Tiempo que vivo
Osvaldo Rossler
Editorial Losada
Colección Poetas de Ayer y de Hoy
1966
Tapa blanda, rústica con solapas
55 páginas
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.
Desgastes menores por paso del tiempo. Pequeño faltante en contratapa.
✶ TEXTO EN SOLAPAS:
Poesía densa, grave, poesía que no se distrae ni por un solo momento de aquellos fines que persigue, este nuevo libro de Osvaldo Rossler es la confirmación y acaso la culminación de la creciente y sostenida labor que viene desarrollando desde hace casi veinte años. Si Cantos de amor y soledad, el libro precedente, planteaba una diversidad de instancias y ámbitos, aquí el mundo del poeta se condensa y extrae sus conclusiones generales sobre el tiempo que le ha tocado vivir. En tal sentido, “El arte y otras cosas” y “Nuestro clima es la angustia” son dos piezas claves. Tienen un carácter de resumen y recuento. En estas piezas está expuesta la individualidad, pero sobre todo está el trasfondo de la época. Esta amplitud en el campo de la observación no desdeña la claridad en el uso de la palabra; el lector podrá confirmarlo. Los poemas que integran la segunda parte de Tiempo que vivo nos muestran otro aspecto de la sensibilidad del autor: su apasionado interés por Buenos Aires. En efecto, nuestra ciudad es uno de los temas constantes de Rossler. El plano de la urbe con su concentración de afanes y destinos ha servido para fijar el tono realista y contemporáneo de esta poesía.
LA VENTANA
Una vez más he abierto la ventana
de par en par para mirar el mundo,
para observar la vida de los otros,
y he visto al mercader enriqueciéndose
en cada transacción, al sacerdote
satisfecho consigo, al funcionario
usufructuando su poder efímero,
al hombre con el hombre celebrando
extraños pactos de sensualidad.
El otro día una vez más he abierto
la ventana, miré durante un tiempo:
vi los rostros de siempre, las maneras
de siempre, los gestos conocidos.
Sentí un hastío intenso,
consideré que el mundo me ofrecía
un doblegado cuadro de valores
del que debía prescindir, cerré
la ventana con furia, el cuarto era
una sombra extendida de mí mismo.
Desnudé el cuerpo, me arrojé en el lecho.
Me acompañaba, es cierto, la quietud,
los libros donde demoré una parte
de mi existencia, acaso la más honda,
pero qué solo me sentí, qué triste
en medio de la paz de mi abandono.
De pronto comprendí lo inútil que era
elevar una torre donde el mundo
fuera no la materia sino el sueño,
me aproximé entonces hacia el muro,
apoyé en la ventana mis dos manos
y una vez más la abrí, definitiva.
