La Claridad y otros poemas
Edgar Bayley
Centro Editor de América Latina
Colección Los Grandes Poetas N° 51
1989
Tapa blanda, rústica sin solapas
31 páginas
Ilustraciones de Luis Scafati (3)
Introducción de Daniel Chirom
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Desgastes mínimos en lomo.
✶ SINOPSIS:
Los fascículos de "Los Grandes Poetas" que hoy está publicando el Centro Editor de América Latina conforman la cuarta serie de esa colección. Luego de dos series introductorias —integradas por grandes poetas contemporáneos de América Latina, la primera, y de Europa, la segunda— y de una tercera serie que abarcó a los poetas mayores de los Estados Unidos —de Poe y Whitman a Sylvia Plath y Allen Ginsberg— se ha decidido incursionar en el terreno de la poesía argentina. Aunque el conocimiento directo de la misma y su permanente frecuentación parecieran ser elementos favorables a su mejor abordaje, casi de inmediato surgieron varias dificultades, que sería fatigoso enumerar aquí. Aclaremos simplemente que se optó por dejar de lado los poetas argentinos del siglo pasado, como Mármol, Echeverría, Del Campo, Hernández, Guido Spano y otros, para partir de los modernistas, Leopoldo Lugones en primer término, con un énfasis que se acentúa a medida que nos acercamos a nuestros días. O sea, que se ha buscado trabajar en particular sobre una franja de poetas poseedores de una sólida e influyente obra, pero que aún no han sido suficientemente leídos por los estudiosos y estudiantes de literatura. El solo nombre de los poetas ya publicados o de próxima publicación obviará más comentarios: Alejandra Pizarnik, Joaquín O. Giannuzzi, Ricardo Molinari, Raúl Gustavo Aguirre, Alfonsina Storni, Francisco Madariaga, Carlos Mastronardi, Olga Orozco, César Fernández Moreno, Amelia Biagioni, Enrique Molina, Mario Trejo, Edgar Bayley, Raúl González Tuñón, entre otros.
✶ INDICE:
- Noticia biobibliográfica
- Prólogo
- Selección de poemas:
Los hombres y los años
Bienvenida de los días
Poeta en la ciudad
Todos nosotros
Después de mucho
Es infinita esta riqueza abandonada
Martes de carnaval
Mi razón mi palabra
Ella se prolonga
Siempre
El poeta recuerda un viejo amor al terminar el año
La mano
Ligera liviana libre
Un lugar entre los hombres
Nacaciones
Cuestión de tiempo
No está París
Otros verán el mar
El poeta político
El día
Por esta noche
El hombre moderno
Volver a empezar
Acumulaciones
Cuando ella
A ser otro
Dificultades de la traducción
Ando sobre la tierra
Mi amada estanque azul huerto cabellos
Mediodía
La sartén
No puedo decirlo de otro modo
Isla feliz
Esta mañana
La avalancha
Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo
La claridad
Alguien llama a mi puerta
Un sol
- Bibliografía

✶ EL CEAL Y LOS GRANDES POETAS - POR NORMAN PETRICH
No pocas veces he tenido que escuchar el discurso de libreros y editores de que la poesía no vende, de que es elitista. Los números parecen acompañar ese discurso. Parecen.
Porque se siguen editando libros de poesía en cantidad, las editoriales independientes suelen dedicarle una parte no pequeña de su catálogo. Entonces, esos trabajos de hormiga a algún lado deben ir a parar, aunque no sea oneroso.
El otro día, un librero me dijo: “Los editores independientes tendrían que darnos un curso a nosotros de cuál es el panorama de la poesía, porque no tenemos el tiempo para ver todo y hay lugares como éste en el que nos manejamos con bastonazos de ciego”. Y pensé que en esas inconexiones podría encontrarse una punta de los varios ovillos que rodean al libro de poesía como objeto.
Ahí nomás me acordé del paradigma editorial que resultó ser el Centro Editor de América Latina y sus colecciones, entre ellas “Los Grandes Poetas”, que comenzó a salir a fines del 87. Digo paradigma porque sin ser una editorial que se regía con los parámetros del mercado, participaba en él. Y lo hacía de una manera muy particular: planteaba sus colecciones en fascículos, con una salida semanal y de venta en los kioscos de diarios y revistas.
No es mi intención aquí revisar el concepto estructural esgrimido por Boris Spivacow, el cual hacía funcionar estas colecciones en general y “Los Grandes Poetas” en particular. Con tiradas cuyos números asombrarían a los editores jóvenes de hoy (cuando comenzó esta colección, era de alrededor de 25 mil ejemplares, para el final de la aventura era de 3 mil a 4 mil, número que sigue siendo impensado para la actualidad). Lo que me interesa es tomar a “Los Grandes Poetas” y desmenuzar un poquito quiénes se sumaron, ver qué podemos obtener de dicha operación.
Lo primero que llama la atención es la forma en cómo encararon el armado de la colección, la cual fue dirigida por Jorge Lafforgue y contó como secretaria de redacción a Graciela Cabal. La primera parte estuvo integrada por poetas latinoamericanos cuya palabra se extendía a lo largo de lo que llevaba transcurrido el siglo XX. Es así como el número 1 fue para alguien que ya estaba institucionalizado como Rubén Darío pero luego se colaban nombres que se conservaban mucho más frescos en la memoria del lector como los de Nicanor Parra, Manuel Bandeira o Ernesto Cardenal.
En el número 13 salta el charco para llevarnos a tierra europea y nos encontramos con nombres como los de Pessoa, Kavafis, Quasimodo o Maiakovski. En el 27 vuelve a cruzarse pero esta vez a Norteamérica, dedicando ese número a Ezra Pound para luego hacer convivir a poetas convertidos en clásicos como Emily Dickinson o Edgar Allan Poe con otros más disruptivos como Allen Ginsberg, Silvia Plath, Williams Carlos Williams o E. E. Cummings. En el número 39 la colección se repatria y arranca una larga lista de poetas argentinos que comienza con Alejandra Pizarnik y concluye abruptamente con José Pedroni, quedando inconclusa cuando deben cerrarla por no poder sostenerla, cosa que no mucho tiempo después le sucederá a la editorial tras haber soportado inmensas quemas en el proceso y los estragos producidos por la presión neoliberal. Es más, el proyecto presentado en el interior de la tapa narraba sus intenciones de retroceder en el tiempo y presentarnos a los poetas trascendentes en las distintas etapas de la historia como, por ejemplo, los grecorromanos.
Con la aparición de los que escriben en otras lenguas, vislumbramos una verdadera perlita de esta colección: en la mayoría de los casos en que se cita los nombres de los traductores, descubrimos que también eran poetas. Lo cual le da un plus a esa traducción, ya que en ese juego de fidelidad y traición buscaron respetar la fuerza y la melopea de los originales antes que la traducción rígida y exacta. Esto ha desatado varias diferencias con respecto a la calidad de las traducciones, como por ejemplo, que se reemplazara la palabra "camaradas" por el de "compañeros" en los textos de Maiakovski. Un trago difícil de digerir en una primera lectura pero si pensamos que Boris y compañía buscaban sumar lectores (“Más libros para más” era el eslogan de la editorial) y no solamente vender, uno puede captar que ese reemplazo tenía como objetivo “acomodar” esos versos a un público que era más afín el concepto vertido, su fuerza, que a su significante más específico. Una discusión que podría seguir durante mucho tiempo, por cierto. Lo tangible es que aparecieron nombres que hoy son referentes en el mapa de la poesía argentina como Rodolfo Alonso, Gerardo Gambolini, Gianni Sicardi, Santiago Kovadloff, Horacio Castillo, entre otros. Y en el número 36 correspondiente a Marianne Moore, una verdadera delicia: un trabajo en conjunto entre Mirta Rosenberg y el maestro Hugo Padeletti.
Otro “hallazgo” es encontrar en estos fascículos la génesis de un trabajo en conjunto entre Jorge Fonderbrider y Gerardo Gambolini que los llevará a dejarnos obras de altísimo porte como la Antología de Poesía Irlandesa Contemporánea editada por Libros de Tierra Firme en 1999 con selección, prólogo, traducción y notas a cargo del dúo, ampliando el sistema que se utilizó en la colección del CEAL.
Justamente, los trabajos introductorios son otro distintivo de “Los Grandes Poetas”, verdaderas labores críticas de la poesía a la que uno estaba por acceder, situando al lector no pocas veces en tiempo y espacio. Daniel Freidemberg, Elvio Gandolfo, Martín Prieto, Jorge Madrazo, Daniel Chirom, Jorge Isaías, sumados a los ya citados dejan ver, a más de 30 años de distancia, la seriedad de lo realizado.
Pero no terminaba en la palabra esta grandiosa colección, sino que cada número era acompañado por ilustraciones de gente cuyos nombres son toda una referencia para las artes plásticas por estos días, como Luis Scafati, Alberto Cedrón, Alicia Carletti o Carlos Gorriarena, por citar algunos. Oscar Díaz y Guillermo Taboada eran los encargados de la selección de los artistas y sus imágenes.
De esta forma se logró acercar a un público más general la palabra de muchos autores que para el lector promedio resultaba de difícil acceso.
El Centro Editor de América Latina ya no existe pero sus colecciones todavía se pueden rastrear en librerías de usados o aparecen inexplicables remanentes en las de saldos. Y en especial ésta, la de "Los Grandes Poetas", es de las más buscadas y respetadas por aquellos que disfrutan de la palabra poética. Justamente por todo lo anterior nombrado: que los traductores y seleccionadores en su mayoría eran poetas, la calidad de los poetas antologados; el hecho de que si bien se presentaban en forma de fascículos la cantidad de poemas que aparecían bien podían ocupar el tamaño de un libro; el excelente trabajo crítico introductorio y la yapa de tener a grandes ilustradores la convirtieron en una colección indispensable.
Lo cual coloca sobre manteles de agua esa afirmación de que “la poesía no vende”, tal vez porque se mueve marginalmente en los bordes de eso que llamamos mercado. La concepción capitalista de esa palabra, porque existen otros tipos de mercados, donde la poesía se encuentra más cómoda, aún en su versión objeto. Quizás porque, parafraseando a García Canclini, es la forma que encuentra para no dejar que sea sólo el mercado capitalista el que diga desde donde nos reconocemos y rechazamos. Pero eso, por supuesto, es material para otra historia. Agencia Paco Urondo
Edgar Bayley (izq) y Juan José Saer