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Con vida los queremos: las voces que necesitaba silenciar la dictadura

Asociación de Periodistas de Buenos Aires

1986

Tapa blanda, rústica sin solapas

190 páginas

Fotografías b/n

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes menores por paso del tiempo

 

Roberto Jorge Santoro

 

✶ A LOS COMPAÑEROS:

Casi un centenar de trabajadores de prensa desaparecidos, el asesinato de numerosos compañeros en diferentes puntos del país, publicaciones clausuradas y editoriales destruidas, una cantidad inmensa de exiliados que debieron ejercer, cuando pudieron, la profesión en diversos países, periodistas detenidos durante muchos años de la dictadura, y en fin, la censura, la persecución, las cesantías masivas y el control exhaustivo de la actividad profesional y sindical, fueron las consecuencias inmediatas que en nuestro gremio provocó la dictadura militar de 1976/1983.

Más de ocho años de terrorismo de estado y opresión que marcaron para siempre a la sociedad argentina, pero mediante una estrategia sutilmente planificada. Es mentira que aquí hayamos perdido todos. Se trató de una política orquestada por la clase dominante sobre quienes la cuestionaban y combatían, sobre quienes sufren su injusticia. Esto es, no sucedió algo nuevo, sólo ese intento sistemático —será estéril al fin— de frenar el progreso, que más se agudiza cuanto más se lo enfrenta. El “Nunca Más” de la Comisión sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) registra datos elocuentes: el 30,2 por ciento de desaparecidos corresponde a la clase obrera, el 10,7 al campo profesional, el 21 a estudiantes, el 5,7 a docentes y, específicamente, el 1,6 por ciento a periodistas, pero todas ellas son características de muchos trabajadores de prensa represaliados por la dictadura. Cifras que, por lo demás, y junto con los resultados económicos del proceso, evidencian quienes perdieron y desnuda a quienes acumularon su renta de poder.

El centenar de compañeros desaparecidos, a quienes dedicamos este trabajo, es uno de los números más altos de víctimas con relación a las ramas que forman parte del movimiento obrero nacional. Es, asimismo, uno de los mayores holocaustos en la historia del periodismo mundial.

La política instrumentada por la dictadura de las Fuerzas Armadas apuntaladas por la oligarquía financiera que encabezó José Alfredo Martínez de Hoz, fue ni más ni menos que un eslabón más en la cadena de represión que se desplegó desde el Norte hacia América Latina en la década del 70 para frenar los vientos de cambio y aniquilar a quienes los impulsaban. La aplicación del miedo y el terror, la destrucción de la solidaridad de clase y el impedimento a cualquier reclamo fueron, entonces, garantía para materializar el exterminio y la entrega. Y para ello era menester dar un tratamiento aleccionador a los trabajadores de prensa. No debían quedar dudas al respecto: el mismo día del golpe, el 24 de marzo de 1976, profundizando hasta un máximo la represión desatada ya antes por bandas paramilitares que victimaron a trabajadores de prensa, atentaron contra varios periodistas y los primeros meses de la dictadura acreditaron la mayor cantidad de secuestros en el gremio. Sólo entre marzo y junio de 1976 desaparecieron cerca de veinte compañeros.

A esa lista se agregaron trabajadores de prensa detenidos que luego —algunos de ellos después de varios años— recobrarían su libertad. Entre los casi cien que se conocen, Guillermo Alfieri, Carlos Alvarez, Joaquín Alvarez, Antonio Di Benedetto, Juan Canal, Hernán Invernizzi, César Jaroslawski, Eduardo Jozami, Nora Laffón, Eduardo Molina y Vedia, Mario Paoletti, Lila Pastoriza, José Ramaciotti, Roberto Reyna, Plutarco Shaller, Federico Vogelius. Asesinados, como Ana María Estevao, de “La Voz de Solano”; el ex legislador uruguayo y periodista Zelmar Michelini; María Victoria Walsh, de “La Opinión”, y Francisco Urondo, poeta y periodista que pasó por diferentes medios como “Clarín, en Buenos Aires, o publicaciones de Mendoza. Medios que debieron salir de circulación, junto con quienes los hacían: “Crisis”, “Cuestionario”, el diario “El Independiente”, de La Rioja, “Información”, “La Yesca”, “Nuevo Hombre”, “Nueva Palabra”, “Posición Nacional”, “Sucesos”, “Tribuna Popular”, más programas de televisión y radio levantados... Todavía a fines de 1980, los últimos tiempos de Videla-Martínez de Hoz, se seguían llevando a trabajadores de prensa: Toni Motta desaparece en noviembre de ese año y cierra el ciclo trágico de nueve compañeros desaparecidos.

Bajo esa parábola de muerte y terror de largos años quedó, empero, el heroico empeño de compañeros que siguieron luchando como se pudo —y se debió— contra el miedo y la complicidad de las empresas que no formularon denuncias cuando eran arrancados, a veces de sus mismas redacciones, muchos de ellos, y antes bien, represaliaron cuanto pudieron y denunciaron a activistas y delegados. Ellos lo pagaron con sus vidas en muchos casos, como Rodolfo Walsh, Eduardo Suárez y Luis Guagnini, los tres formando parte de una red de informaciones para contrarrestar el silencio organizada por Walsh. Otros, desde 1979, se jugaron en la laboriosa tarea de remendar la trama sindical para recuperar las organizaciones gremiales intervenidas y acompañar en su lucha a los organismos de derechos humanos, sabiendo —como señalara Agustín Tosco— que en este rubro sólo cabe la acción para proteger los derechos del hombre, pero que su vigencia plena únicamente se alcanzará, para los trabajadores, en una sociedad distinta.

También hay que contar a los compañeros que desde su exilio forzado denunciaron a la dictadura. Al final del libro se reproduce, en ese sentido, un discurso pronunciado por el periodista Oscar González en Finlandia, ante la Organización Internacional de Periodistas, en 1976.

Todo pareció poco, con todo, frente al omnímodo poder y al control implacable de la información que manejó el régimen con sus voceros en los noticiosos y las redacciones: los conocidos de siempre. Porque en los medios se sabía perfectamente lo que sucedía en las calles, sólo que no podía informarse por los empresarios de la prensa que cumplían a pie juntillas las directivas de los Comandos en Jefe.

Este trabajo —coordinado por la Subcomisión de Derechos Humanos de la Asociación de Periodistas de Buenos Aires y realizado por muchos compañeros de distintos medios y de todas las tendencias político-gremiales de la APBA— nos permitió recomponer aspectos no casualmente muy coincidentes de varios de los compañeros desaparecidos, a través de testimonios de amigos, familiares y colegas, fotos, textos —algunos inéditos—, cartas, poemas y artículos de o sobre ellos. Periodistas, escritores, administrativos de prensa, guionistas, fotocompositores, colaboradores en diferentes medios, muchos de ellos militantes, delegados y activistas, y otros, trabajadores capaces de cuestionar y denunciar al régimen genocida, todos ellos unificados, no por azar, en la búsqueda permanente de la realización personal y social.

Porque fueron, además de su profesión, artesanos, cineastas, funcionarios, científicos, abogados, estudiantes, profesores, viajantes... Es decir, estaban metidos, bien metidos en la vida, algo que los hombres mediocres y enfermizos de la muerte no perdonan cuando ejercen el poder.

Es esa la imagen que intentamos reconstruir aquí, con la imposibilidad de no poder llegar, al menos en este volumen, a cubrir todos los casos, por razones de distancias, de ausencias, de familias enteras desaparecidas y gran parte de una generación aniquilada, de miedos lógicos que subsisten, de cartas sin respuestas y de otras causas involuntarias.

No obstante, creemos que se trata de una tarea representativa y que por encima del valor que pueda tener en sí, motorizó en quienes lo hicimos una mayor conciencia sobre las consecuencias de este doloroso capítulo, al abordarlo desde una perspectiva concreta, testimonial, humana, vital. No fue fácil en ningún caso el buceo en la memoria de familiares y compañeros, en los cajones de fotos y cartas y hasta en bolsillos por mucho tiempo sin tocar: sólo con esa experiencia podría escribirse otro libro: fue la historia paralela a éste.

Comprendimos el dolor que ello significó, pero era necesario y debe ser un punto de partida para, abiertamente y reivindicando lo hecho por nuestros compañeros, alcanzar una sociedad digna de vivirse.

Ellos ocuparon las redacciones, talleres y editoriales donde hoy trabajamos. Utilizaron sus mismas máquinas de escribir, nuestras herramientas diarias. Es nuestro deber continuarlos, anudar su historia con la nuestra. Exigiendo el castigo de todos los culpables. Manteniendo la esperanza y la memoria (“Para nosotros, el cementerio verdadero es la memoria”, decía Walsh).

En esa tarea estamos y a ella convocamos, compañera y compañero, puesto que no creemos que baste con acciones morales ni retóricas sino, en palabras de Haroldo Conti, con “una comunión constante, una doctrina clara, una movilización permanente, una militancia efectiva”. Al final de ese hermoso camino están Claudio ADUR, Ricardo Emir AIUB, Juan José María ASCONE, Lucina ALVAREZ de BARROS, María Elena AMADIO, Andrés Lucio ARIZA, Jorge Alberto ASENJO, Rolando BARADINO, Oscar Osvaldo BARROS, María BEDOYAN, Horacio Félix BERTHOLET, Alicia Raquel BURDISSO ROLOTTI, Miguel Angel Ramón BUSTOS, Juan José CAPDEPONI, Roberto CARRI, Aldo Néstor CASADIDIO, Conrado Guillermo CERETTI, Jaime COLMENARES, Carlos Alberto COSTA, Haroldo Pedro CONTI, Daniel Alberto DANQUEN, Eduardo DEFIERI, Julián J. DELGADO, Héctor Ernesto DEMARCHI, Carlos María DENIS, Mabel J. de DOMINGUEZ, Pablo Hermes DORIGO, Dardo Sebastián DORRONZORO, Alicia Graciana EGUREN de COOKE, José Guillermo ESPINOSA, Rodolfo Jorge FERNANDEZ PONDAL, Claudio Arnoldo FERRARIS, Ernesto Luis FOSSATI, Jorge Horacio FOULKES, Héctor Manuel FREIJO, Gerardo Francisco GATTI ANTUÑA, Marcelo Ariel GELMAN, Raymundo GLEYZER, Célica GOMEZ, Rubén GOMEZ QUESADA, Alberto Jorge GORRINI, Luis Rodolfo GUAGNINI, Diana Griselda GUERRERO, Norberto HABEGGER, Jorge Rodolfo HARRIAGUE, Jorge HERBALEJO, Mario HERNANDEZ, Mario HERRERA, Juan Carlos HIGA, Daniel Saúl HOPEN, Mario Hugo IDELMAN, Mario IKONICOFF, Santiago José ILLA, Maurice JEGER, Alfredo A. KOLLIKER FRERS, Miguel Francisco LIZAZO, Susana LUGONES, Francisco Eduardo MARIN, Mario MARTINEZ, Elsa MARTINEZ de RAMIREZ, José Mario MARTINEZ SUAREZ, Heraldo Juan MARUCCO, Nebio Ariel MELO CUESTA, Liliana MOLTENI, MEDINA de BERTHOLET, Luis Carlos MONACO, Toni Agatina MOTTA, Daniel MOYANO VEGA NAZZAR, Héctor Germán OESTERHELD, Carlos Alberto PEREZ, Marta PEREZ, María José PERRIER, Rafael PERROTA, Bruno Tomás PIPINO, Horacio Norberto POGGIO, Enrique RAAB, José Eduardo RAMOS, Edgardo SAJON, Roberto Jorge SANTORO, Juan Miguel SATRAGNO, Víctor Eduardo SEIB, Santiago SERVIN, Roberto Juan Carmelo SINIGAGLIA, María Cristina SOLIS de MARIN, Horacio Rodolfo SPERATTI, Eduardo SUAREZ, Patricia VILLA de SUAREZ, Enrique Juan Ricardo WALKER, Rodolfo Jorge WALSH, Tilo WENNER.

Asociación de Periodistas de Buenos Aires

Subcomisión de Derechos Humanos

 

✶ INDICE:

- A los compañeros

1- Claudio Adur

2- Juan José Ascone

3- Oscar Barros y Lucina Álvarez

4- María Bedoyan e Ignacio Ikonicoff

5- Miguel Ángel Bustos

6- Roberto Eugenio Carri

7- Conrado Ceretti y Diana Guerrero

8- Haroldo Conti

9- Héctor Demarchi

10- Dardo Dorronzoro

11- Claudio Ferraris

12- Marcelo Gelman

13- Raymundo Gleyzer

14- Alberto Gorrini

15- Luis Guagnini

16- Norberto Armando Habegger

17- Mario Hernández

18- Juan Carlos Higa

19- Eduardo Marín y María Cristina Solís de Marín

20- Héctor Germán Oesterheld

21- Carlos Alberto Pérez

22- Enrique Raab

23- Roberto Jorge Santoro

24- Juan Miguel Satragno

25- Víctor Eduardo Seib

26- Santiago Servín

27- Enrique Walker

28- Rodolfo Walsh

29- Tilo Arenst Wenner

- Listado de periodistas desaparecidos

 

Lucina y Oscar

 

✶ OSCAR BARROS Y LUCINA ÁLVAREZ:

El portero del edificio donde vivía esta pareja de compañeros recuerda que durante 3 horas del 7 de mayo de 1976, un grupo armado estuvo merodeando por los pasillos hasta que ubicó el domicilio buscado. Oscar y Lucina están desaparecidos desde entonces. Ella era docente y colaboraba en distintas publicaciones. Oscar Osvaldo Barros escribió en ocasiones para la revista “Crisis” y participó del grupo de poetas que editaba la revista “Barrilete”, junto a Roberto Santoro, también desaparecido. Publicó, además, “El revés de la moneda”, Buenos Aires, 1974, Editorial El Lorraine, que analiza el proceso chileno desde las primeras formaciones del movimiento obrero hasta el golpe del general Augusto Pinochet, en 1973. De allí extractamos su introducción junto a un breve relato de sus familiares.

 

“La madrugada del 11 de setiembre de 1973, una patrulla militar, fuertemente armada, llega a la fábrica Pedro Dow, en Concepción, copa las salidas y con rápidos movimientos domina con sus armas a los que se encuentran trabajando. El oficial que comanda ordena que todos los obreros se alineen y mantengan sus brazos en alto mientras son apuntados con fusiles automáticos. Han desaparecido las únicas voces que se alzaron en el primer momento y ya no queda ni un murmullo. Los obreros, ante la sorpresiva operación militar obedecen y se mantienen expectantes, cargados de tensión. Un poco han oído de acciones en busca de armas; saben de la ley de control que se está aplicando con severidad, pero lo que está ocurriendo sugiere algo mucha más grave y lo confirma el oficial que se para delante de todos protegido por sus soldados gritando:

—El que esté de acuerdo con la Unidad Popular que dé un paso al frente.

Durante un instante el desconcierto es mucho mayor, la inmovilidad y el silencio total, pero uno de los obreros reacciona, da un paso al frente y dice:

—Yo estoy de acuerdo.

Toda la atención se centra en él y de inmediato, girando apenas su cabeza, el oficial ordena a los soldados;

—Agárrenlo.

Lo agarran, lo apartan unos pasos, “póngalo ahí” oyen los soldados; lo ponen, retroceden y miran al oficial que ha levantado su brazo señalando al obrero diciendo:

—¡Fuego!

El oficial ha dado la orden y es inapelable; los demás apenas respiran. Varios fusiles disparan sobre el hombre, ante los ojos de todos sus compañeros que oyen los disparos y ven derrumbarse al hombre, al obrero, con el pecho roto, volteado hacia atrás. Lo ven quedarse inerme, caliente, muerto. El oficial no da tiempo a nada más. Ordena el desalojo y se cumple a empujones y a culatazos; ninguno de los obreros atina a otra cosa que salir por donde los empujan, mientras el silencio termina de adueñarse del obrero fusilado.

Golpe militar en Chile: La noticia llegó a todo el mundo y ocupó la primera página de los diarios. El mismo día 11 de setiembre de 1973 se sabe y nadie pudo abstraerse del hecho, los que no leen, preguntaron; los que no gustan hablar, escucharon; los pasivos no pudieron dejar de ver las columnas que invadieron las calles enarbolando banderas de Chile y fotografías de Salvador Allende repudiando a los militares golpistas. Los que aprobaban el golpe se ocultaron o festejaron arrinconados sabiendo que si se manifestaban abiertamente llegaría hasta ellos el repudio. Las grandes mayorías se informaban guardando una esperanza: el golpe puede resultar frustrado. Algunas noticias apuntalaban esa esperanza, pero luego se disipan. El golpe triunfa. Allende ha muerto. Los militares fascistas fusilan y reprimen y se adueñan del gobierno y del país.

En la calle, en las casas, en los bares se discute, se amontonan opiniones... Todo resulta confuso. El que se ha arrimado a un grupo tratando de entender, generalmente se aleja decepcionado. Algunos siguieron despreocupados manteniendo la confusión, otros con el ánimo de llegar a ver claro nos acercamos a las noticias, pedimos opiniones, buscamos información... Allende quiso, al frente del gobierno de la Unidad Popular, proceder a cambios que permitieran iniciar la construcción de una sociedad socialista; hacerlo con la aplicación de leyes y medios legales en vigencia, respetando la pluralidad de partidos políticos, asegurando plenas garantías para todos los opositores, y dentro de la estructura constitucional impulsar cambios a esa misma constitución. Es decir, con el lenguaje de la calle, hacer una revolución pacífica y legal. En paz. A nadie la gusta la guerra. Construir el socialismo en paz, hacer que el pueblo logre su independencia de la dominación extranjera y que los medios de producción sean patrimonio suyo y no de unos pocos. En paz. Y uno siente que eso estaría bien. Desde la escuela primaria se nos ha enseñado y hablado que la voluntad popular se expresa en las urnas y que es soberana. Allende había llegado al gobierno por ese medio y reiteraba en toda oportunidad que seguiría respetándolo; y uno piensa que eso también estaría bien. Pero ahora están muertos él y miles de chilenos que lo habían elegido. ¿Cómo es la cosa entonces?

Muchos nos formulamos esta pregunta y tratamos de encontrar una respuesta. No fingimos total ignorancia; hemos leído, nos interesaron muchos temas, nos dolieron muchas muertes, nos acercamos a lo ocurrido en Chile queriendo el socialismo. Esto sí. Partimos de esa base y esa convicción. Queriendo una sociedad donde el hombre tenga la posibilidad de su realización total y plena, donde el producto del trabajo se revierta sobre sí y todos los hombres, donde hayan sido eliminados los opresores y usurpadores del esfuerzo humano.”

 

De esta manera comienza el libro “Chile: el revés de la moneda”, de Oscar Barros, periodista y escritor, secuestrado el 7 de mayo de 1976, junto con su esposa Lucina Alvarez de Barros, docente y colaboradora de prensa.

La transcripción pertenece al único ejemplar de este libro que quedó en manos de sus padres.

Del secuestro participaron sujetos armados, con credenciales de color verdoso que, de acuerdo al testimonio del portero del edificio, desde tres horas antes estuvieron hurgando los pasillos y las escaleras.

El departamento de la pareja fue completamente desvalijado, no dejaron nada, absolutamente nada... o casi nada. Se salvó un pedazo de negativo fotográfico, que es el único retrato de Oscar y Lucina que conservan sus familiares y Leandro, su pequeño hijo, que hoy tiene diez años de edad.

La causa Judicial iniciada el 14 de mayo de 1976, los Habeas Corpus y las gestiones ante el Ministerio del Interior, así como la denuncia a la CONADEP, no arrojaron resultado positivo.

“La carpeta con el expediente de Oscar —Nº 184.698— está amarillentándose”, comentó su hermano, quien también acercó una esquela que dice:

“Los datos y referencias no deben ser utilizados ni como homenaje ni como recordación, sino como DENUNCIA por las atrocidades cometidas contra la criatura humana, por las Fuerzas Armadas, policiales y aquellos colaboradores con ropa de calle”.

Está firmada por Ignacio Barros y Dolores Cetrángolo de Barros.

 

Dardo Dorronzoro

 

✶ DARDO SEBASTIÁN DORRONZORO:

Nacido el 14 de julio de 1913 en San Andrés de Giles, Argentina, destacó como poeta y forjador de versos. Proveniente de la unión de Helena López y Luis Dorronzoro, creció en una familia numerosa con siete hermanos y hermanas. Durante su juventud, su familia se estableció en la pintoresca ciudad de Luján.

A lo largo de su trayectoria, experimentó diversos lugares de residencia, desde las calles Alsina y Lavalle hasta el bullicioso barrio San Cayetano. Fue en estos entornos donde cultivó su destreza en la herrería, forjando con maestría en su propio taller y en talleres ajenos, como aquel situado en la confluencia de las calles San Martín y Sarmiento, un sitio honrado hoy con una Baldosa que perpetúa su legado y maestría artesanal.

No sólo como herrero se destacó Dardo, sino también como un poeta talentoso que, en ocasiones, era apodado el «poeta herrero», donde su pluma trascendía las fronteras locales al publicar sus poesías en periódicos de la región y ciudades distantes, además de la reconocida obra «Una sangre para el día».

El espíritu creativo de Dardo fluía tanto en la fragua como en la tinta, dejando un impacto profundo en el ámbito artístico y literario. Sus letras, cargadas de sensibilidad y compromiso, encontraron eco en los corazones de aquellos que tuvieron el privilegio de sumergirse en su poesía.

Dorronzoro no sólo dejó una huella en el mundo de la poesía y la herrería, sino también en la prosa literaria. Su legado como autor se enriqueció con la publicación de la novela «La nave encabritada», una obra que resonó entre sus lectores y demostró su versatilidad artística.

Tras su partida, Nelly tomó la iniciativa de honrar la memoria de Dardo recopilando muchos de sus poemas en el libro «Llanto americano» (1984). Esta emotiva compilación se convirtió en un testimonio perdurable de su pasión lírica.

Años después, gracias al apoyo y la admiración de sus amigos y seguidores, vieron la luz dos nuevas obras póstumas: el libro de poemas «Viernes 25» y la novela «Uno de los fusilados». Estas publicaciones revelaron facetas profundas y desconocidas de la creatividad de Dardo, dejando una impresión perdurable en el mundo literario.

Además de su faceta como escritor, Dardo compartía generosamente su sabiduría y pasión por la poesía con jóvenes de la ciudad en su hogar del barrio La Loma, donde conducía apasionantes talleres literarios. Su casa se convirtió en un espacio de encuentro para quienes buscaban conocer más sobre la literatura, y también, a medida que pasaba el tiempo, se abordaban temas políticos que reflejaban las convicciones sociales del poeta.

Dardo era un militante comprometido con ideales socialistas, una influencia evidente en su poesía, que reflejaba la realidad y los sueños de una sociedad en evolución.

La vida y obra de Dardo Sebastián Dorronzoro quedan grabadas en la memoria de quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo y en el legado literario que dejó para las generaciones venideras. Su pasión por la literatura y su compromiso con la justicia social continúan inspirando a aquellos que se adentran en sus versos y se maravillan con su arte literario.

Su poesía, impregnada de convicciones socialistas, revelaba una mirada aguda sobre la realidad social y una profunda empatía por los desfavorecidos. Cada verso destilaba la pasión y el compromiso de un hombre que creía en la lucha por la justicia y la equidad.

La oscuridad de los tiempos políticos no pasó inadvertida para Dardo, quien, al igual que otros militantes locales, sufrió la represión antes de la dictadura. Previendo el peligro, plasmó sus inquietudes en versos finales que Nelly, su compañera, halló en un cajón de su escritorio. En esos últimos versos, el presentimiento de la amenaza se manifestaba como un viento perturbador, una sombra que se cernía sobre la luz de su lámpara, simbolizando el peligro inminente que enfrentaba.

A comienzos de marzo de 1976, antes del golpe, Dardo fue secuestrado junto a Rubén Maggio y Graciela Erramuspe, pero afortunadamente fueron liberados. Sin embargo, la libertad fue efímera, ya que el 25 de junio del mismo año, un grupo de tareas irrumpió nuevamente en su hogar para llevárselo. Desde entonces, su ausencia se ha prolongado y el misterio de su destino perdura.

Dardo tenía tan solo 63 años cuando fue forzado a desaparecer, pero su legado literario y su valiente lucha por la justicia siguen vivos en la memoria colectiva. A través de su poesía, su nombre se ha convertido en un símbolo de la resistencia y de la búsqueda incansable por un mundo más justo y humano. Su desaparición, como la de tantos otros, es una cicatriz que aún duele en la historia de su país, pero su espíritu perdura en la lucha por la verdad y la memoria.