par lui-meme (Apollinaire por sí mismo)

Pascal Pía

Ediciones de Seuil

Colección Escritores de Siempre N° 20

En francés

Tapa blanda, rústica sin solapas

190 páginas

Reproducciones y fotografías b/n

Impreso en París (Francia)

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Desgastes mínimos por paso del tiempo.

 

Reproducida en esta edición

 

✶ SINOPSIS:

A su muerte, el 9 de noviembre de 1918, Guillaume Apollinaire tenía apenas treinta y ocho años. Mucha gente ya conocía su nombre, pero los más difundidos de sus libros no habían encontrado todavía más que dos mil lectores. Y entre esos dos mil lectores, tal vez no hubiera mucho más de doscientos que supieran que, en esa semana en que Francia embanderaba sus calles, su poesía sufría la pérdida más cruel que podía sufrir entonces.

Como es regla en materia de verdadera poesía, el prestigio de Apollinaire se estableció sin apuro. Hoy se lee mucho más a Apollinaire de lo que se lo leía hace veinte años, y sin duda se lo lee todavía mucho menos de lo que se lo leerá dentro de algunos años. No se venerará todo lo que escribió; él mismo, por lo demás, no vacilaba en desautorizar algunas obras, que había hecho de apuro y firmado sólo para ganarse la vida. Pero no hace falta consultar el oráculo para imaginar que, mientras haya jóvenes que conozcan la angustia del amor o el temor del día siguiente, algunos mecerán su inquietud con la música del más conmovedor de nuestros cantores callejeros:

Bajo el puente Mirabeau corre el Sena
Y nuestros amores
¿Hace falta que lo recuerde?
La alegría venía siempre después de la pena.

La poesía de Apollinaire está, en efecto, muchas veces muy cerca de la canción. A pesar de la diversidad de las técnicas que pone en juego, se abandona sin cesar a la efusión.

Se puede decir de ella lo que Apollinaire decía un día de la prosa de uno de sus contemporáneos: “está emocionada, y ésa es su cualidad”. Es por eso que, pese al origen extranjero del poeta y aunque éste se declarara fervoroso de la novedad, los poemas más atrapantes de Alcools y de Calligrammes ubican a Apollinaire en una línea profundamente francesa y tan antigua como nuestra lengua, la misma línea en la que Verlaine tomó su lugar junto a Rutebeuf y Villon.

Apollinaire escribió mucho. Su obra es el fruto, a menudo apresurado, de una existencia breve y difícil. Apenas veinte años transcurrieron entre la composición de El encantador putrefacto y la muerte del poeta, y sin embargo su bibliografía es copiosa. Es cierto que incluye casi tantas publicaciones póstumas como obras puestas a punto por el propio autor. Desde hace seis años han visto la luz siete nuevos volúmenes de Apollinaire. Personalmente, nos interesó demasiado la lectura de esas diversas “ediciones originales” como para lamentar que hayan sido puestas en librerías. No por eso nos sentimos menos obligados a subrayar que esos volúmenes póstumos tuvieron sobre todo el mérito de mejorar el conocimiento que se tenía de Apollinaire. Permitieron disipar incertidumbres y corregir errores. Sin ellos, la concienzuda biografía que dio M. Marcel Adéma no habría podido ser tan completa. Pero, contrariamente a lo que la prensa y la publicidad han sostenido a veces, no creemos, por ejemplo, que los versos reunidos bajo el título de Ombre de mon amour sean dignos de la misma fortuna que los de Alcools. Por cautivantes que puedan resultarles a los fieles del poeta, Ombre de mon amour o Le Guetteur mélancolique no son sino colecciones de borradores. Sería dar prueba de una devoción inoportuna hablar de ellos como de obras acabadas.

El porvenir de Apollinaire, por otra parte, no necesita en absoluto de esos disjecti membra poetae. Reside esencialmente en los dos libros de versos mediante los cuales el propio Apollinaire se afirmaba “fundado en poesía”: Alcools y Calligrammes. Desde L’Hérésiarque et Cie hasta Le Poète assassiné, su obra en prosa podrá no carecer de atractivos, pero los editores la reimprimirían sólo con timidez si los reflejos tornasolados de sus poemas no continuaran iluminándola.

No insistiremos en las diferencias de calidad que fatalmente debían presentar las diversas obras de Apollinaire, nacidas unas veces de su vocación de poeta y de narrador, y otras de la obligación en que se encontró de buscar en su tintero sus recursos cotidianos. Como nuestro propósito no es otro que reconocer a Apollinaire en su obra, nos remitiremos a todos sus escritos, cualesquiera que sean, cada vez que, con o sin máscara, nos haya parecido que en ellos se desahogaba.

 

Reproducida en esta edición

 

A sa mort, le 9 novembre 1918, Guillaume Apollinaire n’avait que trente-huit ans. Beaucoup de gens connaissaient déjà son nom, mais les plus répandus de ses livres n’avaient encore trouvé que deux mille lecteurs. Et sur ces deux mille lecteurs, peut-être ne s’en trouvait-il guère plus de deux cents pour savoir qu’en cette semaine où la France pavoisait, sa poésie éprouvait la perte la plus cruelle qu’elle pût alors subir.

Comme il est de règle en matière de vraie poésie, le prestige d’Apollinaire s’est établi sans hâte. On lit beaucoup plus Apollinaire aujourd’hui qu’on ne le lisait il y a vingt ans, et sans doute le lit-on beaucoup moins encore qu’on ne fera dans quelques années. On ne révérera pas tout ce qu’il a écrit ; lui-même, d’ailleurs, n’hésitait pas à désavouer quelques ouvrages, qu’il n’avait bâclés et signés que pour gagner sa vie. Mais il n’est pas besoin de consulter l’oracle pour imaginer que, tant que des jeunes gens connaîtront l’angoisse de l’amour ou la crainte du lendemain, certains berceront leur inquiétude à la musique du plus émouvant de nos chanteurs de rues :

Sous le pont Mirabeau coule la Seine
Et nos amours
Faut-il qu’il m’en souvienne
La joie venait toujours après la peine.

La poésie d’Apollinaire est en effet souvent bien proche de la chanson. Malgré la diversité des techniques qu’elle met en œuvre, elle s’abandonne sans cesse à l’effusion.

On peut dire d’elle ce qu’Apollinaire disait un jour de la prose d’un de ses contemporains : « elle est émue, et c’est sa qualité ». C’est par là qu’en dépit de l’origine étrangère du poète et quoique celui-ci s’affirmât féru de nouveauté, les plus prenants poèmes d’Alcools et de Calligrammes situent Apollinaire dans une lignée profondément française et aussi vieille que notre langue, — la lignée même où Verlaine a pris place auprès de Rutebeuf et de Villon.

Apollinaire a beaucoup écrit. Son œuvre est le fruit, souvent hâtif, d’une existence brève et difficile. Vingt ans à peine se sont écoulés entre la composition de l’Enchanteur pourrissant et la mort du poète, et pourtant sa bibliographie est copieuse. Il est vrai qu’elle comporte presque autant de publications posthumes que d’ouvrages mis au point par l’auteur lui-même. Depuis six ans sept nouveaux recueils d’Apollinaire ont vu le jour. Personnellement nous avons pris trop d’intérêt à la lecture de ces diverses « éditions originales » pour regretter qu’elles aient été mises en librairie. Nous ne nous en sentons pas moins obligé de souligner que ces recueils posthumes ont eu surtout pour mérite d’améliorer la connaissance que l’on avait d’Apollinaire. Ils ont permis de dissiper des incertitudes et de corriger des erreurs. Sans eux, la consciencieuse biographie qu’a donnée M. Marcel Adéma n’eût pas pu être aussi complète. Mais, contrairement à ce que la presse et la publicité ont parfois soutenu, nous ne croyons pas, par exemple, que les vers rassemblés sous le titre d’Ombre de mon amour soient dignes de la même fortune que ceux d’Alcools. Pour captivants que puissent les trouver les fidèles du poète, Ombre de mon amour ou le Guetteur mélancolique ne sont guère que des recueils de brouillons. Ce serait faire preuve d’une dévotion intempestive que de parler d’eux comme d’ouvrages achevés.

L’avenir d’Apollinaire n’a d’ailleurs nul besoin de ces disjecti membra poetae. Il tient essentiellement aux deux livres de vers par lesquels Apollinaire lui-même s’affirmait « fondé en poésie » : Alcools et Calligrammes. De l’Hérésiarque et Cie au Poète assassiné, son œuvre en prose a beau ne pas manquer d’attraits, les éditeurs ne la réimprimeraient qu’avec timidité si les reflets diaprés de ses poèmes ne continuaient de l’éclairer.

Nous n’insisterons pas sur les différences de qualité que devaient fatalement présenter les divers ouvrages d’Apollinaire, nés tantôt de sa vocation de poète et de conteur, tantôt de l’obligation où il s’est trouvé de chercher dans son encrier ses ressources quotidiennes. Notre dessein n’étant que de reconnaître Apollinaire dans son œuvre, nous nous référerons à tous ses écrits, quels qu’ils soient, chaque fois qu’avec ou sans masque, il nous aura semblé s’y épancher.