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El Laurel y el Átomo

Luis Ricardo Furlán

Editorial CEBMA

1969

Tapa blanda, rústica con solapas

58 páginas

Prólogo de César Tiempo (seud. de Israel Zeitlin)

Un dibujo a toda plana de David Oscar Kreimer

Ejemplar dedicado por el autor, fechado y firmado

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes mínimos por paso del tiempo.

 

TEXTO EN SOLAPAS:

Quien visite Florencia no dejará de reconocer el mecenazgo de los Médicis, en el renacimiento. En Valencia, en pleno Siglo de Oro, vivió Juan Timoneda, autor de “patrañas”, una forma primitiva de la novela corta contemporánea, quien debe su fama más que como escritor a su condición de editor, ya que gracias a él se conoce a Lope de Rueda. Los amigos de Macedonio Fernández encontraron su poema “Elena Bellamuerte” escondido dentro de una vieja lata y lo publicaron. Ricardo Güiraldes, presionado por la incomprensión y el aislamiento, tiró a un aljibe los ejemplares de “El cencerro de cristal”, un libro profético para su época. Los mecenas existieron siempre, como el sol con rayo y fuego encima del hombre; pero también convivieron con ellos la incomunicación y la soledad creadora.

Hoy, en plena era espacial y cuando los medios masivos de información intentan satisfacer las demandas espirituales del hombre, la coyuntura poética sigue siendo deficitaria. Por eso, pretendemos constructivo que CEBMA —Club Empleados del Banco Mercantil Argentino— inicie esta nueva modalidad cultural dentro del quehacer comunitario. Frente a la tecnología y el individualismo, opone una actitud de integración espiritual y genera un campo de acción que va mucho más allá de su límite habitual, propiciando con el ejemplo una relación humanista en el estilo societario. La búsqueda de un sentimiento esencial y trascendente en el laberinto cotidiano de nuestro oficio, entendemos es una revaloración auténtica de cuanto concebimos y profesamos.

Para dar realidad a esos objetivos, CEBMA auspicia la publicación del poemario El laurel y el átomo, de nuestro compañero Luis Ricardo Furlán. Su curriculum obvia sobradamente los motivos de la elección.

Luis Ricardo Furlán nació en Buenos Aires, en 1928. Ha publicado: Alba del canto (1951), Distrito tuyo (1957), Los días fraternales (1958), Odas mínimas (Bilbao, 1961), Domingo del poeta (1961), Deslinde del tiempo y el ángel (1963), Crónica de la poesía argentina joven (Caracas, 1963), Teoría del país cereal (1964), Noticia de Amerindia (Lisboa, 1964), Aproximación interpretativa a la poesía hispanoamericana (1964), Circunstancias de la poesía (1966). Obtuvo Medalla de oro (1950) de la Comisión Nacional de Cultura, Premio publicación (1960) del Fondo Nacional de las Artes, Premio Provincial de Poesía (Saladillo, 1963), Faja de Honor (1964), de la Sociedad Argentina de Escritores SADE, Premio de poesía (1964) del Consejo del Escritor, Fajas de Honor (1964 y 1965) de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires SEP, Premio Internacional de Poesía Rubén Darío (Washington, 1967) de la Organización de los Estados Americanos OEA, Gran Premio de Honor Almafuerte (1968) de la SEP, Premio de poesía José María Pemán (Madrid, 1969) del Instituto de Cultura Hispánica. Colaboraciones en diarios y revistas del país y del exterior, crítica literaria oral y escrita, conferencias, etc. completan una suma de aptitudes que avalan nuestra decisión.

Contamos para esta edición con el invalorable aporte de César Tiempo, cuya obra literaria —Libro para la pausa del sábado, Sábadomingo, Protagonistas, Pan criollo, etc.— tiene jerarquía universal, y de David Oscar Kreimer, pintor, dibujante y grabador que ha expuesto exitosamente —Salones Peuser, Van Riel, Hachette, Velázquez, Museo Minkowski, Cantegril Country Club (Punta del Este), etc.— y que, también, es compañero de tareas.

Queda ahora al público lector, a la crítica especializada y a la prensa en general la misión de acompañarnos en la empresa. CEBMA, desde aquí, anticipa su profundo agradecimiento a todos. FELIPE REISIN

 

David Oscar Kreimer

 

✶ INDICE:

- Entre el laurel y el átomo, por César Tiempo

La cáscara

La aventura

El candado

La cuerda

La holganza

Megatonema con el hombre

El soldado

La deserción

Mundo cero kilómetro

Elegía déltica a Lugones

Borges en Charcas y Paraná

Versión de Unamuno

Carta a Rubén Darío

La balada

El hippie

La crucifixión

Moderna oda eucarística

 

ENTRE EL LAUREL Y EL ÁTOMO - CÉSAR TIEMPO

Furlán es un apellido de la más prístina solera semítica. Todos los apellidos itálicos que evocan regiones, provincias o ciudades —Di Nápoli, Napolitano, Veneziani, Spilimbergo, Romano, Milanese, Genovese, Barletta, D’Ancona, Pugliese, D’Arienzo, Friulani, Furlan— pertenecen a familias de origen judío. El poeta Furlán tal vez ignore su filiación pues bien pudieron sus antepasados haberse asimilado o convertido, como ocurrió con no pocas familias en los años de la intolerancia religiosa, pero no sólo sus rasgos, su idiosincrasia y su actitud ante la vida lo señalan, sino su arte, las transmutaciones que sufre su poesía, música enriquecida y embellecida por un temperamento en el que se yuxtaponen imprevisibles nostalgias y un fondo de paisaje porteño. Melancolía a propósito para marcar el entronque de la tristeza semítica con su poesía bifronte: la culta, entroncada a la suntuosa imaginería barroca y la de tipo esencialmente popular cuyo espíritu se forma en la calle, actitud judaica por excelencia. Buenos Aires, la ciudad cosmopolita y moderna, señaló alguna vez Cansinos-Assens, el sefardí universal, presta su marco a evocaciones remotas. El nombre de Adonai Tsebaoth funde su música caldea con la melodía del arrabal en ascuas. El sábado sale al arroyo a lucir sus galas y sube a los tinglados a mostrar su alma reconcentrada y grave. Esta alma seria, profunda y esperanzada cuya impronta advertimos inmediatamente en todas y cada una de las creaciones y recreaciones de Luis Ricardo Furlán confirma su origen como confirman la mañana los pájaros que la despiertan. Ya en Alba del canto, su primer libro, cuyo nombre recuerda al Génesis, el poeta echa una mirada al paraíso perdido, actitud semítica por excelencia.

Hubo un Furlán matemático y astrónomo, versado en ciencias rabínicas y un Furlán mecenas y banquero y otro Furlán erudito y, en nuestros días, se hizo famosa como criminalista en los estrados europeos, la doctora Lina Furlán, esposa de Pitigrilli, cuyo verdadero apellido es Segré. Nuestro poeta, católico de no pocas generaciones, como nuestros Ramos Mejía, nuestro Eleodoro Lobos, nuestros Rosas y nuestro Arturo Capdevila (hubo un rabino catalán del mismo nombre y apellido), así como el español Emilio Castelar, el americano Mark Twain y el italiano Fellini, descendientes todos de la tribu de Judá, descubrieron tardíamente su origen y terminaron por reconocerse en el espejo ancestral.

Es bien sabido que en el proceso de las fuerzas morales y espirituales sólo vive lo que continúa, sólo tiene porvenir lo que tiene pasado. La poesía de Furlán que de romántica a rapaterón se ha hecho al mismo tiempo gongorina y modernista, lleva, sin que el poeta se lo haya propuesto, la impronta del sábado. Lo importante del sábado es la fuerza con que su guirnalda de brasas vincula a todos los descendientes de la Diáspora, a través de las vicisitudes, las agonías y, también, las esperanzas, los sueños y el amor compartidos. Pero el mundo no siempre muestra un rostro hostil a los nefelibatas. También sabe ser acogedor y piadoso. Cuando el sábado se hiere suele encontrar abiertas las puertas de los hospitales del domingo. El sábado puede salir confiada y fraternalmente del brazo del domingo, impregnarse del aire balsámico de la provincia y regresar a la ciudad puro y alegre. Si ha sufrido bajo la mirada del sábado no tardará en sentirse confortado y recuperado en la ciudad del domingo. Los que siembran llorando, cantando cosecharán, dijo el Salmista. Los que sembraron en los surcos huraños de la proscripción, cosecharán alegres bajo los cielos radiantes del tornaviaje. Vienen de la calle del sábado pero viven en los almandaraques del domingo. Ya no cortan las cabelleras a sus mujeres para que su hermosura se haga dolorosa e incompleta. Ya no peregrinan por el desierto, ni padecen la locura de las arenas que vuelan y no se consolidan. No visten de luto ni lloran ningún duelo. Pero la tradición es costumbre metida en la sangre. Somos lo que fuimos. En esta dualidad de inspiraciones el fenómeno del culteranismo en nuestra poesía es singularmente expresivo y podría interpretarse como un indicio excepcional del genio semita que se manifiesta como un retoño tardío, como recuerdo o resabio de una facultad étnica. Los tropos y la dirección de las brújulas de Furlán deben buscarse en ese sabadominical mundo lírico.

Lo importante, señaló años atrás un exégeta autorizado del gongorismo, es que ese estilo henchido y sibilino, representa mejor la inspiración profética, transporta a otra letra la antigua música de simún y volcán de la Biblia. Lo curioso es que el aportador, el creador de ese estilo fuera tildado, no obstante su condición sacerdotal, de ascendencia judaica, aunque sólo se haya podido invocar como testimonio de esta presunta estirpe, el conocido epigrama de Quevedo:

Yo te untaré mis versos con tocino

porque no me los muerdas, Gongorilla.

Todo en la inspiración desmesurada de Góngora y en su predilección por las formas sorprendentes, indica una temperatura de otros climas. Esa hinchazón deslumbradora, esa cargazón de arreos y preseas, esa eterna aspiración a lo grandioso, de donde el asiduo culto de la hipérbole —cedro de los países líricos del Oriente— habla de un atavismo semita que a sí propio se recuerda en el verso, falto de otra memoria más explícita.

Lo que se dice de Góngora puede decirse en cierto modo de Furlán, que siente la presencia real de los signos ancestrales y se prodiga con una riqueza inagotable y caudal que es la constante de los grandes ríos de Babilonia. La imagen arrojadiza, el símbolo y la alegoría tienen una raíz oriental cuya filiación no es difícil rastrear. Sus imágenes impetuosas, su fraseo sensual, equivalente al de Mendelssohn en su música, señalan la presencia de un dreamer of the ghetto, de un hombre que cree con San Pablo que el verbo hebreo es universal y no espera de brazos cruzados la vuelta de los antiguos dioses sino que incita a encarar la vida como una epopeya latente.

Furlán nació bajo la constelación del Zodíaco que preside el advenimiento de los más elevados caracteres. Dostoiewsky, Chesterton, Paul Valery, Cansinos-Assens, Samuel Eichelbaum son algunos de sus panadelfos. Pero así como el cálculo vence al azar, según subraya un astrólogo acatado, la mentalidad penetrante de Escorpio —su signo— combina su táctica de ataque con sus recursos defensivos. La acción y la pasión son sus propulsores. Sabe que la vida es una lotería sin premios, pero el poeta los obtuvo —y no escasos— a fuerza de tenacidad y de talento. Los premios no mejoran la obra, pero ayudan a no desesperar, a no abandonarse en un medio donde el lector se muestra remiso a inclinarse sobre una profundidad y reconocer a alguien que no haya sido retropropulsado por una gran cohetería publicitaria.

Dirigía yo los suplementos literarios de un diario de la mañana cuando se me apareció cierto día Luis Ricardo Furlán, a quien no había visto ni oído nombrar hasta ese momento, criselefantino, rosado, sonriente, ansioso pero seguro de sus fuerzas, con los racimos polvorientos de sus recientes cosechas. Los versos eran viejos pero él era muy joven y contrastaba su fervor con la actitud hierática de su poesía, semejante a esas estatuas mutiladas que los arqueólogos suelen descubrir en la profundidad de los antiguos suelos. De entonces aquí han transcurrido algunos lustros y las alas de Furlán han crecido en extensión y se han hecho más flexibles. El poeta ha rejuvenecido a medida que fueron transcurriendo años y experiencias. Sus premios en los certámenes internacionales de Washington y Madrid —premios bien significativos, dada la calidad de los jurados— vinieron a corroborar la presencia de una personalidad cuya poesía nueva, celosa y arrebatada se asegura la salvación en el seno de la luz, testimonio de la desazón que el rumor de los días y la necesidad de traducirlos en anútebas, deja en los corazones inviolados.

Si Mallarmé consideraba que el lenguaje servía para ocultar los pensamientos, Furlán lo utiliza para revelarlos, sustrayéndose a la asfixia de la parva. El poeta dafnéforo sabe que vive en la edad del átomo y mientras deshoja la rosa detonada del caos/ halla el laurel inédito del germen,/ su latido perfecto, ajeno no obstante a la concepción mecánica de la realidad. Está más cerca de Epicuro que de Oppenheimer y sabe que los frutos del laurel son amargos y afrodisíacos. (Idioma nuevo tiene este lenguaje;/ compartiremos el laurel y el óleo). El cantor de El laurel y el átomo recurre a las interpretaciones más singulares para encubrir su ternura, para ocultar su pesadumbre, logrando así, como quería Mariátegui, emanciparse del acongojado tono del romanticismo doliente, liberarse del brillo convocante del modernismo y añadir al lenguaje barroco un toque de dimensión humana, sufrida, viviente. Su poesía no es una tribuna ni un paño de lágrimas. Nace de un poderoso hálito creador cuyas bases mismas se confunden con su weltschaung, con su concepción del mundo. El poeta ennoblece las cosas desgastadas por el uso o la cotidianeidad y destaca una voz que no tardará en hacerse inconfundible en un mundo tan heteróclito como aquel donde Nemrod hizo erigir su torre.

Dato curioso: Furlán nació en la misma fecha en que Einstein presentó su teoría del campo unificado. El hombre, como protagonista, tomaba su sitio elemental en el cosmos. El poeta, protagonista también, pide participación y responsabilidad en un mundo que exige el esfuerzo de todos para subsistir. Desciende por túneles oscuros/ plenos de sol entre la niebla húmeda/ a reencontrar al hombre,/ su súbdito,/ su rey,/ su entera esencia. Ahora sube. CÉSAR TIEMPO

 

César Tiempo (1906-1980)