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Generación poética del 50

Luis Ricardo Furlan

Editorial Ediciones Culturales Argentinas

Colección Movimientos Literarios Argentinos

1974

Tapa blanda, rústica con solapas

148 páginas

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Desgastes menores generales por paso del tiempo. Lomo con desgastes un poco más pronunciados.

 

NOSOTROS

En la mitad del siglo nuestros huesos cumplieron

treinta años y nos correspondió obtener

las venenosas conclusiones de la época.

Mejor no recordar. A nuestra espalda

nos limpiamos la mugre de dos guerras;

otros quitaron los escombros de las calles;

otros brindaron y bebieron por la muerte,

la maldición y la culpa de los otros.

Pero por el futuro padecía

perplejidad tan sólo,

noche tras noche nos metimos en el cine.

Ahora se acerca el tiempo de los jueces

y cabe esta advertencia: sexo, alcohol,

valores destripados y realidad prohibida

no agotan nuestra definición; sabemos

que girábamos en falso; la insensatez no fue

una insolente distinción, desafío de un lujo

prendido en la solapa; tampoco fuimos

menos coherentes que cuando recorríamos

los vírgenes jardines con laureles

hace quinientos milenios. Hubo otra cosa:

en medio del desastre o la eficacia, en el centro

de la posible diversión o la catástrofe

un ademán extraño nos detuvo;

esto ocurría en la noche, cuando con estupor

mirábamos de pronto entre los dedos

como buscando algo que habíamos perdido

y no podía recordarse. Allí conjeturábamos

una verdad indefensa, un sentido remoto

en el fracaso hacia la tumba

donde caía la lluvia. Ustedes,

jueces de antaño y de mañana,

pónganse la peluca, córtense las uñas

con prudencia y en orden; aclaren ante todo

el malestar que precede a la sentencia,

y recojan después, si pueden, la victoria

de esa verdad secreta:

ella justificó estos huesos de postguerra:

treinta años cumplidos y ninguna conclusión.

Joaquín Gianuzzi

(Poema reproducido en esta edición)

 

✶ TEXTO EN SOLAPAS:

Luis Ricardo Furlan no solamente es el teórico de la generación del 50 y el crítico que supo hallar, entre una multiforme producción poética, los hilos sutiles de la trama que enlazaba a tantos escritores con su tiempo y con su país, Furlan es, además, uno de los gestores del movimiento cincuentista y uno de sus poetas más caracterizados. Cuando en 1951, en la Colección “Los trabajos y los días” que dirigía Ernesto Castany, se publicó su primer libro, Alba del canto —obra paradójicamente madura— ya resultaba evidente que los suyos se contarían entre “los mejores sonetos de su promoción”, como dijo José Isaacson. Así fue el comienzo. Después de seis años, este destino de poeta se concretaría en una empresa típicamente generacional— o por lo menos con vocación de serlo—: las ediciones “Cuadernos de la Brújula”, de las que luego nació la revista “Cardinal”. Estas “empresas literarias” no tenían sólo la mera finalidad de editar nuevas obras del autor: Distrito tuyo (1957), Los días fraternales (1958); querían ser también una forma de acercar vocaciones, de dar página abierta a las nuevas voces, de nuclear los sentimientos de aquellos que estaban tratando de reconstruir al hombre de Hiroshima y Nagashaky con el solo hálito de la palabra. Por eso, el mismo Furlan —ya con la perspectiva que le daba una década— afirmaba en 1961 respecto de los poetas del cincuenta: “El hecho básico donde se afirma la diferencia está en el tono humanista y universal de esta generación”. Había llegado el momento en que el militante de la poesía, después de haber emprendido la prédica que hermana vocaciones, intentaba buscar el sentido último de la tarea de aquellos, que por entonces, eran señalados vagamente con el común denominador de “poetas jóvenes”.

Lo que viene luego, es cosa sabida, por lo menos entre aquellos que viven la poesía cotidianamente: Domingo del poeta (1961), Deslinde del tiempo y el ángel (1963), Teoría del país cereal (1964) y El laurel y el átomo (1969) fueron los sucesivos poemarios que afinaron su voz. Y más allá de esta labor continuada de la que supieron los lectores argentinos, le alcanza una repercusión internacional de su obra —casi como al azar, porque nunca salió del país en busca de promociones exóticas—: Odas mínimas se editó en España en 1961; Crónica de la poesía argentina, en Caracas en 1963; Noticia de Amerindia, en Lisboa en 1964 y, especialmente, Carta a Rubén Darío que merece el Premio Internacional otorgado por la OEA en 1967, son pruebas de esta rara y casi inigualada proyección. Furlan ha alcanzado el reconocimiento indiscutido de sus pares y del público, sin pretender ser más de lo que es: un poeta.

 

✶ INDICE:

INTRODUCCIÓN

- Las generaciones literarias

- El Cincuenta

- Neohumanismo

- Regionalismo

- Nacionalismo

- Americanismo

- Vanguardismo

- Las revistas

- Corolario

PANORAMA:

"Por último", por Raúl Gustavo Aguirre

"Un árbol", por Rodolfo Alonso

"La señora Alicia que arregla zapatos", por Héctor Miguel Angeli

"El pecado original", por Julio Arístides

"A un prócer", por Horacio Armani

"Permanencia", por Elizabeth Azcona Cranwell

"Mujer", por Némer Barud

"El gallo", por Rubén Benítez

"La desarraigada", por Amelia Biagioni

"VII", por Alberto Claudio Blasetti

"Poema", por Alberto Oscar Blasi

"II", por Alberto Blasi Brambilla

"Poema", por Martín Campos

"Lo imposible", por Ariel Canzani D.

"Reencuentros", por Emma de Cartosio

"Crónica de oficina", por Atilio Jorge Castelpoggi

"La cara secreta", por Juan José Ceselli

"Universos", por Ariadna Chaves

"Mundo de lobisones", por Fermín Chávez

"El recuerdo", por Osiris U. Chiérico

"Pérdida del corazón", por Rafael Henzo D’Alessio

"Calandria", por Jaime Dávalos

"Huancoiro bajo la lluvia", por Libertad Demitrópulos

"Don Segundo Sombra entra en la noche", por Julio Carlos Díaz Usandivaras

"Contraposiciones", por Betina Edelberg

"Tiempo de ser", por Nira Etchenique

"Poema", por Ana Teresa Fabani

"Ferrocarril Oeste", por Manrique Fernández Moreno

"Elegía en la piedra", por Ariel Ferraro

"Sexta memoria", por Lily Franco

"Un hombre llamado José", por Alma García

"Omnipotencia", por Gustavo García Saravi

"El caballo de la calesita", por Juan Gelman

"Nosotros", por Joaquín O. Giannuzzi

"Ciudad", por Marta Giménez Pastor

"Bella del sur", por Daniel Giribaldi

"Oración imposible", por Magdalena Harriague

"Verano", por Juan José Hernández

"Las buenas costumbres", por Roberto Hurtado de Mendoza

"Mientras los días", por José Isaacson

"El hijo", por Ana Emilia Lahitte

"Acto de fe", por Carlos Latorre

"Soneto del desamor", por Elva de Lóizaga

"El amor", por Fernando Lorenzo

"Arte poética", por Francisco José Madariaga

"La espera", por Inés Malinow

"Infinitud", por Ana Selva Martí

"Mitología del vino y el andar por la copla", por Juan Carlos Martínez

"Llegaste por caminos", por Ricardo Massa

"Domador", por Jorge Melazza Muttoni

"Vigilia", por Enrique Menoyo

"La pieza", por Fulvio Milano

"Primera ausencia", por María Mombrú

"Arrieros", por Edgar Morisoli

"XXVII", por Héctor A. Murena

"La selva", por Héctor Negro

"El pajarito de pan", por Alejandro Nicotra

"7", por Luisa Pasamanik

"Así es la cosa", por Jorge Perrone

"La luz", por Antonio Requeni

"Amor madre", por Osvaldo Rossler

"Las cosas", por Nélida Salvador

"El jugador", por Lucía de Sampietro

"Los insomnes", por Flor Schapira Fridman

"Canción de los pantalones", por Julio César Silvain

"Canto a la llanura", por Susana Esther Soba

"Poema XV", por Graciela de Sola

"Margen del sueño", por Apolinario Héctor Sosa

"En deslumbrante oscuridad", por Emilio Sosa López

"Retrato", por Rafael Squirru

"Dios estaba en mi casa", por Matilde Alba Swan

"Oh corazón, poniente de isla", por Adela Tarraf

"Consagración de la forma", por Mario Trejo

"La cimbra", por Carlos Enrique Urquía

"Me causa un sentir", por Leda Valladares

"El deseo de vivir", por Alberto Vanasco

"Lamento del viudo", por Alfredo Veiravé

"Poemas con pueblo", por Rubén Vela

"Llevo un dogal al cuello, una cadena", por Enrique Vidal Molina

"Indefectiblemente", por María Angélica Villar

"Abro la puerta y no conozco el mundo", por Oscar Hermes Villordo

"El cuerpo", por Miguel Ángel Viola

"Soneto romántico", por Jorge Vocos Lescano

"La forma", por María Elena Walsh

"34", por Héctor Yánover

 

✶ INTRODUCCIÓN (fragmento) I. LAS GENERACIONES LITERARIAS

Complejo y polémico, el tema de las generaciones ocupa desde siempre a la investigación literaria. Aproximación, paralelismo y simultaneidad pueden ser los términos de la ecuación con rigor científico.

Preocupados autores (Peyre, Dilthey, Ortega y Gasset, Lazo, Cambours Ocampo, Monner Sans y otros), con diferentes enfoques, han penetrado la materia y fundado sus teorías metodológicas, característicamente heterogéneas y angulares. Entre ellos, el concepto de generación va de lo puramente biológico a lo circunstancial. Nosotros le atribuimos valor histórico.

Aquí y ahora, el intelectual es republicano, y si pretende ser actual y verdadero tiene que hacer su labor literaria en el mundo. El que no quiere enterarse, el que prefiere suponer que las cosas son de cierta manera, mejor que comprobar que son de otro modo, no es un intelectual...

Si la causal de generación está dado históricamente —y así lo entendemos, a partir de nuestra incursión en el tema— ella tiene sus pautas, a saber: políticas (estado y pueblo), sociales (cultura y economía) y anecdóticas (tiempo y compromiso).

Analizando rápidamente nuestra literatura —un análisis minucioso fijaría conceptos insospechados— comprobamos cómo se aplican esas conexiones en las primeras etapas del desarrollo cultural argentino, determinándolo: emancipación (1800/1840), caudillismo (1841/1880), e inmigración (1881/1920). Desde luego, el esquema no concluye allí.

Hacia 1922 se da una constancia literaria en el ámbito interno que perdura en la vivencia y vigencia de algunos de sus integrantes. Esta generación se prolonga en la revista Martín Fierro y en los grupos de Boedo y de Florida, aparentemente antagónicos, pero paralelos en varios aspectos.

El hecho Boedo + Florida = neogeneración revela cuánta era la ansiedad del país por rescatar una voz propia y de qué forma el cosmopolitismo porteño comienza a crear esos ejes literarios que todavía cuesta federalizar.

Casi tocando 1930 converge la novísima generación, buscando un planteamiento idiomático y filosófico que rompa, es la intención, con los esquemas utilizados hasta ese momento. No desconocemos la continuidad espiritual, y casi esencial, de aquellos neogeneracionistas en los novísimos en cuanto delimitan dos líneas que la poesía argentina ha seguido sustentando en su apasionamiento de clases: la ideológica y social y la intelectual y clasicista.

Se ha dicho, y no desacertadamente, que la generación del veintidós, con su formulación martinfierrista, vivió uno de los períodos más apacibles no sólo del país sino del calendario del mundo. Dentro de una ciudad incipiente, tendiendo a un progresismo moderado y clasista, la década del veinte conoció sus mejores días de paz y bienestar.

Es cierto que la primera guerra mundial dio iniciativa a la contingencia social, referida a un anarquismo de masa derivado, tiempo más o menos, en extremismos de variada calibración. Pero la bohemia porteña (el interior de los ganados y las mieses era una cornucopia inagotable) conservaba aún la distinción romántica de un tiempo adocenado al margen de los barrios obreros y de los aledaños de convulsionado malevaje. “Nosotros intuíamos —dice un «revolucionario»—, sin mucha precisión desde luego, la realidad de ese panorama”. El teatro y el tango, por ejemplo, registran los substratos orilleros y sus presiones.

Al acercarnos a 1930, el país asiste a hechos y consultas que, pese a su condición extraliteraria, señalan la ruptura de un estado de cosas cuya incidencia en las letras no puede soslayarse. La caída del irigoyenismo, el inicio de un prolongado e incierto devenir político, condicionan el medio donde la realidad, créase o no, está relacionada a través de cartabones ajenos y externos. El pacifismo estético propugnado por los novísimos —entre la baraúnda social, política y económica— obligaba a la generación a “ser de equilibrio, de trabajo serio y metódico”; sin proponérselo, tal vez, anticipaba la planificación del futuro argentino en las variantes de su vasto complejo.

Los del cuarenta, a su vez, subrayan el intimismo al que una década de fuego y de fragor los relega, y hace comprensible cierta actitud defensiva y claustrista. La nueva conflagración, y antes la contienda civil española, volcanizan el medio y los poetas acusan el golpe. La niñez, la adolescencia y una perennidad elegíaca que habita el día del poeta crean el clima donde la poesía va despojándose de toda reflejación fraterna y se contenta con ser evocativa, declamatoria, solitaria.

Imagen de un clima belicoso y desarraigado existencialmente, los creadores quieren infundir “un sereno desborde humano (...). Ninguna estridencia, ninguna ruidosa negación ni altisonantes manifiestos. Apenas, un sobrio y breve auto de fe hacia la poesía”. Contrariamente, otros opinan que “ninguno de ellos trae un mensaje. Ninguno de ellos tiene una personalidad lo suficientemente fuerte como para que los demás lo sigan. Es un grupo parejo que oye o combate a los maestros con desgano...”.

II. EL CINCUENTA

La mañana del 6 de agosto de 1945 Hiroshima es devastada por la explosión de la primera bomba atómica. El gran hongo de fuego y muerte destruye la vertical del hombre y lo enfrenta con su destino de ceniza y de polvo. El mundo entero asiste, conmovido, al cavadón de la contienda, cuyo epílogo llega un mes después para, de inmediato, darse a la tarea de recoger los pedazos y armar de nuevo el rompecabezas. Es un hito insoslayable en la historia del universo. Muchos creen que allí termina la Edad Contemporánea y se entra en la Era del Atomo, sentimiento que todavía compartimos, acaso ahora con mayor certidumbre.

Los poetas, sorprendidos, revisan su actitud y coinciden en la necesidad de nuevas evaluaciones, conscientes de que exiliarse de los demás hombres es decidir el propio suicidio intelectual. Sujeta a esa programática, la promoción del medio siglo encuentra sucesos, testimonios, esquemas que, sin duda, condicionan su estructura.

Concluído el grave conflicto armado, cuya neutralidad espiritual nadie logró, asistimos a un problema humano de mayor envergadura que al cabo de la anterior guerra mundial. Los disentimientos políticos y sociales, donde la economía no puede canalizarse hábilmente, alcanzan explosiones violentas en Africa, Asia y en no pocos lugares de Europa y de Latinoamérica. Son expresiones reivindicatorias netamente populares que, en la Argentina, tienden a la consolidación del ser nacional a través del peronismo.

La tecnificación científica, la masificación del hombre y el panorama de incursionar celosamente en el misterio del cosmos, lleva a los poetas postcuarentistas a enfrentar su tiempo en dimensión de solidaridad, dejando de lado aquellos matices xenófobos que significaban poner vallas al entendimiento. Es la hora cero de la Humanidad y esa tarea de apertura y realización continental no se verifica sólo entre nosotros, sino que origina similares teorías estéticoliterarias en otras naciones de habla castellana y que pertenecen al cordón umbilical amerindio.

El compromiso de los poetas es directo e incontrovertible. Compromiso que no es divisa, como algunos pretenden minimizarlo, sino encomiable integración humana, accediendo a cuanto dentro del universo identifique y cohabite. Manifestaciones que ya recogemos y transcribimos obvian extendernos sobre la incidencia y proyección del testimonio. Para Juan José Hernández, el rasgo más notorio de la generación es que “parece marcada por una búsqueda incesante de toda la variada problemática que enfrenta el hombre de nuestro tiempo, pero sin desdeñar la expresión de lo ya realizado (...). Yo creo, además, que en la actitud poética nos mostramos más virtuosos...” (en Clarín, Bs. As., 27/6/1968). “La nueva generación literaria —explica Emma de Cartosio (en Polémica Literaria, Bs. As., mayo 1957)— viene de lo que insisto, me empecino en creer somos: amor a América, salud sanguínea, coraje, trascendente, hambre de humana comunión, calidez y fervor.” Por su parte, cree Rubén Vela que “dio a la poesía argentina un aire de novedad y renovación, cuyos resultados se ven hoy en día en los poemas de los más jóvenes, quienes —quizá sin saberlo— usan mucho de la técnica limpia y directa de la generación del 50” (en Clarín, Bs. As., 15/8/1968).

En las postrimerías de esta generación, la aceleración del tiempo histórico enfrenta a los poetas con nuevas experiencias. “La generación a la que pertenezco —declara Nira Etchenique (en Clarín, Bs. As., 29/8/68)— empezó a modificar las cosas desde un principio.” Tal vez, porque “existía la ausencia del ser nacional o la presencia de un ser castrado, amputado” (Alberto Vanasco, en Clarín, 29/5/1969) es que el saldo cultural dejó “experiencias sociales y políticas, resquebrajamiento de viejos esquemas, un desesperado y no siempre logrado intento de entender la realidad en la cual andábamos sumergidos hasta el pescuezo” (Humberto Costantini, en Clarín, Bs. As., 23/7/1970).

Observamos cómo ya el ser poeta es una determinante cuya ulterior demanda es, asimismo, ilimitada. Si compartimos el pensamiento croceano y todo poeta es moral, en el acto creador, porque realiza una función sagrada, aquí la acción se diversifica aunque parta de un centro inexcusable: el hombre. Entonces, “el signo literario y poético de nuestra promoción es una vuelta hacia los temas del hombre, en lo que éste contiene de existenciario y de sagrado”.

Creemos encontrar en los poetas del cincuenta mayores puntos de contacto cuando dejamos las generalidades y buscamos esos paralelismos que dan la tónica de la promoción. La simultaneidad de aparición (a través de la revista, el periódico o el libro) y la aproximación ideológica en sentido trascendente y proyectado, enjuician, a rigor generacional, la problemática anterior, con mirada constructiva.

Analizada comprensivamente, la superficie de fractura revela que los poetas son continentes del proceso universal. Aquí, en el cincuenta, el clima se adentra filiando las tonalidades de la dinámica del existencialismo y, si alguna verificación cabe dentro o fuera de la sinopsis desarrollada, es la descalificación de lo no esencial por lo anecdótico.

Consideramos, a la vez, la vida generacional como una línea que parte del origen, se muestra activa y concluye en un punto de arribo que es, inmediatamente, de partida para otra nueva etapa literaria. Reiterando nuestro concepto en apoyo de lo histórico que anteponemos a lo biológico, la generación del cincuenta, como entidad, alcanza el apogeo y, sin declinar, ya que sus integrantes siguen la obra de creación y esclarecimiento, es llevada a un límite donde otra corriente ya vierte sus aguas renovadoras. El cincuenta fundamenta las estructuras y consolida su presencia irreversible.

Cuando el 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin cruza la atmósfera hacia el cosmos y da una vuelta alrededor de la tierra, iniciando la era espacial, ya la generación beat “tiene conciencia de sí misma; conoce su misión y sabe lo difícil que será alcanzar la paz y promulgar la no violencia entre los hombres”. La generación del cincuenta ha señalado un derrotero.

 

Luis Ricardo Furlan