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Cuentos de morondanga
Publio Cordero
Editorial Talleres Gráficos Héctor Rodríguez
1980
Tapa blanda, rústica sin solapas
180 páginas
Prólogo de Jorge Melchiori
Tapa: Raúl Stevano
Impreso en Lanús, Prov Bs As (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Desgastes menores por paso del tiempo.
✶ AL LECTOR
El cuentista Publio A. Cordero acaba de nacer (por lo menos para aquellos que creyeron que sus relatos publicados en algunas revistas del país eran sólo el recreo de un poeta), y mi experiencia de lector me indica que el libro que reposa en sus manos lo llevará a descubrir, de manera ágil y divertida (y en algún caso, quizás, un tanto ácidamente) la íntima y profunda necesidad que tiene el autor de transmitir su mundo de fantasía. Escribir —al fin— no es sino una imperiosa urgencia de comunicarse, cuya resultante puede ser la aquiescencia o el disentimiento con lo escrito por parte del destinatario de aquel apremio (el lector) o, simplemente, la agraviante indiferencia.
Algunos de los cuentos aquí reunidos hacen gala de un despliegue en blanco y negro, al estilo de aquellas antiguas películas en las que el cine —en sus inicios— balbuceaba crudamente en imágenes los indicios que la realidad, y la imaginación le aportaban. Tal desarrollo —pensamos— son los de El cuidador de gatos de la marquesa, Aventura, El puñal y Reencuentro.
La acción de otros, en cambio, es rápida, festiva, socarrona y, si se quiere, con un dejo irónico en el remate que pone de manifiesto la actitud escéptica que sobre algunos procederes humanos tiene el autor, consecuencia tal vez de su madurez vital.
Forzado a sintetizar mi opinión, diría que los Cuentos de morondanga son el fruto de un artesano de la palabra que, dotado de una rica y a veces candorosa imaginación, procura mostrar —con felicidad a mi entender— el resultado de su larga experiencia literaria y de su apasionada e increíblemente juvenil pasión por la pluma.
No hay duda de que la apetencia, el sueño íntimo de todo escritor —de todo creador— es el de que su obra le sobreviva; tema éste harto difícil y complejo, cuando no espinoso, y que muy raramente conduce al arribo de una conclusión que satisfaga a todos, ya que los contemporáneos de un autor no suelen ser los analistas y críticos más ecuánimes ni los jueces más justos. Pero estoy absolutamente seguro de que el lector encontrará en las páginas de este libro el modo más sencillo y fraternal de tener un “mano a mano” entretenido con Publio A. Cordero. ¿Quién puede negar que tal vez ésa haya sido su intención?
Por mi parte sospecho que él ha querido satisfacer esa sempiterna necesidad humana de entretenimiento, dándole la razón al ilustre Cervantes quien, conociendo la naturaleza del hombre como lo evidencia su obra, señala en el prólogo de las Novelas Ejemplares que “no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean; horas hay de recreación donde el afligido espíritu descansa”. ¿Qué mejor manera, pues, de recrear el espíritu que la lectura amena e insinuante?
De merecer la atención de la crítica los cuentos que este libro contiene, ella dará su veredicto sobre su valor literario y calidad argumental. Personalmente creo que se ajustan cabalmente a la naturaleza de ese género tan antiquísimo, ya que, como es sabido, el cuento vio la luz en las narraciones egipcias del siglo XIII antes de nuestra era, y fue cultivado por los indos, los persas, los griegos y los romanos de lejanos tiempos. No olvidemos que la colección de fábulas, sentencias y cuentos de la India conocida como Panchatandra, interesó a los persas, quienes la volcaron a su lengua, y luego se fue difundiendo por Occidente, logrando ejercer gran influencia en el medievo donde, por un tiempo, el cuento abandonó su predilección por lo fantástico e insólito para regocijarse en narrar aventuras grotescas, pícaras y picantes, muy a gusto de la burguesía de la Baja Edad Media.
Cuentos son los de Las mil y una noches; cuentos —satíricos, humorísticos e implacablemente burlones— son los del griego Luciano de Samosatra (siglo II) y los del latino Apuleyo, también de ese siglo; referencias hechas al solo efecto de consignar la antigüedad de este género literario que tuvo, con el correr de los siglos, insignes cultores: el Infante Juan Manuel (a quien la influencia oriental le llegó a través de Raimundo Lulio), Boccacio, Cervantes, Andersen, Hoffmann, Dickens, Poe, Chejov, Maupassant, Stevenson, Kipling y tantos otros notabilísimos creadores de fantasías.
Como es notorio, el cuento es mucho más breve que la novela y la novela corta, y tiene una técnica de construcción distinta de aquéllas, aunque sobre la diferencia entre estos géneros se han prodigado las polémicas. Bien dijo, a este respecto, Pedro Ortiz Barili en el prefacio de Las cien más famosas novelas cortas (edición 1954): “Podría argüirse que el cuento y la novela corta tienen, como géneros literarios, su periferia precisa. Que el cuento acaba donde empieza la novela, como termina la ciudad donde comienza el campo. Pero, ¿acaso cuando rompe su límite y se ensancha deja la ciudad de ser ciudad? Y, por otra parte, ¿es solamente en sentido horizontal como se avanza? ¿No vale a veces una atalaya por un camino? ¿Un águila por un rebaño? ¿Un árbol por un jardín? ¿Un campanario por una aldea? ¿Puede decirnos alguien la periferia del cielo?”
Y agrega: “No. Alegar que la novela corta se diferencia del cuento por la extensión equivaldría a sostener que es el número de sus páginas lo que confiere al cuento jerarquía de novela. Y cuentos cortos hay —Mateo Falcone, Cavallería Rusticana, Los expulsados de Poker Flat— que tienen en densidad y hondura, en fuerza dramática y en contenido humano, auténtica dimensión novelística”.
Lo que el lector hallará en Cuentos de morondanga, no lo defraudará: fantasía, realidad, consistencia, diversión, amenidad, riqueza de vocabulario, interés. En suma: tendrá momentos de agradables encuentros con la quimera, lo veraz, la ironía, la velada crítica, la causticidad y un humanismo casi utópico, casi religioso, pleno de esperanza.
Quien lo brinda es un cuentista cuyo carácter lo describió él mismo —allá por 1933— en un jirón de uno de sus poemas breves:
“Caminemos, caminemos
sin detenernos jamás;
busquemos lo que busquemos
nunca volvamos atrás”.
Mayo de 1980
JORGE MELCHIORI
