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Cábala Criolla

Imágenes para interpretar los sueños, doblegar la suerte y vencer el azar

Lorenzo Amengual

Editorial Universidad Nacional Quilmes

2014

Tapa blanda, rústica con solapas

222 páginas

Ilustraciones de Lorenzo Amengual

Tamaño 30x23

Impreso en Prov. Bs. As. (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Pequeño detalle en lomo. El resto, impecable.

 

✶ NOTA AL LECTOR:

La mayoría de los dibujos originales han sido realizados en tinta china negra sobre cartulina enyesada blanca, luego rascada con un punzón o configurados directamente, rascados en cartulina enyesada negra. Esta técnica se denomina esgrafiado o grattage. La cartulina enyesada fue un soporte muy utilizado por los ilustradores de la primera mitad del siglo XX. Permite producir imágenes de apariencia xilográfica, óptimas para la reproducción lineal fotomecánica. La producción industrial de cartulina enyesada se discontinuó a partir de 2002.

Las ilustraciones correspondientes a los números 07, 09, 11, 12, 27, 41 y 59 las materialicé recortando sus formas en papel.

Se ha complementado el sentido de las representaciones con fragmentos de letras de tangos y otras canciones populares, sin más intención que homenajear a sus autores.

 

 

✶ INDICE:

- La smorfia adulterada

- Confesión curricular

- Nota al lector

- Cien imágenes para cien destinos

- La jugada de Amengual, por Raúl Santana

- Las series comparadas

 

 

✶ LA SMORFIA ADULTERADA:

Conservo una tarjeta calendario de 1985, tiene el formato de una estampa religiosa que promete el cielo. Me la regalaron en una agencia de lotería en Buenos Aires. Impreso en su dorso, muestra cada uno de los cien números que forman el universo de la quiniela acompañado por una palabra. Si el soñador encuentra en lo que la palabra evoca concordancia con lo por él soñado, puede identificar tras qué número se esconde la fortuna.

Mi ignorancia me hizo creer que esa técnica de adivinación era porteña, creada por nuestra gente. Viviendo en Berlín en ese tiempo, quizás por nostalgia escribí:

En Buenos Aires hay cien nombres que,

al igual que un cuchillo, pueden perder

o salvar a un hombre para siempre. Los

necesitó el juego para existir. Nacidos

clandestinos, cada uno de ellos esconde

un número. Bautizados en el conventillo

inmigrante e incorporados al hablar del

hampa, se impregnaron del olor dulzón del

anís prostibulario y el rancio de las fondas.

Fueron susurrados en voz baja por

el turco y el napolitano, rezados por

el gallego y el judío que apostaban su

moneda para tratar de ganarle a la

miseria.

Algunos de estos nombres son metáforas, otros descripción realista burda y canalla. Con cierta ingenuidad, sin poesía, este mensaje secreto no se debe descifrar, como lo hacían los augures leyendo el hígado de los toros sacrificados en la hecatombe, sino interpretando las pequeñas señales contenidas en las cosas vistas o soñadas. Cada número así descubierto, desata la fantasía de poder vivir la gran vida tras un golpe de fortuna y la contrasta con la verdad fatal pero esperanzadora del refrán que afirma: «pocos pobres lo consiguieron».

En esta Pascua de 1990, en un Berlín oscuro y triste, mientras en casi todos los hogares se han puesto a florecer ramas de duraznero para celebrar el milagro de la Resurrección, yo, Lorenzo Amengual, hijo de la pampa gringa, comienzo a dibujar lo que los números de esta cábala criolla me dictan al oído.

Allí comprendí parte de mi relación con el dibujo. Me reconocí como un artista gráfico y un ilustrador. Acepté que para dibujar necesito saber que lo que he hecho va a ser impreso, reproducido, para que cobre sentido. En Berlín hice los primeros dibujos. Tuvieron que transcurrir más de 18 años, ricos en experiencias movilizadoras como el rescate de la obra del ilustrador Alejandro Sirio, para que pudiese retomar y finalizar el proyecto en 2008, cuando concluí las cien figuras.

Dije que me había equivocado cuando le di identidad rioplatense a algo que, a fuerza de ignorancia, superstición y rejunte, habíamos hecho nuestro sin pedir permiso. La clave que une las figuras y los números es una creación colectiva de los napolitanos y una joya de su cultura popular: la smorfia. Esta antigua tradición adivinatoria ilumina lo soñado y guía al soñador a interpretar su destino afortunado. Smorfia deriva de Morfeo, el nombre del dios griego que protege tanto a los que duermen como a sus sueños portadores de mensajes.

Pero smorfia en idioma italiano significa gesto, mueca. ¿Y no son acaso muecas los movimientos que hacen las bocas cuando mastican o la desesperación del hambre instalada en las bocas de los dientes que faltan? La smorfia inmigrante, cuando llegó a Buenos Aires o desembarcó en Montevideo, no solo contrabandeó la tradición para leer los sueños, también prestó su nombre para parir un sustantivo y un verbo lunfardo: «morfi» y «morfar», comida y comer. El «vamos a comer» se convirtió en «vamos a hacer muecas». El habla popular rioplatense lo redujo a «vamo qu’ hay morfi, vamo a morfar, vamo...». Luego, Enrique Santos Discépolo, el hijo del napolitano que en 1910 dirigía la Banda Municipal de Música de Buenos Aires, incluyó esa palabra en los versos de un tango: «Cuando arrastres los tamangos / buscando ese mango / que te haga morfar» y creó una estrofa mítica que Gardel sigue cantando.

La smorfia es un legado simbólico sincrético, mezcla de tradiciones ancestrales griegas, fenicias y cartaginesas, recopiladas y transmitidas por generaciones de sabios analfabetos. Este I Ching del Mediterráneo, llegó a América en los barcos, la memoria de los transplantados y para sobrevivir —como ellos— debió transformarse. Con la ayuda de gallegos, ranqueles, polacos, charrúas y criollos se le agregaron en estos pagos los diez significados que necesitaban los noventa números del Lotto para renacer transformados en los cien de la quiniela.

A esta smorfia adulterada, mamushka nuestra, la bauticé cábala criolla. Es mi deseo que estos dibujos, que también hablan de nosotros, puedan agregarle gusto al guiso del que formamos parte, un tanto reseco pero aún tibio, como el pan en la cacerola salvajemente maltratada de nuestra Argentina, a la que hemos condenado al éxito sin piedad alguna.