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Loores Platenses

Arturo Capdevila

Editorial Cabaut y Cía

1932 - 1 edición

Tapa blanda, rústica con solapas

165 páginas

Arte de tapa y viñetas en interior de Luis Macaya. 

Impreso en Buenos Aires (Argentina) 

 

Referencia: obra reproducida en la página 264 del libro de Rodrigo Gutiérrez Viñuales “Libros Argentinos – Ilustración y Modernidad”.

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes mínimos generales y lomo apenas borroneado. Parcialmente intonso.

 

Viñeta de Luis Macaya (en esta edición)

 

✶ LA CIUDAD ESPERADA (fragmento)

Ciudad más joven que muchos de tus habitantes: quiero decir las palabras de tu alabanza. ¡Pobres ciudades! Son ciegas; y si los poetas no les cantan y revelan su ser, morirán ignorando cómo fueron. Ciudad de las diagonales, ciudad de la bien pensada prisa, que no consiste en premura de andar sino en ahorro de distancias; bañada de un gran sol, tus calles son claras como los caminos de la virtud, y tus cornisas y techumbres relumbran al día. De una cosa te fuiste cuidando: de no caer en el remedo y el plagio de Buenos Aires; pues tú querías ser solamente tú misma. ¿Por qué tendrías que plagiar a Buenos Aires? Hay cruces de diagonales en que se llega a no saber lo que quieren tus calles, partiendo hacia nueve rumbos distintos. ¡A tal punto eres rica de planes! Naciste porque te necesitaba la historia. Te levantaste como palma de paz y como ramo de olivo. Cerrabas el tiempo ominoso de los odios fratricidas. Por cerrarlos, te alzaste por puerta de tiempos nuevos. Hacia los días en que fuiste fundada, Caín acababa de matar a Abel. El fratricidio había empapado todavía una vez más los campos argentinos. ¡Tiéndete alegre y feliz sobre las llanuras, ciudad de la concordia y la reconciliación!

Para darte a los hombres, contabas con la pampa. Contabas con la pampa sin límites para una infinita extensión de justicia y de amor. Entonces, apenas nacida, te pusiste a crecer desmesuradamente. Hay que oírles a tus calles el relato de tu historia. Nunca saldrán de su asombro. Todos los hombres pudieron encerrar espacio entre unas tapias y llamarlo suyo. Cuando acordaste, estabas midiendo leguas hacia todos los vientos. Humeaban las chimeneas de las fábricas hacia las afueras, hacia el campo. Mas, en breve tiempo, ese campo se volvía ciudad y se iluminaba de comercios y hogares. Además quisiste condecorarte de estrellas como una moza se cubre el pecho de medallones. Y fueron como estrellas tus plazas. Princesa: como dos veces los signos del zodiaco, tantos son tus medallones. El sol podrá gozar sobre tu blancura como en los arrebatados amores de un nuevo Cántico de los Cánticos. Sarmiento ¿qué había venido gritando de los Estados Unidos? ¡Calles anchas! ¡Calles anchas! Esto había venido gritando desde que volvió de sus cívicas devociones por los Estados Unidos. ¡Calles anchas! ¡Calles anchas! Y tú le diste la razón, ciudad de La Plata, en abiertas y valientes anchuras. Ni un sólo día te dejan de barrer los vientos de la libertad, aventando prejuicios. Tus calles son como limpias y despejadas verdades. Eres, no sé desde cuándo, la ciudad de los ciclistas. Los ciclistas te aman. Se diría que nacieron para ti, y tú para ellos. Los ciclistas resbalan sobre tu asfalto o tu adoquín con un donaire de pruebistas. Rigen las fáciles ruedas no más que con los pedales. Sus despreocupadas manos no se preocupan de los manubrios. Tus ciclistas llevan las manos en los bolsillos, el busto erguido, la cabeza hacia atrás y el corazón desocupado. Van libres, sueltos, ociosos los manubrios. Puede venir a posarse sobre ellos una paloma mensajera. Ciudad sin prisa, salvo la bien ordenada de tus diagonales, tus ciclistas soñadores son la prueba de tu lentitud pensadora. No sabes de la prisa individual y mucho menos de la colectiva. Por eso careces de ómnibus, y te bastará por mucho tiempo con tus antiguos tranvías (eléctricos, sí, pero en nada semejantes al rayo...) Ciudad de los soñadores ciclistas y de los fiacres dormidos. No naciste como las otras ciudades del mundo por soñolienta obra del tiempo, como amontonado limo o arrinconada basura de los días en el cauce de una misma repetición sin sentido. Tú naciste porque te necesitaba la historia. Comisiones de sabios anduvieron en tu busca. Y te hallaron aquí, entre la Ensenada de Barragán y las Lomas de Tolosa, poseedora de los signos inconfundibles. Tu recinto fué elegido entre cien. Luego fuiste trazada toda entera como por obra de magos; y tus calles, orientadas a medio rumbo: el mejor consejo de que fué capaz para tal empresa la buena rosa de los vientos. Y de pronto, después de haber vivido como en estado de excelsitud en el pensamiento de los que decretaron tu existencia, tu futuro recinto se llenó de ruido, de tráfago, de herramientas; de máquinas, de aparejadas piedras, de pilas de ladrillos, de montes de cal, de colinas de arena, de albañiles, de maestros... Era que te levantabas de una vez y para siempre. Las últimas ovejas del último rebaño huyeron azoradas con el azoramiento de aquel milagro. Millares de obreros repiqueteaban entretanto, como en atolondrado ritmo, la canción del progreso; millares de obreros que trabajaban para ti, día y noche, alzándote de sobre el haz de los campos. El día en que al fin albergaste a los hombres de tu gobierno, entró un pueblo inmenso en pos de tu fundador. Era éste un nuevo Eneas, el Eneas de un voluntario éxodo, que llegaba con insigne boato a ocupar los palacios de la metrópoli, erigidos sobre una planicie hasta ayer maldecida de cicutas y cardos.

 

Viñeta de Luis Macaya (en esta edición)

 

✶ INDICE:

Índice de los loores

1º. La ciudad esperada

2º. Los augurios

3º. El fundador

4º. Los barrios lejanos

5º. La divina utopía

6º. Almafuerte, león de Dios

7º. Ameghino el vidente

8º. González el educador

9º. Ulpi

10º. El Bosque

11º. Versos de Maria Enriqueta

 

Viñeta de Luis Macaya (en esta edición)

 

✶ LUIS MACAYA - POR RODRIGO GUTIÉRREZ VIÑUALES:

La trayectoria de Luis Macaya tiene algunos paralelismos con la de Alejandro Sirio; ambos eran españoles, barcelonés y ovetense respectivamente; Sirio arribó a la Argentina en 1910 y Macaya al año siguiente; ambos muy pronto estuvieron vinculados a Caras y caretas. Y, fundamentalmente, en lo que a números respecta, son los ilustradores más productivos vinculados al libro en nuestro país durante el periodo de estudio.

Hacia 1900, con sólo 12 años de edad, Macaya inició estudios en la Academia de Bellas Artes de Barcelona, la que cambió, primero por el Ateneo Obrero donde tuvo como profesor a Nicanor Vázquez y luego por la Agrupación Artística en la que se formó con el dibujante Manuel Ainaud. Por esa institución habían pasado Picasso, Gargallo y Mercadé, entre otros. En 1906, junto a Alberto Marro, funda una de las primeras productoras de cine de España, Hispano Films, que, entre otras películas, se encargará de Don Pedro I el cruel (1911), el mismo año que Macaya pone proa a Buenos Aires. Antes, entre 1908 y 1910, Macaya estuvo establecido en París, en Notre Dame de Champs y el Barrio Latino, dedicándose, en cuestiones artísticas, fundamentalmente a la caricatura, desempeñando a la par distintos oficios que le proporcionaran sustento y dándose a la vida bohemia en Montmartre, como tantos otros de su época. En ese ámbito, y en relación con literatos y artistas argentinos como Franco, Amador, Ramaugé y Pelele, decidió su marcha a Buenos Aires, previo paso por Barcelona y Bilbao, ciudad esta en la que hizo caricaturas para el periódico La Gaceta.

 

Tapas ilustradas por Luis Macaya

 

En Buenos Aires tardará en encontrar empleo pero, ayudado por Alberto Ghiraldo, recalará en Crónica. Será además el primer dibujante contratado por Crítica, diario para el que diseñaría el título. El ámbito de las revistas será terreno en el que Macaya habrá de moverse como pez en el agua. Una de las primeras en las que se desempeñó fue Fray Mocho, la cual publicó, de Macaya, una de las primeras ilustraciones de lenguaje vanguardista hecha por un ilustrador en la Argentina, la que hizo para ilustrar la “Oda futurista” de Martín de Nalero en 1916. Vinculado a Caras y caretas, gozará de fama como caricaturista, alcanzando éxito con la tira cómica “El L.C. Timoteo y el pesquisa Doroteo” aparecida en 1919 y que relataba el enfrentamiento permanente entre un ladrón y un policía. Por extensión, las páginas de Plus Ultra también contarán con su concurso, donde cada tanto dejará fluir aquella sensibilidad de dinamismo futurista, como cuando en 1921 ilustró el escrito de Miguel de Unamuno “Filosofías del automóvil”. Para entonces colaboraba en diferentes medios, haciendo por caso varias tapas para la revista teatral Bambalinas, siempre con caricaturas.

A principios de los 20 el reconocimiento a su obra va a ir creciendo de forma paulatina, y un hito lo significará su exposición de 1924 en el Salón Witcomb, cuyo catálogo será diseñado e ilustrado por su amigo y compañero en Caras y caretas Eduardo Álvarez. Éste le caricaturiza con sus materiales a cuestas, gordo y con el infaltable cigarro en la boca; al fondo un mar y un velero, que bien podrían estar vinculados a su afición a las marinas o a su carácter de emigrante. Al año siguiente recibe el Premio único a extranjeros en el Salón Nacional, y realiza viajes a Uruguay y Brasil.

El 28 de junio de 1926 inaugura una de sus exposiciones más recordadas, también en Witcomb, con una selección de dibujos originales de los publicados en Caras y caretas, destacando especialmente dos secciones, una de retratos de personajes históricos -los que luego se utilizarían en series publicadas por la Editorial Tor en los años 30- y otra sobre la vida y costumbres de los animales, con varios de los que había hecho para la serie titulada “De la vida de nuestros animales” que firmaba Horacio Quiroga en las páginas de la citada revista. El diario La Prensa, por un lado, señala a estos últimos como inspirados en Fabre, y por otro lado, echa en falta en la muestra las vistas del puerto de Buenos Aires, realizadas por Macaya en esos últimos años, aunque indica que mayoritariamente estaban ya dispersas en colecciones privadas. Agrega en la exposición algunos episodios costumbristas e inclusive una ilustración titulada “Librería de viejo”.

Uno de los críticos más mordaces de la época, Atalaya, elogiará la obra de Macaya, preguntándose a la vez: “¿Cómo pudo Luis Macaya mantenerse incólume de la menor claudicación, de no desfallecer en el continuo servicio de dos amos, como son el absorbente trabajo diurno y de noria por la vulgarización de sus dones, para satisfacer el anodino gusto de los capataces artísticos de la opinión pública, y seguir nutriendo a trompicones el anhelo de aprender, perfeccionarse en una labor desinteresada e íntima. (...). Pudiendo Macaya deslizarse por la vana pendiente del caligrafismo elegante, virtud manual peligrosísima que perdió a tantos, evitándoles de pensar, se mantuvo invariablemente en el buen camino, por lo que hay en él de artista imbuido de un sentido práctico y objetivo, del cual se sirvió como pauta en la búsqueda de una documentación a través de la realidad circundante, fruto y perpetua preñez de la humana existencia”.

Al momento de llevar a cabo esta muestra, Macaya tenía en mente el retorno, inclusive con carácter definitivo, a Cataluña. Lo hará una vez clausurada su muestra, y su estancia en la tierra de origen se extenderá hasta la segunda mitad del año siguiente. Para Macaya la vuelta a Barcelona, y más con la intención de permanencia que le alentaba, traerá consigo una actividad frenética, por un lado para difundir su trayectoria gráfica en Buenos Aires, no debidamente conocida en Cataluña, y por otro dar continuidad a su producción. Se incorporó entonces al grupo “Els negres” con el que participará en exposiciones colectivas. Colaborará con revistas como Lecturas, El Hogar y La moda.

Pero el vínculo más fuerte será con la flamante Editorial Mentora, para la que ilustra algunos libros como La vida i la mort d’en Jordi Fraginals (1926) de Josep Pous i Pagès o la novela El collar de la Núria (1927) de Cèsar August Jordana, participando a la vez en la revista creada por la misma casa, Llegiu-me (Léame), aparecida en octubre de 1926 y que se anunciaba como la primera revista literaria en catalán. En ese marco publicará la Auca de les bèsties, que marca su tránsito por una de las sendas más notables del libro catalán, la del libro infantil, en la que descollaban artistas de renombre como Apeles Mestres, Lola Anglada, Rafael de Penagos o nuestro viejo conocido Joan Vila D’Ivori (que también ilustró para Mentora). El término catalán “aucas” al castellano se traduce como “aleluyas”, refiere a un conjunto de estampas a las cuales acompañan leyendas o poemas específicos, y que suelen presentarse en un número múltiplo de 4, generalmente 24 o 48, aunque en el libro de Macaya suman un total de 32, publicadas previamente en Llegiu-me.

 

Tapas ilustradas por Luis Macaya 

 

Macaya retorna a la Argentina en 1927, trayendo consigo un especial ímpetu por la actividad desarrollada en Cataluña, que le decidirá a asumir diferentes emprendimientos. Uno de ellos el inicio de sus colaboraciones en el diario La Nación, que comprenderán ilustraciones, junto a Bartolomé Mirabelli y Juan Carlos Hidalgo, para artículos de Ramón Gómez de la Serna en 1928; a partir de 1929 participará en el Magazine de los domingos. De gran relevancia será también, la cristalización de diversos proyectos vinculados a lo catalán, producto de un sentimiento de pertenencia al terruño que se había exacerbado durante el viaje. Así, será habitual su presencia en actividades del Casal de Catalunya en Buenos Aires, y el ejercicio de la dirección de Catalònia. Revista d’informació i expansió catalana (1927-1930) que a partir de este último año y hasta su cierre en 1965 se llamará Catalunya; Macaya la dirigirá hasta 1946 en que fue reemplazado por Joan Merli. Colaborará asimismo con otro medio catalán, la revista Ressorgiment (1916-1972), junto a otros dos coterráneos, Pompeyo Audivert y José Planas Casas. Mantendrá a partir de entonces estrecha vinculación con Cataluña, enviando obras a distintos salones como los de Humoristas o los de la Agrupació d’Aquarellistes de Catalunya.

Por otra parte, y dado que había aprovechado su tiempo en España para recorrer casi toda la península, dibujando y pintando, en definitiva produciendo una gran cantidad de obra, compondría con ella, en agosto de 1928 una nueva muestra en Witcomb, titulada “España. Impresiones”, con catálogo prologado por el andaluz Eduardo del Saz, y que incluía escenas de Cataluña, Aragón, Navarra, País Vasco, Cantabria, Asturias, Galicia, Castilla, Extremadura, Andalucía y Levante. Al mes siguiente se producirá un hecho trascendente, recogido en otra parte de este libro, como fue la Primera Exposición Nacional del Libro. Para la misma, la Librería de García Santos editaría, con la finalidad de ser obsequiada durante el evento a bibliófilos y a lectores en general, la obra Máximas y pensamientos sobre el libro, cuya cubierta sería diseñada por Macaya con barroca ornamentación.

Sin duda espoleado por lo visto en Barcelona, y animado por los reconocimientos que su tarea seguía cosechando en Buenos Aires, Macaya va a dar entonces un salto definitivo al mundo del libro. Entre 1928 y 1929 su acción va a estar vinculada a la Editorial El Ateneo, fundada en 1912 por el español Pedro García, y más concretamente a dos escritores: Ernesto Morales y Justo G. Dessein Merlo. Para ambos hará las tapas de varias obras de tinte americanista, mayoritariamente vinculadas al mundo indígena, en las que va a dar rienda suelta a una iconografía y tipografía prehispanistas que alcanzan en ocasiones gran calidad como se aprecia, por citar sólo tres casos, en Leyendas de Indias (1928) y Las enseñanzas de Pacaric (1929) de Morales, o en Andes del sol (1929) de Dessein Merlo. El gusto por modernizar lenguajes arcaicos lo extiende Macaya a libros como El demagogo (1928) de Carlos Alberto Lazcano y El tonel de Diógenes (1929) de su compañero en La Nación Enrique Méndez Calzada, con sendas tapas acometidas con diseños y tipografías medievalistas.

Muy pronto iniciará con fuerza su ligazón más importante numéricamente hablando (a nuestro juicio, no desde el punto de vista estético, salvo excepciones muy puntuales) que fue con la Editorial Tor, del mallorquín Juan Torrendell, aunque más que nada a partir de que tomó las riendas de la misma su hijo, Juan Carlos Torrendell, en 1930. En la misma Macaya va a desarrollar una casi inabarcable producción como “tapista” de las series en ella publicadas; las tapas de Macaya serían a Tor lo que las de Bonomi a la colección “Séptimo círculo” de Emecé, o Seoane a Botella al Mar: una seña de identidad.

Más allá de tempranas producciones sueltas como la cubierta de El pastor de estrellas (1929) de Héctor Pedro Blomberg, va a diseñar Macaya para la editorial, en el periodo 1930-1933, antes de un nuevo retorno a Cataluña, una serie de cubiertas con lenguajes manifiestamente modernos. En este contexto puede leerse la de España. Pueblos, Caminos, Arte y Paisaje (1930) de Germán Fernández Fraga, donde Macaya asume un tipo de composición a la que será muy afecto, inspirada por el fotomontaje, como es la de superponer en un mismo plano edificaciones o escenas de distintas épocas de un mismo país o ciudad. Este efecto lo veríamos más adelante en Buenos Aires ciudad (1937) de Ismael Bucich Escobar y en algunas acuarelas hechas en aquellos años.

Entre las más singulares composiciones para Tor se hallan las que hace para las tapas de la novela Jazz y golf (1930) de Ferrari Amores y de Cocktail para el atardecer de un sábado inglés (1932) de la periodista y escritora Silvia Guerrico. Alcanzan ambas gran dinamismo déco, a base de multiplicar diagonales en dibujos y tipografía, pudiéndose distinguir un amplio repertorio de la “vida moderna”: banda de jazz, boxeador y bailarines negros, danzarina mulata, jugadoras de golf y de tenis, trasatlántico, automóvil, rascacielos... todo salpicado por un encendido colorido, sobre todo en la primera de las obras citadas.

Hacia 1930 comenzará la ilustración de tapas para la “Colección Misterio” de Tor, aunque es el inventado J. C. Rovira quien aparece como editor. En el marco de la misma destacará fundamentalmente la edición de varios libros de Edgar Wallace (que es presentado como “El rey del misterio”) y de J. S. Fletcher. Sería muy extenso el reseñar la larga producción de Macaya vinculado a estos libros, pero valga mencionar como nota dominante de las tapas el carácter de ilustración de historieta que estas tenían, el variado colorido, y, en algunos casos, la recurrencia a lenguajes geometrizantes dentro de las sendas de modernidad en las que el artista buceaba (no fue lo habitual), como se ve en las de dos de esas obras de Wallace, Los cuatro hombres justos (1930) y La ley de los cuatro hombres justos (1931), donde, juega con claroscuros bajo el influjo de la xilografía con la que para entonces comienza a experimentar. En ciertos momentos la demanda de cubiertas por parte de Tor para Macaya llegó a ser de tal magnitud que, como recuerda Carlos Abraham, “en ciertas ocasiones es fácil apreciar que el ilustrador no había leído la novela que le tocaba ilustrar, guiándose sólo por el título. El ejemplo más sensacional es Tarzán y el hurón, donde la portada muestra al hombre mono enfrentándose a un gigantesco y peludo hurón, siendo que en el libro se trata simplemente del apodo afectuoso que las tribus africanas dan a un apacible minero blanco, empeñado en buscar oro en el corazón de África”.

Siguiendo con ese periodo de entredécadas que se nos muestra como el más trascendental en cuanto a la producción de Luis Macaya como ilustrador de libros, debido a los muy diferentes registros que asumió, dependiendo de autores y temas tratados, y sobre todo por ciertos lenguajes de avanzada que acertó a plasmar, una mención especial merece la neofuturista tapa para Aterrizaje (1931) de Dessein Merlo, libro en el que, alejándose ambos, autor e ilustrador, de aquellas propuestas prehispanistas de un par de años antes, permiten la emergencia de una composición de gran dinamismo tipográfico teniendo como eje un geometrizado avión en descenso.

Pero más aun, y no dudaríamos en mencionarla como producción más significativa de Macaya, la cubierta que hace para Concéntricas (1932) de su amigo Sixto L. Martelli, uno de los primeros fotomontajes que conocemos en el libro argentino, que patentiza el conocimiento que Macaya tenía de la obra de John Heartfield y de otros artistas que experimentaban con el género en revistas de difusión internacional. Entonces circulaba el libro Hotel América de María Leitner, publicado en 1931 por la madrileña Editorial Cénit, con cubierta completa (tapa y contratapa) a cargo de Heartfield, impronta totalizadora que caracterizaría también a la de Concéntricas. Para la composición, Macaya se vale de fotografías de diferente procedencia (es difícil identificarlas) con las que consigue notable movimiento.

Como contrapartida, Martelli prologará a Macaya, ese mismo año de 1932, su carpeta de 12 xilografías de costumbres argentinas, demostrando con ella la convivencia de propuestas de vanguardia con una producción tradicionalista. Ya dos años antes había efectuado en las salas de la Nordiska Kompaniet una “Exposición de dibujos gauchos”, y será en este álbum cuando adopte por vez primera la técnica xilográfica, más allá de que Martelli hubiera señalado en su escrito que en algunos dibujos a tinta de años anteriores había demostrado un “sentir xilográfico”. Este género de estampa, y dentro de las temáticas autóctonas, tendría un segundo escalón en 1936, cuando haga los grabados para una edición del Martín Fierro traducido al catalán por Enric Martí i Muntaner. Ilustraciones para la obra hernandiana serían expuestas muchos años después junto a esculturas en madera del mismo tema hechas por Jorge Casals, obras todas hoy conservadas en el Museo de Bellas Artes de Luján.

Y es que, lejos de debilitarse los lazos con Cataluña, Macaya, tras exponer en Witcomb en junio de 1932 obras de tinte costumbrista junto a acuarelas y dibujos de paisajes catalanes, había decidido renovarlos personalmente realizando un nuevo viaje a Barcelona en 1933. El regreso a Buenos Aires tres años después, coincidiendo con el estallido de la guerra civil española, marcará la reintegración de Macaya al ámbito artístico de Buenos Aires, exponiendo en la segunda quincena de julio acuarelas de paisajes españoles, mayoritariamente catalanes. En cuestiones editoriales, fundamentalmente significará la reanudación de los vínculos y la multiplicación de encargos por parte de la editorial Tor; temas bélicos, novelas de misterio, temáticas sociales, vidas de grandes personajes, orientalistas, simbolistas, libros infantiles, y otros muchos géneros determinarán la trayectoria del artista catalán vinculado al libro, la que extenderá hasta su fallecimiento en 1953.

 

Rodrigo Gutiérrez Viñuales

Libros Argentinos – Ilustración y Modernidad

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Luis Fernando Macaya Sanfeliu (1888-1953)