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Cocteau par lui-meme

(Cocteau por sí mismo)

André Fraigneau

Ediciones de Seuil

Colección Escritores de Siempre N° 41

En francés

Tapa blanda, rústica sin solapas

195 páginas

Profusamente ilustrado con reproduciones y fotografías b/n

Impreso en París (Francia)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes mínimos por paso del tiempo.

 

Reproducida en esta edición

 

✶ PRÓLOGO:

«No admito más que una crítica de los libros: hacer que se juzguen por sí mismos. En una soledad cargada de interrogaciones, dejarlos durar en nosotros. Poco a poco, gastados por nuestra vigilancia implacable, los que deben desaparecer se deshacen. Pero algunos se afirman, cuya sustancia resiste a la vez los choques de nuestra inteligencia y los latidos de nuestro corazón.»

Reencuentro estas líneas, las primeras, creo, de crítica literaria que escribí a los veinte años para una revista de vanguardia, Les feuilles libres, donde tenía el honor de reseñar el libro de poemas de Jean Cocteau, Opéra, recientemente publicado. Salvo algunas torpezas, que hoy reemplazo por otras, menos excusables, las volvería a escribir con gusto en 1957. Otro pasaje de aquel artículo de 1928, evidentemente, lo fecha. Empieza así: «En una época tan inteligente como la nuestra, ya no hay que temer más que los excesos de sutileza.» Se advierte que los tiempos cambiaron. Pero atención a lo que sigue: «Estos errores son los más graves. Halagan nuestro amor propio. Los libros llenos de guiños, sin haber sido del todo “embaucado” por ellos, me sentí durante mucho tiempo su cómplice. Yo también aplaudí a un Jean Cocteau de circo sin fieras, lleno de amazonas y equilibristas, y lo decreté atolondradamente el más fuerte de los funámbulos. Con Opéra, descubrí de golpe el verdadero circo del poeta, el de Nerón, arena de arena donde uno es devorado.»

Esta mea culpa pública prueba que hace casi treinta años el malentendido ya reinaba entre Jean Cocteau y sus admiradores más fervientes, si no los más atentos. ¿Qué más natural, entonces, que un poeta preocupado por su línea, esa línea que era el estilo del alma, es decir, un hombre preocupado por la salvación de su alma, se haya explicado sin cesar y, «a pesar de los triunfos más resonantes», haya desesperado de verse alguna vez comprendido?

Búsqueda escrupulosa, desesperación profunda, que conocen los verdaderos artesanos y los espíritus religiosos. Pero si por lo general se admite la conciencia profesional de un ebanista, por ejemplo, o las angustias de un creyente, se tacha de pretensión insoportable y de falsa modestia al poeta que se atreve a tomar en serio su obra y a reclamar de sus lectores una seriedad análoga. ¿Acaso un poeta no es un fantasista capaz de distraernos entre dos trabajos importantes? Sin embargo, si el poeta acepta servir a una Iglesia, un Estado, un Partido; si en su defecto inventa actitudes espectaculares, como instalarse en una isla o recorrer los desiertos, se le perdonará su poesía. Pero que tenga mucho cuidado de no tocar nada sin compromiso, componenda, en suma, sin dimisión de su función de poeta. El problema reside en que el poeta es por esencia alguien que toca todo, que según la fórmula de Cézanne, «no se le podría echar el gancho encima», y que la poesía es un «objeto difícil de recoger».

Sin duda fue con Jean Cocteau que los términos poeta y poesía tomaron su definición más precisa. Dotado de todos los medios de expresión, realizó el deseo de Nietzsche, que soñaba con que uno fuera «bailarín en la batalla» y que tendiera sobre el mundo un cielo azul más terrible que las nubes y los humos de los encantadores sospechosos.

Sólo un francés podía llevar a buen término esta lucha de la claridad contra las falsas tinieblas, este despeje del espíritu de pesadez por el espíritu de ligereza, este descenso de Orfeo a los Infiernos de nuestro subconsciente, de donde el vencedor trae de vuelta una criatura bella, desnuda, incómoda, que dice llamarse Eurídice, pero cuyo nombre espléndido y triste es VERDAD.

Soy una mentira que dice siempre la Verdad. Las mentiras del poeta son las fábulas con las que envuelve «su» verdad, no para hacerla más vistosa o más agradable, sino al contrario, para proteger sus ángulos vivos y su acción secreta.

De todos modos, la poesía, al ser la elegancia misma, no podría ser visible. Entonces, me dirán, ¿para qué sirve? ¿Para nada...? La poesía es una religión sin esperanza. El poeta se agota en ella sabiendo que la obra maestra no es, después de todo, más que un número de perro amaestrado sobre una tierra poco firme... ¡Poco importa! No debemos apartarnos ni un segundo de una tarea tanto más abrupta cuanto que no tiene a su favor más que ser inevitable, que sigue siendo incomprensible para nosotros y no nos aporta ninguna esperanza... Debe ser el paso de nuestros secretos a la luz, verdadero trabajo de arqueólogo que hace que nos tomen por prestidigitadores. Por estos pocos extractos, tomados arbitrariamente de Le journal d’un inconnu, y tan significativos como los menores fragmentos de una estatua griega, puede juzgarse la altura moral, la soledad, la humildad que reclama, según Jean Cocteau, la vocación de poeta. Hay que agregar esa «obstinada rigurosidad» de la que habla Leonardo da Vinci en sus cuadernos, rigor secreto, desde luego, y que las obras pintadas por el autor de la Virgen de las rocas disimulan bajo la gracia.

Pero ¿acaso Leonardo no fue él mismo víctima de esas apariencias sonrientes? Se lo acusó, y todavía se lo acusa, de amateurismo genial. Ese malentendido que fulmina a todos los verdaderos creadores evita cuidadosamente a los fabricantes de sistemas, a los inventores de métodos. Respeta incluso sus obras supuestamente originales, porque estas no son más que ilustraciones de una teoría. ¡Ay de los espíritus que eligieron encarnarse en lugar de explicarse! Porque incluso cuando ocurre, como con Jean Cocteau, que la explicación sigue a la creación, con una nitidez extraordinaria y un gran cuidado por ser preciso, el acta de un flechazo no podría convencer a nadie fuera de aquellos a quienes la creación iluminó y convenció de inmediato.

En Jean Cocteau, la creación poética es constante, por lo tanto el malentendido está perpetuamente presente. Sus múltiples poderes de expresión le permiten a la vez escapar de la monotonía y arriesgar a cada momento.

¿La verdadera misión del poeta no lo obliga a desordenar los juegos, a meter la nariz en todas partes, a ocuparse de lo que no le incumbe? Con el único fin de volver sensible para nosotros cierta dimensión del mundo, una realidad subyacente a lo real cotidiano, más profunda que él, más terrible, pero también más consoladora, porque está hecha de Belleza en estado puro. Esta agilidad extrema desconcierta a los espíritus rutinarios, aficionados a la clasificación. ¿Y cómo admitir la excelencia en todos los dominios? Jean Cocteau dibuja tan bien como escribe. Habla como un libro, suyo. Actuó y puso obras en escena. Tocó el cine y creó películas arquetípicas que los cineastas de oficio plagian todos los días. Pinta como un pintor, graba como un grabador. Su obra más reciente es la decoración de la capilla de Villefranche. ¿Dónde está el verdadero Cocteau en todo eso?, dicen ciertos jueces. Otros suspiran: ¡qué dispersión inútil! Y hasta los mejor predispuestos se equivocan todavía al afirmar que «sus dones demasiado ricos y contradictorios le impiden concentrarse».

Ahora bien, esa multiplicidad de dones le permitió, por el contrario, al autor de Opéra mantenerse constantemente al servicio de su línea interna, esa línea que «une fondo y forma y se desbanda en cuanto el alma baja su fuego».

En el dominio de los descubrimientos exteriores se considera normal que un arqueólogo se haga aviador para sobrevolar su campo de excavaciones; un poco más tarde, cavador para atacar el suelo en el lugar exacto; más tarde aún, minero para descender hacia el tesoro escondido. ¡Nunca se dice que ese arqueólogo se dispersa!

Para Jean Cocteau, el trabajo del artista se parece al del arqueólogo. Todo hombre es una noche, abriga una noche; el trabajo del artista es poner esa noche a plena luz. Esta voluntad de llevar la claridad al corazón de las tinieblas interiores muestra hasta qué punto, por instinto tanto como por decisión del espíritu, Jean Cocteau es apolíneo y clásico. La actitud romántica, la embriaguez dionisíaca, le son ajenas. Desear tormentas, Chateaubriand; agregar un poco de oscuridad, Mallarmé; en suma, colaborar con la confusión nocturna, o deleitarse pasivamente en ella, no está en su genio.

Por eso la obra de este hombre, que sin embargo profesa la poesía como una religión sin esperanza, es una perpetua incitación a la energía.

Si a esa energía presente en cada línea escrita o dibujada se agrega el sentimiento constante de la grandeza, grandeza antideclamatoria y como visceral, nada parecerá más justificado que la fidelidad de la juventud a la obra y a la persona de Jean Cocteau.

La juventud tiene muchos defectos. Puede, debe ser sensible a las modas más extremas, sufrir arrastres superficiales, denigrar a ciegas, aplaudir a destiempo. Poco importa. Siempre está lista para recibir las lecciones más altas, para moderar su ruido, para volverse toda oído si se le habla «en cierto tono». Queda conquistada si quien le habla «se parece a lo que dice». Es ella, mucho más que la «gente de experiencia», la que detecta la nota continua, imperceptible al oído o al ojo, que produce la línea de un artista. Es ella la que sabe que esa línea pertenece a la mirada, al timbre de voz, al gesto, a la manera de andar, a un conjunto que compone la personalidad física.

No creo que en treinta años de supremacía literaria el autor de Rappel à l’ordre haya decepcionado a uno solo de los innumerables lectores que, después de haber amado sus libros siendo muy jóvenes y estando muy solos, en las provincias más lejanas de Francia o en el extranjero, se encontraron en presencia de su persona. Ninguno de ellos sintió una ruptura de continuidad entre «el amigo escrito» y el hombre vivo.

Treinta años de amistad sin nubes, de admiración sin eclipses, no atenuaron en mí el recuerdo de mi primer encuentro con Jean Cocteau.

 

Reproducida en esta edición

 

« Je n’admets qu’une critique des livres : les faire juger par eux-mêmes. Dans une solitude chargée d’interrogations, les laisser durer en nous. Peu à peu, usés par notre vigilance implacable, ceux qui doivent disparaître s’effritent. Mais quelques-uns s’affermissent dont la substance résiste à la fois aux chocs de notre intelligence et aux battements de notre cœur.»

Je retrouve ces lignes (mes premières, je crois, de critique littéraire) écrites à vingt ans pour une revue d’avant-garde, Les feuilles libres, où j’avais l’honneur de rendre compte du recueil de poèmes de Jean Cocteau, Opéra, récemment paru. A quelques maladresses près, que je remplace aujourd’hui par d’autres, moins excusables, je les récrirais volontiers en 1957. Un autre passage de cet article de 1928, évidemment, le date. Il commence par : « Dans une époque aussi intelligente que la nôtre, il n’y a plus à redouter qu’excès de finesse. » On s’aperçoit que les temps ont changé ! Mais attention à ce qui suit : « Ces erreurs sont les plus graves. Elles flattent notre amour-propre. Les livres pleins de clins d’yeux, sans être tout à fait “roulé” par eux, je me suis senti longtemps leur complice. J’ai applaudi moi aussi un Jean Cocteau de cirque sans fauves, plein d’amazones et d’équilibristes, et je l’ai décrété étourdiment le plus fort des funambules. Avec Opéra, j’ai découvert tout à coup le vrai cirque du poète, celui de Néron, arène de sable où l’on est dévoré. »

Cette coulpe que je battais en public prouve qu’il y a près de trente ans le malentendu régnait déjà entre Jean Cocteau et ses admirateurs les plus fervents, sinon les plus attentifs. Quoi de plus naturel alors, qu’un poète soucieux de sa ligne, cette ligne étant le style de l’âme, donc un homme soucieux du salut de son âme, se soit expliqué sans cesse et « malgré les triomphes les plus éclatants » ait désespéré de se voir jamais compris ?

Recherche scrupuleuse, désespoir profond, que connaissent les vrais artisans et les esprits religieux. Mais si l’on admet généralement la conscience professionnelle d’un ébéniste, par exemple, ou les angoisses d’un croyant, on taxe de prétention insupportable et de fausse modestie le poète qui ose prendre son œuvre au sérieux et réclamer de ses lecteurs un sérieux analogue. Un poète n’est-il pas un fantaisiste susceptible de nous distraire entre deux travaux importants ? Cependant, si le poète consent à servir une Église, un État, un Parti, à défaut s’il invente des attitudes spectaculaires, comme de s’installer dans une île ou de courir les déserts, on lui pardonnera sa poésie. Mais qu’il prenne bien garde de toucher à rien sans engagement, compromission, bref sans démission de sa fonction de poète ! L’ennui réside en ceci que le poète est par essence un touche-à-tout, que selon la formule de Cézanne, « on ne saurait lui mettre le grapin dessus » et que la poésie est un « objet difficile à ramasser ».

C’est sans nul doute avec Jean Cocteau que les termes poète et poésie ont pris leur définition la plus précise. Doué de tous les moyens d’expression, il a réalisé le vœu de Nietzsche qui rêvait que l’on fût « danseur dans la bataille » et que l’on tendît sur le monde un ciel bleu plus terrible que les nuages et les fumées des enchanteurs suspects.

Un Français seul pouvait mener à bien cette lutte de la clarté contre les fausses ténèbres, ce déniaisement de l’esprit de lourdeur par l’esprit de légèreté, cette descente d’Orphée aux Enfers de notre subconscient d’où le vainqueur ramène une créature, belle, nue, gênante qui dit s’appeler Eurydice, mais dont le nom splendide et triste est VÉRITÉ.

Je suis un mensonge qui dit toujours la Vérité. Les mensonges du poète sont les fables dont il drape « sa » vérité, non pour la rendre plus voyante ou plus agréable, mais au contraire pour en protéger les angles vifs et l’action secrète.

De toutes façons, la poésie étant l’élégance même ne saurait être visible. Alors, me direz-vous, à quoi sert-elle ? A rien...? La poésie est une religion sans espoir. Le poète s’y épuise en sachant que le chef-d’œuvre n’est après tout qu’un numéro de chien savant sur une terre peu solide... Peu importe ! Nous ne devons pas nous écarter une seconde d’une tâche d’autant plus abrupte qu’elle n’a pour elle que d’être inévitable, qu’elle nous demeure incompréhensible et ne nous apporte aucune espérance... Ce doit être le passage de nos secrets à la lumière, véritable travail d’archéologue qui nous fait prendre pour des prestidigitateurs. On peut juger par ces quelques extraits prélevés arbitrairement dans Le journal d’un inconnu, et aussi significatifs que les moindres éclats d’une statue grecque, de la hauteur morale, de la solitude, de l’humilité que réclame, selon Jean Cocteau, la vocation de poète. Il faut y ajouter cette « obstinée rigueur » dont parle Léonard de Vinci dans ses carnets, rigueur secrète, bien sûr, et que les œuvres peintes par l’auteur de la Vierge aux Rochers dissimulent sous la grâce.

Mais Léonard n’a-t-il pas été victime lui-même de ces dehors souriants ? On l’a taxé, on le taxe encore, d’amateurisme de génie. Ce malentendu qui foudroie tous les vrais créateurs, évite soigneusement les faiseurs de systèmes, les inventeurs de méthodes. Il respecte même leurs œuvres soi-disant originales car celles-ci ne sont que les illustrations d’une théorie. Malheur aux esprits qui ont choisi de s’incarner au lieu de s’expliquer ! Car même s’il arrive, comme avec Jean Cocteau, que l’explication suive la création, avec une netteté extraordinaire et un grand soin d’être précis, le procès-verbal d’un coup de foudre ne saurait convaincre personne en dehors de ceux que la création a illuminés et immédiatement convaincus.

Chez Jean Cocteau, la création poétique est constante, donc le malentendu est perpétuellement présent. Ses multiples pouvoirs d’expression lui permettent à la fois d’échapper à la monotonie et de risquer à tout moment.

La mission véritable du poète ne l’oblige-t-elle pas à déranger les jeux, à fourrer son nez partout, à s’occuper de ce qui ne le regarde pas ? A seule fin de nous rendre sensible une certaine dimension du monde, une réalité sous-jacente au réel quotidien, plus profonde que lui, plus terrible, mais plus consolatrice aussi, parce qu’elle est faite de Beauté à l’état pur. Cette extrême agilité déconcerte les esprits routiniers épris de classification. Et comment admettre l’excellence dans tous les domaines ? Jean Cocteau dessine aussi bien qu’il écrit. Il parle comme un livre, de lui. Il a joué et mis des pièces en scène. Il a touché au cinéma et a créé des films archétypes que les cinéastes de métier plagient chaque jour. Il peint comme un peintre, grave comme un graveur. Son œuvre la plus récente est la décoration de la chapelle de Villefranche. Où est le vrai Cocteau dans tout cela ? disent certains juges. D’autres soupirent : quelle dispersion inutile ! Et les mieux disposés se trompent encore en affirmant que « ses dons trop riches et contradictoires l’empêchent de se concentrer ».

Or cette multiplicité de dons a permis au contraire à l’auteur d’Opéra de se tenir constamment au service de sa ligne interne, cette ligne qui « unit fond et forme et se débande dès que l’âme baisse son feu. »

Dans le domaine des découvertes extérieures on trouve normal qu’un archéologue se fasse aviateur pour survoler son champ de fouilles ; un peu plus tard terrassier pour attaquer le sol au bon endroit ; plus tard encore mineur pour descendre vers le trésor caché. On ne dit jamais que cet archéologue se disperse !

Pour Jean Cocteau, le travail de l’artiste ressemble à celui de l’archéologue. Tout homme est une nuit, abrite une nuit, le travail de l’artiste est de mettre cette nuit en plein jour. Cette volonté de porter la clarté au cœur des ténèbres intérieures montre combien par instinct autant que par décision de l’esprit, Jean Cocteau est apollinien et classique. L’attitude romantique, l’ivresse dionysiaque, lui sont étrangères. Désirer des orages, Chateaubriand ; rajouter un peu d’obscurité, Mallarmé ; bref collaborer à la confusion nocturne, ou s’en délecter passivement, n’est pas dans son génie.

C’est pourquoi l’œuvre de cet homme qui pourtant professe la poésie comme une religion sans espoir est-elle une perpétuelle incitation à l’énergie.

Si à cette énergie présente dans chaque ligne écrite ou dessinée s’ajoute le sentiment constant de la grandeur, grandeur antidécalamatoire et comme viscérale, rien ne paraîtra plus justifié que la fidélité de la jeunesse à l’œuvre et à la personne de Jean Cocteau.

La jeunesse a bien des défauts. Elle peut, elle doit être sensible aux modes les plus extrêmes, subir des entraînements superficiels, dénigrer à l’aveuglette, applaudir à contre-temps. Peu importe. Elle est toujours prête à recevoir les leçons les plus hautes, à modérer son tapage, à devenir toute oreille si on lui parle « sur un certain ton ». Elle est conquise si celui qui lui parle « ressemble à ce qu’il dit ». C’est elle, bien plus que les « gens d’expérience », qui décèle la note continue, imperceptible à l’oreille ou à l’œil, que fait la ligne d’un artiste. C’est elle qui sait que cette ligne relève du regard, du timbre de voix, du geste, de la démarche, d’un ensemble qui compose la personnalité physique.

Je ne crois pas qu’en trente ans de suprématie littéraire l’auteur du Rappel à l’ordre ait déçu un seul des innombrables lecteurs qui après avoir, très jeunes et très seuls, aimé ses livres dans les plus lointaines provinces de France ou à l’étranger, se sont trouvés en présence de sa personne. Aucun d’entre eux n’a ressenti une solution de continuité entre « l’ami écrit » et l’homme vivant.

Trente ans d’amitié sans nuages, d’admiration sans éclipses, n’ont pas atténué en moi le souvenir de ma première rencontre avec Jean Cocteau.

 

Reproducida en esta edición