Biblioteca Nacional Argentina
Horacio Salas
Manrique Zago Ediciones
1997
Edición bilingüe: castellano-inglés
Tapa dura
207 páginas
Numerosas fotografías y reproducciones color y b/n
Tamaño 31x23
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Sin la sobrecubierta original. Sin detalles a mencionar.
Reproducida en esta edición
✶ UNA RECORRIDA POR LA BIBLIOTECA - HORACIO SALAS
El nuevo edificio de la Biblioteca es una obra majestuosa y bella, de líneas armoniosas, y su emplazamiento en lo alto de una barranca permite varias perspectivas diferentes. Para observarlo desde cierta distancia conviene cruzar la Avenida del Libertador y ubicarse justo a la altura del monumento al poeta Rubén Darío diseñado por José Fioravanti; al caminar algunos metros hacia izquierda o derecha, el observador descubre uno de los mejores exponentes de la arquitectura argentina de los años sesenta. Se trata de una mole gris de cemento a la vista, suspendida sobre cuatro sólidas patas que restan pesadez al conjunto.
El edificio tiene varias posibilidades de acceso: el visitante que llega desde avenida Las Heras podrá optar por la entrada de la calle Agüero, una amplia rampa por la que ingresa la mayoría de los lectores, o la escalinata que da sobre la calle Austria. (Sobre Agüero también se hallan el estacionamiento y un bar.) Desde la Avenida del Libertador, los caminos de la plaza conducen a la gran puerta de vidrios de la entrada. Una vez en el hall, siempre poblado de jóvenes estudiantes, se encontrará con un amplio recinto en cuyo centro han sido ubicados los empleados que controlan el ingreso de lectores, a los que proveen de los formularios que deberán ser entregados en las salas de lectura. Al mismo salón dan las puertas de los ascensores. Dos placas recuerdan los nombres de las empresas y los benefactores particulares que colaboraron para que la Biblioteca pudiera ser habilitada, mientras una tercera evoca el acto de inauguración; en ésta se mencionan las autoridades nacionales de aquel momento. A la izquierda de la puerta, en un nicho, se ve un busto del general Manuel Belgrano.
Si desciende un piso, la persona que realiza la recorrida arriba a los salones destinados a la Escuela de Bibliotecarios, con sus aulas, su sala de profesores y una biblioteca especializada a la que se le ha dado el nombre del antropólogo y folclorólogo Augusto Raúl Cortázar. Las tres aulas de la escuela recuerdan los nombres de tres notorios bibliotecólogos argentinos: la de primer año ha sido dedicada a Domingo Buonocore, autor de El mundo de los libros y el Diccionario de Bibliotecología; la de segundo recibe el nombre de Ernesto Gustavo Kietz y la de tercero el de Manuel Selva, otro especialista e investigador que se desempeñó por muchos años en la Biblioteca, escribió un importante Tratado de Bibliotecnia y llegó a ser secretario general del establecimiento.
En el mismo piso se asientan las secciones de Informática y de Arquitectura de la Biblioteca. Bajando un piso más se encuentran las Salas de Primeros Auxilios, la de Mantenimiento y la de Microfilmación, aún no inaugurada.
Allí también tiene su asiento el departamento de Conservación y Preservación, donde se encuadernan los libros nuevos más solicitados por los lectores, se reencuadernan aquellos que se han deteriorado por el uso y se reacondicionan los viejos lomos acribillados por el trabajo de décadas realizados por las polillas y otros enemigos de las antiguas encuadernaciones de cuero, en tiempos en que no existían los insecticidas actuales. En el piso de la Hemeroteca (llamado “H” en la jerga bibliotecaria) se ubica además el Servicio de Canje y Donaciones. El canje de libros y de publicaciones periódicas se efectúa con bibliotecas nacionales y con bibliotecas universitarias de distintas partes del mundo. En ambos casos, los ejemplares que se canjean provienen de donaciones (cuando, al efectuar una donación, el donante acepta que se redone) o de volúmenes duplicados en poder de la Biblioteca.
En el mismo piso de la Hemeroteca funciona también el Departamento de Extensión Cultural, que se ocupa de las muestras bibliográficas que se exhiben en la sala del primer piso y que tienen por propósito hacer conocer aquellos volúmenes a los que normalmente no accede el público en general y que en su mayoría proceden de la Sala del Tesoro, a la que solo ingresan los investigadores acreditados. A partir de la inauguración del nuevo edificio se han llevado a cabo numerosas exposiciones bibliográficas-hemerográficas de gran interés; algunas de ellas fueron la de revistas literarias argentinas; la de volúmenes de y sobre Jorge Luis Borges y la de publicaciones vinculadas al peronismo; la de viajeros al Río de la Plata de los siglos XV al XVII, que incluyó muy valiosos mapas de la época de la conquista, y la de revistas del siglo XIX.
El mismo departamento tiene a su cargo las exposiciones de la Sala Federal, ubicada en el tercer piso del edificio, donde se realizan muestras de pintura y exposiciones multimediáticas. El área organiza también las visitas guiadas institucionales, que se efectúan a solicitud de colegios, facultades, asociaciones de jubilados, barriales o de cualquier otro tipo.
Al continuar la recorrida, en el mismo piso, el visitante encuentra el Departamento de Procesos Técnicos, donde se vuelcan los datos necesarios para el rastreo informático. El catálogo del material bibliográfico llegado a la Biblioteca con posterioridad a 1985 se encuentra totalmente informatizado, y con ese corpus se ha formado una base de datos de aproximadamente ciento cuarenta mil registros, disponibles en doce terminales de autoconsulta. El resto de los volúmenes, reunidos desde la fundación de la Biblioteca hasta 1984, se encuentra registrado en los ficheros históricos. En el sector se está realizando el mismo trabajo de informatización con las publicaciones periódicas recientemente llegadas a la Biblioteca.
A continuación, se arriba a uno de los núcleos más importantes de la Biblioteca Nacional, la Hemeroteca, cuyos amplios ventanales dan sobre la calle Agüero y que tiene capacidad para doscientos cincuenta lectores. La Hemeroteca atesora unas setecientas mil piezas correspondientes a colecciones de diarios y revistas, en su gran mayoría argentinos. En estantería abierta se hallan los principales diarios editados en el país en los últimos años, y posee un sector para lectura informal, con los últimos números de las principales revistas argentinas. Por su parte, los investigadores que necesitan consultar el fondo hemerográfico cuentan con un área especial para este fin.
Contigua a la Hemeroteca se halla la Sala Especial para no Videntes, que cuenta con capacidad para diez lectores y cuyo fondo está conformado por libros y revistas traducidos al Braille, así como maquetas y planos en relieve y casetes especiales, máquinas para la escritura en Braille, telelupa y un lector personal, informático, capaz de escanear cualquier volumen y transformarlo en voz. El área cuenta asimismo con gran número de diccionarios en idiomas europeos y materiales de todo tipo transcriptos en Braille.
En los tres pisos de subsuelo de la Biblioteca han sido instalados los depósitos donde se almacenan casi dos millones de piezas bibliográficas. Se trata de recintos que semejan inmensos estacionamientos pintados de amarillo, donde en estanterías de metal se encuentran ordenados tanto libros como colecciones de diarios y revistas. En una rápida recorrida, el asombrado visitante puede descubrir —entre otras curiosidades— las cajas de madera mandadas construir por Groussac, en cuyo interior se guardan los millares de folletos que atesora la Biblioteca. Allí se conservan, por ejemplo, la multitud de libelos políticos del siglo XIX y las conferencias, que por entonces era frecuente que se imprimieran posteriormente; en otro rincón de ese laberinto de estanterías aparece una multitud de tesis de doctorado de la Universidad de Buenos Aires —que es obligatorio depositar en la Biblioteca—, desde las primeras que se remontan a 1826, escritas con la pareja caligrafía de la época. Un material inapreciable para conocer el pensamiento científico de aquellos días, los prejuicios, los temores y también las audacias de los jóvenes profesionales de entonces y el desarrollo de sus investigaciones; en esas páginas debe ser posible deducir el estado de las ciencias, sus avances y retrocesos.
Atravesando el entramado de largas filas donde la constante unánime son libros de los más variados tamaños y encuadernaciones, es posible encontrar infinidad de volúmenes que aunque no se encuentran en la Sala del Tesoro son igualmente obras raras, incluso algunas lujosas, y textos inhallables de los siglos XVII y XVIII. Libros que acaso nadie ha solicitado a lo largo de casi doscientos años, enciclopedias, atlas, el Oriente y el Occidente, siglos, dinastías, símbolos, cosmos y cosmogonías que hacen a la historia del hombre y su circunstancia. En un rincón de los depósitos es posible encontrarse de pronto con una gran colección de carpetas y cajas de cartón, libros de todo tipo y algunas colecciones de diarios y revistas. Se trata de la donación de la biblioteca y archivo del presidente Arturo Frondizi: sus papeles, proyectos, borradores, notas y fotografías, que serán imprescindibles para el investigador que pretenda estudiar el período en el que actuó el estadista.
Separado del sector libros por un gran espacio vacío, se ubica el depósito de la Hemeroteca, donde se almacenan las millares de colecciones de diarios y revistas que conserva la Biblioteca, desde aquellos periódicos de mayor circulación y permanencia, como La Nación, La Prensa, La Razón, Clarín y Crítica, hasta publicaciones ignotas que solo llegaron a poner un ejemplar en manos de los lectores. Boletines institucionales, revistas literarias y hasta los ejemplares de algún efímero noticiero barrial, se reúnen en este ámbito de la Biblioteca, donde el silencio hace resonar los pasos de las escasas personas que circulan por esas galerías repletas de volúmenes.
Desde el segundo subsuelo (el tercero aún no ha sido habilitado y por ahora no resulta necesario hacerlo de acuerdo con la cantidad de volúmenes que alberga la Biblioteca) ascendemos hasta el primer piso donde se encuentran las oficinas de la Dirección, con el amplio despacho del director adornado con un busto del general Juan Domingo Perón, retratos de Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal, un busto de Ricardo Rojas y una cabeza de cerámica de Manuel Mujica Lainez. De la pared del salón de directorio contiguo a la Dirección cuelga una pintura del fileteador Martiniano Arce, que muestra una perspectiva del frente del edificio, realizada en intenso color azul; en el centro del salón se ve una vasta mesa capaz de albergar unas veinte personas.
Al transponer la puerta de vidrios de la Dirección se ingresa en la amplísima Sala Leopoldo Marechal, donde sobre la izquierda se hallan las vitrinas que se utilizan para la exposiciones bibliográficas, con capacidad para exhibir aproximadamente trescientas piezas; a la derecha funciona una moderna y luminosa cafetería.
Al frente, tras una gran puerta de madera, se abre el Auditorio Jorge Luis Borges, tapizado en lacre, con una capacidad de trescientas butacas y un gran escenario al frente, presidido por una escultura del autor de Fervor de Buenos Aires. Allí, casi diariamente se efectúan todo tipo de actos culturales, conferencias, homenajes, presentaciones de libros, congresos y encuentros sobre las más diversas materias. También se brindan conciertos, para los que cuenta con el piano que fue del compositor Alberto Williams, uno de los hitos de la música argentina.
En el segundo piso del edificio están ubicadas las oficinas administrativas. En el tercero tienen sus salones dos entidades que —aunque no pertenecen a la Biblioteca— han encontrado en ese ámbito el espacio necesario para desarrollar sus actividades: la Academia Nacional de Periodismo y el Centro de Documentación de la UNESCO, que contiene la totalidad de las publicaciones de dicha entidad internacional, así como las efectuadas por la Organización de Estados Americanos; cuenta con unos quince mil volúmenes y la sala tiene capacidad para treinta lectores.

Frente a estas oficinas se ubicarán próximamente la Mapoteca y Sala de Multimedia, que concentrarán todo aquel material que no sea libro ni publicación periódica. Ha de contener las colecciones de mapas, imágenes de arte, fotografías, estampillas, películas, videos, discos, casetes, discos compactos y CD-ROM acumulados por la Biblioteca. La sala contará con gabinetes especiales para ver películas o escuchar música, lectores de CD-ROM y computadoras conectadas a Internet, y tendrá capacidad para treinta lectores.
Al final del pasillo se halla la Sala Federal de Exposiciones, donde se realizan muestras de artes plásticas, libros y fotografías.
En el mismo piso posee un espacio destacado el Tesoro de la Biblioteca Nacional, que —como se dijo— preserva los más antiguos y valiosos ejemplares que posee el establecimiento. Al ingresar, sobre la pared de la izquierda, cuelgan los retratos de los directores fallecidos, desde Saturnino Segurola hasta Vicente Sierra. Además de los libros, periódicos y manuscritos que se guardan en dicho ámbito, allí se conservan también el escritorio dorado, réplica del que utiliza el presidente de la Nación, que usaba Borges y el semicircular especialmente mandado hacer por Groussac, que en su interior cuenta con un pequeño apoyapiés; en este escritorio, el director debía quedar literalmente rodeado por los muchos papeles y volúmenes que, según se afirma, acumulaba, consultaba y confrontaba, para escribir su obra múltiple, variada y erudita. Conmueve pensar que en ese lugar trabajó durante más de cuarenta años el autor de El viaje intelectual sin que los altibajos políticos del país pudieran molestar su tarea. Incluso existe una muy difundida fotografía de Borges sentado tras ese escritorio, que le fue tomada por Sara Facio hacia mediados de la década del sesenta, aunque por lo general, para recibir visitantes o dictar sus poemas, utilizaba el otro escritorio de la sala de dirección. Ahora, sobre este mueble de inusual formato se exhiben dos viejas máquinas de escribir del siglo pasado, una de ellas, marca Hammond, modelo 1852, así como un tintero de la época.
También en la Sala del Tesoro, cuyos pupitres provienen del salón de lectura de la calle México, es posible admirar algunas bibliotecas móviles inglesas, con lujosa marquetería, pertenecientes a la Donación Leguina. Otra curiosidad de la Sala del Tesoro es la constituida por la colección de documentos del Archivo de Indias referidos al Río de la Plata, prolijamente dactilografiados en cinta azul por el investigador Gaspar García Viñas, quien, por encargo de Groussac, viajó especialmente a Sevilla entre 1910 y 1918 para copiar uno por uno los miles de manuscritos en cuestión.
La sala alberga libros de los siglos XVI, XVII y XVIII y varias publicaciones periódicas que se remontan al Virreinato del Río de la Plata. La más antigua es la colección de una publicación parisina de la época de la Revolución Francesa.
Se conserva la mayor parte de la colección del obispo Azamor, un millar de volúmenes que —como se ha dicho— fueron el punto de partida de la Biblioteca en 1810. Existe una gran cantidad de volúmenes contemporáneos de la génesis de la nacionalidad, muchos de ellos editados por la Imprenta de los Expósitos, que señalan los pasos iniciales de la cultura argentina.
Además de los veintiún incunables de los que ya se ha hablado, en el Depósito del Tesoro se guardan también parte de la biblioteca de Manuel Belgrano y la colección formada por José de San Martín durante su residencia en Francia, que fue donada a la Biblioteca por los herederos del prócer.
Continuando el recorrido, al subir al cuarto piso nos encontramos con un gran salón donde se conservan grabaciones, tanto de música culta como popular, en los antiguos discos de 78 revoluciones y en long-play; en muchos casos, se trata de placas raras o inhallables, un material que próximamente será habilitado para los usuarios.
Al proseguir la visita, en el quinto piso del edificio, en medio de un constante tránsito de jóvenes estudiantes, se ingresa en la Sala de Lectura Principal “Mariano Moreno”, con capacidad para cuatrocientos lectores. Está presidida por un busto del prócer que en 1810 fue designado protector de la Biblioteca. Allí se ubican los catálogos, que, como se explicó, se hallan en proceso de informatización. Existen además veinte gabinetes reservados a investigadores; una zona para trabajo grupal y servicios de fotocopia, bar, baños, teléfonos y armarios para que los lectores que lo deseen puedan guardar sus efectos personales. La sala de lectura ha sido equipada con los antiguos muebles utilizados en el edificio de la calle México.
En el sexto piso se encuentra la Sala de Referencia, con capacidad para ciento veinte lectores, que alberga unas dos mil piezas entre diccionarios, enciclopedias, manuales e historias generales, bibliografías y censos, que pueden ser consultados directamente por los lectores. Además de los lectores habituales que pueden encontrarse en cualquier biblioteca, llama la atención una señora cercana a los ochenta años, cuidadosamente vestida, inclinada sobre un enorme volumen y copiando datos en un gran cuaderno; se puede suponer que se trata de un trabajo encargado por algún profesor a un nieto, y ella colabora para que el muchacho se luzca. Un extremo de la sala ha sido amueblado con cómodos sillones y sofás para aquellos que prefieren leer en un sitio más mullido y confortable.
En el mismo piso se ha destinado un espacio a la Sala Estudiantil, con capacidad para recibir a cien lectores, especialmente destinada a estudiantes secundarios, para que puedan trabajar en equipo y por lo tanto, leer en voz alta. En mesas para cuatro personas, se puede ver dialogando a chicas y muchachos, obviamente alumnos de cuarto o quinto año del Bachillerato que preparan una monografía, una tarea para mejorar notas o algún examen, al parecer de geografía o historia. Las paredes del recinto son de vidrio transparente: sin embargo, una pareja de adolescentes, al parecer ajenos a cualquier labor de estudio, se miran a los ojos y se rozan los dedos. Enfrente, tres de los integrantes de un grupo ríen un poco fuerte y un cuarto lector les llama la atención. En las estanterías de la sala se encuentran unos dos mil volúmenes y posee su propio sector de referencia, ubicado en estanterías abiertas y provisto de manuales, enciclopedias, atlas y libros de texto.
Respecto de las prestaciones de Internet y E-mail, un empleado especializado busca los datos que le solicitan los lectores, quienes podrán llevarse, copiado en disquete, el resultado de su navegación informática. La institución ofrece también, mediante el sistema SISCOR, un servicio gratuito mediante el cual quienes poseen una computadora y un módem pueden tener acceso al BBS de la Biblioteca Nacional desde su casa o lugar de trabajo.
Asimismo, accediendo a las páginas correspondientes a la Biblioteca Nacional en la Internet es posible ingresar, vía Telnet, en el catálogo bibliográfico del establecimiento, así como acceder a una área de multimedia con temas musicales representativos del país y a información turística sobre la República Argentina.
Por otra parte, la Biblioteca ha cedido espacios a entes que aunque no pertenecen a su estructura burocrática, corresponden al ámbito de la Secretaría de Cultura: la Dirección Nacional de Teatro y la Dirección de Patrimonio Cultural.
Al finalizar el recorrido por el edificio, todo visitante habrá de sorprenderse con la enorme cantidad de jóvenes y adolescentes que a todas horas transitan por el hall de entrada y las salas de lectura; y cada tarde, en el primer piso, podrá asistir a algunos de los múltiples actos que jerarquizan el Auditorio, que se ha convertido en uno de los ámbitos intelectuales más prestigiosos de la ciudad de Buenos Aires. Por todo ello se justifica la designación que José Edmundo Clemente ha dado en estas mismas páginas al nuevo edificio de Agüero y Libertador: El domicilio de la cultura.
Reproducida en esta edición
✶ INDICE:
1. La Biblioteca Global, por Oscar Sbarra Mitre
- Historia y cultura.
- Asurbanipal, el precursor.
- La mítica Alejandría.
- Las herederas.
- El todo es la suma de las partes.
2. De libros y bibliotecas, por Horacio Salas
- La prehistoria de las bibliotecas.
- Las bibliotecas en la historia.
- La creación de la imprenta.
- Los libros en el Virreinato.
- Fundación y primeros tiempos.
- Los años difíciles.
- Los tiempos de Groussac.
- La gestión de Martínez Zuviría.
- El período borgeano.
- La Biblioteca de la democracia.
3. Tesoros de la Biblioteca, por Horacio Salas
- Los edificios de la Biblioteca.
- Los incunables.
- Una recorrida por la Biblioteca.
- La Escuela Nacional de Bibliotecarios.
4. Memoria de la Biblioteca
- Breve crónica sobre riesgos y venturas de un ex director, por Dardo Cúneo
- Supe ir a la Biblioteca, por Fermín Chávez
- Nuestro domicilio de la cultura, por José Edmundo Clemente
- Nuestra arma es el libro, por Héctor Yanover
- La Gazeta de Buenos-Ayres, facsímil
- La Sala Groussac, por Antonio Pagés Larraya
- Borges en la Biblioteca, por María Esther Vázquez
- La Biblioteca Nacional de España, por Luis Alberto de Cuenca
5. The National Library (Texto en inglés)
- Bibliografía
Reproducida en esta edición
✶ BORGES EN LA BIBLIOTECA – MARÍA ESTHER VÁZQUEZ
La mayor sugestión que la Biblioteca encerraba para Borges era que, en sí misma, constituía un laberinto. Cuando dice en el “Poema de los dones”: “Yo fatigo sin rumbo los confines de esta alta y honda biblioteca ciega” y más adelante “la penumbra hueca exploro con mi báculo indeciso” y luego “al errar por las altas galerías”, no está haciendo metáforas; Borges, del brazo de cualesquiera (si era un visitante ocasional, mejor, porque saldría muy impresionado, tal como le ocurrió a Emir Rodríguez Monegal) ascendía hasta el último piso del edificio, después atravesaba una abertura estrecha y baja que daba a un patio minúsculo y a una puerta de chapa. Esta accedía a unos complicados escalones desiguales que subían y bajaban y desembocaban en un pasillo oscurísimo.
Lo curioso es que Borges (casi ciego) en este punto advertía al acompañante que tuviera cuidado porque algo más adelante se encontrarían con unos peldaños de madera angostos y empinados. Por ellos se llegaba a un larguísimo corredor de techo bajo, flanqueado a la izquierda por ventanas fijas.
No estoy demasiado segura porque en un determinado punto el corredor se volvía impracticable, pero creo que daba vuelta a todo el edificio.
A la derecha, cada tanto se abría una puerta baja (se podía sentir que se estaba dentro de un cuento ideado por Borges); por una de ellas, inclinando la cabeza para pasar, Borges iba a su paraíso personal: una cúpula con techo de vidrios coloreados, cuyo piso era en realidad un agujero redondo abierto a un abismo, que terminaba ocho a diez metros más abajo en la gran escalera de mármol.
Borges, temerario, se asomaba al vacío tanteando los bordes con su bastón. Un día lo vio Clemente y, para evitar una segura catástrofe, lo hizo rodear por una sólida baranda de hierro. Borges imaginaba muchas pequeñas cúpulas simétricas en otros laberintos, en otros inaccesibles huecos.
En el gran vestíbulo del primer piso, al que daba la dirección, arrimado a la pared había un suntuoso reloj de pie.
Cada hora, Borges salía del despacho y se paraba frente a la esfera, la cara contra el vidrio. Sacaba del bolsillo superior del saco el reloj de plata y poniéndolo bajo su nariz controlaba si los horarios coincidían.
Su reloj pendía de una cadena rematada en una especie de botón también de plata y que aseguraba pasándolo por el ojal de la solapa. La comprobación debía de dejarlo satisfecho porque volvía sonriente a la dirección.
Durante los años en que Borges presidió la Biblioteca, celebró allí su aniversario. Cada 24 de agosto se organizaban unas fiestitas a la última hora de la tarde por las que transitaban amigos y amigas personales, la familia (Leonor, Norah, Guillermo y los sobrinos, Luis y Miguel, dos muchachitos), la gente que trabajaba en la Biblioteca, desde el subdirector hasta los ordenanzas, pasando por una serie de chicas jóvenes, algunas tan lindas que el propio Borges las denominó “las bellezas de la biblioteca”.
Infaltables en esas reuniones eran Wally Zenner, la señora del poema A la doctrina de pasión de tu voz; Adolfo Bioy Casares, que generalmente se lo llevaba cuando el festejo terminaba; Manuel Peyrou, de quien Borges admiraba las tramas policiales; Patricio Gannon, demasiado al estilo del Reino Unido, Miguel Alfredo Olivera, quien valiéndose de su parecido con Dickens dio una conferencia sobre sus personajes, vestido como el escritor inglés y representándolo; Alicia Jurado, que fue la primera biógrafa de Borges; Mariana y Adela Grondona, inseparables; Bettina Edelberg, bajo cuyo hechizo cayeron Borges y algunos más; Susana Bombal, amor imposible que mereció aquel poema: “Alta en la tarde, altiva y alabada...”; la inolvidable Luisa Mercedes Levinson, con sus grandes capelinas color lila, sus chales al tono y su generosa excentricidad...
Al promediar la reunión, Borges alzaba la copa, brindaba con todos y por todos, se tomaba el champaña de un trago y después, con un gesto principesco que perfeccionó con los años, tiraba la copa contra la gran chimenea encendida. Por supuesto, no se trataba de un cristal de Baccarat.
El relato clásico, repetido cada año con rigurosa precisión, era la corbata amarilla, porque el amarillo era el único color que aún distinguía.
Siempre hubo corbatas amarillas: de seda, de gros, de lana, con rayas, lisas, salpicadas de motitas, a lunares, con bastoncitos. Y cada año se renovaba el mismo ritual; la primera corbata que llegaba a sus manos, luego de ser convenientemente admirada, reemplazaba enseguida a la que Borges se había puesto esa mañana, que iba a parar a la oscuridad del bolsillo derecho de su saco. Le regalaban también billeteras, bombones, algún frasco de perfume, pañuelos y lapiceras (que no usaría jamás).
Una vez alguien le trajo un juego diminuto de pesas de bronce de las que se habían usado en las balanzas de dos platillos en los almacenes viejos; fue uno de los presentes que más apreció.
Reproducida en esta edición