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Primera antología de la Ciencia Ficción Latinoamericana

AA.VV.

Rodolfo Alonso Editor

Colección Aventura

1970

Tapa blanda, rústica sin solapas

125 páginas

Tapa: Sergio Camporeale

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes menores por paso del tiempo. Sello "Ejemplar de cortesía fuera de comercio".

 

✶ CONTRATAPA:

Después del éxito cada vez mayor de la nueva narrativa latinoamericana en el mundo entero, no puede dejar de asombrarnos que, hasta hoy, se haya dejado de lado, casi como un continente perdido dentro de la literatura del continente, la originalísima ciencia-ficción escrita, muchas veces aisladamente, sin contacto unos con otros, por jóvenes escritores de nuestras tierras. Esta Primera antología de la ciencia-ficción latinoamericana viene a cubrir ese vacío. Al leerla, junto con el asombro de descubrir tantos valiosos escritores nuevos de tantos países hermanos, no podrá dejar de sorprendernos también, aún tratándose de este género, que René Avilés Fabila se haya anticipado en años a la absurda guerra entre El Salvador y Honduras por un partido de fútbol (!), o que Emilio Alarco previera también, muchos años antes, el actual auge del trasplante de órganos. Y aún hay más sorpresas.

 

✶ INDICE:

ARGENTINA

Samantha, por Alicia Suárez

BRASIL

El paraíso perdido, por Clóvis García

El niño y la máquina, por Antônio Olinto

COLOMBIA

Rocky Lunario, por René Rebetez

COSTA RICA

El planeta de los perros, por Alberto Cañas

CUBA

El planeta negro, por Angel Arango

El pirotécnico Li-Shiao, por Manuel Herrera

No me acaricies, venusino, por Juan Luis Herrero

Las montañas, los barcos y los ríos del cielo, por Germán Pinilla

ECUADOR

La doble y única mujer, por Pablo Palacio

EL SALVADOR

Misión cumplida, por Alvaro Menén Desleal

El hombre y su sombra, por Alvaro Menén Desleal

HONDURAS

La búsqueda, por Oscar Acosta

El regresivo, por Oscar Acosta

Nacimiento último, por Orlando Henríquez

MEXICO

Hacia el fin del mundo, por René Avilés Fabila

PERU

Tesis, por José Adolph

La magia de los mundos, por Eugenio Alarco

 

✶ "SAMANTHA" - ALICIA SUÁREZ:

“Savia joven en sus venas y calor en sus entrañas...”. La voz se había amalgamado con el viento. Había sido un susurro suave y misterioso. Antes del sueño, sólo un instante antes, el hombre ha traído el líquido verde, translúcido.

—Bebe.

Samantha ha estado mirando la noche. Ha percibido el insondable desasosiego que produce la negrura, en el silencio, tras los cristales. Ha abierto la ventana entonces.

El fresco aliento de la brisa roza la piel de los hombros, estremece su garganta. La brisa lleva el aroma de la flor, la corteza y los pastos húmedos. Y el olor de cosas ancestrales. El olor del polvo de las ruinas, del brote primigenio.

Samantha no conoce el olor del Tiempo.

¿Qué sensación es aquella que ha cruzado las vastedades de todos los mundos para latir en sus entrañas?

Despertó repentinamente y se prendieron sus pupilas a aquellas otras profundas pupilas brillantes de triunfo.

Era la media tarde.

—Leonard...

Ella tenía ojos dorados. Los descubrió de pronto tan dorados como la tarde en que se habían encontrado bajo el sol y él había advertido que no eran verdes, sino del color del oro.

“¿Recuerdas... recuerdas ese atardecer...?”

No, aún no. Aún no.

—Leonard.

—Todo está bien ahora, querida. Dime como te sientes.

—Bien. Me siento maravillosamente bien. ¿Qué ha sucedido? Oh, Leonard... abre la ventana, quieres?

El hombre caminó hacia el amplio ventanal y dejó que la esencia de la tarde perfumada penetrase en el cuarto. Después observó el rostro de la mujer; las tersas mejillas arreboladas, la boca-capullo, rosada, perfecta.

—¿Sientes la fragancia de los azahares, Samantha? Han florecido los naranjos... Has estado inconsciente un largo tiempo; cuando aún no había flores en las copas de los naranjos. Ahora... ahora yo te hablaré de ella. Hablaré de su cuerpo como el tuyo, de sus ojos embriagados de sol. Pronto, pronto será tan perfecta como una mujer. Y yo diré: toma, tómala Samantha, es para tí.

—Sí, recuerdo. Quiero verla, Leonard. Quiero...

—Iremos caminando por los campos primero. Sólo caminaremos sin dirigirnos hacia ningún lugar. Has permanecido allí quieta y en silencio. Has estado tan quieta, Samantha... Todo está aguardándote. Tu vestido, te pondrás tu vestido blanco...

—¿Vestido blanco?

—Hay un vestido para ti. Te verás bonita.

Dejando atrás la casa con sus recovecos frescos y silentes, y el perfume de los primeros capullos abiertos junto a las paredes blancas, se extendía el fecundo océano tierra siena ramificándose en polvorientos senderos semicubiertos de hierbas, desgajándose en madreselvas y rosas silvestres, desangrando gota a gota su savia preciosa en racimos morados, henchidos, brillantes.

Ellos avanzaban por el camino, los pies descalzos como un ritual de la primavera, las manos unidas, latiendo las palmas calientes. El albo vestido se había enjoyado con la verde sangre de los tallos jóvenes, con el trémulo desgarro de los pétalos rosados, amarillos, escarlata. Un fruto pequeño, tierno corazón del crepúsculo lila, dejó tres manchas del color del vino y Samantha, Proserpina pálida de la media noche, emergida de mil párpados quietos, mil rojos segundos latiendo en las tinieblas, despojóse de la túnica vestal y se hundió en la fragante alfombra florida. De pie en lo alto de la colina Leonard la vio ascender, los largos muslos elásticos hendiendo el aire, el sol último centelleando en los cabellos. Allí, el aire golpeando el rostro, el torso del hombre y su cuello y sus brazos. La brisa perfumada de naranjos y jazmines, perfumada de madera y mar y follaje y muros y raíces. La brisa sabiendo a duraznos roza las manos de Samantha; acaricia su pecho, aletea en su cintura.

Un susurro, un leve deshojar de la boca-capullo.

—Es la esencia del estío.

—Sí, el verano ya está en el aire, Samantha.

Leonard tomó su mano y descendieron lentamente.

Llegaron al gran taller con el cielo oscurecido y los susurrantes árboles atrás, desdoblándose en sombras afiladas.

La puerta ancha, sólida como el portal de una fortaleza, se echó hacia un lado y los oídos se aguzaron instintivamente para acusar el chirrido.

Leonard movió su brazo. Junto a la pared, mágicamente, lo elevó y la luz se esparció de pronto; y pareció

[Entre las imágenes falta texto de páginas intermedias.]

Leonard no está allí.

“Regresará pronto...”

Parece lógico si se piensa que pronto estará allí, entre las máquinas:

Ahora Samantha gira la cabeza y no alcanza a distinguir la otra camilla con el bulto inmóvil. Está oscuro.

“Habrá que convivir con ella, tratarla bien.”

Claro. Está tan oscuro todo...

Se incorpora lentamente, con cierta dificultad. En la otra camilla... No puede verla pero allí está, allí, a unos pasos. Y ella... necesita tocararla. Los cabellos, la línea del cuello y los hombros...

La mano desciende, desciende, se detiene; desciende otra vez y roza la superficie de la camilla. Ahora, las dos manos palpan frenéticas la blancura semimullida.

“¡Se ha ido, la robot se ha ido...!”

Qué extraño es estar allí, de pie en el taller, en la oscuridad...

La puerta, la puerta se ha abierto y la luz se expande. Y los pasos y las voces.

—...fue perfecto, todo perfecto querida.

—¿Se acostumbrará?

—Sí. El último paso — Leonard descubrió el pequeño objeto azulado en el hueco de su mano y presionó los botones.

Samantha, tres manchas del color del vino en su vestido blanco, no—Proserpina—naciente—de—la—tierra—hacia—el—verano los vió, el hombre sonriendo, la mujer de ojos dorados, mejillas tersas, boca-capullo, largos miembros elásticos...

—Esta tarde vendrá la señora Brand. Oh, querida, esa mujer es insoportable; es tan... tan...

—Sí, sí, lo es. ¿La atenderás tú, verdad Samantha?

Algo se quebró dentro de Samantha, en su cráneo, con un estallido colosal que eclipsa el sonido de las máquinas.

Algo comenzó a funcionar con la precisión de un reloj; algo que, mientras por la amplia puerta llega el olor del verano y el de todos los anteriores veranos que ella no alcanza a percibir, le obliga a responder:

—Sí, señora.

 

FIN

 

Rodolfo Alonso