Cuadernos de infancia
Norah Lange
Editorial Losada
Colección Biblioteca Contemporánea
1957
Tapa blanda, rústica con solapas
177 páginas
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Desgastes mínimos por paso del tiempo.
✶ SINOPSIS:
Entrecortado y dichoso, apenas detenido en una noche, el primer viaje que hicimos desde Buenos Aires a Mendoza, surge en mi memoria como si recuperase un paisaje a través de una ventanilla empañada.
Apoyados en un miedo, mis cinco años alcanzaron a retener la tarde en que llegamos a Monte Comán, para pasar una noche y proseguir, a la mañana siguiente, hacia nuestro destino.
El hotel disponía de escasas habitaciones, y fué necesario que durmiésemos todos —mis padres, Eduardito, nosotras cinco, la institutriz, la niñera— en tres dormitorios estrechos, pero ni ésta ni cualquier otra incomodidad hubiese podido aminorar el entusiasmo que provocaba en nosotras el acontecimiento de cenar, con los mayores, en el comedor de un hotel.
Las cinco, vestidas de marinera blanca, lo aguardábamos con tal impaciencia, que nos parecía que la madre demoraba mucho en arreglarse, que la niñera tardaba más que otras veces en acostar a Eduardito.
Cuando, por fin, entramos al comedor, vimos una sola mesa ocupada por una pareja, y poco después de sentarnos, oímos que el mozo le decía a mi padre en un tono confidencial:
—“Es el empresario del circo, acompañado de la mujer más fuerte del mundo. Todas las noches levanta tres hombres con los dientes.”
Los cinco pares de ojos agrandados por la curiosidad, se fijaron, simultáneamente, en la pareja. Como me encontraba de espaldas, tuve que darme vuelta para contemplar a la mujer. Mientras la miraba, creí percibir que su cuerpo, que su fealdad, aumentaban poco a poco, y me pareció incomprensible que el empresario pudiera reírse, verla comer, hallarse tan tranquilo junto a ella.
Mi padre, ubicado frente a mí, ordenó que me sentara bien, pero antes de obedecer observé que la mujer se sonreía conmigo, y como no me animara a responderle, me apresuré a darme vuelta para proseguir comiendo.
Yo nunca había estado en un circo y me era imposible imaginar que una mujer colgara tres hombres de sus dientes. Mientras me inclinaba sobre el plato, esa sola idea provocaba en mí una oleada de miedo que me subía por las piernas, que no conseguía detener. Pensé que, tal vez, la mujer se hubiese contrariado por no haber correspondido a su sonrisa, y que aprovecharía la primera ocasión para asirme con sus dientes. Como me encontraba de espaldas, me era imposible vigilar si se levantaba de su mesa para acercarse a la nuestra. Paulatina, inconteniblemente, el terror asumió tales proporciones que, casi llorando, le supliqué a la madre que me dejara sentar a su lado.
Esa noche tuvimos que esperar, para dormirnos, a que el cansancio mitigara la certidumbre de que la mujer del circo ocupaba un cuarto a escasa distancia de los nuestros; y a la mañana siguiente, ubicados en dos breaks —mis padres con Eduardito y la niñera, en uno; la institutriz con nosotras cinco, en el otro— partíamos hacia el pueblo vecino.
Después de tres horas de barquinazos, vadeamos un arroyo. Antes de que nuestro coche descendiera al agua oscura, miramos, con un gesto de desamparo, hacia el delantero, para aferrarnos a la madre, quien inclinada sobre Eduardito no apartaba sus ojos de nosotras, mientras el chapoteo de los caballos salpicaba nuestros vestidos blancos y el agua casi cubría el eje de las ruedas. Acurrucadas, procurábamos distraer nuestro miedo acariciando a los perros que se escondían detrás de los asientos. Al llegar a la orilla opuesta, experimentamos un pequeño regocijo que luego habrían de proporcionarnos siempre los restos de barro que desprenden las ruedas, el trote aligerado de los caballos después de atravesar un camino pantanoso y difícil.
Antes de que atardeciera, divisamos la vieja casa donde debíamos instalarnos hasta que se terminara de edificar la nueva. Un matrimonio puntano nos recibió en el portón del jardín. La mujer llevaba un vestido con una enorme cola floreada que supusimos habría sacado de algún baúl para conferir mayor realce a su recibimiento, pero que no se quitó durante el mes y medio que permanecimos allí.
A la hora de la cena, fué preciso que encendiéramos una cantidad de lámparas y de velas, para vigilar las paredes pobladas de arañas y de vinchucas, lo cual no impidió que, al menor roce del zapato contra la silla, diésemos un salto, seguras de que una laucha nos trepaba por una pierna.
Mientras habitamos la casa vieja, nos impusimos el hábito de llegar fatigadas a la noche, para dormirnos en el acto y sobrellevar, el menor tiempo posible, el miedo a las alimañas que se cobijaban en ella. De día, después de recorrer la quinta, trepábamos a los árboles, subíamos a los techos anochecidos de enredaderas, en busca de murciélagos, y si conseguíamos atrapar alguno, lo encerrábamos en una jaula.
Inmóviles, suspendidos de uno de los alambres, nos parecían trapitos oscuros y arrugados. Otras veces, creíamos que los murciélagos lloraban ocultando la cara, y después de sacarlos de la jaula, los poníamos sobre una rama para que se volaran.
Yo no les tenía ningún miedo, ninguna repulsión, en ese tiempo, pero cuando nos trasladamos de esa casa lóbrega —llena de partes desunidas y misteriosas— al gran caserón que nos habían construído, los vi tan apretados a las paredes claras, su vuelo era tan silencioso y como de algodón húmedo junto a las ventanas abiertas, que me bastó imaginar la posibilidad de que me rozaran una mejilla, para tomarles una aversión definitiva.

Norah Lange (1905-1972)